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Siglo XX

El armisticio de Salónica y el derrumbe de los Imperios Centrales en 1918

Bulgaria abandonó la guerra el 29 de septiembre de 1918 y abrió una grieta que pronto alcanzaría a sus aliados

Óscar Navarro 09 de October de 2026 7 lecturas 9 min de lectura
La delegación búlgara durante las negociaciones del armisticio de Salónica, septiembre de 1918.
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La noche del 29 de septiembre de 1918, en una sala del cuartel general aliado de Salónica, dos militares y un político búlgaros pusieron su firma bajo una convención que dejaba a su país fuera de la Primera Guerra Mundial. No era todavía la paz. Era algo más urgente: el reconocimiento de que el ejército búlgaro ya no podía sostener el frente macedonio.

El documento exigía evacuar los territorios ocupados en Serbia y Grecia, desmovilizar casi todas las fuerzas armadas, entregar armas, caballos y vehículos, y abrir las comunicaciones del país al avance aliado. Bulgaria se convirtió en la primera potencia de los Imperios Centrales en abandonar la lucha. En las semanas siguientes caerían el Imperio otomano y Austria-Hungría; el 11 de noviembre, Alemania aceptaría el armisticio. La cadena no empezó en el Somme ni en el Rin, sino en las montañas de Macedonia.

Mapa dibujado a mano del frente macedonio de la Primera Guerra Mundial
Mapa dibujado a mano del frente macedonio de la Primera Guerra Mundial

Una guerra para recuperar Macedonia

La decisión búlgara de 1915 no nació de una fidelidad sentimental hacia Berlín. El país arrastraba la derrota de la Segunda Guerra Balcánica, librada en 1913 contra sus antiguos aliados serbios y griegos. El reparto de Macedonia había dejado a Bulgaria con una sensación de despojo que dominó su política exterior. Cuando estalló la guerra europea, Sofía esperó. Su gobierno quería entrar en el bando que ofreciera más territorio, y la cuestión macedonia pesaba más que cualquier discurso sobre alianzas.

La Entente no pudo garantizar a Bulgaria las concesiones que pedía: Serbia era su aliada y Grecia defendía sus propias posiciones. Alemania y Austria-Hungría, en cambio, prometieron revisar el mapa balcánico en beneficio búlgaro. Bulgaria se adhirió a los Imperios Centrales en septiembre de 1915 y atacó Serbia en octubre. La campaña terminó con la ocupación de buena parte de Macedonia y de zonas serbias y griegas. Durante un tiempo, la apuesta pareció rentable.

El precio llegó después. La población rural quedó sometida a requisas, los hombres pasaron años lejos de sus casas y la economía perdió capacidad para alimentar al frente. El gobierno de Vasil Radoslavov cayó en junio de 1918, pero el relevo no resolvió el problema. El primer ministro Aleksandar Malinov heredó un país cansado, atrapado entre las promesas territoriales de 1915 y una guerra que ya no podía ganar.

Retrato de Fernando de Bulgaria por Anton Mitov
Retrato de Fernando de Bulgaria por Anton Mitov

El frente que Europa había dejado de mirar

La campaña de Salónica había comenzado en 1915 con el desembarco de tropas aliadas en el puerto griego. Durante años quedó relegada frente a Verdún, el Somme o los combates del frente oriental. No era un escenario menor: allí se enfrentaban tropas búlgaras, alemanas y otomanas a una fuerza multinacional compuesta por franceses, británicos, serbios, griegos, italianos y otros contingentes. El terreno montañoso y la enfermedad hacían tan peligrosa la retaguardia como la línea de trincheras.

En 1917 y 1918 la balanza se inclinó poco a poco. La llegada de nuevas fuerzas griegas reforzó a los aliados, mientras Alemania necesitaba cada soldado en el frente occidental. El ejército búlgaro seguía combatiendo, pero recibía menos munición, ropa y alimentos. Las defensas podían parecer intactas en un mapa; en las posiciones, muchos hombres carecían de botas y las unidades habían perdido la confianza en sus mandos y en sus socios alemanes.

Un ataque franco-griego contra las posiciones búlgaras de Skra di Legen, en junio de 1918, ya había mostrado esa fatiga. La guarnición resistió en algunos sectores, pero los contraataques se deshicieron. El general Nikola Zhekov advirtió a sus aliados alemanes de que el ejército no disponía de medios para soportar una ofensiva seria. Berlín no podía enviar los refuerzos necesarios: sus propias tropas retrocedían en Francia.

Dobro Pole abre una brecha

El golpe llegó el 14 de septiembre. El general Louis Franchet d’Espèrey, comandante del Ejército Aliado de Oriente, concentró tropas francesas y serbias contra Dobro Pole, una cresta áspera situada en el centro del frente macedonio. El ataque no buscaba conquistar una ciudad famosa; buscaba romper la articulación de la defensa búlgara y abrir el valle del Vardar hacia el norte.

Tras dos días de combate, las posiciones cedieron. Dos divisiones búlgaras integradas en el dispositivo del XI Ejército alemán comenzaron a retirarse sin esperar órdenes. El cuartel general alemán aportaba oficiales y especialistas, pero la mayoría de los soldados eran búlgaros. No había reservas suficientes para cerrar la brecha ni ferrocarriles capaces de moverlas con rapidez. El frente, que durante años había permanecido casi inmóvil, se convirtió en una retirada.

