Al amanecer del 27 de septiembre de 1996, Kabul no amaneció con un nuevo gobierno, sino con un vacío de poder. Las fuerzas de Ahmad Shah Massoud habían abandonado la capital durante la noche y los talibanes entraron en una ciudad exhausta después de cuatro años de guerra entre facciones. Poco después, los hombres armados irrumpieron en el recinto de Naciones Unidas donde se refugiaba el expresidente Mohammad Najibullah. Lo sacaron a la fuerza. Antes de que terminara la mañana, su cuerpo y el de su hermano colgaban en el centro de la ciudad.
La escena condensaba el cambio que acababa de producirse. El movimiento nacido en las escuelas religiosas del sur de Afganistán no se limitaba a ganar una batalla: reclamaba el Estado, la capital y el derecho a imponer una interpretación propia del islam sobre una sociedad fragmentada. Kabul se convirtió en la sede del primer Emirato Islámico de Afganistán, un régimen que gobernaría la mayor parte del país hasta la intervención internacional de 2001.
Treinta años después, la caída de Kabul sigue siendo una fecha de referencia para entender la historia reciente afgana. No explica por sí sola el ascenso talibán, pero reúne sus ingredientes: la ruina de las instituciones, la fatiga de una población castigada por la guerra, el apoyo de los países vecinos y un proyecto político dispuesto a sustituir la negociación por la obediencia.
Una capital destruida por la guerra civil
La retirada soviética de 1989 dejó en pie un gobierno dirigido por Najibullah, pero sin el respaldo militar de Moscú la estructura perdió cohesión. En abril de 1992, cuando las milicias opositoras se acercaron a Kabul, el presidente intentó salir del país bajo un plan de transición respaldado por Naciones Unidas. Un motín en el aeropuerto se lo impidió. Desde entonces permaneció refugiado en el recinto de la organización.
La victoria de los muyahidines no trajo una autoridad compartida. Burhanuddin Rabbani asumió la presidencia y Ahmad Shah Massoud quedó al frente de la defensa, mientras Gulbuddin Hekmatyar, Abdul Rashid Dostum y las milicias hazaras de Hizb-i Wahdat defendían sus propios territorios y ambiciones. Las alianzas cambiaban con rapidez; Kabul pagaba cada giro con cohetes y artillería.
En 1994 se calcula que murieron unos 25.000 habitantes de la capital, en su mayoría civiles. Para el año siguiente, aproximadamente un tercio de la ciudad estaba reducido a escombros. Miles de familias habían huido y los servicios públicos funcionaban de manera intermitente. La guerra había deshecho la autoridad central, pero también había creado el clima en el que una fuerza que prometiera seguridad podía presentarse como una salida.
Los estudiantes de Kandahar avanzan hacia Kabul
Los talibanes surgieron en 1994 alrededor del mulá Mohammad Omar, antiguo combatiente contra los soviéticos. Muchos de sus primeros miembros eran estudiantes de madrasas —talib significa «estudiante» en pastún—, aunque el movimiento también incorporó a excombatientes y comandantes decepcionados con los partidos muyahidines. Su discurso combinaba la promesa de desarmar a los señores de la guerra, proteger las rutas comerciales y aplicar una justicia religiosa sin matices.
La fórmula ganó fuerza en el sur. Kandahar cayó en noviembre de 1994 y la milicia empezó a controlar territorios con una velocidad que sorprendió a sus rivales. Pakistán vio en ella una vía para asegurar las comunicaciones hacia Asia Central y, desde ese mismo año, le proporcionó apoyo político y logístico, según reconstrucciones de Human Rights Watch. Comerciantes paquistaníes financiaron también la expansión porque necesitaban carreteras transitables y menos puestos de control.
La conquista no fue incruenta ni lineal. Herat cayó en septiembre de 1995, después de una ofensiva que expulsó a las fuerzas de Ismail Khan y cortó la conexión del gobierno de Kabul con Irán. El primer intento de tomar la capital terminó mal para los talibanes: Massoud los detuvo y conservó sus posiciones. La derrota solo aplazó el desenlace. Durante 1996, la presión militar, la escasez y el cansancio fueron estrechando el margen de maniobra de Rabbani y Massoud.
A comienzos de septiembre, los talibanes tomaron Jalalabad. Massoud comprendió que ya no podía sostener Kabul sin convertirla en otro campo de batalla y ordenó la retirada hacia el norte. La noche del 26 al 27, sus tropas abandonaron posiciones estratégicas. La capital, bombardeada durante años, quedó abierta a una fuerza que había llegado desde Kandahar con la reputación de restaurar el orden.
La noche en que nació el Emirato
La entrada talibán tuvo una consecuencia que fue más allá del cambio de bandera. Najibullah llevaba cuatro años bajo protección de Naciones Unidas, y el secretario general había intentado encontrar una salida segura para él. Hacia la una y media de la madrugada, un grupo de combatientes entró en el recinto, llegó hasta su habitación y lo obligó a subir a un vehículo. Dos horas más tarde, otros hombres sacaron a su hermano con el pretexto de llevarlo junto a él.
