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Siglo XIX

Emilia Pardo Bazán, la escritora a la que la Real Academia Española rechazó tres veces

A 175 años de su nacimiento en A Coruña, la introductora del naturalismo en España y primera catedrática universitaria del país sigue siendo un símbolo de las barreras que enfrentaron las intelectuales del siglo XIX

Carmen Puerta 26 de August de 2026 27 lecturas 8 min de lectura
Retrato fotográfico de Emilia Pardo Bazán, realizado hacia finales del siglo XIX.
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El 16 de septiembre de 1851 nace en A Coruña, en el seno de una familia noble e ilustrada, una niña llamada Emilia Pardo Bazán. Nadie en aquella casa podía imaginar que esa hija única acabaría siendo la escritora que introdujo el naturalismo en las letras españolas, la primera mujer que ocupó una cátedra universitaria en el país y, al mismo tiempo, una de las figuras a las que la cultura oficial española cerró la puerta con más insistencia. Se cumplen ahora 175 años de aquel nacimiento, y su historia sigue siendo un buen espejo de lo que costaba, y en parte sigue costando, que una mujer fuera tomada en serio en el mundo de las letras.

Una educación fuera de lo común en la Galicia del XIX

Emilia era hija de Amalia de la Rúa-Figueroa y de José Pardo Bazán, un político liberal con escaño en las Cortes tras la revolución de 1868. En una época en la que a la mayoría de las niñas españolas apenas se les enseñaba a leer, coser y rezar, Emilia creció rodeada de libros gracias a un padre que no puso freno a su curiosidad. Ella misma contaría después que aprendió sola, a base de devorar la biblioteca familiar, desde novelas de aventuras hasta tratados de filosofía.

A los dieciséis años, en julio de 1868, se casó con José Quiroga, un estudiante de derecho de veinte, en la capilla del Pazo de Meirás, la finca de sus padres en la provincia de A Coruña. Ella misma resumió después ese año con una frase que dice mucho de su carácter: cumplió la mayoría de edad, se casó y estalló la revolución, todo casi a la vez. Poco después la familia se trasladó a Madrid, donde su padre ejercía como diputado, y ahí empezó el contacto de Emilia con los círculos intelectuales de la capital.

Los primeros pasos como escritora

Sus primeros textos fueron artículos y poemas, pero fue con la narrativa donde encontró su terreno. En 1879 publicó su primera novela, Pascual López, una historia con tintes fantásticos protagonizada por un estudiante de medicina. No era todavía la Pardo Bazán que conocemos hoy, pero ya apuntaba maneras: prosa cuidada, observación aguda de los personajes y un gusto por retratar la vida gallega que la acompañaría toda su carrera.

El naturalismo llega a España de la mano de una mujer

El verdadero punto de inflexión llegó entre 1882 y 1883, cuando Pardo Bazán publicó en el periódico La Época una serie de artículos que después reunió en un libro: La cuestión palpitante. En ese ensayo analizaba con detalle las ideas de Émile Zola y el movimiento naturalista francés, y defendía que la novela española debía observar la realidad social sin adornos ni moralinas fáciles, aunque esa realidad incluyera la miseria, la violencia o el deseo.

El libro cayó como una bomba en el ambiente literario madrileño. Buena parte de la crítica católica y conservadora consideró escandaloso que esas ideas, asociadas al determinismo y al materialismo francés, las defendiera además una mujer casada y con hijos. La polémica fue tan intensa que, según cuentan sus biógrafos, contribuyó a tensar su matrimonio: en 1884 se separó de José Quiroga de manera amistosa, y él le firmó un documento notarial que le reconocía plena libertad para administrar sus bienes y publicar sus obras sin necesidad de su permiso, algo nada habitual para una mujer casada de la época.

Los pazos de Ulloa, la novela que la consagró

Pardo Bazán no se limitó a la teoría. En 1886 publicó Los pazos de Ulloa, la novela que más se cita al hablar de naturalismo español, y al año siguiente su continuación, La madre naturaleza. Ambas retratan sin concesiones la Galicia rural del XIX: un pazo decadente, un marqués abandonado a sus vicios, un caciquismo que devora cualquier intento de orden y un joven sacerdote enviado a poner remedio a ese mundo, sin demasiado éxito. Es un fresco duro, casi sin heroísmo, muy alejado del costumbrismo amable que se esperaba entonces de una autora. La crítica tuvo que rendirse a la evidencia: aquella novela estaba entre lo mejor que se había escrito en español en años.