La derrota no fue idéntica en todos los sectores. En Doiran, el ataque británico y griego sufrió fuertes pérdidas, y los defensores búlgaros demostraron que aún podían combatir. La victoria de Dobro Pole tuvo otro alcance: desorganizó el centro de la línea y dejó a las tropas de los extremos expuestas a quedar aisladas. El 21 de septiembre, unidades británicas comprobaron que sus adversarios se habían retirado de las montañas y avanzaban hacia Bulgaria.

En la retaguardia, la crisis militar se mezcló con una rebelión. Soldados que ya no querían seguir luchando marcharon hacia Radomir; allí se proclamó una república de vida brevísima. El episodio no derribó por sí solo al régimen, pero reveló que la autoridad de Sofía se estaba deshaciendo al mismo ritmo que las trincheras. El gobierno pidió un alto el fuego el 24 de septiembre. D’Espèrey aceptó recibir a los delegados, aunque las condiciones no dejarían mucho margen para negociar.

Plan aliado para la batalla de Dobro Pole, 1918
Plan aliado para la batalla de Dobro Pole, 1918

La noche del 29 de septiembre

Los enviados búlgaros llegaron a Salónica el 28 de septiembre. Entre ellos estaban el ministro de Hacienda André Liaptchev y el general Lukov, comandante de uno de los ejércitos del frente. Al otro lado de la mesa se encontraba Franchet d’Espèrey, que hablaba en nombre de las potencias aliadas. La convención se firmó a las 22:50 del día 29 y el alto el fuego entró en vigor al mediodía del 30.

El texto empezaba por lo más visible: Bulgaria debía retirarse de Serbia y Grecia sin llevarse ganado, cereales ni suministros. Luego ordenaba la desmovilización inmediata del ejército, salvo una fuerza reducida de tres divisiones y cuatro regimientos de caballería. Las unidades búlgaras situadas al oeste de Uskub, la actual Skopie, debían deponer las armas y quedar provisionalmente como prisioneras. Los aliados controlarían el material entregado y recibirían también los caballos.

Las cláusulas reservadas tenían una importancia que excedía el campo de batalla. Las potencias aliadas podían utilizar ferrocarriles, carreteras, vías fluviales y puertos búlgaros; también podían ocupar puntos estratégicos como garantía. Alemania y Austria-Hungría disponían de cuatro semanas para retirar sus tropas, sus misiones y a sus ciudadanos oficiales. Bulgaria dejaba de ser un muro entre el Ejército Aliado de Oriente y el Imperio otomano.

La forma del acuerdo explica por qué los historiadores lo consideran una capitulación militar. No decidía aún las fronteras definitivas ni fijaba las reparaciones: esas cuestiones quedarían para el tratado de paz. Pero quitaba a Bulgaria los medios para volver a combatir y concedía al vencedor el control de su espacio estratégico. La firma no cerró la guerra; cambió la dirección de su última ofensiva.

Miembros de la delegación búlgara en la 14.ª sesión del Comité Financiero de la Sociedad de Naciones, entre ellos Nikolá Stoyánov, Nikolá Mushánov, Stefan Stefanov y Nikolá Momchílov (extremo derecho), Ginebra, 2 de mayo de 1933.
Miembros de la delegación búlgara en la 14.ª sesión del Comité Financiero de la Sociedad de Naciones, entre ellos Nikolá Stoyánov, Nikolá Mushánov, Stefan Stefanov y Nikolá Momchílov (extremo derecho), Ginebra, 2 de mayo de 1933.

La primera pieza del derrumbe

La repercusión se sintió en Sofía antes de que terminara la semana. El rey Fernando I, asociado a la entrada en la guerra y a la política de expansión, abdicó el 3 de octubre en favor de su hijo Boris III. Las tropas alemanas que aún permanecían en Bulgaria ya no podían garantizar la continuidad del antiguo régimen. La revuelta de Radomir fue sofocada, pero el país había cambiado de dueño militar y de horizonte político.

El efecto exterior fue más rápido. Los aliados podían avanzar por territorio búlgaro y amenazar las comunicaciones otomanas en Tracia. La derrota de Bulgaria ayudó a convencer al gobierno de Constantinopla de que la guerra estaba perdida; el armisticio otomano llegó a finales de octubre. Austria-Hungría abandonó la lucha el 3 de noviembre. Alemania quedó sin sus socios y sin una salida razonable para prolongar el conflicto.

La paz tampoco devolvió la estabilidad a Bulgaria. El Tratado de Neuilly-sur-Seine, firmado el 27 de noviembre de 1919, confirmó la pérdida de territorios en favor del Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, Rumanía y Grecia. Bulgaria perdió su salida al mar Egeo, vio limitado su ejército a una pequeña fuerza voluntaria y quedó obligada a pagar reparaciones. La derrota alimentó un resentimiento que sobreviviría a la monarquía y condicionaría su política durante el periodo de entreguerras.

Ratificación del Tratado de Neuilly-sur-Seine.
Ratificación del Tratado de Neuilly-sur-Seine.

La historia de la Primera Guerra Mundial suele buscar su desenlace en las trincheras del oeste. Salónica recuerda que una guerra de alianzas también se decide cuando un Estado deja de poder alimentar, vestir y mover a sus soldados. En septiembre de 1918, Bulgaria no cayó por un solo asalto ni por una maniobra brillante aislada. Cayó porque cuatro años de objetivos territoriales, desgaste y dependencia de aliados más poderosos habían consumido el margen para seguir luchando. El armisticio del 29 de septiembre fue el primer papel que reconoció ese agotamiento. Los demás Imperios Centrales tardarían unas semanas en escribir el suyo.

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