A principios de mayo de 1820, en el extremo oriental de Mallorca, varias muertes empezaron a concentrarse en Son Servera. En pocas semanas, la enfermedad alcanzó Artà, Capdepera y Sant Llorenç des Cardassar; las autoridades levantaron cordones en tierra y en el mar, y el Levante quedó bajo vigilancia militar.
Durante generaciones, el episodio se explicó con una imagen sencilla: ratas infectadas, pulgas y personas. Era el relato de la peste bubónica clásica. La investigación publicada en 2026 por Pere Puig y Joana Maria Pujadas-Mora en Proceedings of the National Academy of Sciences no cuestiona que el episodio fuera peste, pero pone en duda que aquella cadena describa bien lo sucedido en Mallorca. Los autores han vuelto sobre los partes diarios y han encontrado una enfermedad más rápida, más letal y probablemente más centrada en la transmisión entre humanos.
La epidemia mató a más de 2.400 personas en una población afectada de unas 7.500. Fue uno de los últimos grandes episodios de peste de la Europa occidental y dejó una pregunta incómoda: ¿cuánto de lo que creemos saber procede de los documentos de 1820 y cuánto de las historias contadas después?
La costa, el barco y una leyenda tardía
Son Servera no tenía en 1820 un puerto capaz de recibir un cargamento. Las naves fondeaban frente a la costa y las mercancías llegaban a la arena en pequeñas barcas de remo. Si el desembarco se produjo mediante embarcaciones menores y bultos de contrabando, el traslado de una población estable de ratas infectadas hasta tierra resulta menos verosímil que en un puerto con almacenes y tráfico continuo.
La tradición local situó el origen en un barco procedente de Tánger que se detuvo frente a la costa en mayo. El nombre de la nave no se ha conservado ni existe una prueba que permita reconstruir su ruta. Los testimonios posteriores y el análisis de las fuentes hacen plausible una llegada por vía marítima, quizá con tripulantes enfermos o mercancías infestadas de pulgas. Hablar de certeza iría más lejos de lo que permiten los papeles.
Juan Lliteras, médico que redactó sus apuntes en 1821, escribió que la primera víctima fue una mujer que murió el 9 de mayo tras una enfermedad breve, atribuida al principio a la caída de un árbol. Hacia el 15 de mayo murieron su marido y un vecino. Años más tarde, Mariano Morey identificó a la mujer como Francisca Brunet y a su marido como Juan Servera, y añadió al hijo de ambos. La secuencia general parece firme; algunos detalles son reconstrucciones posteriores.
Un parte de septiembre de 1820 ofrece un rastro más concreto. El médico Buenaventura Casals comunicó que el hermano de un molinero de Artà había comprado ropa a un barco que también transportaba sal y la había vendido en la costa. El vendedor y su hija murieron con bubones a principios de junio; el molinero padeció uno en la axila. Las prendas fueron quemadas ante autoridades municipales, sanitarias y militares. El documento no demuestra que aquel alijo iniciara toda la epidemia, pero confirma la circulación clandestina de bienes y una posible vía de exposición.
La versión del pastor apareció mucho después. Pere d’Alcàntara Penya la publicó en 1885: un joven habría recogido un capote dejado en tierra por una barca y, al usarlo, habría llevado la peste a Son Servera. Pedro Servera Nebot la repitió en 1932, con un marino enterrado en la playa y la prenda como vehículo. Los textos de 1820 no mencionan al pastor, la tumba ni el cadáver desembarcado.
La estatua del Pastoret, levantada en Son Servera en 2008, conserva esa memoria. Su valor no depende de que la escena ocurriera tal como la cuenta la leyenda: recuerda a los muertos y muestra cómo una comunidad dio forma narrativa a un desastre cuya puerta de entrada seguía siendo incierta.
Un brote escrito día a día
Las localidades encerradas por el cordón debían enviar a Palma partes diarios con enfermos, fallecidos, convalecientes y recuperados. Los recuentos distinguían, en varios casos, entre hombres y mujeres y entre adultos y niños. El papel se desinfectaba con vinagre antes de circular. Conservadas en el archivo histórico de la Real Academia de Medicina de las Islas Baleares y localizadas a través de los fondos digitales de la Universitat de les Illes Balears, aquellas hojas forman una serie temporal excepcional.
Los médicos de 1820 no conocían la bacteria ni podían separar con precisión sus formas clínicas. La palabra peste describía una amenaza y una familia de síntomas, no un diagnóstico de laboratorio. La clasificación como bubónica se asentó después porque el episodio recordaba a brotes anteriores y porque algunos pacientes sí presentaron bubones.
