El 1 de septiembre de 1870, poco después del amanecer, más de doscientos mil soldados prusianos empezaron a cerrar un círculo alrededor de la pequeña fortaleza francesa de Sedán, junto al río Mosa. Dentro, atrapados entre las murallas y un río que no tenía puentes suficientes para una retirada ordenada, esperaban ochenta mil hombres del ejército francés y, con ellos, el propio emperador Napoleón III, enfermo de una piedra en el riñón que apenas le dejaba montar a caballo. Antes de que cayera la noche, esa batalla habría decidido no solo una guerra, sino el destino de la monarquía francesa.
Lo que se libró aquel día en los alrededores de Sedán se conoce como la batalla que sentenció la guerra franco-prusiana, pero su origen se remontaba a un telegrama editado con mala intención semanas antes, en pleno verano.
Un telegrama que encendió Europa
En julio de 1870, la candidatura de un príncipe alemán al trono vacante de España —retirada después de las protestas francesas— sirvió de pretexto para una crisis diplomática entre París y Berlín. El embajador francés pidió al rey Guillermo I de Prusia, que veraneaba en la localidad balneario de Bad Ems, garantías de que la casa Hohenzollern no volvería a presentar candidatos al trono español. El rey se negó con cortesía y remitió un resumen del encuentro a su canciller, Otto von Bismarck.
Bismarck reescribió el texto para que sonara como un desaire mutuo entre el rey y el embajador, y lo entregó a la prensa el 13 de julio. El llamado despacho de Ems cumplió su función: indignó a la opinión pública francesa, presionó al gobierno de Napoleón III a declarar la guerra el 19 de julio y le dio a Prusia la guerra que llevaba tiempo buscando para completar la unificación alemana bajo su mando.
El cerco de Sedán
Seis semanas después, aquella declaración de guerra se había convertido en un desastre militar francés. El ejército de Châlons, con el que Napoleón III y el mariscal Patrice de Mac-Mahon intentaban socorrer a otro ejército francés atrapado en Metz, terminó él mismo acorralado en Sedán por las tropas del general Helmuth von Moltke. Mac-Mahon cayó herido nada más empezar el combate; el mando pasó primero al general Auguste Ducrot y, horas después, al general Emmanuel de Wimpffen, que llegaba de África con órdenes de tomar el relevo si el mariscal caía.
La artillería marcó la diferencia desde las primeras horas. Los prusianos desplegaron 774 cañones frente a los 564 franceses, situados además en alturas que dominaban todo el valle. Los combates se extendieron desde el pueblo de Bazeilles, al sur, hasta La Moncelle, mientras el fuego cruzado empujaba a las tropas francesas hacia el bosque de la Garenne, donde quedaron sometidas a andanadas desde varios frentes a la vez. Cerca de Floing, la caballería del general Jean Auguste Margueritte cargó varias veces contra las líneas prusianas en un intento desesperado de abrir una vía de escape; los propios oficiales alemanes, según los relatos de la época, admiraron el valor de esas cargas antes de verlas deshechas por la infantería y los cañones.
La espada de un emperador
A media tarde, con la munición agotándose y sin salida posible, Napoleón III ordenó izar una bandera blanca sobre la ciudadela. Escribió entonces una breve carta dirigida al rey Guillermo I: "Señor mi hermano, no habiendo podido morir en medio de mis tropas, no me queda sino poner mi espada en manos de Vuestra Majestad". El general Reille la entregó en persona al monarca prusiano, que observaba la batalla desde las alturas de Frénois, y tras un breve consejo con su Estado Mayor, Guillermo I aceptó la rendición y encargó a Moltke negociar los términos.
El encuentro en el camino de Donchery
A la mañana siguiente, 2 de septiembre, Napoleón III salió de Sedán con la esperanza de negociar personalmente con el rey de Prusia. En el camino hacia Donchery se cruzó con Bismarck, que salió a su encuentro para evitar cualquier renegociación de última hora y lo convenció de esperar en el cercano castillo de Bellevue a que la rendición formal quedara firmada. Hacia el mediodía, los generales de Wimpffen y von Moltke firmaron el acta de capitulación en presencia del propio emperador y del rey Guillermo I: ciento cuatro mil soldados franceses quedaban prisioneros, junto a Napoleón III. Las bajas del combate del día anterior se habían sumado ya a más de tres mil muertos y catorce mil heridos en el bando francés, frente a poco más de nueve mil bajas prusianas entre muertos, heridos y desaparecidos.
Napoleón III partió al día siguiente hacia el castillo alemán de Wilhelmshöhe, donde pasaría en cautiverio los meses siguientes. Nunca volvería a gobernar Francia.
De la derrota a la República
La noticia de la captura del emperador llegó a París el 3 de septiembre, y al día siguiente una multitud invadió el Cuerpo Legislativo exigiendo el fin de la monarquía. El 4 de septiembre, desde el balcón del Ayuntamiento de París, el diputado Léon Gambetta proclamó la Tercera República francesa. El Segundo Imperio, que Napoleón III había fundado en 1852 tras un golpe de Estado, se desmoronaba sin que hiciera falta disparar un solo tiro en la capital.
La guerra, sin embargo, no terminó en Sedán. El nuevo Gobierno de Defensa Nacional siguió resistiendo, París soportó un sitio de más de cuatro meses y los combates se prolongaron hasta enero de 1871, cuando Francia firmó por fin el armisticio. Para entonces, Guillermo I ya había sido proclamado emperador de una Alemania unificada en el propio Salón de los Espejos del palacio de Versalles, un gesto tan cargado de intención como humillante para el orgullo francés. Francia perdió además Alsacia y buena parte de Lorena, un territorio cuya reclamación alimentaría el resentimiento francés durante las cuatro décadas siguientes, hasta desembocar en la Primera Guerra Mundial.
Pocas batallas del siglo XIX cambiaron tan deprisa el mapa político de un continente entero. En menos de veinticuatro horas, Sedán acabó con setecientos años de monarquía intermitente en Francia, sirvió de partera a la unificación alemana y sembró, sin que nadie lo supiera todavía, la semilla de la siguiente gran guerra europea.