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Siglo XX

Alexander Fleming y la penicilina: del cultivo contaminado al antibiótico industrial

La observación del 28 de septiembre de 1928 fue el comienzo, no el final, de una revolución médica

Óscar Navarro 06 de October de 2026 8 lecturas 9 min de lectura
Alexander Fleming con una placa de cultivo en una fotografía de época relacionada con el descubrimiento de la penicilina
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El 28 de septiembre de 1928, Alexander Fleming miró una placa de cultivo y encontró algo que un laboratorio suele considerar un fracaso: un moho había invadido el recipiente y había dejado un halo limpio alrededor de sí. Las bacterias de la zona habían desaparecido. Fleming no tiró la placa. La observó, aisló el hongo y empezó a estudiar el líquido que producía. Aquella sustancia recibiría el nombre de penicilina.

La escena se ha contado tantas veces como un golpe de suerte que suele perderse lo más interesante. Fleming no salió de aquella mañana con un medicamento listo para usar. Durante años, la penicilina fue una sustancia inestable y difícil de obtener. El paso decisivo llegó cuando otro equipo retomó un artículo casi olvidado, encontró la manera de purificar el compuesto y lo llevó desde un sótano de Londres hasta las fábricas y los hospitales de la Segunda Guerra Mundial.

La placa que merecía una segunda mirada

Fleming pertenecía a una generación de bacteriólogos formada cuando una infección podía convertir una herida corriente en una sentencia. La cirugía había avanzado con la anestesia, la antisepsia y la teoría microbiana, pero los médicos seguían teniendo pocas armas contra las bacterias que entraban en la sangre o colonizaban un tejido. Durante la Primera Guerra Mundial, Fleming había visto en los hospitales militares cómo las heridas infectadas destruían cuerpos que habían sobrevivido a la metralla. Después de 1918 buscó sustancias capaces de frenar a los microbios sin dañar las células humanas.

En el verano de 1928 dejó varios cultivos de Staphylococcus aureus en su laboratorio de St Mary’s Hospital, en Londres, antes de marcharse de vacaciones. El relato tradicional sitúa el hallazgo en la mañana del 28 de septiembre. En una de las placas había crecido una colonia de moho azul verdoso. Cerca del hongo, los estafilococos no prosperaban; lejos de él, seguían formando una capa opaca. La contaminación no era solo un accidente: era una pregunta experimental visible a simple vista.

Fleming comprobó que el hongo liberaba al medio una sustancia capaz de inhibir varias bacterias. Lo identificó dentro del género Penicillium y llamó penicilina al agente activo. Su trabajo exigía una mirada entrenada. Otros investigadores habrían visto una placa perdida; él reconoció una relación entre dos organismos que competían por el mismo espacio.

Medalla de bronce de la Cámara de Comercio de Lieja (Bélgica), parte de las condecoraciones otorgadas a Alexander Fleming, descubridor de la penicilina; expuesta en el Museo Nacional de Escocia, Edimburgo.
Medalla de bronce de la Cámara de Comercio de Lieja (Bélgica), parte de las condecoraciones otorgadas a Alexander Fleming, descubridor de la penicilina; expuesta en el Museo Nacional de Escocia, Edimburgo.

Descubrir una sustancia no era todavía curar

El artículo de Fleming apareció en 1929. Describía la acción antibacteriana del extracto, su relativa inocuidad para los animales y sus límites: la sustancia actuaba contra ciertos microorganismos, pero no contra todos, y perdía actividad con facilidad. El investigador podía producir pequeñas cantidades de aquel líquido de cultivo; no podía convertirlo en una preparación estable, concentrada y segura para tratar a una persona.

La dificultad era química y también material. Había que cultivar suficiente moho, separar el principio activo de las impurezas, conservarlo y calcular una dosis. En un laboratorio con pocos recursos, cada paso consumía más sustancia de la que podía recuperarse. El hallazgo quedó relegado durante una década mientras la atención médica se dirigía hacia las sulfamidas, los primeros quimioterápicos sintéticos de uso amplio.

Hubo intentos aislados. En Sheffield, el patólogo Cecil Paine empleó extractos de penicilina en infecciones oculares neonatales a comienzos de los años treinta. Aquellos resultados demostraban que el compuesto podía tener una aplicación clínica, pero no resolvían el problema de la producción. La penicilina seguía siendo una promesa de laboratorio, no un fármaco disponible.

La palabra descubrimiento, aplicada a este episodio, necesita una precisión. Fleming descubrió y describió la actividad antibacteriana de un moho; no desarrolló por sí solo el medicamento que entraría en los hospitales. Esa diferencia no reduce su mérito. Explica cómo funciona la ciencia cuando una observación necesita química, estadística, financiación, técnicos, pacientes y una industria capaz de fabricar millones de dosis.

Primera página del artículo original de Alexander Fleming sobre la penicilina.
Primera página del artículo original de Alexander Fleming sobre la penicilina.

Oxford convierte el moho en fármaco

El cambio comenzó en Oxford a finales de la década de 1930. El patólogo australiano Howard Florey dirigía la Sir William Dunn School of Pathology. El bioquímico Ernst Chain, nacido en Berlín y llegado a Gran Bretaña tras la persecución nazi, revisó la literatura sobre sustancias producidas por microorganismos y encontró el trabajo de Fleming. Florey aceptó explorar la penicilina sin saber todavía si la inversión daría un resultado práctico.

