Pasadas las ocho de la tarde del 31 de agosto de 1939, un grupo de hombres armados irrumpió en la emisora de radio de Gleiwitz, una localidad alemana pegada a la frontera con Polonia. Vestían uniformes del ejército polaco. Redujeron al personal, se hicieron con un micrófono y lanzaron al aire una breve arenga en polaco llamando a la guerra contra Alemania. Antes de marcharse dejaron un cadáver en el suelo, vestido también de soldado polaco, como prueba del ataque. No hubo tal ataque. Los asaltantes eran alemanes, el cadáver era el de un campesino sedado y luego asesinado por sus propios captores, y toda la escena había sido preparada semanas antes por la cúpula de las SS. Pocas horas más tarde, al amanecer del 1 de septiembre, la Wehrmacht cruzaba la frontera polaca y arrancaba la guerra que cambiaría el siglo XX.
Lo ocurrido en Gleiwitz —hoy Gliwice, en Polonia— no fue un episodio menor ni una anécdota de guerra. Fue la pieza central de una operación de propaganda diseñada con meses de antelación para dar a Adolf Hitler algo que necesitaba con urgencia: una razón, por falsa que fuera, para presentar la invasión de Polonia como una respuesta defensiva.
Una guerra que necesitaba una excusa
Para el verano de 1939, Hitler ya había decidido invadir Polonia. El problema no era militar, era de opinión pública, tanto interna como internacional. Alemania y la Unión Soviética habían firmado apenas unos días antes, el 23 de agosto, el pacto de no agresión Ribbentrop-Mólotov, que incluía en secreto el reparto de Polonia entre ambas potencias. Faltaba justificar el ataque ante la propia población alemana y ante Francia y Reino Unido, que tenían compromisos de defensa con Varsovia.
El 22 de agosto de 1939, en una reunión con la cúpula militar en el Obersalzberg, Hitler fue explícito sobre sus intenciones. Según las notas que se conservan de ese encuentro, aseguró a sus generales: "Proporcionaré un pretexto propagandístico para desencadenar la guerra, no importa si es creíble. Al vencedor nunca se le pregunta si dijo la verdad". La frase, recogida después como prueba documental, resume con crudeza la lógica que se puso en marcha esa misma semana bajo el nombre en clave de Operación Himmler: una serie de incidentes fronterizos fabricados para simular agresiones polacas contra territorio alemán.
Siete hombres y una emisora, la noche del 31 de agosto
La operación en Gleiwitz quedó en manos de Alfred Naujocks, un oficial de las SS de treinta años con experiencia en el servicio de seguridad de Reinhard Heydrich. Naujocks recibiría después, en los juicios de Núremberg, la etiqueta poco envidiable de "el hombre que empezó la guerra": fue él quien firmó el testimonio jurado que décadas más tarde permitió reconstruir con detalle lo sucedido esa noche.
El plan echó a andar cuando Naujocks recibió por teléfono la contraseña acordada con Heydrich: "Grossmutter gestorben", "la abuela ha muerto". Era la señal para actuar. Un grupo reducido de hombres, vestidos con uniformes polacos auténticos, tomó la emisora, encerró a los empleados y emitió el mensaje incendiario en polaco durante apenas unos minutos antes de desaparecer en la oscuridad. La operación completa, desde la irrupción hasta la retirada, no llegó a durar media hora.
El papel discreto de Oskar Schindler
Uno de los detalles menos conocidos de esta historia tiene que ver con un nombre que se haría célebre por razones opuestas años más tarde. Oskar Schindler, el empresario alemán que durante el Holocausto salvaría a más de mil trabajadores judíos, colaboraba en 1939 con el Abwehr, el servicio de inteligencia militar alemán. Según el testimonio que su esposa, Emilie Schindler, ofreció después de la guerra, su apartamento se llenó semanas antes del incidente de cajas con uniformes polacos, documentos de identidad y hasta cigarrillos de fabricación polaca, material reunido precisamente para operaciones como la de Gleiwitz. El oficial del Abwehr Erwin von Lahousen confirmó en Núremberg que dos secciones de su división se encargaron de proporcionar uniformes y documentación del ejército polaco para este tipo de montajes.
