El Tiempo Cuenta

Hoy en la Historia

Archivo
166 d.C.

Los emperadores romanos Marco Aurelio y Lucio Vero celebran un triunfo en Roma por la finalización exitosa de su guerra con los partos.

Wikipedia
Siglo XIX

Karl Marx ante la España revolucionaria: de Cádiz a la Vicalvarada (1808-1854)

Qué escribió realmente el corresponsal del New-York Daily Tribune sobre las crisis políticas españolas del siglo XIX

Óscar Navarro 30 de September de 2026 19 lecturas 10 min de lectura
Índice de contenidos

«España es el único país donde la historia se repite con tanta frecuencia que parece un círculo vicioso». La frase circula atribuida a Karl Marx, pero tiene un problema sencillo y decisivo: no aparece en la serie de artículos que dedicó a España, ni en la edición española de referencia que reúne esos textos. Tampoco lleva fecha, periódico, carta o página que permita comprobarla. Lo honesto es tratarla como una atribución no verificada.

Retrato fotográfico de Karl Marx.
Retrato fotográfico de Karl Marx.

La pista que pudo dar pie a la leyenda no es completamente inventada. Marx estudió las convulsiones españolas del primer medio siglo XIX y encontró en ellas repeticiones políticas muy visibles: un rey que anulaba una constitución, un pronunciamiento que la restauraba, una intervención extranjera que la volvía a suprimir y, años después, otro levantamiento militar que retomaba el hilo. Su explicación no hablaba de una fatalidad nacional. Intentaba entender por qué unas revoluciones nacían con fuerza y terminaban devolviendo el poder a las mismas élites.

La diferencia importa porque Marx sí escribió sobre la repetición de los conflictos, pero lo hizo dentro de un análisis fechado y con nombres propios. En uno de sus artículos afirmó que todos los partidos españoles arrancaban de la historia nacional las páginas que no habían escrito ellos mismos. La imagen describe una lucha por la memoria y la legitimidad: cada grupo convertía su episodio en el origen legítimo del país y trataba los demás como una interrupción ilegítima.

La célebre fórmula de que la historia se repite primero como tragedia y después como farsa pertenece a otro texto, El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, y se refería a la política francesa. Trasladarla sin más a España cambia el lugar, el momento y el sentido. La frase del círculo vicioso parece una paráfrasis moderna que mezcla ambas ideas con la inestabilidad española. Puede resumir una impresión; no puede presentarse como una cita de Marx mientras no aparezca una fuente primaria.

La puerta de entrada: Vicálvaro, verano de 1854

Marx no llegó a España para observar sus calles ni sus parlamentos. Escribía desde Londres, donde trabajaba como corresponsal europeo del New-York Daily Tribune. El periódico quería seguir de cerca la política de la metrópoli porque cualquier cambio en Madrid podía afectar a los territorios españoles de América y a los intereses comerciales estadounidenses. El encargo periodístico llevó a Marx a leer historia, memorias y folletos españoles en la biblioteca del British Museum.

El detonante fue la sublevación iniciada en junio de 1854 por los generales Leopoldo O'Donnell y Domingo Dulce. El choque de Vicálvaro no decidió por sí solo el futuro del régimen: el movimiento necesitó extenderse, encontrar apoyos civiles y convertir un pronunciamiento militar en una revolución política. El Manifiesto de Manzanares, la agitación de Madrid y la llamada de Isabel II al general Espartero abrieron el Bienio Progresista. Para los lectores norteamericanos, España volvía a ocupar las primeras páginas; para Marx, la coyuntura ofrecía la ocasión de revisar medio siglo de revoluciones fallidas.

Leopoldo O'Donnell
Leopoldo O'Donnell

Entre julio de 1854 y junio de 1857 publicó 27 artículos sobre España. La serie que suele conocerse como La España revolucionaria pretendía remontarse hasta la guerra contra Napoleón y llegar al presente, pero quedó interrumpida tras el Trienio Liberal. Se conservan ocho entregas publicadas y un fragmento de otra.

1808: una guerra contra Francia y una revolución dentro del país

El primer punto de su recorrido era 1808. La invasión napoleónica quebró la autoridad de la monarquía, desplazó a la familia real a Bayona y dejó un vacío que llenaron juntas locales y provinciales. La resistencia contra José Bonaparte fue una guerra nacional, pero también abrió una disputa por la forma del Estado. Quienes combatían al ejército francés no compartían el mismo proyecto: unos defendían al rey cautivo, la religión y las instituciones tradicionales; otros vieron la crisis como la oportunidad de reformar la propiedad, la administración y la representación política.

La rendición de Bailén", de Casado del Alisal, Museo del Prado, Madrid, España.
La rendición de Bailén", de Casado del Alisal, Museo del Prado, Madrid, España.

Marx insistió en esa doble naturaleza de la guerra. La insurrección podía ser revolucionaria porque derribaba autoridades y movilizaba a la población, y reaccionaria porque lo hacía en nombre de Fernando VII y de la tradición católica. El problema no era una supuesta incapacidad española para cambiar, sino que fuerzas con objetivos incompatibles necesitaban colaborar contra el invasor. Cuando la amenaza francesa disminuyó, la alianza se rompió.

Las juntas ofrecieron un ejemplo visible. Multiplicaron los centros de resistencia y evitaron que el ejército francés encontrara un único gobierno que pudiera decapitar, pero también rivalizaron entre sí. La Junta Central, creada en 1808, heredó esa tensión: debía coordinar la guerra y, al mismo tiempo, decidir quién tenía derecho a hablar en nombre de la nación. En la lectura de Marx, la revolución se frenó cuando sus dirigentes intentaron conservar una apariencia de continuidad, respetabilidad y obediencia a las jerarquías antiguas.

