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Siglo XIX

Juan Prim y el magnicidio de la calle del Turco (1870)

La muerte del principal valedor de Amadeo de Saboya dejó sin resolver la autoría del atentado que quebró el nuevo régimen español.

Óscar Navarro 31 de July de 2026 23 lecturas 10 min de lectura
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La tarde del 27 de diciembre de 1870, Madrid estaba cubierta de frío y nieve. Juan Prim salió del Congreso de los Diputados y subió a su berlina para regresar al palacio de Buenavista, sede del Ministerio de la Guerra. Llevaba tres años tratando de dar forma política a la revolución que había expulsado a Isabel II y apenas quedaban unos días para que llegara a España el rey elegido por las Cortes. Prim no alcanzaría a recibirlo.

En la calle del Turco, hoy llamada del Marqués de Cubas, varios hombres cortaron el paso del carruaje y dispararon desde ambos lados. El presidente del Consejo de Ministros y sus acompañantes quedaron heridos. Prim sobrevivió al tiroteo, pero murió tres días más tarde. La escena fue precisa; la autoría, no. El sumario creció durante años sin producir una condena que identificara a los organizadores, y esa grieta entre lo que se sabe y lo que se sospecha explica la larga vida del caso.

Una emboscada en el centro de Madrid

El informe del fiscal publicado en 1876 situó el atentado entre las siete y las ocho de la tarde. Prim viajaba con los coroneles Ángel González Nandín y Juan Francisco Moya desde el palacio de las Cortes hacia su residencia oficial. Al alcanzar el tramo final de la calle del Turco, cerca de la calle de Alcalá, varios grupos de hombres armados abrieron fuego contra el vehículo. La investigación balística posterior de la berlina confirmó que los disparos llegaron de los dos lados y que se emplearon varias armas.

Prim recibió impactos en el hombro, el codo y la mano. Nandín también sufrió heridas graves, según el expediente, y Moya resultó alcanzado en la refriega. El carruaje logró continuar hasta Buenavista, donde los médicos atendieron al general. La mañana del mismo día había recibido un aviso sobre un posible atentado y decidió seguir con su agenda. No era una precaución extravagante: en los meses anteriores ya se habían producido otras amenazas contra él.

La muerte no se produjo en el acto. La versión que durante décadas sostuvo la documentación oficial atribuyó el desenlace a la infección de las heridas, una complicación que en 1870 podía aparecer con rapidez y que la cirugía no sabía controlar como hoy. Prim falleció el 30 de diciembre, todavía en Madrid, mientras sus médicos intentaban contener el deterioro.

La actual calle del Marqués de Cubas, antigua calle del Turco, donde fue emboscada la berlina de Prim el 27 de diciembre de 1870
La actual calle del Marqués de Cubas, antigua calle del Turco, donde fue emboscada la berlina de Prim el 27 de diciembre de 1870

El militar que quiso fundar una monarquía nueva

Para entender por qué aquel disparo tuvo tanta repercusión hay que retroceder hasta la carrera de su víctima. Juan Prim y Prats había nacido en Reus el 6 de diciembre de 1814. Ingresó en el bando isabelino durante la Primera Guerra Carlista y ascendió por méritos de campaña. La guerra le proporcionó prestigio, pero también una relación con el poder que en la España del siglo XIX pasaba a menudo por los cuarteles.

Su popularidad nacional creció durante la guerra de África de 1859-1860, especialmente en las acciones de Los Castillejos y Wad Ras. Poco después dirigió la expedición española a México, emprendida junto con Francia y el Reino Unido para reclamar los pagos suspendidos por el Gobierno de Benito Juárez. Cuando Napoleón III convirtió aquella intervención en una operación para imponer a Maximiliano de Habsburgo, Prim pactó con las autoridades mexicanas y retiró las tropas españolas. La decisión le ganó enemigos entre quienes esperaban otra política en México, pero reforzó su imagen de militar liberal que no aceptaba cualquier aventura en nombre de una alianza.

Desde 1841 militaba en el progresismo y, tras varios pronunciamientos fallidos, se convirtió en uno de los artífices de la revolución de septiembre de 1868. El almirante Juan Bautista Topete se sublevó en Cádiz; Prim y Francisco Serrano se sumaron al movimiento. La derrota del ejército isabelino en Alcolea obligó a Isabel II a marcharse al exilio. Derribar la monarquía había sido una operación militar. Construir otra legitimidad resultó mucho más difícil.

Miembros del Gobierno provisional nacido tras la Revolución de 1868, con Prim, Serrano y Topete entre sus figuras principales
Miembros del Gobierno provisional nacido tras la Revolución de 1868, con Prim, Serrano y Topete entre sus figuras principales

Una corona para un régimen sin rey

La coalición revolucionaria reunía proyectos incompatibles. Los republicanos querían aprovechar la caída de Isabel II para abolir la monarquía; los carlistas defendían a su propio pretendiente; los alfonsinos esperaban restaurar a Alfonso, el hijo de la reina exiliada. Prim eligió otro camino: una monarquía constitucional sometida a la nueva Constitución de 1869 y separada de los Borbones.

La búsqueda del monarca convirtió la política española en un asunto europeo. La candidatura del príncipe Leopoldo de Hohenzollern-Sigmaringen agravó la tensión entre Francia y Prusia y quedó ligada a la crisis que precedió a la guerra franco-prusiana. Tras varias opciones fallidas, Prim respaldó al duque de Aosta, Amadeo de Saboya, segundo hijo de Víctor Manuel II de Italia. El 16 de noviembre de 1870, las Cortes lo eligieron por 191 votos; la República federal obtuvo 60 y el duque de Montpensier, otro aspirante, 27.