El equipo incorporó a Norman Heatley, un joven investigador con habilidad para diseñar procedimientos y aparatos. Chain trabajó en la extracción y la purificación; Heatley ideó formas de cultivar el moho en grandes superficies y recuperar el compuesto; Florey organizó las pruebas biológicas. La ayuda de la Fundación Rockefeller permitió sostener el proyecto justo cuando Europa entraba en guerra.

En mayo de 1940, ocho ratones recibieron una dosis letal de estreptococos. Cuatro fueron tratados con penicilina y cuatro quedaron como controles. A la mañana siguiente, los animales no tratados habían muerto; los tratados seguían vivos. La prueba no convertía la penicilina en una medicina terminada, pero mostraba que podía actuar dentro de un organismo, no solo sobre una placa de vidrio.

El primer paciente humano tratado de forma sistemática fue Albert Alexander, un policía de 43 años ingresado en Oxford en febrero de 1941 con una infección grave. Tras las primeras dosis mejoró con rapidez. El equipo, que apenas podía fabricar unos gramos, agotó las reservas y llegó a recuperar penicilina de la orina del paciente para volver a administrársela. No bastó. Alexander recayó y murió. El episodio fue una demostración de eficacia y, al mismo tiempo, una medida exacta de la escasez.

En esas salas participaron médicos, enfermeras, técnicos y trabajadoras encargadas de mantener las culturas del hongo. Las llamadas penicillin girls cultivaban el moho, vigilaban los recipientes y ayudaban a recuperar el material empleado en los ensayos. Sus nombres aparecen mucho menos que los de Fleming, Florey y Chain, aunque la fabricación diaria dependía de ese trabajo paciente y repetitivo.

De la guerra al frasco

Oxford había demostrado que la penicilina podía curar infecciones, pero no podía fabricar la cantidad que exigían los ensayos clínicos y la guerra. En 1941, Florey y Heatley viajaron a Estados Unidos para buscar ayuda industrial. En el laboratorio del Departamento de Agricultura de Peoria, Illinois, los investigadores estudiaron nuevas cepas de Penicillium y métodos de fermentación más productivos.

Una de esas cepas procedía de un melón cantalupo mohoso recogido en un mercado de Peoria por la técnica Mary Hunt. Producía mucha más penicilina que la cepa original de Fleming. La diferencia no fue un detalle de laboratorio: permitió alimentar el proceso industrial. Empresas farmacéuticas, organismos públicos y especialistas en fermentación transformaron las bandejas y recipientes improvisados de Oxford en grandes tanques de cultivo.

La guerra aceleró cada decisión. Gran Bretaña tenía poco margen para dedicar acero, vidrio y personal a un medicamento experimental; Estados Unidos podía reunir plantas industriales, financiación y redes de distribución. La penicilina se reservó primero para infecciones graves y para los ejércitos aliados. La nueva medicina no apareció por generación espontánea en una fábrica: llegó allí después de que una observación, una beca, una colaboración internacional y una cadena de pruebas hubieran reducido sus riesgos.

La expansión de la producción convirtió la penicilina en uno de los emblemas médicos de la posguerra. En 1945, Fleming, Florey y Chain recibieron juntos el Premio Nobel de Fisiología o Medicina. El premio reconocía una historia repartida entre un bacteriólogo que vio el fenómeno, un bioquímico que ayudó a aislarlo y un patólogo que organizó el paso hacia la terapéutica. Incluso ese reparto dejaba fuera a muchos colaboradores, entre ellos Heatley, las enfermeras, los técnicos y los pacientes de los primeros ensayos.

La investigación tampoco terminó con el frasco. Dorothy Crowfoot Hodgkin determinó la estructura de la penicilina mediante cristalografía de rayos X, un avance que permitió comprender mejor la molécula y abrió el camino a nuevas familias de antibióticos. La producción industrial, la química estructural y la microbiología pasaron a trabajar sobre el mismo problema.

Interior de una fábrica con mujeres llenando botellas en una cinta transportadora y dos hombres al fondo.
Interior de una fábrica con mujeres llenando botellas en una cinta transportadora y dos hombres al fondo.

La fecha que recuerda un laboratorio entero

Fleming se convirtió en el rostro público de la penicilina, y con razón: sin su observación no habría existido el punto de partida que Florey y Chain recuperaron. Pero la imagen del genio solitario simplifica una transformación que necesitó doce años de trabajo y cruzó fronteras, disciplinas y escalas de producción. La placa contaminada fue el comienzo de una investigación; el antibiótico nació cuando otros consiguieron hacerlo medible, purificable y fabricable.

Fleming también entendió pronto que la penicilina no sería invulnerable. En su discurso del Nobel de 1945 advirtió que una exposición insuficiente podía favorecer la supervivencia de bacterias resistentes. Las primeras resistencias aparecieron muy pronto. El mismo medicamento que redujo el peligro de la neumonía, la septicemia o una herida infectada abrió una carrera evolutiva que la medicina todavía sostiene.

Hospital St Mary's, Londres
Hospital St Mary's, Londres

Por eso la efeméride del 28 de septiembre no debería quedarse en la imagen pintoresca de un moho que cayó sobre una placa. Lo que cambió la medicina fue una cadena: la capacidad de reconocer un resultado inesperado, la paciencia para resolver un problema químico, la cooperación entre laboratorios, la experiencia de pacientes y enfermeras, y una industria movilizada por la guerra. En la historia de la penicilina, la suerte puso la primera pieza. Todo lo demás hubo que construirlo.

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