Tres portazos de la Real Academia Española

El talento de Pardo Bazán no bastó para abrirle las puertas de la Real Academia Española. Su nombre sonó como posible candidata en 1889 y en 1891, sin que llegara a presentarse una propuesta formal, y en 1891 fundó y dirigió en solitario la revista Nuevo Teatro Crítico, financiada con la herencia de su padre, donde publicó ensayos defendiendo el papel de la mujer en la cultura española. En 1912 dio el paso definitivo: envió una carta de solicitud, un memorial y su currículo al director de la Academia.

La respuesta fue un no rotundo. La institución invocó un acuerdo interno de 1853, adoptado tras rechazar a la escritora cubana Gertrudis Gómez de Avellaneda por 14 votos contra 6, que en la práctica cerraba el paso a cualquier mujer, aunque nunca llegó a escribirse en los estatutos. Entre los académicos que se opusieron estaba Juan Valera, que llegó a decir que se le podían enseñar los sillones de la sala con la advertencia de que jamás llegaría a sentarse en ninguno. Marcelino Menéndez Pelayo fue más lejos y calificó su candidatura de pretensión estrafalaria, además de describirla en privado como una literata fea con peligro de volverse librepensadora.

El escritor Juan Valera, uno de los académicos que se opuso a que Pardo Bazán entrara en la Real Academia Española.
El escritor Juan Valera, uno de los académicos que se opuso a que Pardo Bazán entrara en la Real Academia Española.

¿Por qué la Academia se negó a aceptarla?

Más allá de las excusas formales, el rechazo respondía a algo muy simple: una parte de la élite cultural española de finales del XIX no concebía que una mujer, por brillante que fuera, ocupara un lugar reservado hasta entonces solo a hombres. Pardo Bazán lo entendió con claridad. En una entrevista de 1917, ya sin ninguna esperanza de entrar, resumió el episodio sin rodeos: el rechazo no tenía que ver con su valía literaria, sino solo con el hecho de ser mujer. La Academia no admitiría a su primera académica de número hasta 1978, con Carmen Conde, 57 años después de la muerte de Pardo Bazán.

La primera catedrática de la universidad española

Donde la Academia le cerró la puerta, la universidad, aunque a regañadientes, acabó por abrírsela. En 1916 el Ministerio de Instrucción Pública la nombró catedrática de Literatura Contemporánea de Lenguas Neolatinas en la Universidad Central de Madrid, la actual Complutense. Fue la primera mujer en ocupar una cátedra universitaria en España. El nombramiento no vino acompañado de aplausos: los estudiantes, que no aceptaban a una profesora al frente del aula, organizaron un boicot y durante buena parte del curso apenas un alumno acudió a sus clases.

En 1908 el rey Alfonso XIII le había reconocido ya el título de condesa de Pardo Bazán, que había pertenecido a su padre por concesión pontificia, un reconocimiento social que contrastaba con las trabas que seguía encontrando en el terreno profesional. Pardo Bazán murió en Madrid el 12 de mayo de 1921, a los 69 años, víctima de una gripe agresiva que se complicó con la diabetes que arrastraba desde hacía tiempo y que, según los relatos de la época, acabó afectándole al cerebro en apenas tres días.

Lo que hace especialmente relevante el caso de Pardo Bazán no es solo la calidad de su obra, notable por sí sola, sino el contraste entre dos varas de medir que convivieron en la misma España: una universidad capaz de nombrarla catedrática y una Academia incapaz de sentarla en uno de sus sillones. Ese desfase, más que una curiosidad de época, retrata bastante bien cómo avanzaban entonces los derechos de las mujeres en España: a golpes de excepción individual, nunca de norma general, y siempre con alguien dispuesto a explicarle a la excepción por qué no le correspondía el sitio que ocupaba.

Casi dos siglos después de su nacimiento, Los pazos de Ulloa sigue en los planes de estudio y La cuestión palpitante se lee como documento fundacional de la novela moderna en español. De los hombres que le negaron el sillón en la Academia, en cambio, apenas queda memoria fuera de los libros de historia literaria que cuentan, precisamente, por qué se equivocaron.

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