La madrugada del 16 de septiembre de 1810 no tenía nada de especial hasta que sonaron las campanas. En el pueblo de Dolores, en el actual estado mexicano de Guanajuato, un sacerdote de 57 años llamado Miguel Hidalgo y Costilla mandó llamar a sus feligreses a la parroquia antes del amanecer. Lo que dijo esa mañana —las palabras exactas se han perdido, y los historiadores discuten todavía qué gritó realmente— puso en marcha una guerra de once años que terminaría con tres siglos de dominio español sobre lo que hoy es México.
Hidalgo no era un revolucionario de vocación. Era un cura ilustrado, antiguo rector del Colegio de San Nicolás en Valladolid, aficionado a la lectura de autores franceses prohibidos por la Inquisición y preocupado, según cuentan quienes lo conocieron, por las condiciones de vida de sus feligreses indígenas y mestizos. Desde que se hizo cargo de la parroquia de Dolores en 1803, les había enseñado a cultivar la vid, criar abejas y montar pequeños talleres de loza y ladrillo, oficios que chocaban de frente con las restricciones económicas que la Corona imponía a sus colonias americanas.
La conspiración de Querétaro y la carrera contra el tiempo
El plan original no era una revuelta popular inmediata sino una conjura discreta. Desde 1809, Hidalgo formaba parte de un grupo que se reunía con el pretexto de tertulias literarias en Querétaro, animado por el corregidor Miguel Domínguez y, sobre todo, por su esposa, Josefa Ortiz de Domínguez. Junto a los capitanes Ignacio Allende y Juan Aldama, discutían la posibilidad de formar una junta de gobierno que administrara Nueva España en nombre del rey Fernando VII, cautivo entonces de Napoleón en Francia. No hablaban todavía de independencia total, sino de autogobierno bajo la corona española, una diferencia que se fue disolviendo a medida que la conspiración avanzaba.
El secreto duró poco. El 11 de septiembre de 1810 las autoridades realistas ya tenían pistas firmes, y días después el alcalde de Querétaro remitió al virrey Francisco Javier Venegas una lista de sospechosos que incluía a Josefa Ortiz. Su marido la encerró en su propia casa para impedir que avisara a los conjurados, pero ella logró hacer llegar el aviso a través de un alguacil, Ignacio Pérez, que cabalgó hasta San Miguel el Grande para alertar a Allende. El mensaje llegó a Dolores la noche del 15 de septiembre. Hidalgo tenía dos opciones: huir o adelantar el levantamiento varias semanas antes de lo previsto. Eligió la segunda.
¿Qué gritó realmente Hidalgo esa madrugada?
No existe un texto fijado ni un testigo que anotara la arenga palabra por palabra, así que la versión escolar —«¡Viva México!»— es en gran parte una reconstrucción posterior. Los relatos más fiables de la época coinciden en que Hidalgo invocó a Fernando VII, pidió muerte al mal gobierno y a los españoles peninsulares que lo sostenían, y tomó como estandarte una imagen de la Virgen de Guadalupe, símbolo con el que buscaba dar legitimidad religiosa y popular a la revuelta entre una población mayoritariamente indígena y mestiza. El campanero José Galván hizo sonar el esquilón de la parroquia, fundido en 1768 y conocido como «San José», para congregar a la gente. Esa misma campana se conserva hoy en el Palacio Nacional de Ciudad de México, donde cada 15 de septiembre el presidente la hace sonar en la ceremonia oficial del Grito.
De la parroquia al ejército de setenta mil hombres
Lo que siguió sorprendió a los propios conspiradores. En cuestión de días, miles de campesinos, mineros y trabajadores indígenas se sumaron a lo que había empezado como un pronunciamiento de un puñado de criollos ilustrados. El grupo armado, apenas unos cientos de personas la mañana del 16 de septiembre, se convirtió en un ejército de decenas de miles conforme avanzaba hacia Guanajuato, San Miguel y Celaya, donde Hidalgo fue proclamado generalísimo.
