Al amanecer del 31 de agosto de 1813, una niebla espesa cubría el curso bajo del río Bidasoa. Río abajo, en la costa, los cañones aliados llevaban semanas machacando las murallas de San Sebastián, ocupada por una guarnición francesa que se resistía a caer. Río arriba, en las colinas que dominan Irún, ocho mil soldados españoles del Ejército de Galicia esperaban en silencio. Sabían que, tarde o temprano, el mariscal Nicolas Soult intentaría cruzar el río para socorrer la plaza sitiada. Esa mañana llegó el momento.
Lo que ocurrió en las siguientes horas en el monte San Marcial no decidió por sí solo la Guerra de la Independencia, pero sí certificó algo que Napoleón llevaba meses negándose a aceptar: que Francia ya no podía sostener su dominio sobre España.
De Vitoria al cerco de San Sebastián
Dos meses antes, el 21 de junio de 1813, el ejército aliado hispano-británico-portugués al mando de Arthur Wellesley, duque de Wellington, había destrozado al grueso de las fuerzas francesas en la batalla de Vitoria. José Bonaparte, el rey impuesto por su hermano, huyó hacia Francia dejando atrás su artillería, su tesoro y buena parte de su ejército en desbandada. Fue el golpe que, en la práctica, decidió la guerra en la Península.
Pero decidirla no significaba terminarla. Todavía quedaban plazas fuertes francesas resistiendo en territorio español, y la más importante de ellas era San Sebastián, cuya guarnición aguantaba un asedio brutal desde julio. Wellington necesitaba tomar la ciudad antes de poder cruzar la frontera hacia Francia, y mientras tanto tenía que protegerse de cualquier intento de socorro. Para eso colocó al Ejército de Galicia, al mando del general Manuel Freire, en las alturas que dominan el paso natural del Bidasoa junto a Irún: el monte San Marcial.
Soult reconstruye su ejército en tiempo récord
Napoleón, furioso por el desastre de Vitoria, envió a Soult a tomar el mando de lo que quedaba del ejército francés en España con una orden clara: reorganizarlo y devolver la iniciativa cueste lo que cueste. Soult cumplió con una rapidez que sorprendió a los propios aliados. En apenas semanas reunió y reequipó una fuerza de unos 40.000 hombres, de los que movilizó alrededor de 18.000 a 20.000 para el ataque directo sobre San Marcial, mientras otra columna intentaba flanquear la posición aliada río arriba, cerca de Vera. Era, con diferencia, el mayor esfuerzo ofensivo que Francia lanzaría ya en territorio español.
La mañana en las alturas de San Marcial
Siete divisiones francesas cruzaron el Bidasoa vadeando el río al amparo de la niebla, apoyadas por un intenso fuego de artillería. Los primeros puestos españoles en Irún y Vera se vieron desbordados, pero cumplieron su función de dar la alarma a tiempo. Freire replegó sus hombres hacia las posiciones altas, donde había preparado trincheras justo detrás de la cresta del monte.
La táctica funcionó. Los granaderos españoles, entre ellos batallones asturianos y cántabros, dejaron avanzar a los franceses casi hasta la cima y entonces cargaron a la bayoneta cuesta abajo. La primera oleada de atacantes fue arrollada. Soult, lejos de retirarse, ordenó un segundo asalto hacia el mediodía con tropas frescas, que llegó a poner pie en la ermita situada en la cumbre antes de ser expulsado de nuevo por las reservas españolas al mando de Gabriel de Mendizábal y Gaspar de Jáuregui.
La negativa de Wellington
Mientras tanto, Wellington observaba el combate desde una posición cercana con las reservas británicas y portuguesas preparadas para intervenir. Freire, en pleno fragor de la batalla, pidió refuerzos. Wellington se negó. Según recogen varias crónicas de la época, respondió que los españoles ya habían ganado su batalla y que debían quedarse con todo el honor de ella. El gesto, deliberado, reconocía algo que rara vez se destacaba en los partes de guerra británicos: que aquella jornada, la victoria pertenecía casi por entero al Ejército de Galicia.