Cádiz: la constitución nacida bajo el fuego

Las Cortes Extraordinarias se reunieron el 24 de septiembre de 1810 en la Isla de León y trasladaron sus sesiones a Cádiz en 1811. El 19 de marzo de 1812 promulgaron una constitución de 384 artículos. El texto afirmaba que la soberanía residía en la nación, organizaba la separación de poderes, regulaba unas Cortes unicamerales elegidas mediante un sistema indirecto y daba una función política nueva a ayuntamientos y diputaciones. También acompañó el cambio con medidas contra la Inquisición, los señoríos jurisdiccionales y parte de los privilegios eclesiásticos.

Frontispicio de la Constitución de Cádiz, 1812. Archivo del Congreso de los Diputados, Madrid.
Frontispicio de la Constitución de Cádiz, 1812. Archivo del Congreso de los Diputados, Madrid.

Marx quedó impresionado por la escena: una asamblea que legislaba para territorios europeos, americanos y asiáticos mientras el ejército francés ocupaba buena parte de la península y cercaba la ciudad. No presentó la Constitución como una copia mecánica de Francia. La ley gaditana combinaba principios de soberanía nacional con una monarquía católica y una cultura política heredada de las Cortes y los municipios. Esa mezcla explica tanto su potencia como sus límites.

La Constitución no consiguió resolver la guerra social que la rodeaba. Para parte de la población, la libertad política debía traer un alivio inmediato a los impuestos, el hambre y la destrucción; para los defensores del absolutismo, era una amenaza contra el rey y la Iglesia. Cuando Fernando VII regresó en 1814, anuló la obra de Cádiz. La restauración no borró las ideas liberales: las empujó a la conspiración, al exilio y al ejército.

1814, 1820 y 1823: una secuencia, no un círculo

El pronunciamiento de Rafael del Riego en Las Cabezas de San Juan, iniciado el 1 de enero de 1820, cambió el equilibrio. La expedición militar destinada a embarcar hacia América se levantó en nombre de la Constitución de 1812. El movimiento atravesó Andalucía, ganó adhesiones y obligó a Fernando VII a jurar el texto que había abolido seis años antes. Comenzó el Trienio Liberal.

Retrato de cuerpo entero de Rafael del Riego de 1820, con sable y bicornio, junto a una caja con la inscripción «Constitución 1812» y soldados al fondo. Litografía.
Retrato de cuerpo entero de Rafael del Riego de 1820, con sable y bicornio, junto a una caja con la inscripción «Constitución 1812» y soldados al fondo. Litografía.

La restauración constitucional volvió a enfrentarse con una monarquía que no aceptaba compartir la soberanía, con resistencias sociales y con la presión de las potencias europeas. En 1823, los Cien Mil Hijos de San Luis entraron en España y devolvieron a Fernando VII el poder absoluto. El liberalismo no desapareció, pero quedó asociado a una cadena de derrotas y retornos. En 1836 la Constitución volvió a ser invocada; en 1854 Espartero reapareció en el centro de la escena con los mismos recuerdos políticos de la década anterior.

Ahí está el origen real de la impresión de Marx. En un pasaje de su serie escribió que en 1854 España había comenzado con Espartero, el mismo hombre con quien había terminado en 1843. También observó que cada partido tendía a arrancar del relato nacional las páginas ajenas. No describía una rueda que girase sola. Señalaba una práctica: gobiernos y oposiciones trataban cada crisis como una refundación, en vez de aceptar la continuidad institucional construida por sus adversarios.

Una mirada aguda, pero no una sentencia sobre España

La lectura marxiana conserva fuerza cuando sigue instituciones y alianzas. Vio la dificultad de centralizar un país de tradiciones jurídicas y políticas muy distintas, la tensión entre las juntas y el gobierno, el peso de la Iglesia, el papel arbitral del ejército y la fragilidad de una monarquía constitucional sin un acuerdo duradero sobre quién debía mandar. Su explicación también detectó algo que la frase viral oculta: en cada retorno había actores nuevos, intereses diferentes y una sociedad transformada por la guerra.

Su límite está en el marco desde el que miraba. Comparó la experiencia española con el modelo francés de revolución burguesa, trabajó con una biblioteca incompleta y escribió para un periódico, no para un archivo académico. El propio editor de la edición española advierte que sus fuentes y su enfoque comparado condicionan el valor historiográfico de la serie. Algunas generalizaciones de Marx sobre España pertenecen al lenguaje político de su tiempo y no pueden aceptarse como diagnósticos neutrales.

Por eso conviene conservar la historia que sí está documentada y abandonar la frase que no lo está. Marx estudió España porque sus revoluciones permitían observar cómo una guerra podía derribar un régimen sin producir un acuerdo estable; cómo una constitución podía nacer en una ciudad sitiada y desaparecer con la llegada de un rey; cómo un pronunciamiento podía abrir una revolución y dejar intacta buena parte del poder social. No es un círculo vicioso ni una condena nacional. Es una secuencia de rupturas, pactos incompletos y memorias enfrentadas. Su repetición aparente no está en el carácter de un país, sino en la dificultad de sus protagonistas para aceptar una historia que también habían escrito otros.

Si te ha interesado, te puede gustar

Enlace de afiliado: si compras a través de él, puede que recibamos una pequeña comisión, sin ningún coste extra para ti.

Comentarios

Inicia sesión para dejar un comentario.

Todavía no hay comentarios — sé el primero.

Otros artículos de Historia