El verano de 1363 el lago Poyang, la mayor masa de agua dulce de China, se llenó de barcos hasta donde alcanzaba la vista. En sus orillas, en la provincia de Jiangxi, se decidía algo más que el control de un territorio: se decidía quién heredaría China cuando el imperio mongol de la dinastía Yuan terminara de desmoronarse. Durante más de un mes, dos ejércitos rebeldes que sumaban entre ambos más de 800.000 hombres se enfrentaron en un combate que los historiadores navales siguen citando como el más numeroso jamás librado sobre el agua.
El choque enfrentó a Chen Youliang, señor del efímero estado de Han, contra Zhu Yuanzhang, un antiguo monje budista convertido en caudillo militar que acabaría fundando la dinastía Ming. Lo que empezó como el asedio de una ciudad amurallada terminó convirtiéndose en la batalla que definió el futuro de China durante los tres siglos siguientes.
El imperio mongol se desmorona
Para entender por qué dos ejércitos tan enormes acabaron matándose en un lago hace falta retroceder a las décadas anteriores. La dinastía Yuan, fundada por los mongoles tras la conquista de Kublai Kan, llevaba años perdiendo el control sobre buena parte de su territorio. Las hambrunas, las inundaciones del río Amarillo y una presión fiscal asfixiante habían empujado a millones de campesinos chinos a la rebelión abierta.
De ese caldo de cultivo surgió la Rebelión de los Turbantes Rojos, un movimiento de raíz religiosa y milenarista que combinaba el descontento agrario con profecías budistas sobre la llegada de un salvador. No era un ejército único ni mucho menos un movimiento coordinado: era más bien un mosaico de señores de la guerra locales, cada uno con su propio territorio, que compartían enemigo —los mongoles— pero que en cuanto los Yuan dejaron de ser una amenaza inmediata empezaron a pelear entre ellos por el trozo más grande del pastel.
Dos hombres, dos caminos hacia el poder
Chen Youliang había llegado a la cúspide por el camino más brutal. En 1360 asesinó a su propio superior, Xu Shouhui, y se proclamó rey de un nuevo estado, Han, con capital en Jiujiang. En apenas dos años había extendido su dominio hasta Chongqing y controlaba prácticamente toda la región de Sichuan. Era, con diferencia, el señor de la guerra más poderoso del sur de China.
Zhu Yuanzhang tuvo una trayectoria distinta. Nacido en una familia campesina que la peste y el hambre habían dejado casi extinguida, pasó su juventud como monje mendicante antes de unirse en 1352 a una banda rebelde. Ascendió deprisa: se casó con la hija adoptiva de su jefe, tomó Nankín en 1356 y la convirtió en su base, y en 1361 se autoproclamó duque de Wu, un título que dejaba claras sus ambiciones dinásticas. Cuando el verano de 1363 llegó, Chen y Zhu llevaban tres años enzarzados en una guerra de desgaste cada vez más sangrienta por el control del valle del Yangtsé.
El asedio de Nanchang
La chispa que encendió la batalla fue la ciudad amurallada de Nanchang, leal a Zhu. Chen Youliang reunió una flota descomunal —las fuentes hablan de más de cien naves, muchas de ellas torres flotantes de varios pisos con capacidad para cientos de soldados cada una— y remontó el Yangtsé para ponerla sitio con un ejército que rondaba los 650.000 hombres.
Zhu acudió en socorro de la plaza con una fuerza mucho menor, unos 200.000 soldados repartidos en embarcaciones más pequeñas y maniobrables. En términos puramente numéricos, la batalla estaba perdida antes de empezar. Chen contaba con el triple de efectivos y con naves que superaban en tamaño a cualquier cosa que Zhu pudiera poner a flote.
Fuego contra tamaño
El primer contacto, ya entrado agosto, fue confuso e indeciso: ambas flotas intercambiaron disparos de cañones de pólvora, flechas incendiarias y proyectiles sin que ninguna lograra una ventaja clara. Fue entonces cuando Zhu Yuanzhang decidió apostarlo todo a una idea tan vieja como arriesgada: los brulotes, barcos cargados de material inflamable y lanzados sin tripulación contra el enemigo, aprovechando el viento a favor.
