El 28 de septiembre de 1958, los guineanos acudieron a las urnas para responder a una pregunta que parecía constitucional, pero escondía una elección de mucho mayor alcance. El proyecto de Charles de Gaulle fundaba la Quinta República francesa y ofrecía a los territorios africanos una nueva Comunidad Francesa. Aceptarla significaba conservar vínculos políticos, administrativos y económicos con París; rechazarla abría la puerta a la independencia inmediata.
En Guinea, el resultado no dejó espacio para las ambigüedades. Cerca del 95 % de los votos válidos se pronunció contra la propuesta, con una participación situada en torno al 85 %. El 2 de octubre, la Asamblea territorial proclamó la República de Guinea. La escena suele recordarse como el desafío de un dirigente carismático, Ahmed Sékou Touré, frente al general de Gaulle. Los documentos y los estudios sobre el periodo cuentan algo más complejo: una decisión tomada desde abajo, después de años de organización obrera, disputas dentro del nacionalismo africano y aprendizaje político.
Una pregunta constitucional con dos salidas
Francia llegó al verano de 1958 sumida en una crisis de régimen y atrapada en la guerra de Argelia. El regreso de De Gaulle al poder desembocó en la redacción de una nueva Constitución. El referéndum del 28 de septiembre debía aprobar ese texto en la metrópoli y en los territorios de ultramar. En Europa, el sí significaba sobre todo inaugurar la Quinta República. En África tenía una segunda lectura: aceptar la Comunidad Francesa, una estructura que prometía autonomía interna, representación común y cooperación bajo la presidencia del jefe del Estado francés.
La alternativa no se presentaba como una negociación entre iguales. Durante su gira africana de agosto, De Gaulle dejó claro que el territorio que votara no quedaría dentro de la nueva asociación. El sí conducía a una independencia futura y negociada; el no implicaba la separación inmediata. La fórmula daba a cada electorado una papeleta, pero también trasladaba a los dirigentes africanos el riesgo material de romper con la potencia colonial: ayuda financiera, funcionarios, técnicos y canales comerciales podían desaparecer de un día para otro.
Por eso conviene llamar a aquel día referéndum constitucional y, al mismo tiempo, plebiscito sobre el futuro colonial. No era una consulta diseñada exclusivamente para conceder la independencia. Fue el mecanismo elegido por París para reorganizar el imperio cuando el lenguaje colonial comenzaba a resultar insostenible.
Una colonia convertida en espacio político
La Guinea francesa formaba parte del África Occidental Francesa, la federación colonial administrada desde Dakar. Tras la Segunda Guerra Mundial, el sistema empezó a ceder bajo la presión de las movilizaciones africanas y de las reformas impulsadas en París. En 1946 Guinea pasó a ser territorio de ultramar dentro de la Unión Francesa. La ley marco de 1956 creó consejos de gobierno locales y amplió la autonomía administrativa. El cambio no entregaba la soberanía, pero ensanchaba el terreno donde los partidos podían organizarse y disputar el poder.
Ahmed Sékou Touré procedía de ese mundo nuevo. Había trabajado en la administración postal y se había formado como dirigente sindical antes de convertirse en secretario general del Partido Democrático de Guinea, la rama guineana del Rassemblement Démocratique Africain. Fue elegido diputado en 1956 y, al año siguiente, ocupó la vicepresidencia del Consejo de Gobierno territorial. No era un outsider que apareciera de repente en 1958: llevaba más de una década aprendiendo a convertir una reivindicación laboral en una plataforma nacional.
El PDG obtuvo 56 de los 60 escaños en las elecciones territoriales de marzo de 1957. La cifra da la medida de su fuerza, aunque no explica por sí sola el resultado posterior. El partido tenía células en barrios urbanos y aldeas, y contaba con el empuje de sindicalistas, estudiantes, mujeres y jóvenes. La historiadora Elizabeth Schmidt ha mostrado que la línea más radical no descendió simplemente desde la cúpula. En muchos momentos, fueron los militantes locales quienes empujaron a Touré hacia posiciones más alejadas de la negociación con la administración francesa.
La política guineana tampoco era un bloque compacto. Dentro del RDA convivían dirigentes partidarios de conservar una relación estrecha con Francia y activistas que veían la Comunidad como una prolongación del mando colonial. Félix Houphouët-Boigny, líder del RDA interterritorial y futuro presidente de Costa de Marfil, defendió el sí. En Guinea, la experiencia de la administración cotidiana y la memoria de los conflictos laborales pesaron más que la promesa de una transición gradual.
