El Tiempo Cuenta

Hoy en la Historia

Archivo
166 d.C.

Los emperadores romanos Marco Aurelio y Lucio Vero celebran un triunfo en Roma por la finalización exitosa de su guerra con los partos.

Wikipedia
Siglo XIX

La Expedición Balmis y la primera campaña mundial de vacunación

En 1803, veintidós niños ayudaron a mantener viva la vacuna de la viruela durante el cruce del Atlántico.

Óscar Navarro 19 de July de 2026 20 lecturas 9 min de lectura
Índice de contenidos

El 30 de noviembre de 1803, la corbeta María Pita salió de A Coruña rumbo a las posesiones americanas de la monarquía española. En la nave viajaban médicos, cirujanos, enfermeras, marineros y veintidós niños. Cada uno debía servir de eslabón en una cadena que mantuviera activa la vacuna contra la viruela hasta la otra orilla del Atlántico.

La escena resulta extraña porque pensamos en las vacunas como líquidos encerrados en viales y protegidos por una cadena de frío. En 1803 nada de eso estaba disponible. La vacuna era una materia biológica que perdía su capacidad protectora fuera de un organismo. Para conservarla durante semanas, Balmis ideó una sucesión de inoculaciones: un niño recibía la vacuna, desarrollaba la lesión característica y de ella se extraía la linfa que pasaría al siguiente.

La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna fue una empresa médica, administrativa y marítima. Francisco Javier Balmis tuvo que resolver cómo transportar el descubrimiento de Edward Jenner y cómo formar a quienes continuarían aplicándolo cuando el barco desapareciera del horizonte.

La enfermedad que hacía temblar a las ciudades

La viruela no necesitaba una guerra para devastar una comunidad. Se transmitía con facilidad, provocaba fiebre alta y lesiones por todo el cuerpo, y podía matar a cerca de tres de cada diez personas infectadas. Quienes sobrevivían quedaban a menudo con cicatrices permanentes; algunos perdían la vista. No había un tratamiento capaz de detener la enfermedad una vez iniciada. La defensa consistía en no contraerla.

Mucho antes de Jenner existía una respuesta de riesgo calculado: la variolización. En China se llegó a introducir por la nariz polvo elaborado con costras secas; en la India y en otras regiones se depositaba material de las pústulas en pequeñas heridas de la piel. La infección provocada solía ser más leve que la adquirida de forma natural, pero seguía siendo viruela. Podía matar al paciente y podía iniciar un brote.

La práctica llegó a los círculos médicos europeos en el siglo XVIII. Lady Mary Wortley Montagu la conoció en el Imperio otomano y promovió su uso en Inglaterra desde 1721, después de hacer inocular a sus hijos. La variolización demostró que era posible preparar al cuerpo frente a la enfermedad, aunque dejaba abierta una pregunta: ¿se podía obtener la protección sin administrar viruela humana?

Retrato de Lady Mary Wortley Montagu con su hijo, realizado por Jean-Baptiste Vanmour.
Retrato de Lady Mary Wortley Montagu con su hijo, realizado por Jean-Baptiste Vanmour.

Jenner y el salto de la variolización a la vacuna

Edward Jenner, médico rural de Gloucestershire, prestó atención a una observación extendida entre las trabajadoras de las granjas: quienes habían pasado la viruela vacuna, una infección mucho más benigna, parecían no enfermar de viruela humana. El 14 de mayo de 1796 tomó material de una lesión de la lechera Sarah Nelmes y lo introdujo en unos cortes superficiales del brazo de James Phipps, un niño de ocho años e hijo de su jardinero.

James tuvo fiebre y malestar durante unos días y se recuperó. En julio, Jenner lo expuso a material procedente de una lesión de viruela humana. El niño no desarrolló la enfermedad. El procedimiento no cumpliría hoy las normas de consentimiento ni los protocolos de investigación clínica, pero ofreció una prueba que cambió la discusión médica: un virus relacionado, mucho menos peligroso, podía proteger frente a la viruela.

Jenner aún no podía explicar el mecanismo. Tampoco podía producir la vacuna en una fábrica ni conservarla durante largos periodos. Su hallazgo se difundió, el término vaccination quedó asociado a vacca, vaca en latín, y pronto apareció el problema que decidiría el alcance real del descubrimiento: hacer que la linfa llegara viva a lugares situados a miles de kilómetros.

Retrato de Edward Jenner pintado por James Northcote, el médico que introdujo la vacunación contra la viruela.
Retrato de Edward Jenner pintado por James Northcote, el médico que introdujo la vacunación contra la viruela.

Veintidós brazos para cruzar el océano

La solución de Balmis aprovechaba una propiedad sencilla de la vacuna. Si se inoculaba a un niño que nunca había padecido viruela, la lesión producía linfa vacunal durante un intervalo útil. Esa linfa podía pasar a otro niño y conservarse así de brazo en brazo. La expedición debía calcular los tiempos, examinar las lesiones y evitar que una enfermedad intercurrente o un accidente rompiera la cadena.