La flota de Chen, con sus torres encadenadas entre sí para dar estabilidad a los soldados, se convirtió en una trampa mortal en cuanto las llamas prendieron. Los relatos de la época hablan de un arsenal variado de fuego: bombas incendiarias, lanzas de fuego, flechas incendiarias y un artefacto descrito como un tubo de junco relleno de pólvora y metralla, apodado "sin alternativa". El resultado fue la destrucción de cientos de naves de Chen en cuestión de horas.
Un mes de bloqueo y la muerte de Chen Youliang
La destrucción de la flota no puso fin al conflicto de inmediato. Durante casi un mes, las fuerzas de Zhu mantuvieron bloqueada la salida del lago, impidiendo que los restos del ejército de Chen escaparan hacia su territorio. Fue un asedio dentro de otro asedio: los hombres de Chen, cada vez más escasos de comida, intentaron repetidas veces romper el cerco sin éxito.
El desenlace llegó el 4 de octubre de 1363. En un último intento desesperado por abrirse paso, Chen Youliang asomó la cabeza fuera de su embarcación para dirigir la maniobra y una flecha lo alcanzó, matándolo en el acto. Sin su líder, la resistencia se derrumbó. Su hijo, Chen Li, resistiría todavía unos meses en Wuchang antes de rendirse definitivamente a Zhu en 1364.
¿Por qué esta batalla cambió el rumbo de China?
La victoria en Poyang eliminó de un solo golpe al rival más poderoso de Zhu Yuanzhang y le dejó como dueño incontestable del rico valle del Yangtsé, la región más productiva de China. Con ese control asegurado, sus rivales menores fueron cayendo uno tras otro, y en 1368, apenas cinco años después de las llamas del lago Poyang, Zhu proclamó la dinastía Ming y expulsó a los últimos mongoles de Pekín, poniendo fin a casi un siglo de dominio Yuan sobre China.
Zhu adoptó el nombre de reinado Hongwu y gobernó como primer emperador Ming hasta 1398. La dinastía que fundó aquel exmonje que había pedido limosna de niño duraría casi tres siglos, hasta 1644, y dejaría una huella profunda en la arquitectura, la administración y la cultura china: la Ciudad Prohibida, la reconstrucción de buena parte de la Gran Muralla y las expediciones marítimas de Zheng He son, todas ellas, herencia directa de aquel imperio nacido en un lago en llamas.
La batalla naval más numerosa de la historia
Lo que hace especialmente llamativa esta batalla, más allá de sus consecuencias políticas, es su escala. Ninguna otra batalla naval registrada hasta ese momento —ni la de Salamina, ni la de Actium, ni siquiera Lepanto casi doscientos años después— movilizó a tal cantidad de hombres sobre el agua. Puesta en perspectiva, la cifra de 850.000 combatientes convocados en un solo lago interior recuerda que buena parte de la historia militar más colosal de la humanidad ocurrió en Asia oriental, lejos del foco con el que solemos mirar la historia militar antigua y medieval desde Europa. La diferencia frente a otros grandes choques navales es que aquí no hubo mar abierto ni maniobras de flota clásicas, sino una guerra de asedio y desgaste librada entre naves ancladas y encadenadas, algo mucho más parecido a una fortaleza flotante que a una batalla naval al uso.
Poyang también anticipó algo que definiría los siglos siguientes: el papel de la pólvora como arma decisiva en el combate naval, siglos antes de que los cañones se generalizaran en las armadas europeas. La combinación de brulotes y artillería incendiaria que empleó Zhu Yuanzhang no era una novedad técnica en sí misma, pero pocas veces se había desplegado a esa escala y con semejante efecto táctico.
Hoy el lago Poyang sigue siendo el mayor lago de agua dulce de China, célebre entre los científicos por sus fuertes variaciones estacionales de nivel y por ser refugio de aves migratorias.
De aquella batalla apenas quedan restos visibles bajo sus aguas, pero su eco sigue presente en cada libro de historia china que explica cómo, de las cenizas de una flota destruida por el fuego, nació uno de los grandes imperios de la historia.