De Gaulle en Conakry y la decisión del no
De Gaulle llegó a Conakry en agosto de 1958 esperando encontrar apoyo para su proyecto. La conversación con Sékou Touré fue tensa. El dirigente guineano no rechazaba cualquier relación con Francia; rechazaba que esa relación naciera de una jerarquía heredada. La propuesta podía llamarse comunidad, pero mantenía la presidencia, la defensa y buena parte de los resortes económicos en manos francesas. Para el ala más movilizada del PDG, aceptar significaba posponer la soberanía sin resolver la desigualdad que había creado el sistema colonial.
La decisión se tomó muy cerca de la votación. El 14 de septiembre, un congreso territorial reunió a unos 680 militantes procedentes de las secciones del partido, los comités de barrio y las organizaciones locales. Las ramas femenina y juvenil ya habían reclamado el no. Los sindicatos y los estudiantes presionaron en la misma dirección. La dirección guineana terminó respaldando la independencia inmediata, aun cuando otros dirigentes africanos del RDA preferían votar sí y negociar desde dentro de la Comunidad.
La papeleta guineana fue contundente. Los recuentos consolidados sitúan el no en torno al 95 % y el sí por debajo del 5 %. Una emisión de la televisión francesa difundida el 29 de septiembre ofreció primero un 98 % de votos negativos, pero advertía de que trabajaba con resultados parciales. La diferencia entre ambas cifras no cambia el sentido del escrutinio; sí recuerda que los números de una elección colonial también dependían de quién los contaba, cuándo y con qué propósito.
En los demás territorios del África Occidental Francesa, el sí ganó con mayorías amplias. No todos esos votos expresaban entusiasmo por el dominio colonial. Para muchos dirigentes, la Comunidad ofrecía tiempo para formar funcionarios, asegurar recursos y preparar una independencia que parecía inevitable. Guinea escogió un camino más arriesgado porque su movimiento nacional tenía una organización territorial más densa y porque sus militantes consideraban que la autonomía prometida no corregía la relación de poder.
La independencia y el precio de la ruptura
El 2 de octubre, la Asamblea territorial convirtió el resultado del referéndum en una declaración de soberanía. Nació la República de Guinea, con Sékou Touré al frente. No hubo una guerra de independencia comparable a la de Argelia. La ruptura llegó por una decisión electoral, pero eso no la hizo gratuita.
La respuesta francesa fue rápida. La ayuda se interrumpió y buena parte de los agentes metropolitanos abandonó el país. El nuevo Estado tuvo que cubrir con una administración escasa los vacíos dejados por la salida francesa. Un documento diplomático estadounidense de septiembre ya anticipaba la inquietud por la retirada del ejército y la gendarmería franceses, así como por la posibilidad de que la nueva república quedara atrapada en la rivalidad entre Francia, la Unión Soviética y los países árabes.
La salida de Guinea no fue una simple escena de emancipación nacional. También abrió una disputa sobre las condiciones reales de la soberanía. París interpretó el no como una secesión y trató al nuevo Estado con una frialdad que hizo más difícil su primer tramo económico. Con el tiempo, Conakry buscó apoyos en otros países africanos y en el bloque socialista, mientras defendía una política exterior propia. La independencia política llegó antes que la capacidad material para sostenerla.
Los territorios que votaron sí tampoco permanecieron mucho tiempo dentro de la estructura diseñada por De Gaulle. La Comunidad Francesa se convirtió en una estación transitoria y la oleada de independencias de 1960 la dejó casi vacía. La diferencia estuvo en el modo de llegar: unos gobiernos negociaron la transferencia de poderes desde dentro; Guinea aceptó el coste de salir primero.
Un triunfo anticolonial con una sombra posterior
La historia posterior impide convertir el referéndum en una postal limpia. Sékou Touré gobernó hasta 1984 y transformó el PDG en el centro de un Estado de partido único. La represión contra opositores, intelectuales y rivales políticos oscureció el proyecto de participación que había dado fuerza a la campaña de 1958. El dirigente que había sido empujado por sindicatos y comités locales acabó concentrando el poder y persiguiendo buena parte de la pluralidad que había animado el movimiento nacional.
Ese desenlace no borra la decisión de septiembre. La independencia guineana fue un acto colectivo, no la propiedad retrospectiva de un solo presidente. Su alcance estuvo en demostrar que el calendario de la descolonización no tenía por qué aceptar el ritmo fijado en París. La Comunidad podía presentarse como una salida ordenada; Guinea recordó que también existía el derecho a decir que no, aun cuando después hubiera que aprender a vivir con el coste de la respuesta.
En ese sentido, la papeleta del 28 de septiembre de 1958 hizo algo más que cambiar el estatuto de un territorio. Colocó la soberanía en manos de quienes hasta entonces habían sido administrados desde fuera. El país tuvo que construir sus instituciones en condiciones difíciles, pero el principio quedó establecido: la independencia no era una concesión de la metrópoli, sino una decisión política propia.