En la primavera de 1801, el ejército español se concentró frente a Portugal con una misión concreta: forzar a Lisboa a romper con Gran Bretaña y cerrar sus puertos a los barcos británicos. La operación debía servir a la estrategia de Napoleón, pero Manuel Godoy quiso conducirla con objetivos propios. En pocas semanas, las tropas ocuparon varias plazas del Alentejo, incluida Olivenza, y obligaron al príncipe regente João a negociar.
La guerra recibió un nombre casi festivo por una escena ocurrida durante el cerco de Elvas. Según la tradición, cinco soldados españoles cortaron, bajo el fuego de la fortaleza, ramas cargadas de naranjas que crecían en sus fosos. Godoy envió el ramo a la reina María Luisa como trofeo. El gesto dio nombre a una campaña que apenas duró unas semanas, aunque movió una frontera y anticipó el choque que convertiría la península en uno de los grandes escenarios de las guerras napoleónicas.
Una frontera atrapada en la guerra europea
El conflicto no nació de una disputa local. En 1801, Francia y Gran Bretaña seguían enfrentadas por la hegemonía europea. Napoleón Bonaparte, primer cónsul desde 1799, había comprendido que no podía derrotar a los británicos solo en tierra firme. La Royal Navy protegía las rutas comerciales, sostenía a los aliados de Londres y mantenía abiertos sus mercados. Para París, controlar los puertos europeos era una cuestión militar.
Portugal estaba ligado a Inglaterra por una alianza con raíces en los tratados de 1373 y 1386. Los comerciantes británicos tenían una presencia arraigada en Lisboa y Oporto, y la marina inglesa ofrecía protección. Napoleón no quería una neutralidad portuguesa: exigía que Lisboa se incorporase al bloqueo contra Gran Bretaña.
España, vinculada a Francia desde el Tratado de San Ildefonso de 1796, no podía desafiar abiertamente al primer cónsul. Carlos IV dejó el gobierno en manos de su favorito y primer secretario de Estado, Manuel Godoy. El valido necesitaba demostrar obediencia a París, pero también temía que una entrada masiva de tropas francesas en la península terminara amenazando a la propia monarquía.
La corte tampoco quería destruir a los Braganza. El príncipe regente João estaba casado con Carlota Joaquina, hija de Carlos IV. Una guerra limitada podía satisfacer a Napoleón, proteger esos vínculos dinásticos y permitir a España obtener una ventaja en su frontera. El resultado sería una campaña española en sus operaciones, aunque francesa en su origen político.
El ultimátum y la decisión de Godoy
El 29 de enero de 1801, Francia y España pactaron en Madrid que Portugal sería obligado a abandonar su alianza británica. El ultimátum exigía cerrar los puertos a los barcos ingleses y aceptar las condiciones comerciales y diplomáticas impuestas por las dos potencias. Si Lisboa no cedía, los ejércitos entrarían en el país.
João gobernaba en nombre de su madre, María I, apartada del poder por su enfermedad. Intentó ganar tiempo: enfrentarse a Francia y España parecía militarmente imposible, pero romper con Gran Bretaña amenazaba el comercio y la seguridad portuguesa. La negociación no cambió la decisión de Napoleón. Portugal debía ser aislado.
La preparación española fue enorme. La cifra oficial ascendía a 60.000 hombres, distribuidos en tres cuerpos: unos 20.000 en Galicia, frente al Miño; 10.000 en Andalucía, hacia el Algarve; y 30.000 en Extremadura, donde se concentraría el golpe contra el Alentejo. Godoy recibió el mando supremo con el título de generalísimo. Un cuerpo auxiliar francés de alrededor de 15.000 soldados se reunió en territorio español, sobre todo en torno a Ciudad Rodrigo. La rapidez de la campaña dejó a esas tropas sin un papel decisivo.
Olivenza, Elvas y una campaña de dieciocho días
La ofensiva comenzó el 20 de mayo. Desde Extremadura, el ejército avanzó hacia el Alto Alentejo y ocupó una cadena de plazas fronterizas. Arronches, Castelo de Vide, Portalegre, Ouguela, Juromenha y Campo Maior aparecen entre las localidades afectadas. Algunas guarniciones negociaron la rendición; otras ofrecieron una defensa más firme. El resultado quedó decidido antes de que Portugal pudiera reunir una respuesta eficaz.
Olivenza cayó al comienzo de la operación. Portugal la había recibido de Castilla mediante el Tratado de Alcañices de 1297 y la había conservado, salvo el breve intervalo de la guerra de Restauración, hasta 1801. Su posición, en la margen izquierda del Guadiana y muy cerca de Badajoz, convertía la localidad en una cuña portuguesa dentro del sistema defensivo español. Para Madrid, la ocupación tenía un valor militar y territorial que iba más allá de una victoria local.