Los niños eran expósitos vinculados a las casas de A Coruña y Santiago de Compostela. Su edad hacía probable que no hubieran pasado la viruela y pudieran reaccionar a la inoculación. La documentación conserva sus nombres, aunque no todos con la misma información biográfica. El número que ha quedado en la memoria pública —veintidós— designa a los portadores embarcados para el Atlántico, no a todos los menores que participarían después.

La presencia de Isabel Zendal resultó decisiva. Gallega y rectora de la Casa de Expósitos de A Coruña, fue incorporada como enfermera y encargada de la tutela de los niños. Viajó con su hijo Benito. Su trabajo incluía la alimentación, la higiene, la ropa, la vigilancia de la fiebre y la separación entre los que ya habían recibido la inoculación y los que esperaban turno. En un barco pequeño, esos cuidados eran parte del procedimiento médico.

La palabra filantrópica no borra la desigualdad de la decisión. Los expósitos tenían una capacidad limitada para decidir sobre su propio cuerpo y fueron utilizados como portadores porque no había otra forma fiable de transporte. La misión podía salvar vidas y, al mismo tiempo, descansar sobre una relación de poder que hoy obliga a mirar la hazaña con matices.

Balmis preparó también una infraestructura de papel y metal. A bordo viajaban instrumentos quirúrgicos y ejemplares traducidos al español del tratado de Jacques-Louis Moreau de la Sarthe. Las instrucciones servirían a las autoridades y a los médicos de los lugares de llegada, donde se crearían juntas de vacunación. La expedición no llevaba solo una muestra: llevaba un método.

De La Guaira a Manila: una red, no un solo viaje

La María Pita hizo escala en Canarias y Puerto Rico antes de alcanzar la costa venezolana. La cronología suele presentarse como si la vacuna hubiera llegado por primera vez a cada puerto de la mano de Balmis. La realidad fue más entreverada. En Puerto Rico, el cirujano Francisco Oller ya había recibido linfa desde el exterior y había vacunado a más de 1.500 personas antes de la llegada de la expedición. La campaña dependía también de médicos locales, autoridades, circulación de información y aceptación de las comunidades.

En La Guaira, Balmis dividió el grupo. José Salvany tomó la ruta meridional y llevó la vacuna por territorios que hoy corresponden a Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y Chile. Balmis se dirigió hacia el Caribe y Nueva España. Cada rama tenía que reproducir la cadena de brazo a brazo, formar a los vacunadores y dejar una organización que no se deshiciera cuando sus miembros continuaran viaje.

En México surgió otro desafío. Para atravesar el Pacífico se incorporaron nuevos niños mexicanos como portadores. Balmis partió de Acapulco el 8 de febrero de 1805 a bordo del Magallanes y llegó a Manila. Desde Filipinas, la vacuna alcanzó Macao y Cantón. La ruta estuvo hecha de escalas, traslados terrestres, decisiones de autoridades y nuevas inoculaciones.

Mapa de la ruta de la expedición por Filipinas y de su proyección hacia Macao y Cantón.
Mapa de la ruta de la expedición por Filipinas y de su proyección hacia Macao y Cantón.

El alcance se aprecia mejor en lo que dejó detrás. Las juntas de vacunación organizaban la distribución de la linfa; los médicos locales aprendían a aplicarla y las traducciones permitían repetir el procedimiento. Hubo colaboración, resistencia y disputas entre profesionales. La Corona podía poner una misión en marcha, pero no sustituía el trabajo cotidiano de quienes vacunaban casa por casa.

Lo que la expedición consiguió —y lo que no

La vuelta de Balmis a España en 1806 suele cerrar el relato de la gran travesía, aunque las ramas siguieron activas durante años. La expedición llevó la vacuna desde Europa hasta América, el Pacífico y China, y dejó procedimientos y personas capaces de continuar sin el barco.

La viruela no desapareció entonces. Siguió causando millones de muertes durante los siglos XIX y XX. La erradicación requirió vacunas liofilizadas, vigilancia epidemiológica, producción industrial y una cooperación internacional que la OMS intensificó desde 1967. El último caso natural conocido se registró en Somalia en 1977; en 1980 la OMS declaró erradicada la enfermedad.

Cartel de la Organización Mundial de la Salud asociado a la declaración internacional de erradicación de la viruela en 1980.
Cartel de la Organización Mundial de la Salud asociado a la declaración internacional de erradicación de la viruela en 1980.

Entre Jenner y esa declaración media casi una vida humana. Jenner había resuelto cómo proteger a una persona; Balmis tuvo que averiguar cómo trasladar esa protección y hacerla repetible. Para ello necesitó una corbeta, manuales, juntas de vacunación y una cadena humana que no podía perder un eslabón.

Los veintidós niños fueron el soporte biológico de una tecnología inmadura. Isabel Zendal no fue una acompañante, sino la responsable de que esos menores llegaran en condiciones de mantenerla. Los médicos de América y Asia adaptaron y prolongaron la campaña. La vacunación mundial se sostuvo sobre cuerpos concretos y una red de cuidados; esa combinación explica por qué la vacuna logró cruzar el océano.

Comentarios

Inicia sesión para dejar un comentario.

Todavía no hay comentarios — sé el primero.

Otros artículos de Historia