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Siglo XIX

La marcha sobre Versalles del 5 de octubre de 1789 y el traslado de la monarquía a París

Pan, poder y movilización popular en las jornadas revolucionarias de octubre de 1789

Carmen Puerta 15 de October de 2026 5 lecturas 9 min de lectura
Estampa de las mujeres de París marchando hacia Versalles durante las jornadas revolucionarias del 5 y 6 de octubre de 1789
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En la mañana del 5 de octubre de 1789, París amaneció con la misma urgencia que había llenado sus calles durante meses: encontrar pan. En los mercados, las colas y las discusiones desembocaron en una movilización que pronto dejó de ser una protesta local. Grupos de mujeres, muchas vinculadas al comercio de los mercados, se dirigieron al Hôtel de Ville y después tomaron el camino de Versalles. No iban a contemplar el palacio. Iban a llevar sus reclamaciones ante el rey.

La lluvia convirtió el trayecto en barro. Cuando la multitud llegó a las inmediaciones del palacio, llevaba armas, algunos cañones y una demanda que cabía en pocas palabras: pan y el rey. Durante la noche, la tensión se transformó en violencia. Al amanecer del día 6, la familia real tuvo que aceptar el traslado a París. Luis XVI creía que su estancia sería temporal; la historia decidió lo contrario. Versalles dejó de ser residencia de la monarquía y el poder quedó expuesto, a pocos pasos de la multitud que lo había reclamado.

Grabado histórico de Jean-François Janinet sobre los principales acontecimientos desde la apertura de los Estados Generales de 1789, realizado en 1790.
Grabado histórico de Jean-François Janinet sobre los principales acontecimientos desde la apertura de los Estados Generales de 1789, realizado en 1790.

Una crisis de subsistencias convertida en crisis política

Para entender la marcha no basta con repetir que el pueblo tenía hambre. La escasez de 1789 se apoyaba en una cadena de problemas que afectaba tanto al campo como a la ciudad. La mala cosecha de 1788, dañada por una combinación de sequía, granizo y un invierno muy duro, redujo las reservas de cereal. El precio del grano subió y el del pan siguió la misma dirección justo cuando la actividad artesanal y manufacturera perdía fuerza. Para una familia que vivía de un salario diario, una subida en la hogaza no era una molestia: podía dejar sin comida, sin combustible o sin alquiler.

París dependía de un abastecimiento constante. Las autoridades vigilaban el tránsito de harina, los panaderos trabajaban bajo sospecha y las colas ante las tahonas eran una escena habitual. En ese mundo, las mujeres tenían una relación directa con el precio de los alimentos. Compraban, regateaban, esperaban y sabían antes que nadie cuándo faltaba harina. Esa experiencia explica su presencia en la calle, pero no agota el significado de la protesta. Las mujeres de los mercados hablaban también en nombre de sus hogares y de una comunidad urbana que juzgaba al gobierno por su capacidad de alimentar a la capital.

La crisis material coincidió con una ruptura institucional. Los Estados Generales se habían reunido en Versalles en mayo; en junio, los diputados del Tercer Estado se declararon Asamblea Nacional y juraron no separarse hasta dar una constitución a Francia. La toma de la Bastilla, el 14 de julio, mostró que el movimiento tenía una fuerza popular capaz de derribar símbolos del poder. En agosto, la Asamblea abolió los privilegios feudales y aprobó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Quedaba por resolver quién podía hacer efectivos esos principios y qué papel conservaría el rey.

Luis XVI no era un monarca sin poder, pero tampoco controlaba ya el ritmo de los acontecimientos. Su firma era necesaria para convertir los decretos revolucionarios en norma, y sus vacilaciones alimentaban la desconfianza. En París se temía que la corte y los cuerpos militares reunidos alrededor de Versalles preparasen una reacción. El episodio que encendió la pólvora fue un banquete celebrado el 1 de octubre en la ópera del palacio para agasajar al regimiento de Flandes. Las noticias sobre los brindis monárquicos y el supuesto pisoteo de la escarapela tricolor circularon por la capital deformadas por los periódicos y los rumores. No hace falta dar por cierta cada escena para entender su efecto: organizar una fiesta cortesana mientras el pan escaseaba parecía una provocación.

Valentía de las mujeres parisinas el 5 de octubre de 1789.
Valentía de las mujeres parisinas el 5 de octubre de 1789.

De los mercados de París al palacio real

La protesta comenzó en los mercados y alcanzó el centro municipal de París. Las mujeres reclamaron pan, pero también exigieron que la ciudad actuara contra quienes retenían o encarecían el grano. En el Hôtel de Ville encontraron armas y munición; algunas tomaron picas y fusiles, y varios cañones acompañaron la marcha. La columna no fue una masa homogénea ni obedeció a un plan único. Había vendedoras, trabajadoras, madres, hombres que se sumaron y agitadores que intentaban orientar la cólera hacia la corte.