Elvas era otra cosa. La ciudad constituía una de las grandes plazas fuertes portuguesas, protegida por baluartes, fosos y fuertes exteriores. Dominar poblaciones abiertas era una tarea distinta de tomar una fortaleza preparada para resistir. El ejército español podía presionar, pero la negociación acabaría haciendo innecesario un asalto.
Fue frente a Elvas cuando apareció la anécdota de las naranjas. Los relatos posteriores cuentan que cinco soldados se aventuraron hasta los fosos y cortaron unas ramas bajo el fuego portugués. Godoy las hizo llegar a María Luisa, que se encontraba con Carlos IV en Badajoz, como prueba de una victoria que parecía anunciar la marcha hacia Lisboa. El detalle no puede reconstruirse por completo: no sabemos con seguridad quiénes fueron aquellos hombres ni el momento exacto del episodio. La historia sí quedó unida muy pronto a la memoria de la campaña.
El Tratado de Badajoz y el disgusto de Napoleón
Portugal comprendió que prolongar la guerra no mejoraría su posición. El 6 de junio, Manuel Godoy y el ministro portugués Luís Pinto de Sousa Coutinho firmaron en Badajoz un tratado de paz y amistad. Madrid devolvía las plazas conquistadas, entre ellas Campo Maior, Portalegre, Castelo de Vide, Ouguela, Arronches y Juromenha, pero conservaba Olivenza, su territorio y las poblaciones vinculadas a ella hasta el Guadiana. El río pasaba a funcionar como frontera en ese sector.
Lisboa aceptaba cerrar sus puertos a los navíos británicos. El tratado regulaba también reparaciones, reclamaciones por daños y el regreso de prisioneros. Las exigencias económicas y comerciales de Francia quedaron desarrolladas en un acuerdo separado con Portugal, negociado en el mismo contexto y formalizado después en Madrid. Napoleón quería una capitulación más dura y concesiones directas; la paz alcanzada por Godoy le pareció demasiado rápida.
Para Godoy, el resultado fue una victoria política. Había dirigido una campaña española, había evitado que el mando operativo quedara en manos francesas y había incorporado Olivenza a la monarquía de Carlos IV. Francisco de Goya convirtió esa imagen en propaganda cortesana al pintar Godoy como general en 1801, con el valido vestido de capitán general y rodeado de banderas y documentos.
La satisfacción duró poco. Napoleón no había renunciado a someter Portugal y la solución de 1801 no eliminó la dependencia española respecto a Francia. En 1807, el Tratado de Fontainebleau permitió el paso de tropas francesas por España para invadir de nuevo el reino portugués. Esta vez no se limitarían a esperar en la frontera: la entrada abrió el camino a la ocupación de la península y al levantamiento español de 1808.
Olivenza y la frontera que quedó abierta
La consecuencia más duradera de la Guerra de las Naranjas fue el destino de Olivenza. El Tratado de Badajoz la entregó a España y la administración española se mantuvo desde entonces. Portugal no aceptó que aquella cesión resolviera definitivamente la cuestión. Tras la caída de Napoleón, el Acta Final del Congreso de Viena de 1815 reconoció la justicia de las reclamaciones portuguesas y pidió a las potencias que favorecieran una retrocesión por medios amistosos.
Ese artículo 105 se convirtió en la base jurídica de la posición portuguesa. España sostiene la vigencia de la cesión prevista en el Tratado de Badajoz. La diferencia no ha desembocado en una crisis abierta entre ambos Estados, pero tampoco ha producido un acuerdo definitivo sobre la soberanía. Mientras tanto, la vida cotidiana de la comarca se ha construido con intercambios, familias y costumbres de ambos lados de La Raya.
En la ciudad, esa mezcla se reconoce en las murallas, el castillo y edificios como la iglesia de Santa María Magdalena, una obra de tradición portuguesa que convive hoy con la administración española. La arquitectura no zanja el litigio, pero explica por qué la historia de Olivenza no cabe en una sola identidad nacional.
En 2008, la Declaración de Olivenza representó un primer paso para organizar proyectos comunes en la frontera; la cooperación regional de Alentejo, Centro y Extremadura se institucionalizó después en torno a la EUROACE. Conviene distinguir estos hitos de la afirmación, más amplia, de que aquella fue la primera eurorregión de la península: Galicia y el norte de Portugal habían desarrollado ya su propio marco de cooperación.
La campaña de 1801 enseña cómo una guerra puede ser corta en el campo y larga en sus efectos. Napoleón quiso cerrar una puerta al comercio británico; España convirtió la operación en una demostración de fuerza y obtuvo un enclave fronterizo; Portugal cedió ante una superioridad que no podía compensar con diplomacia. Las naranjas dieron a la contienda un nombre ligero. El mapa del Guadiana recuerda que, bajo aquel símbolo, hubo decisiones de Estado, alianzas antiguas y una frontera que todavía conserva la huella de aquel mes de mayo.