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Pedro Menéndez de Avilés y la fundación de San Agustín de la Florida

Hace 461 años, un marino nacido en Asturias fundó la primera ciudad europea permanente en el actual territorio de Estados Unidos, tras un choque decisivo con la colonia protestante francesa de Fort Caroline

Carmen Puerta 28 de August de 2026 1 lecturas 9 min de lectura
Estatua de Pedro Menéndez de Avilés en Avilés (Asturias), la villa donde nació en 1519
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El 28 de agosto de 1565, al amanecer, los vigías de una flota de más de treinta naves distinguieron una línea baja de arena y palmerales en el horizonte. Era la costa de la actual Florida. Ese día, el calendario católico recordaba a san Agustín de Hipona, el obispo y pensador norteafricano muerto en el año 430. El almirante al mando, un marino nacido cuarenta y seis años antes en la villa asturiana de Avilés, decidió que si allí levantaba una población, llevaría ese nombre. Así surgió, casi por coincidencia litúrgica, San Agustín de la Florida: la localidad de origen europeo más antigua que sigue habitada de forma continua en el territorio actual de Estados Unidos, más de cuatro décadas antes de Jamestown y más de cinco antes de Plymouth.

Detrás de aquella coincidencia del santoral había, en realidad, una operación militar decidida en Madrid por Felipe II para resolver un problema que llevaba tiempo incomodando a la Corona: una colonia francesa protestante asentada a apenas sesenta kilómetros de donde acabaría naciendo San Agustín.

España y Francia se disputan la Florida

España llevaba más de medio siglo reclamando esas tierras. En 1513, Juan Ponce de León había recorrido la costa y le había puesto el nombre de La Florida, ya fuera por la exuberancia de su vegetación o porque la avistó durante la Pascua Florida. Sin embargo, ningún asentamiento español había prosperado allí. Los intentos de colonización previos —el de Pánfilo de Narváez, el de Hernando de Soto— habían terminado en desastre, entre enfermedades, ataques indígenas y naufragios.

El vacío lo aprovechó Francia. En 1562, el marino Jean Ribault exploró la zona en nombre de la Corona francesa, y dos años después su compatriota René de Laudonnière fundó un pequeño fuerte de madera en la desembocadura del río San Juan, cerca de la actual Jacksonville. Lo llamaron Fort Caroline, en honor al rey Carlos IX. La mayoría de sus colonos eran hugonotes, protestantes franceses que habían huido de la persecución religiosa en su país.

La ruta de la plata que pasaba junto a Fort Caroline

El problema no era solo religioso. Fort Caroline se alzaba a un paso del canal de Bahamas, el corredor marino por el que las flotas cargadas de plata de México y Perú regresaban a España aprovechando la corriente del Golfo. Un enclave francés armado en ese punto podía convertirse en base de corsarios capaces de hostigar el tráfico más valioso del imperio español. Felipe II no podía permitirlo, y menos viniendo de una potencia protestante rival. Encargó la solución a un hombre que llevaba media vida en el mar: Pedro Menéndez de Avilés.

Un padre que buscaba a su hijo naufragado

Menéndez había nacido en 1519 en Avilés y se había hecho a la mar siendo casi un niño. A los dieciocho años ya era temido por los piratas del Cantábrico, y con el tiempo llegó a capitán general de la flota de Indias, el sistema de convoyes que trasladaba la plata americana hasta Sevilla. Su vida, sin embargo, se torció en 1563, cuando su hijo Juan, almirante de la flota de Nueva España, desapareció junto a varios barcos en un naufragio cerca de las Bermudas. Menéndez nunca perdió la esperanza de que hubiera sobrevivido y llegado a la costa de Florida, capturado por algún cacique indígena.

Esa búsqueda personal se entrelazó con el encargo real. En marzo de 1565, Felipe II firmó un asiento que nombraba a Menéndez adelantado, gobernador y capitán general de la Florida, con la condición de colonizarla a su costa a cambio de amplios privilegios y el título de marqués. Menéndez aceptó, reunió una flota de treinta y cuatro naves con más de dos mil seiscientos hombres y zarpó hacia el Nuevo Mundo con una doble misión: expulsar a los franceses y encontrar rastro de su hijo. Dos décadas después se supo que Juan Menéndez había sobrevivido de verdad al naufragio y había sido apresado por indígenas de la región, aunque su padre nunca llegó a saberlo.

El día de San Agustín y la caída de Fort Caroline

Tras el desembarco del 28 de agosto, Menéndez no perdió tiempo. El 8 de septiembre fundó formalmente el asentamiento de San Agustín con cerca de seiscientos colonos, y de inmediato se preparó para atacar a los franceses. Jean Ribault, que acababa de llegar a Fort Caroline con refuerzos, decidió adelantarse y zarpó para sorprender a los españoles por mar. No lo consiguió: un huracán dispersó y destrozó su flota a lo largo de la costa, entre la actual Daytona Beach y Cabo Cañaveral.