La forma bubónica suele comenzar con la picadura de una pulga infectada y la inflamación de un ganglio. La forma septicémica invade la sangre; la neumónica afecta a los pulmones y puede transmitirse mediante gotículas. Sin antibióticos, las dos últimas avanzan con rapidez. Una prenda infestada podía transportar pulgas humanas, aunque en 1820 nadie entendiera ese mecanismo.
Lo que revelan los números
Puig y Pujadas-Mora aplicaron un modelo epidemiológico bayesiano a los registros diarios de Son Servera y Capdepera. No reconstruyeron un diagnóstico para cada muerto: estimaron el número básico de reproducción, el tiempo medio durante el que una persona podía contagiar y la proporción de casos que terminaba en muerte.
En Son Servera, con unos 1.684 habitantes, los registros reúnen alrededor de 1.340 infectados. El modelo sitúa el número reproductivo en torno a 1,3 y el periodo infeccioso medio cerca de 2,8 días. En Capdepera, con unos 1.179 habitantes, se registraron aproximadamente 146 casos; allí el valor se acerca a 1 y el periodo medio baja a unos 2 días. La letalidad global estimada es del 78 por ciento.
Esas cifras no prueban que cada caso fuera neumónico o septicémico. Sí resultan difíciles de encajar con un brote dominado por la forma bubónica transmitida desde una población de roedores. Los relatos médicos hablan de fiebre, agotamiento y deterioros fulminantes; los bubones aparecen con menos frecuencia de la esperable en una epidemia clásica de rata y pulga. La lectura de los investigadores es prudente: las formas neumónica y septicémica debieron de tener un peso considerable, y el contagio pudo continuar mediante pulgas y piojos humanos, contacto directo y transmisión respiratoria.
Una tripulación podía introducir la bacteria; una carga de ropa, trigo o sal podía llevar ectoparásitos; los primeros trabajadores podían transmitirla a sus familias. La evidencia histórica descarta, según el estudio, un reservorio en las ratas mallorquinas, pero no permite identificar con absoluta seguridad el primer contacto.
El cordón como respuesta
La reacción de las autoridades fue rápida. El primer cordón aisló Son Servera el 27 de mayo. Después quedaron bajo vigilancia Artà, Capdepera y Sant Llorenç, y Manacor fue incluido en el dispositivo. Se organizaron dos anillos: uno interior alrededor de la zona afectada y otro exterior para controlar la costa y las comunicaciones. El ejército llegó a emplear un millar de hombres en el cordón interior, junto a contingentes civiles, caballería y artillería.
Dentro del perímetro se separó a enfermos y sanos en campamentos distintos. El movimiento de personas y mercancías quedó restringido, y las rondas marítimas impedían que una embarcación burlara el cierre. Las órdenes trataban la epidemia como una guerra y castigaban con penas extremas la ruptura del cordón. La medida no curaba a nadie, pero cortó contactos que podían llevar el brote a Palma y al resto de la isla.
La epidemia se declaró terminada el 31 de diciembre de 1820, después de desinfectar las poblaciones y quemar las pertenencias de los fallecidos y de los campamentos. Mallorca llevaba siglos ensayando cuarentenas, lazaretos y patrullas costeras frente a enfermedades que viajaban con barcos y mercancías. En 1820, esa experiencia se volvió más militar y extensa.
Corregir una etiqueta sin fabricar otra leyenda
La documentación permite afirmar que el brote comenzó en Son Servera en mayo de 1820, que llegó desde fuera de la isla por una vía marítima relacionada probablemente con el contrabando, que devastó el Levante y que fue contenido por un aislamiento severo. No permite afirmar que un pastor concreto recogiera el capote de un marino enterrado en la playa. Tampoco permite dibujar con certeza el itinerario de cada primer contagio.
El estudio de 2026 desplaza la pregunta. Ya no se trata solo de decidir si hubo ratas o si el pastor existió, sino de entender cómo se mezclaron movilidad, mercancías, ectoparásitos y contacto humano en una comunidad sin bacteriología ni antibióticos. Los recuentos conservados en hojas rociadas con vinagre muestran que el pasado puede hablar con precisión cuando se lo lee junto a la historia social y la epidemiología.
Son Servera guarda la epidemia en una estatua; los archivos la guardan en nombres, fechas y recuentos diarios. Corregir el error histórico no consiste en sustituir la leyenda del capote por otra certeza, sino en devolver a 1820 su incertidumbre, su violencia y la complejidad humana de su contagio.