El 12 de septiembre de 1901, Theodore Roosevelt bajaba a pie del monte Marcy, el pico más alto del estado de Nueva York, cuando un guía llegó corriendo con un telegrama en la mano. El vicepresidente llevaba varios días de excursión por los Adirondacks, tranquilo porque los médicos de Buffalo aseguraban que el presidente William McKinley se recuperaba bien del disparo que había recibido seis días antes. El mensaje decía justo lo contrario: el estado del presidente se había agravado de golpe y Roosevelt debía volver cuanto antes. Empezaba así una de las noches más extrañas de la política estadounidense, la que terminaría, horas después, con un hombre de 42 años convertido en el jefe de Estado más joven que había tenido el país.
El disparo en la Exposición Panamericana de Buffalo
Todo había empezado el 6 de septiembre en el Templo de la Música, un pabellón de la Exposición Panamericana de Buffalo donde McKinley saludaba al público en una larga fila de manos. Entre la gente esperaba Leon Czolgosz, un obrero de 28 años, hijo de inmigrantes polacos, que se había acercado al movimiento anarquista tras perder su empleo en una crisis industrial. Llevaba un revólver del calibre 32 envuelto en un pañuelo blanco, como si se tratara de una venda en la mano. Cuando le llegó el turno, disparó dos veces a bocajarro. Una bala rebotó en un botón del chaleco de McKinley; la otra le atravesó el estómago y le dañó un riñón.
Los cirujanos que operaron al presidente esa misma noche no lograron localizar el segundo proyectil y durante varios días se mostraron optimistas: McKinley comía, hablaba y parecía mejorar. La infección, sin embargo, avanzaba por dentro. El 13 de septiembre la gangrena ya era evidente y los médicos comunicaron a Roosevelt que no había esperanza. McKinley murió a las 2:15 de la madrugada del 14 de septiembre de 1901.
La bajada nocturna desde los Adirondacks
Roosevelt no llegó a tiempo de despedirse. Cuando el guardabosques lo alcanzó en la montaña ya era de noche, y la única forma de llegar a una estación de tren era descender por caminos de tierra en un carruaje ligero, a oscuras y a toda velocidad. El trayecto hasta la localidad de North Creek duró varias horas y, según los relatos de quienes lo acompañaron, el vicepresidente pidió varias veces al cochero que no aflojara el paso pese al riesgo de volcar. Ya en el tren, un nuevo telegrama del secretario de Estado, John Hay, le confirmó lo que temía: McKinley había muerto antes de que él pudiera llegar a Buffalo.
Roosevelt entró en la ciudad la tarde del 14 de septiembre y se dirigió directamente a la casa de Ansley Wilcox, un abogado amigo de la familia, donde ya se habían reunido varios miembros del gobierno. Allí, poco después de las tres y media de la tarde, el juez federal John R. Hazel le tomó juramento como vigesimosexto presidente de Estados Unidos en el salón de la vivienda. No hubo desfile ni discurso solemne: la escena, según los testigos presentes, fue breve y tensa, con la ciudad todavía conmocionada por la muerte de McKinley mientras dentro de aquella sala se ponía en marcha, sin ceremonia alguna, un nuevo gobierno.
Un vaquero de 42 años en la Casa Blanca
Roosevelt tenía entonces 42 años y 322 días, la edad más temprana con la que alguien había llegado a la presidencia estadounidense, un récord que sigue vigente hoy. Venía de una biografía que no encajaba con la imagen habitual de un jefe de Estado de la época: había sido comisario de policía en Nueva York, coronel voluntario al frente de los llamados Rough Riders durante la guerra de Cuba de 1898, gobernador del estado de Nueva York y, por último, vicepresidente, un cargo que en 1900 se consideraba casi decorativo.
«Ese maldito vaquero es presidente de Estados Unidos»
Precisamente por eso su llegada al poder inquietó a buena parte del Partido Republicano. Mark Hanna, el senador de Ohio que había dirigido la campaña de McKinley y que un año antes había intentado sin éxito frenar el nombramiento de Roosevelt como candidato a vicepresidente, resumió el disgusto del sector más conservador con una frase que circuló enseguida por los pasillos de Washington: «Ahora resulta que ese maldito vaquero es presidente de Estados Unidos». La banca y los grandes grupos industriales, que habían visto en McKinley a un aliado cómodo, temían que aquel antiguo presidente de la Comisión de la Función Pública se tomara en serio sus ideas reformistas.
Tenían motivos para preocuparse. Roosevelt asumió el cargo con una idea de la presidencia muy distinta a la de sus antecesores inmediatos, a los que consideraba gestores pasivos de un Congreso todopoderoso. Su primer gesto, mantener a todo el gabinete de McKinley, transmitió calma; los siguientes siete años y medio de mandato demostraron que esa calma no significaba continuismo.
De la Edad Dorada al Gobierno progresista
En 1902 su gobierno llevó a los tribunales a la Northern Securities Company, un conglomerado ferroviario controlado por J. P. Morgan, James J. Hill y E. H. Harriman, apoyándose en una Ley Sherman Antimonopolio que hasta entonces apenas se había aplicado. Fue la primera de más de cuarenta demandas contra grandes empresas a lo largo de su mandato, una cifra que le valió el apodo de «rompedor de monopolios» incluso entre quienes lo criticaban por otros motivos.
La otra gran huella de su presidencia fue la conservación del territorio. Roosevelt protegió alrededor de 93 millones de hectáreas de bosques, reservas y refugios de fauna, creó cinco parques nacionales y dieciocho monumentos naturales, entre ellos el Gran Cañón del Colorado, declarado monumento nacional en 1908 gracias a una ley que le permitía actuar sin esperar al Congreso. En política exterior impulsó la construcción del canal de Panamá, que consideraba su legado más tangible, y en 1906 se convirtió en el primer estadounidense en recibir el premio Nobel de la Paz, por mediar en el fin de la guerra ruso-japonesa.
¿Por qué se considera a Roosevelt el primer presidente del siglo XX?
Los historiadores suelen situarlo como bisagra entre dos formas de entender el cargo, porque fue el primero en usar de manera sistemática el poder ejecutivo para intervenir en la economía y en la vida pública sin esperar la iniciativa del Congreso. Definió su propio papel como «administrador del pueblo», bajo la idea de que el presidente podía actuar en cualquier terreno que la ley no le prohibiera de forma expresa, justo lo contrario de lo que habían hecho sus antecesores del siglo XIX.
Lo que distingue el 14 de septiembre de 1901 de otras sucesiones repentinas no es solo el accidente que la provocó, sino lo que vino después: colocó al frente del país a la única figura política de su generación dispuesta a romper con el modelo de gobierno mínimo que había dominado casi todo el siglo XIX. Comparada con la sucesión de Andrew Johnson tras el asesinato de Lincoln en 1865, que frenó buena parte de las reformas en marcha, la de Roosevelt tuvo un efecto casi contrario: aceleró un cambio que ya se veía venir en la sociedad estadounidense, pero que ningún presidente anterior se había atrevido a encabezar desde la Casa Blanca.
Roosevelt fue reelegido en 1904 por amplio margen, esta vez con un mandato propio, y dejó el cargo en 1909 convencido de que la presidencia debía seguir el camino que él le había marcado. Ninguno de sus sucesores del siglo XX, fuera cual fuera su partido, volvió a entenderla como un puesto de simple administración.