El 7 de septiembre de 1812, cerca de un pueblo llamado Borodinó, a poco más de cien kilómetros de Moscú, murieron o cayeron heridos más de 70.000 hombres en menos de doce horas. Ningún otro día de las guerras napoleónicas dejó tantos cadáveres en tan poco tiempo. Y sin embargo, cuando el sol se puso sobre los campos de centeno pisoteados, nadie podía decir con certeza quién había ganado.
La batalla llevaba meses gestándose. En junio de aquel año, Napoleón había cruzado el río Niemen con cerca de 600.000 hombres bajo su mando, la mayor fuerza militar reunida hasta entonces en Europa. Su plan era sencillo sobre el papel: forzar al ejército ruso a una batalla campal, destruirlo y obligar al zar Alejandro I a sentarse a negociar. Pero el general Mijaíl Kutúzov, que acababa de sustituir al más prudente Barclay de Tolly al mando de las tropas zaristas, sabía que enfrentarse abiertamente a la Grande Armée equivalía a firmar su propia derrota. Durante semanas, los rusos se replegaron hacia el interior, quemando cosechas y aldeas a su paso, mientras las líneas de suministro francesas se estiraban hasta casi romperse.
La presión que empujó a Kutúzov a plantar batalla
Para agosto, esa estrategia de tierra quemada empezaba a costarle cara a Kutúzov en términos políticos. La nobleza rusa, la corte y buena parte de su propio ejército consideraban humillante seguir cediendo terreno sin luchar. Moscú estaba a un paso. Ceder la antigua capital sin ofrecer resistencia habría sido, para muchos, una traición. Kutúzov eligió entonces un terreno junto al río Kolochá, cerca de la aldea de Borodinó, y ordenó levantar allí una línea de fortificaciones improvisadas: reductos de tierra y madera pensados para compensar con ingeniería lo que le faltaba en maniobra.
La más importante de esas posiciones era un conjunto de tres parapetos en forma de flecha, conocidos como las flechas de Bagratión, en el flanco izquierdo ruso. En el centro, sobre una pequeña colina, se alzaba lo que los propios soldados franceses acabarían llamando el Gran Reducto: una batería semicircular con diecinueve cañones de doce libras y un campo de tiro que dominaba buena parte del valle. Kutúzov reunió allí unos 120.000 hombres y 640 piezas de artillería. Frente a él, Napoleón disponía de unos 130.000 soldados y casi 590 cañones, una fuerza ligeramente inferior en número pero con una ventaja que resultaría decisiva: la artillería francesa, mejor coordinada, podía concentrar el fuego con una precisión que los rusos no lograban igualar.
Doce horas de matanza junto al Kolochá
El combate arrancó al amanecer del 7 de septiembre, hacia las seis de la mañana, con un bombardeo de un centenar de cañones franceses contra el centro de la línea rusa. Lo que siguió fue, según coinciden los historiadores, una de las batallas más brutales y menos sofisticadas tácticamente de toda la era napoleónica: cargas frontales, una y otra vez, contra posiciones fortificadas defendidas a bayoneta.
Las flechas de Bagratión, tomadas y perdidas varias veces
El mariscal Louis-Nicolas Davout lanzó tres divisiones, unos 22.000 hombres, contra las flechas del flanco izquierdo ruso. Los franceses las conquistaron hacia las siete y media de la mañana, pero el príncipe Piotr Bagratión, al mando de la defensa, organizó un contraataque casi inmediato que las recuperó. Las posiciones cambiaron de manos varias veces a lo largo de la mañana, en combates cuerpo a cuerpo que dejaron miles de muertos en un espacio de apenas unos cientos de metros. Bagratión resultó gravemente herido por metralla en una pierna durante uno de esos asaltos; moriría de la infección diecisiete días después, el 24 de septiembre.
La caída del Gran Reducto de Raevski
En el centro, el Gran Reducto cambió de manos con una violencia parecida. El príncipe Eugène de Beauharnais lo capturó hacia las ocho y media de la mañana, pero fue expulsado poco después. Entre los caídos de ese primer asalto estuvo Alexánder Kutaisov, el joven general al mando de la artillería rusa, cuya muerte dejó sin dirección centralizada a los cañones zaristas durante el resto de la jornada. Pasado el mediodía, tras concentrar el fuego de unas 400 piezas de artillería contra la posición, Eugène logró tomar definitivamente el reducto. Los cuatro regimientos rusos que lo defendían quedaron prácticamente aniquilados.