Alrededor de las seis, los trabajadores internacionales recibieron la noticia: los cuerpos de ambos habían sido encontrados colgados en una plaza cercana. El Consejo de Seguridad condenó la violación del recinto de Naciones Unidas y la ejecución del antiguo presidente. El episodio fijó desde el primer día el carácter del nuevo poder: la conquista de la capital no iba a acompañarse de una transición pactada ni de una amnistía general para los adversarios.
Los talibanes proclamaron el Emirato Islámico y otorgaron a Mohammad Omar el título de amir al-mu'minin, «comandante de los creyentes». Rabbani y Massoud conservaron una autoridad rival en el norte, que pronto se articularía como Frente Unido o Alianza del Norte. Kabul era la capital de un país que seguía en guerra. La victoria talibán había cambiado el centro del mapa, no había resuelto la fractura territorial.
Tampoco obtuvo reconocimiento internacional inmediato. Pakistán, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos serían los únicos Estados que reconocieron al gobierno talibán, y lo hicieron en 1997. Para buena parte de la comunidad internacional, la cuestión no era solo quién controlaba Kabul, sino qué clase de Estado estaba construyendo la nueva autoridad y hasta dónde llegaba la responsabilidad de los países que la sostenían.
Orden para unos, encierro para otros
El régimen organizó la vida pública alrededor de una lectura extremadamente restrictiva de la ley islámica. El Ministerio para la Promoción de la Virtud y la Prevención del Vicio vigilaba la conducta cotidiana, mientras los castigos corporales y las ejecuciones públicas daban forma visible a la justicia. En algunas zonas disminuyeron los robos y los puestos de control de las milicias, una mejora que explica parte de la aceptación inicial. Esa seguridad tenía un precio: la autonomía de la sociedad quedó subordinada a los decretos de una autoridad religiosa y militar.
Las mujeres de Kabul fueron las primeras en comprobar el alcance del cambio. Las nuevas órdenes les impidieron trabajar fuera de ámbitos muy limitados, cerraron las escuelas para niñas y restringieron sus desplazamientos. El informe estadounidense sobre derechos humanos de 1996 recogió que, al terminar el año, no había niñas en las escuelas públicas de Kabul ni mujeres enseñando en ellas. No se trataba de una medida aislada: al expulsar a las maestras, el régimen debilitó también la educación de los niños.
La política cultural siguió el mismo rumbo. Se prohibieron actividades consideradas impías, se impuso una indumentaria obligatoria a los hombres y a las mujeres y se persiguió a minorías y opositores. En el norte, la resistencia continuó; en el centro, la población hazara quedó expuesta a campañas militares y represalias.
El aislamiento diplomático tampoco impidió que Afganistán se convirtiera en un refugio para organizaciones armadas transnacionales. Osama bin Laden regresó al país en 1996 y, al año siguiente, estrechó su relación con el mulá Omar. La alianza entre Al Qaeda y el Emirato no fue la causa de la toma de Kabul, pero convirtió aquella victoria local en un asunto de seguridad internacional. Tras los atentados contra las embajadas estadounidenses de 1998, Naciones Unidas sancionó al régimen y exigió la entrega de Bin Laden.
Una victoria que preparó la siguiente guerra
La caída de Kabul no puso fin al conflicto afgano. Entre 1997 y 1998, los talibanes intentaron conquistar el norte y llegaron a dominar cerca del 90 por ciento del territorio, pero la Alianza del Norte mantuvo una franja de resistencia. El país quedó dividido entre un emirato que imponía su autoridad desde Kabul y una oposición que conservaba apoyo exterior, bases militares y una representación diplomática heredada del gobierno de Rabbani.
En 2001, después de los atentados del 11 de septiembre, Estados Unidos exigió la entrega de Bin Laden. El rechazo del Emirato abrió la puerta a la invasión internacional de octubre. La Alianza del Norte entró en Kabul en noviembre y el primer régimen talibán se derrumbó en pocas semanas. La guerra, claro está, no terminó allí: el movimiento regresaría al poder dos décadas después, en agosto de 2021, en circunstancias distintas pero sobre un Estado todavía frágil.
Vista desde el presente, aquella mañana de septiembre no fue una sorpresa aislada ni el triunfo repentino de un grupo misterioso. Fue el desenlace de una guerra civil alimentada por la desaparición del Estado, la intervención de los vecinos y la incapacidad de las facciones victoriosas en 1992 para acordar un poder compartido. Los talibanes llenaron ese vacío con una promesa de orden y lo transformaron en un sistema de obediencia. Kabul bajo la bandera blanca quedó ligado a la historia del mundo posterior a la Guerra Fría.