Franciszek Honiok, la víctima que no debía tener nombre
El cadáver abandonado en la emisora como prueba del ataque no era un actor ni un maniquí. Era Franciszek Honiok, un agricultor de Silesia de cuarenta y tres años, conocido en su pueblo por sus simpatías hacia la causa polaca. La Gestapo lo detuvo el día antes del asalto sin explicación alguna. Lo sedaron, lo trasladaron hasta la emisora y allí le dispararon, dejando el cuerpo vestido de soldado como escenografía final del montaje.
Dentro del argot de las SS, a los prisioneros reservados para este tipo de operaciones se los conocía con un eufemismo escalofriante: "Konserven", latas de conserva. Se mantenían disponibles, drogados o próximos a la ejecución, para servir como atrezo humano allí donde hiciera falta un cuerpo que sostuviera la mentira. Honiok es señalado a menudo como una de las primeras víctimas mortales de la guerra en Europa, muerto antes incluso de que sonara el primer disparo del ejército regular.
De la mentira radiofónica a la invasión de Polonia
Gleiwitz no fue el único episodio de esa noche. Casi en paralelo, otros grupos de las SS simularon ataques similares en un puesto forestal cerca de Pitschen y en una aduana en Hochlinden, recurriendo también a prisioneros sedados vestidos de soldados polacos. Pero fue el asalto a la emisora, por su naturaleza radiofónica y su capacidad de propagarse como noticia, el que ocupó el lugar central en la maquinaria propagandística nazi.
A la mañana siguiente, el 1 de septiembre, Hitler se dirigió al Reichstag y citó los incidentes fronterizos, Gleiwitz incluido, como prueba de que Polonia había atacado primero. Mientras hablaba, columnas de la Wehrmacht ya cruzaban la frontera y la aviación alemana bombardeaba ciudades polacas. Dos días después, Francia y Reino Unido declaraban la guerra a Alemania. La Segunda Guerra Mundial, que se cobraría entre 70 y 85 millones de vidas antes de terminar en 1945, había comenzado formalmente con una mentira construida sobre un cadáver.
¿Por qué se recuerda hoy el incidente de Gleiwitz?
Gleiwitz se estudia todavía porque es uno de los pocos casos de propaganda de guerra del siglo XX documentado de principio a fin con pruebas directas de sus propios artífices. Gracias al testimonio jurado de Naujocks en Núremberg en 1945 y a los archivos del Abwehr, los historiadores no tuvieron que reconstruir el engaño a partir de indicios: contaron con la confesión de quienes lo ejecutaron. Eso convirtió el caso en referencia obligada para entender cómo se fabrica un pretexto de guerra desde dentro del aparato del Estado.
Lo que distingue a Gleiwitz de otros episodios fronterizos oscuros de la historia no es solo la crueldad del montaje, sino la nitidez con la que quedó al descubierto. La mayoría de los presuntos incidentes provocados que jalonan la historia militar siguen envueltos en disputa entre historiadores por falta de pruebas concluyentes. Aquí no hubo esa ambigüedad: los propios responsables, bajo juramento y frente a un tribunal internacional, describieron paso a paso cómo se planeó y ejecutó el engaño. Ese nivel de detalle documental es lo que ha permitido que Gleiwitz se enseñe hoy en universidades y academias militares como caso de estudio sobre desinformación y guerra, mucho más allá del interés puramente anecdótico del episodio.
Del pueblo de Gleiwitz, convertido después de 1945 en la Gliwice polaca, queda en pie la torre de radio de madera desde la que se emitió aquel mensaje falso. Hoy es un pequeño museo dedicado a explicar, con la documentación que sobrevivió a la guerra y a los juicios posteriores, cómo unas pocas horas de teatro macabro sirvieron para encender un conflicto que arrasaría medio mundo.