Napoleón, que observaba la batalla desde una loma a cierta distancia y llevaba días aquejado de un fuerte resfriado, se negó a arriesgar a su Guardia Imperial para rematar la victoria, pese a que varios de sus mariscales se lo pidieron. Prefirió conservar intacta su última reserva antes que arriesgarla a cientos de kilómetros de Francia. Cuando cayó la noche, los rusos se retiraban en orden hacia el este, derrotados tácticamente pero sin haber sido destruidos como ejército, que era el objetivo real de Napoleón.
Una victoria que no sirvió para ganar la guerra
Las cifras de bajas varían según la fuente, pero todas coinciden en su magnitud: los franceses perdieron entre 30.000 y 35.000 hombres, muertos o heridos; los rusos, unos 45.000, incluidos veintidós generales. En apenas doce horas de combate murieron o cayeron heridos más soldados que en cualquier otro día de toda la era napoleónica, incluida Waterloo. Ninguno de los dos bandos pudo reclamar una victoria clara: Napoleón se quedó con el campo de batalla, pero no logró destruir al ejército ruso, que sobrevivió para retirarse casi intacto en cuanto a estructura de mando.
Seis días después, el 13 de septiembre, Kutúzov reunió a sus generales en el pueblo de Fili, a las puertas de Moscú, para decidir si defender la ciudad o abandonarla. Optó por lo segundo, con una frase que resume bien el cálculo frío detrás de la decisión: la pérdida de Moscú, dijo, no significaba necesariamente la pérdida de Rusia, pero sacrificar al ejército por defender la ciudad sí la habría condenado. Dos días más tarde, el 15 de septiembre, Napoleón entraba en una Moscú prácticamente vacía. Gran parte de la ciudad, de construcción mayoritariamente de madera, ardió en los días siguientes en incendios cuyo origen —accidental, provocado por los propios rusos al retirarse, o ambas cosas— sigue siendo objeto de debate entre historiadores.
Napoleón esperó más de un mes en una ciudad en ruinas, confiando en que el zar pediría la paz. No llegó ninguna oferta. El 18 de octubre, con el invierno ruso acercándose, ordenó la retirada. Fue el principio del fin: hostigada por el frío, el hambre y los cosacos, la Grande Armée quedó reducida a una fracción de lo que había sido. De los cerca de 600.000 hombres que habían cruzado el Niemen en junio, apenas volvieron unos 100.000 al concluir la campaña, muchos de ellos en un estado físico lamentable.
El «viejo zorro» que ganó sin atacar
El historiador Dominic Lieven recoge en su estudio sobre la campaña de 1812 que el propio Napoleón se refería a Kutúzov como «el viejo zorro», en parte con desprecio y en parte con un respeto incómodo. No era un elogio gratuito: Kutúzov, tuerto desde una herida de guerra décadas atrás y a menudo subestimado por su edad y su corpulencia, había entendido algo que a Napoleón le costó ver hasta que fue demasiado tarde. En una guerra librada a semejante distancia de las bases de suministro propias, no hacía falta ganar batallas para ganar la guerra. Bastaba con sobrevivir a ellas y dejar que el espacio, el clima y el tiempo hicieran el resto.
Lo que hace de Borodinó un caso singular dentro de la historia militar es precisamente esa desconexión entre el resultado táctico y el estratégico. Medida solo por el número de bajas infligidas y el terreno ocupado al final del día, fue una victoria francesa. Medida por sus consecuencias, fue el principio del desastre que acabaría con la reputación de invencibilidad de Napoleón y, con ella, con buena parte de su dominio sobre Europa. Pocas batallas ilustran mejor la diferencia entre ganar un combate y ganar una guerra.
Hoy, el campo de Borodinó es un museo militar al aire libre, con monumentos que señalan dónde cayeron Bagratión y Kutaisov, y réplicas de los reductos que se disputaron aquel día. Cada mes de septiembre, el lugar acoge una recreación histórica que reúne a cientos de aficionados vestidos con los uniformes de ambos ejércitos. Es, quizá, la manera más honesta de recordar una batalla que nadie ganó del todo: revivirla sin que nadie tenga que morir esta vez.