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Siglo XX

La muerte de Mao Zedong y el final de tres décadas de poder absoluto en China

Se cumplen 50 años de la desaparición del fundador de la China comunista, cuyo cadáver embalsamado sigue expuesto en Tiananmen

Carmen Puerta 20 de August de 2026 27 lecturas 9 min de lectura
Retrato oficial de Mao Zedong, líder de la República Popular China desde 1949 hasta su muerte en 1976
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Pasada la medianoche del 9 de septiembre de 1976, en una habitación del complejo de Zhongnanhai en Pekín, el corazón de Mao Zedong dejó de latir. Tenía 82 años y llevaba meses arrastrando un cuerpo deshecho por el párkinson, insuficiencias respiratorias y varios infartos. El último, el más grave, lo había sufrido el 2 de septiembre; el 7 de septiembre entró en coma tras un fallo generalizado de sus órganos. El gobierno esperó dieciséis horas para anunciarlo. A las cuatro de la tarde, una emisión de radio recorrió el país entero pidiendo unidad al partido, como si la propia noticia necesitara ir acompañada de una orden.

Con Mao se iba el hombre que había proclamado la República Popular China en 1949 desde la puerta de Tiananmen y que, durante casi treinta años, concentró un poder que ningún otro dirigente chino del siglo XX volvería a tener. Su desaparición no cerró una etapa con serenidad. Abrió una pelea feroz por el control del país que se resolvió en apenas un mes, y que determinó el rumbo de China durante las siguientes cuatro décadas.

Un cadáver que no debía existir

Mao había firmado años atrás, junto a otros líderes del partido, un documento en el que se comprometía a ser incinerado tras su muerte, siguiendo la costumbre que el propio régimen promovía frente a los entierros tradicionales. No ocurrió así. Los archivos del partido no conservan un registro claro de quién tomó la decisión ni cuándo, pero el cuerpo fue trasladado al Hospital 305 de Pekín, donde los médicos le extrajeron los órganos internos y los conservaron en formol para poder embalsamarlo.

El Mausoleo Conmemorativo de Mao, en la plaza de Tiananmen, donde se conserva el cuerpo embalsamado del líder chino
El Mausoleo Conmemorativo de Mao, en la plaza de Tiananmen, donde se conserva el cuerpo embalsamado del líder chino

Durante nueve días, del 9 al 17 de septiembre, el cuerpo estuvo expuesto en capilla ardiente en el Gran Salón del Pueblo. Se calcula que alrededor de un millón de personas —trabajadores movilizados por sus unidades, delegaciones extranjeras, dirigentes de partidos comunistas de medio mundo— pasaron ante el féretro para despedirse. El funeral de Estado se celebró el 18 de septiembre en la plaza de Tiananmen, con una ceremonia retransmitida a todo el país en la que Hua Guofeng, el hombre designado para sucederle, pronunció la oración fúnebre. Hoy, medio siglo después, el cadáver de Mao sigue expuesto en un mausoleo de mármol en el mismo lugar donde proclamó la República, visitado todavía por largas colas de chinos que hacen turno para verlo.

¿Por qué se conserva el cuerpo de Mao pese a su voluntad?

La respuesta oficial nunca ha sido del todo explícita, pero los historiadores coinciden en una explicación política más que sentimental: en septiembre de 1976 el partido necesitaba un símbolo de continuidad, no un adiós. Cremar a Mao en pleno vacío de poder hubiera parecido un cierre demasiado brusco. Embalsamarlo, en cambio, permitía presentarlo como una presencia permanente, casi una garantía de que la revolución seguía viva aunque su fundador ya no respirara.

La sombra que dejó vacía

Mao no dejó un plan de sucesión limpio. En sus últimos años había ido apartando y rehabilitando a distintos dirigentes según sus sospechas o sus necesidades del momento, y el resultado, en septiembre de 1976, era un equilibrio inestable entre dos bloques que se odiaban entre sí. Por un lado estaba la llamada Banda de los Cuatro, encabezada por Jiang Qing, la última esposa de Mao, junto a Zhang Chunqiao, Wang Hongwen y Yao Wenyuan: los arquitectos ideológicos de la Revolución Cultural, con enorme poder dentro del aparato de propaganda pero sin apoyo real en el ejército ni entre los cuadros veteranos del partido. Por otro, un grupo de dirigentes pragmáticos, con el mariscal Ye Jianying como figura de peso militar, que llevaban años esperando el momento de frenar los excesos de la década anterior.

Hua Guofeng, elevado por Mao a primer ministro apenas meses antes de morir, ocupó el vacío como presidente del partido. Pero su autoridad dependía de un equilibrio que no podía sostenerse mucho tiempo. La Banda de los Cuatro sabía que, sin Mao vivo para protegerlos, corrían peligro; los veteranos del partido sabían que, si no actuaban primero, la Banda de los Cuatro podía intentar hacerse con todo el poder.