El desastre en el puente de Vera
La columna francesa que había intentado flanquear la posición por Vera tampoco logró sus objetivos, frenada por las brigadas anglo-portuguesas de Miller e Inglis. Con la tarde avanzada, una tormenta hizo crecer súbitamente el caudal del Bidasoa, dejando a varias divisiones francesas atrapadas en la orilla española, sin poder vadear el río por donde habían entrado.
La única vía de escape que les quedaba era el puente de Vera, defendido por apenas un centenar de fusileros británicos del 95º Regimiento al mando del capitán Daniel Cadoux. Durante la noche del 1 de septiembre, esa pequeña compañía resistió durante más de una hora los intentos desesperados de varias divisiones francesas por cruzar. El propio general francés Vandermaesen murió encabezando una de las cargas. Cadoux también cayó, junto a dieciséis de sus hombres, pero el paso no se rindió hasta que los franceses, exhaustos y sin munición, desistieron.
Las cifras de una derrota francesa
Según el propio parte que Soult remitió a París, sus fuerzas sufrieron 467 muertos, 2.984 heridos y 357 desaparecidos o prisioneros, más de 3.800 bajas en total. Entre los caídos figuraban varios generales, incluido el mencionado Vandermaesen. Las pérdidas aliadas, aunque también severas, fueron sensiblemente menores: en torno a 2.500 hombres entre muertos y heridos, la inmensa mayoría de ellos españoles, que habían sostenido el peso principal del combate en las alturas de San Marcial.
¿Por qué fracasó la ofensiva de Soult?
El mariscal francés cometió el error de subestimar tanto la determinación de las tropas españolas como el terreno. Atacar cuesta arriba contra posiciones defendidas y con reservas escalonadas rara vez sale bien, y menos aún cuando el enemigo lleva semanas preparando esas mismas trincheras. A eso se sumó la crecida imprevista del río, que convirtió una retirada ordenada en una trampa mortal para varios miles de soldados franceses.
Lo que vino después
Ocho días más tarde, el 8 de septiembre de 1813, San Sebastián cayó finalmente en manos aliadas tras un asalto sangriento que dejó la ciudad prácticamente arrasada por el fuego. Sin esperanza ya de socorro exterior, la guarnición del castillo de la Mota se rindió poco después. En noviembre caería también Pamplona, la última plaza fuerte francesa de importancia en territorio español. Con eso, la guerra en suelo español había terminado en la práctica: el frente se trasladaría ya de forma definitiva al sur de Francia, donde Wellington cruzaría el propio Bidasoa semanas después, en octubre, para llevar el combate al territorio del enemigo.
Lo que hace de San Marcial un episodio distinto dentro de la Guerra de la Independencia es precisamente quién lo protagonizó. Buena parte de las grandes victorias aliadas de la contienda, empezando por Vitoria, suelen contarse casi en exclusiva como triunfos de Wellington y del ejército británico, con las fuerzas españolas relegadas a un papel secundario en la narrativa. San Marcial invierte esa lógica: fue una fuerza española, con mando español, la que sostuvo el peso del combate y la que rechazó por sí sola el mayor ataque que Francia fue capaz de lanzar tras Vitoria. El propio Wellington, al negarse a intervenir con sus tropas, dejó constancia de ello en el momento mismo de la batalla, algo que no era precisamente habitual en un mando que solía reservar el protagonismo de los partes de guerra para sus propias fuerzas.
Hoy, en la ermita que corona el monte, dos placas recuerdan todavía aquella jornada de agosto de 1813, junto a las de otra batalla librada allí casi tres siglos antes, en 1522. Irún, un pueblo fronterizo que ha visto pasar ejércitos durante toda su historia, guarda en esa colina la memoria de la última gran batalla que Francia perdió en España.