El primer gran choque violento llegó el 28 de septiembre en Guanajuato, en la Alhóndiga de Granaditas, un enorme granero de piedra donde las autoridades españolas y buena parte de la población española y criolla de la ciudad se habían atrincherado. El asalto insurgente, según los relatos de la época, derivó en una matanza que dejó cientos de muertos entre los sitiados y marcó el tono brutal que tendría buena parte de la guerra en sus primeros meses. Un mes después, el ejército insurgente —ya con más de setenta mil hombres, frente a unos cinco mil soldados realistas bien entrenados— venció en la batalla del Monte de las Cruces, a las puertas mismas de Ciudad de México, el 30 de octubre de 1810.
La retirada que sigue discutiéndose
Con la capital virreinal prácticamente indefensa, Ignacio Allende presionó para lanzar el asalto final. Hidalgo, en cambio, ordenó retirarse el 2 de noviembre. Los historiadores no se ponen de acuerdo sobre sus razones: el desgaste de las tropas, la falta de armas y alimentos, el temor a un baño de sangre en una ciudad de cien mil habitantes o la noticia de que el general realista Félix María Calleja se aproximaba con refuerzos. Fue, probablemente, una combinación de todo eso. La decisión resultó fatal para la causa insurgente: dio tiempo a los realistas a reorganizarse, y las semanas siguientes trajeron derrotas sucesivas para el ejército de Hidalgo, cada vez más numeroso pero también más desorganizado y mal armado frente a tropas profesionales.
La captura en Acatita de Baján y el final de los cuatro cabecillas
En enero de 1811, tras la derrota en el Puente de Calderón, Hidalgo, Allende, Aldama y el también insurgente José Mariano Jiménez intentaron huir hacia el norte, con la idea de cruzar la frontera y buscar apoyo en Estados Unidos. Nunca llegaron. El 21 de marzo de 1811 fueron capturados por tropas realistas en Acatita de Baján, en el actual estado de Coahuila, traicionados por un antiguo aliado. Los cuatro fueron trasladados a Chihuahua, juzgados por las autoridades civiles y eclesiásticas —Hidalgo fue además degradado de su condición sacerdotal antes de la ejecución, un trámite que la Iglesia consideraba necesario para entregarlo al brazo secular— y fusilados. Hidalgo murió el 30 de julio de 1811.
El castigo no terminó con la muerte. Por orden del virrey Calleja, las cabezas de los cuatro insurgentes fueron cortadas y enviadas de vuelta a Guanajuato, donde se colgaron en jaulas de hierro en las cuatro esquinas de la Alhóndiga de Granaditas, el mismo edificio del asalto de 1810, como advertencia pública. Permanecieron allí durante diez años, hasta que la independencia se consumó en 1821 y los restos fueron retirados y trasladados con honores a la Catedral de la Ciudad de México.
Once años de guerra que Hidalgo no llegó a ver terminar
Lo que hace especialmente significativo el Grito de Dolores no es solo su fecha simbólica, sino la distancia entre lo que Hidalgo puso en marcha y lo que él mismo llegó a presenciar. Murió apenas diez meses después de tocar la campana, sin haber visto ni una sola victoria decisiva definitiva ni el más mínimo indicio de que la guerra pudiera ganarse a corto plazo. La independencia no llegó de su mano, sino de la de otros líderes —José María Morelos primero, y más tarde Vicente Guerrero y, de forma paradójica, el antiguo oficial realista Agustín de Iturbide— que retomaron y transformaron la causa durante la siguiente década. Puesto en perspectiva, el episodio de Dolores se parece menos al desenlace de una revolución que a la chispa que la hizo inevitable: una conspiración de salón que se vio obligada, por una delación imprevista, a convertirse en levantamiento armado antes de estar preparada para serlo, y que aun así consiguió que la idea de la independencia echara raíces imposibles de arrancar.
Hoy, cada 15 de septiembre por la noche, millones de mexicanos rememoran ese grito en plazas de todo el país y en el balcón del Palacio Nacional. La ceremonia se celebra la víspera de la fecha real, una costumbre que se consolidó con el tiempo más que por precisión histórica, pero el eco de aquella campana de pueblo sigue siendo, más de dos siglos después, el punto de partida que los mexicanos señalan como el origen de su nación.