El camino hacia Versalles tenía una lógica política. La Asamblea Nacional sesionaba allí y el rey vivía allí: reclamar en París no bastaba si la autoridad permanecía al oeste de la capital. La marcha convirtió una cuestión de abastecimiento en una pregunta sobre la soberanía. ¿Quién debía responder por el pan? ¿El rey, la Asamblea, el municipio o los comerciantes? Cada respuesta implicaba una idea distinta del nuevo orden que estaba naciendo.

La Guardia Nacional parisina, mandada por el marqués de Lafayette, terminó siguiendo a la multitud. Lafayette había intentado contener la movilización y acudió a Versalles cuando el rey le ordenó asegurar la protección de la familia real. Su presencia evitó que la expedición fuese solo una columna de manifestantes, pero no devolvió el control a la autoridad. Al llegar, la muchedumbre se encontró con un palacio cerrado y con un monarca que regresaba de cazar en Meudon. La espera bajo la lluvia dejó claro que el rey ya no podía mantenerse al margen.

Durante la tarde y la noche se sucedieron las delegaciones. Luis XVI recibió a varias mujeres y prometió garantizar el abastecimiento de París. También aceptó los decretos revolucionarios que había dejado pendientes. Las concesiones calmaban una parte de la protesta, pero no resolvían su motivo político: mientras la familia real y la Asamblea permanecieran en Versalles, podían deshacer o retrasar desde allí las decisiones tomadas en nombre de la nación.

La noche del 5 al 6 de octubre

La multitud pasó la noche en los patios y plazas cercanos al palacio. El cansancio no eliminó la tensión. Antes del amanecer, un grupo abrió una entrada y penetró en el interior de la residencia. La lucha se concentró en los accesos a los apartamentos reales. Murieron varios guardias de corps y la reina María Antonieta tuvo que salir precipitadamente de sus habitaciones para refugiarse junto al rey y el delfín.

La escena quedó fijada en la memoria revolucionaria con una mezcla de relato, propaganda y testimonio. Las imágenes posteriores exageraron algunos detalles y convirtieron a las mujeres en una figura colectiva, casi alegórica. Pero la violencia de aquella mañana fue real y tuvo un resultado concreto: la familia real apareció ante la multitud y aceptó marchar a París. No fue una negociación entre iguales. El rey cedió ante una presión armada que expresaba, al mismo tiempo, hambre, miedo a la contrarrevolución y voluntad de hacer visible la soberanía popular.

Palacio de Versalles, cerca de París, Francia.
Palacio de Versalles, cerca de París, Francia.

El regreso del rey y el fin de Versalles como capital

El cortejo salió de Versalles el 6 de octubre. La multitud escoltaba las carretas de grano y rodeaba los carruajes de Luis XVI, María Antonieta y sus hijos. La consigna que describía al rey como el panadero, a la reina como la panadera y al delfín como el pequeño aprendiz resumía una relación de poder que ya no era la del absolutismo: el monarca debía volver al lugar donde el pueblo podía verlo y vigilarlo.

El desplazamiento no fue un simple cambio de residencia. Desde que Luis XIV había instalado la corte en Versalles, el palacio había sido el centro visible de la monarquía francesa. Allí se distribuían favores, cargos y honores; allí se negociaba el acceso al soberano. Con la salida de octubre, ese mundo perdió su escenario. La Asamblea seguiría también el movimiento hacia París y las Tullerías se convertirían en el espacio donde la monarquía constitucional intentaría sobrevivir bajo observación pública.

La jornada alteró el equilibrio entre las instituciones. La Asamblea conservaba la tarea de redactar leyes, pero la presión de las calles había demostrado que la representación no bastaba para gobernar una crisis de alimentos. El municipio parisino y la Guardia Nacional ganaron peso. Los clubes y la prensa encontraron un público más amplio. El rey, por su parte, quedó ligado a una ciudad que desconfiaba de él y a una revolución que ya había aprendido que podía obligarle a actuar.

Las mujeres que habían hecho posible la marcha no obtuvieron por ello derechos políticos equivalentes a los de los hombres. La revolución reconoció su capacidad de intervenir en momentos de crisis, pero siguió excluyéndolas de la ciudadanía activa que se estaba definiendo. Esa contradicción acompañaría todo el proceso: las mismas mujeres que habían llevado al rey desde Versalles serían después invitadas a regresar al ámbito doméstico cuando su presencia política resultara incómoda.

Lo que cambió aquel camino bajo la lluvia

Las jornadas del 5 y 6 de octubre no derribaron la monarquía. Luis XVI conservó el trono durante casi tres años y la revolución todavía intentaría construir una monarquía constitucional. Su alcance fue otro. Un conflicto por la harina puso en contacto directo a la población con el poder, convirtió la movilidad popular en una fuerza constitucional y dejó al rey sin la distancia ceremonial que había protegido a sus antecesores.

La marcha sobre Versalles recuerda que las grandes transformaciones políticas no nacen siempre de un discurso o de una votación. A veces empiezan en una cola ante una tahona, en la indignación de quienes conocen el precio de la comida y en la decisión de atravesar la ciudad para preguntar quién manda. En octubre de 1789, el hambre abrió la puerta de la política. Cuando el rey regresó a París, la Revolución dejó de ser una disputa alojada en los salones de Versalles y pasó a desarrollarse bajo la mirada de la calle.

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