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Edad Moderna

El cardenal Richelieu y la razón de Estado que rehízo Francia

El obispo de provincias que se convirtió en el primer ministro más poderoso de la Francia del siglo XVII

Carmen Puerta 19 de August de 2026 26 lecturas 9 min de lectura
El cardenal Richelieu retratado tres veces por Philippe de Champaigne hacia 1642, obra que serviría de modelo para un busto escultórico
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El 9 de septiembre de 1585 nació en París un hombre que, cuatro décadas más tarde, gobernaría Francia con más poder real que el propio rey al que servía. Se llamaba Armand Jean du Plessis y hoy lo conocemos por el título que llevaba cuando ya era la figura más temida y admirada de Europa: el cardenal Richelieu. Su historia no es la de un aristócrata que hereda el poder, sino la de un segundón de familia venida a menos que aprendió a jugar con las cartas que le tocaron y acabó rediseñando el mapa político del continente.

Richelieu fue primer ministro de Luis XIII entre 1624 y 1642. En ese periodo hizo algo que pocos gobernantes europeos de su tiempo lograron: subordinar la nobleza, la religión y la propia guerra al interés del Estado. Su nombre quedó unido para siempre a un concepto, la raison d'État, la razón de Estado, que todavía hoy se estudia en las facultades de relaciones internacionales.

De obispo de provincias a hombre fuerte de la corona

La familia Du Plessis no era rica ni especialmente influyente. Armand estaba destinado a la carrera militar, como correspondía al hijo de un noble de segunda fila, pero un giro inesperado cambió su rumbo: su hermano mayor, que iba a heredar el obispado familiar de Luçon, renunció a la vida eclesiástica, y alguien tenía que ocupar ese puesto para que la familia no perdiera la renta asociada. Armand, con apenas 21 años, se ordenó obispo en 1606 tras obtener una dispensa papal por su juventud.

Un ascenso calculado paso a paso

Lo que siguió fue un ejercicio de paciencia política poco común. Richelieu se convirtió en un obispo reformista, escribió tratados y consiguió representar al clero en los Estados Generales de 1614, el último gran encuentro de las tres órdenes del reino antes de la Revolución. Ahí llamó la atención de la reina madre, María de Médici, que gobernaba como regente tras el asesinato de Enrique IV. Cuando el joven Luis XIII, ya rey, hizo asesinar al favorito de su madre, Concino Concini, en 1617, Richelieu cayó en desgracia por su cercanía a la reina y pasó un tiempo apartado de la corte, en Avignon.

El destierro no duró demasiado. Richelieu supo hacer de mediador entre madre e hijo, ganándose poco a poco la confianza de Luis XIII, un rey inseguro, propenso a la melancolía y necesitado de un ministro capaz de tomar las decisiones que a él le costaba asumir. En 1622 el papa lo nombró cardenal. En 1624 entró en el Consejo Real, y ese mismo año se convirtió en el jefe efectivo del gobierno francés. No abandonaría ese puesto hasta su muerte, dieciocho años después.

El sitio de La Rochelle y el fin del poder político protestante

Uno de los primeros grandes retos de Richelieu como ministro fue interno: los hugonotes, los protestantes franceses, conservaban desde el Edicto de Nantes de 1598 plazas fuertes propias, ejércitos y una autonomía casi de Estado dentro del Estado. La más importante de esas plazas era el puerto de La Rochelle, en la costa atlántica.

Cuando la ciudad se rebeló de nuevo y buscó el apoyo naval de Inglaterra, Richelieu decidió acabar con el problema de una vez. En 1627 puso él mismo al frente el cerco de La Rochelle, y ordenó construir una obra de ingeniería descomunal para la época: un dique de más de mil quinientos metros que cerraba la bahía y aislaba la ciudad de cualquier auxilio por mar. La flota inglesa del duque de Buckingham intentó romper el bloqueo y fracasó. La Rochelle resistió catorce meses, hasta que el hambre obligó a rendirse el 28 de octubre de 1628: de una población de cerca de 25.000 habitantes, apenas sobrevivían unos 5.000.

El gran dique construido por orden de Richelieu para bloquear el puerto de La Rochelle, representado en un cuadro del siglo XIX
El gran dique construido por orden de Richelieu para bloquear el puerto de La Rochelle, representado en un cuadro del siglo XIX

Richelieu, sin embargo, no persiguió a los protestantes por su fe. Tras la victoria, el Edicto de Alès de 1629 les retiró las plazas fuertes y los privilegios militares, pero mantuvo la libertad de culto reconocida en 1598. La lección que sacó de todo el episodio fue muy propia de su forma de pensar: lo que no podía tolerar no era la religión reformada, sino un poder armado paralelo al del rey dentro del reino.

La paradoja de un cardenal aliado con los protestantes

Ese mismo razonamiento, separar la fe de la conveniencia política, es lo que convirtió a Richelieu en una figura incómoda para buena parte de la Europa católica de su tiempo. Mientras el continente se desangraba en la guerra de los Treinta Años, un conflicto que había arrancado en 1618 como una disputa religiosa entre católicos y protestantes en el corazón del Sacro Imperio, Francia se encontraba rodeada por los dominios de la casa de Austria: los Habsburgo españoles al sur y en los Países Bajos, los Habsburgo austriacos al este.