Amadeo tenía una corona parlamentaria, pero carecía de una red propia en España. Prim era el hombre que había negociado su candidatura, sostenido la coalición y conservado autoridad entre los militares y los progresistas. La elección no cerró las heridas: las hizo más visibles. Un rey extranjero dejaba fuera a los defensores de Alfonso y a los carlistas, mientras que los republicanos interpretaban la salida monárquica como una traición a la revolución.

Retrato de Amadeo I de España, el rey elegido por las Cortes en noviembre de 1870
Retrato de Amadeo I de España, el rey elegido por las Cortes en noviembre de 1870

Los nombres del sumario

Entre los adversarios de Prim sobresalía José Paúl y Angulo, antiguo compañero de conspiración convertido en republicano federal. Desde el periódico El Combate atacó con dureza al presidente y a la candidatura de Saboya. Esa hostilidad explica que su nombre apareciera pronto entre los sospechosos, pero una campaña de prensa no equivale a una prueba de participación. Paúl y Angulo nunca fue condenado por el magnicidio.

La investigación miró también hacia otros círculos. José María Pastor, relacionado con el entorno del regente Francisco Serrano, y Felipe Solís y Campuzano, ayudante del duque de Montpensier, aparecen de forma repetida en las reconstrucciones del caso. Montpensier tenía motivos políticos para desear el fracaso del proyecto de Prim: su propia candidatura había sido derrotada en las Cortes y el nuevo rey cerraba su camino al trono. Serrano, por su parte, competía con Prim por la dirección del régimen surgido en 1868. Esos motivos alimentaron las sospechas; no bastaron para demostrar una cadena de mando.

La causa 306 de 1870 se convirtió en un laberinto judicial. El fiscal que informó en 1876 afirmó que habían intervenido dieciocho jueces y que la masa de declaraciones superaba las doce mil páginas. Hubo detenidos, procesados, personas que murieron en prisión y otras que fueron puestas en libertad. La amplitud del expediente no produjo una respuesta más segura. Cuando se revisaron las acusaciones, el propio Ministerio Fiscal reconoció que la opinión pública había atribuido el crimen, sucesivamente, a casi todos los grupos enfrentados sin conseguir fijar de manera convincente su responsabilidad.

El cadáver y la segunda disputa

La coincidencia de fechas dio al asesinato una dimensión casi teatral. Amadeo desembarcó en Cartagena el 30 de diciembre, el mismo día en que Prim murió en Madrid. Al llegar a la capital el 2 de enero de 1871, el rey acudió a la basílica de Atocha, donde se encontraba el cadáver de su principal valedor, y después juró la Constitución ante las Cortes. Empezó a reinar sin el político que había hecho posible su elección.

La falta de Prim no explica por sí sola la corta vida de la monarquía de Amadeo. El nuevo rey tuvo que gobernar con partidos fragmentados, oposición republicana y carlista y una guerra en Cuba. Su abdicación, el 11 de febrero de 1873, abrió la puerta a la Primera República. Aun así, la desaparición del dirigente que había cosido la alianza revolucionaria dejó al régimen sin su mediador más experimentado.

En 2012, la exhumación del cuerpo momificado en Reus reabrió otra pregunta: ¿murió Prim por las heridas del tiroteo o alguien lo estranguló después? El primer equipo que examinó los restos observó surcos en el cuello y una lesión en la espalda que consideró compatibles con una ligadura y con un arma blanca. Aquella lectura planteaba un segundo ataque, ocurrido cuando el general ya estaba en Buenavista.

La hipótesis fue discutida por un estudio posterior de la Escuela de Medicina Legal de la Universidad Complutense y la Universidad de Alcalá. Sus autores analizaron la superficie del cuerpo y las imágenes obtenidas por TAC. No encontraron lesiones cervicales que demostraran violencia ejercida en vida; interpretaron los surcos como huellas producidas después de la muerte por la posición del cadáver y la presión prolongada de la ropa. También señalaron que las lesiones visibles eran compatibles con proyectiles y que la complicación infecciosa seguía ofreciendo una explicación suficiente.

La controversia no ha convertido ninguna de las dos versiones en una sentencia histórica. El estudio de 2012 hizo visible una posibilidad; el examen posterior la cuestionó con argumentos anatómicos. Lo prudente es no presentar el estrangulamiento como un hecho probado ni utilizar la medicina forense para llenar los huecos que la investigación judicial dejó abiertos.

Lo que permanece fuera de discusión es la secuencia básica: Prim fue tiroteado en la calle del Turco el 27 de diciembre de 1870, murió el día 30 y el nuevo monarca llegó a un país sin el hombre que había defendido su candidatura. Lo que sigue sin respuesta es quién puso en marcha la emboscada y qué intereses lograron que el expediente se consumiera entre sospechas. El misterio no reside en una falta absoluta de documentos, sino en la distancia entre la abundancia de indicios y la ausencia de una prueba que cierre el caso.

Por eso el magnicidio de Prim conserva su lugar en la historia política española. La calle, la berlina y la fecha pueden localizarse con precisión. El responsable último no. En esa contradicción se resume el fracaso de una investigación que reunió a jueces, testigos y miles de páginas, pero nunca consiguió transformar la sospecha en verdad judicial.

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