Un golpe sin disparos

La resolución llegó rápido. El 6 de octubre de 1976, menos de un mes después del funeral, Hua Guofeng convocó una reunión del Politburó con el respaldo de Ye Jianying y de la guardia militar de Pekín. Jiang Qing y sus tres aliados fueron detenidos allí mismo, sin disparar un tiro ni provocar disturbios visibles en las calles. La prensa oficial tardó semanas en confirmar lo ocurrido, pero cuando lo hizo, presentó a los cuatro detenidos como los culpables de prácticamente todos los desmanes de la década anterior, una operación de memoria selectiva que convenía a casi todos los que quedaban en el poder.

Jiang Qing, viuda de Mao, durante su juicio público en 1980 como cabecilla de la Banda de los Cuatro
Jiang Qing, viuda de Mao, durante su juicio público en 1980 como cabecilla de la Banda de los Cuatro

Con la Banda de los Cuatro fuera de juego, el camino quedó despejado para el regreso de Deng Xiaoping, purgado y rehabilitado varias veces a lo largo de los años setenta según los vaivenes de la confianza de Mao en él. En julio de 1977 el Comité Central lo exoneró formalmente de cualquier responsabilidad en los disturbios de Tiananmen de 1976 y le devolvió todos sus cargos. Desde ahí, con paciencia y maniobra política más que con un golpe único, Deng fue desplazando a Hua Guofeng hasta convertirse en el hombre fuerte de China a finales de la década, el arquitecto de la apertura económica que transformaría el país en las décadas siguientes.

Lo que la Revolución Cultural dejó detrás

Para entender por qué la muerte de Mao provocó semejante urgencia por cambiar de rumbo hay que mirar atrás, a la década que la precedió. La Revolución Cultural, lanzada por Mao en 1966 para purgar al partido de rivales y reafirmar su control absoluto, se prolongó de forma más o menos abierta hasta la propia muerte del líder en 1976. Las cifras varían según el estudio, pero los historiadores calculan entre 1,1 y 1,6 millones de muertes directas, y hablan de entre 22 y 30 millones de personas sometidas a algún tipo de persecución política: purgas, trabajos forzados, humillaciones públicas, exilio interior. Dirigentes posteriores al propio Mao reconocieron que uno de cada nueve chinos sufrió de algún modo sus consecuencias.

Universidades cerradas, profesores humillados en las calles, templos y bibliotecas destruidos por las Guardias Rojas, familias enteras enfrentadas entre sí por denuncias políticas: ese fue el paisaje que Mao dejó al morir, y explica por qué, apenas semanas después de enterrarlo, buena parte del propio partido que él había construido se apresuró a desmontar su legado más reciente sin tocar, de momento, su figura como fundador del Estado.

Guardias Rojas concentrados en la plaza de Tiananmen durante los primeros años de la Revolución Cultural
Guardias Rojas concentrados en la plaza de Tiananmen durante los primeros años de la Revolución Cultural

El veredicto oficial: 70% acierto, 30% error

Ese equilibrio incómodo entre honrar al fundador y condenar sus excesos quedó fijado en 1981, cuando el Comité Central del partido aprobó una resolución oficial sobre la historia del régimen desde 1949. El documento atribuía a Mao el mérito histórico de la revolución y la fundación del Estado, pero criticaba abiertamente los abusos de la Revolución Cultural que él mismo había impulsado. Deng Xiaoping resumió esa valoración con una fórmula que se repite hasta hoy en los libros de texto chinos: Mao tuvo un 70% de acierto y un 30% de error. Es una manera de cerrar una herida sin abrirla del todo: la resolución apenas menciona el Gran Salto Adelante, la política agraria e industrial de finales de los años cincuenta que provocó una hambruna con varios millones de muertos, uno de los episodios más oscuros y menos reconocidos del mandato de Mao.

Lo que hace especialmente revelador este episodio, medio siglo después, es lo rápido que un régimen construido enteramente alrededor de la figura de un solo hombre fue capaz de desmontar su obra más reciente sin cuestionar su autoridad fundacional. No hubo ruptura ni juicio público contra Mao: hubo una cirugía política cuidadosa que sacrificó a cuatro personas concretas, la Banda de los Cuatro, para poder seguir invocando el nombre del líder muerto mientras se abandonaban en la práctica casi todas sus políticas económicas. Esa capacidad de separar al símbolo de sus decisiones es, quizá, la clave que permitió a China entrar en la era de las reformas sin una ruptura traumática con su propio pasado revolucionario.

Un legado que sigue expuesto en Tiananmen

Hoy, el retrato de Mao sigue colgado en la fachada de la Ciudad Prohibida, mirando hacia la misma plaza donde su cuerpo se exhibe en un mausoleo de mármol. El Partido Comunista Chino que él fundó ha renegado en la práctica de casi toda su política económica, ha abrazado el mercado y ha convertido a China en la segunda economía del mundo, pero sigue necesitando su nombre y su imagen como fuente de legitimidad. Cincuenta años después de aquella medianoche de septiembre en Zhongnanhai, la figura de Mao sigue siendo, para el poder chino, algo parecido a lo que fue su cadáver embalsamado: una presencia que no puede desaparecer sin poner en duda los cimientos de todo lo que vino después.

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