Subsidios a Gustavo Adolfo de Suecia

Para Richelieu, esa situación geográfica pesaba más que cualquier solidaridad confesional. En 1631 firmó el Tratado de Bärwalde, por el que Francia se comprometía a financiar con subsidios el ejército del rey protestante Gustavo Adolfo de Suecia, uno de los grandes generales de la guerra, a cambio de que mantuviera abierto el frente contra el emperador católico. Cuatro años más tarde, tras la muerte de Gustavo Adolfo en combate, Richelieu llevó la apuesta más lejos todavía y metió a Francia directamente en la guerra contra España, en 1635.

Un cardenal de la Iglesia católica pagando ejércitos luteranos contra un emperador católico escandalizó a media Europa devota. Richelieu lo defendió sin complejos: el bien del Estado francés, argumentaba, era también, a la larga, un bien cristiano, porque un rey fuerte garantizaba el orden y evitaba el caos. Esa idea, que el interés nacional puede primar sobre la afinidad religiosa, es la que los historiadores señalan como una de las primeras formulaciones claras de la política exterior moderna, desligada de las lealtades del papado o de la cristiandad como bloque.

El día de los Engañados y la consolidación del poder absoluto

Dentro de la corte, Richelieu tuvo que sobrevivir a intrigas constantes. La más peligrosa llegó en noviembre de 1630, en un episodio que la historiografía francesa bautizó como la Journée des Dupes, el día de los Engañados. María de Médici, resentida porque su antiguo protegido gobernaba ya con más autoridad que ella, presionó a su hijo Luis XIII para que lo destituyera. Durante unas horas, la corte entera dio por hecho que Richelieu había caído: cortesanos que llevaban años a su servicio empezaron a distanciarse de él y a buscar el favor de sus enemigos.

Luis XIII de Francia, retratado por Philippe de Champaigne, mantuvo a Richelieu en el poder pese a las presiones de su madre
Luis XIII de Francia, retratado por Philippe de Champaigne, mantuvo a Richelieu en el poder pese a las presiones de su madre

Pero Luis XIII, que dudaba de casi todo salvo de la utilidad de su ministro, cambió de opinión al día siguiente y ratificó su confianza en Richelieu. Los que se habían apresurado a celebrar la caída del cardenal fueron quienes de verdad quedaron en evidencia, de ahí el nombre del episodio. María de Médici tuvo que huir a los Países Bajos españoles, donde murió en el exilio años después. A partir de ese momento nadie volvió a dudar en serio de quién mandaba realmente en Francia.

Un legado que va más allá de la política

Richelieu no se limitó a gobernar: también quiso moldear la cultura del país que dirigía. En 1635 fundó la Academia Francesa, con el encargo explícito de fijar reglas claras para el idioma y hacerlo apto para tratar las artes y las ciencias con precisión. Casi cuatro siglos después, la institución sigue siendo la autoridad de referencia sobre la lengua francesa. El propio cardenal, aficionado al teatro en una época en que esa afición no se consideraba propia de un hombre de Iglesia, financió a dramaturgos como Pierre Corneille y convirtió su residencia parisina, el Palais-Cardinal construido por el arquitecto Jacques Lemercier, en un centro de mecenazgo artístico.

El actual Palais-Royal de París, construido entre 1633 y 1639 como residencia de Richelieu bajo el nombre de Palais-Cardinal
El actual Palais-Royal de París, construido entre 1633 y 1639 como residencia de Richelieu bajo el nombre de Palais-Cardinal

Lo que hace especialmente interesante la figura de Richelieu, vista con perspectiva, es que combinó dos caras que rara vez conviven en un mismo gobernante: la del hombre de Estado sin escrúpulos, dispuesto a financiar a un rey protestante o a arrasar una ciudad propia con tal de reforzar la autoridad real, y la del mecenas que entendía que el prestigio de una nación también se construye con su lengua, su teatro y sus academias. Los reyes absolutos que vinieron después de él, empezando por Luis XIV, heredaron un aparato de Estado centralizado que Richelieu había tardado dieciocho años en levantar pieza a pieza, muchas veces contra la nobleza que en teoría debía servirlo.

Murió en París el 4 de diciembre de 1642, a los 57 años, tras años de mala salud. Fue enterrado en la capilla de la Sorbona, la universidad que él mismo había reconstruido, bajo un sepulcro de mármol esculpido más tarde por François Girardon. Luis XIII, el rey que tantas veces dudó de él y tantas veces acabó dándole la razón, apenas le sobrevivió cinco meses.

El sepulcro del cardenal Richelieu, obra del escultor François Girardon, en la capilla de la Sorbona de París
El sepulcro del cardenal Richelieu, obra del escultor François Girardon, en la capilla de la Sorbona de París

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