La masacre de Matanzas

Menéndez aprovechó la ausencia de Ribault para marchar por tierra hasta Fort Caroline, tomarlo casi sin resistencia y pasar a cuchillo a la mayoría de sus defensores. Después regresó hacia el sur, donde fue localizando en la playa a los supervivientes del naufragio de Ribault, agrupados en dos partidas separadas. A quienes se rindieron, los hizo ejecutar por hereje protestante, salvo a un puñado de dieciséis prisioneros, entre católicos declarados y artesanos útiles para la nueva colonia. El propio Ribault murió allí. El lugar quedó bautizado como Matanzas, nombre que conserva hoy la desembocadura donde ocurrió.

 

Reconstrucción del fuerte francés de Fort Caroline, cerca de la actual Jacksonville, atacado por las tropas de Menéndez en 1565
Reconstrucción del fuerte francés de Fort Caroline, cerca de la actual Jacksonville, atacado por las tropas de Menéndez en 1565

 

Fue un episodio brutal incluso para los criterios de la época, y así lo entendieron algunos contemporáneos: el propio embajador francés en Madrid protestó formalmente ante la corte española por la matanza de prisioneros que ya se habían rendido. Pero desde la perspectiva de Menéndez y de Felipe II, la operación había cumplido su objetivo estratégico: Francia perdía su único punto de apoyo en el sureste de Norteamérica y España se aseguraba, al menos por el momento, el control de la ruta de la plata.

De fuerte de madera a fortaleza de piedra

San Agustín sobrevivió, aunque no sin sobresaltos. Durante su primer siglo de existencia dependió de nueve fuertes sucesivos de madera, vulnerables al fuego y a las tormentas. En 1668 el corsario inglés Robert Searle saqueó la ciudad, y ese ataque convenció a la Corona de construir una defensa permanente. Las obras del Castillo de San Marcos empezaron en 1672, con canteros traídos desde La Habana, y se prolongaron durante veintitrés años. Sus muros se levantaron con coquina, una piedra caliza formada por conchas marinas compactadas que se extraía en la cercana isla de Anastasia. La coquina resultó tener una cualidad poco común: absorbía el impacto de las balas de cañón en lugar de astillarse, lo que convirtió al castillo en una de las fortificaciones más resistentes de su tiempo en América.

 

El Castillo de San Marcos, la fortaleza de piedra coquina construida en San Agustín entre 1672 y 1695
El Castillo de San Marcos, la fortaleza de piedra coquina construida en San Agustín entre 1672 y 1695

 

Pedro Menéndez de Avilés no llegó a ver terminada esa fortaleza. En 1574, ya de vuelta en España, reunió en Santander una nueva flota de trescientos barcos y veinte mil hombres, esta vez pensada contra Inglaterra. El mismo día en que la flota quedó lista cayó enfermo de tifus exantemático, contagiado por sus propios soldados, y murió nueve días después, el 17 de septiembre, con cincuenta y cinco años. Felipe II perdió así al que probablemente habría sido su almirante más experimentado para una empresa naval de gran escala. Catorce años más tarde, cuando España lanzó la Armada Invencible contra Inglaterra, tuvo que hacerlo sin él.

¿Por qué San Agustín es menos conocida que Jamestown o Plymouth?

A pesar de ser más antigua que cualquier ciudad de origen inglés en el actual territorio estadounidense, San Agustín ocupa un lugar secundario en el relato popular sobre los orígenes de Estados Unidos, muy centrado en los peregrinos del Mayflower y en la colonia de Virginia. La razón tiene menos que ver con la importancia real del asentamiento que con quién acabó escribiendo la historia nacional del país: una tradición angloprotestante que, durante mucho tiempo, prestó poca atención a la herencia católica y española del sureste.

Puesto en perspectiva, lo que hace relevante este episodio no es solo la fecha ni la anécdota del santo del día, sino lo que revela sobre el mapa real de la colonización europea de Norteamérica: mucho antes de que existiera una Nueva Inglaterra, ya había una España peninsular trasplantada a la costa atlántica, con sus fortalezas, sus rutas de plata y sus conflictos religiosos importados directamente del Viejo Mundo. San Agustín no fue un experimento aislado, sino la pieza que aseguraba el flanco norte de un imperio que dependía, literalmente, del oro y la plata que cruzaban ese mismo tramo de mar.

 

Estatua de Pedro Menéndez de Avilés en San Agustín, la ciudad que fundó en 1565
Estatua de Pedro Menéndez de Avilés en San Agustín, la ciudad que fundó en 1565

 

Hoy San Agustín sigue en pie, convertida en destino turístico y en uno de los pocos lugares de Estados Unidos donde el pasado español no es un dato de museo, sino el trazado mismo de sus calles. El Castillo de San Marcos continúa junto al mar, y cada 28 de agosto la ciudad recuerda que su nombre no nació de un plan calculado, sino del santo que le tocó en el calendario a una flota que buscaba, sobre todo, cerrar una frontera y encontrar a un hijo perdido.

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