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Siglo XX

El huracán de Galveston de 1900, el peor desastre natural de la historia de EE.UU.

Cómo una tormenta subestimada por el propio Servicio Meteorológico arrasó una próspera ciudad texana en una sola noche

Carmen Puerta 18 de August de 2026 26 lecturas 7 min de lectura
Galveston, Texas, tras el paso del huracán del 8 de septiembre de 1900, el desastre natural más mortífero de la historia de Estados Unidos
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La noche del 8 de septiembre de 1900, el agua del golfo de México entró en Galveston antes de que la mayoría de sus 38.000 habitantes comprendiera lo que estaba pasando. A las seis y media de la tarde, la marea subió de golpe más de un metro en cuestión de minutos. Dos horas después, buena parte de la ciudad estaba bajo casi cuatro metros de agua y un viento que superaba los 200 kilómetros por hora arrancaba tejados, derribaba casas de madera y las convertía en proyectiles que aplastaban a quienes intentaban huir. Cuando amaneció el 9 de septiembre, entre seis mil y doce mil personas habían muerto. Ningún otro desastre natural en la historia de Estados Unidos ha vuelto a igualar esa cifra.

Galveston no era una ciudad menor. Con su puerto en plena expansión y una economía próspera ligada al algodón, aspiraba a convertirse en la gran metrópoli comercial de Texas, por delante incluso de Houston. El huracán no solo mató a miles de personas: también decidió, de un plumazo, cuál de las dos ciudades dominaría el siglo siguiente.

Una isla que se creía a salvo de los huracanes

Galveston se asienta sobre una isla barrera estrecha y baja, con su punto más alto apenas a dos metros y medio sobre el nivel del mar. Pese a esa vulnerabilidad evidente, la creencia extendida entre sus habitantes en 1900 era que la ciudad estaba protegida de forma natural por la configuración de la costa y por la plataforma continental del golfo. Esa confianza tenía, además, un respaldo inesperado: el del propio responsable local de la Oficina Meteorológica.

El error de cálculo de Isaac Cline

Isaac Cline, director de la delegación de Galveston del Servicio Meteorológico, había publicado en 1891 un artículo en el que sostenía que era "una locura absurda" pensar que un huracán de gran intensidad pudiera azotar directamente la ciudad. Nueve años después, cuando la tormenta se acercaba desde Cuba, la falta de comunicación por radio entre barcos y costa impidió detectar a tiempo que el sistema había virado hacia el noroeste y ganaba fuerza sobre aguas cálidas. Cline izó las banderas de aviso de tormenta el 7 de septiembre y recorrió a caballo las zonas bajas advirtiendo a los vecinos, pero ni él ni nadie en la ciudad imaginó la magnitud real de lo que se avecinaba. Su propia esposa, embarazada de su cuarto hijo, murió esa noche en el derrumbe de su vivienda.

La noche del 8 de septiembre de 1900

El huracán tocó tierra como categoría 4 en la escala Saffir-Simpson, con vientos sostenidos estimados en más de 200 kilómetros por hora y una marea de tormenta de entre dos metros y medio y casi cuatro metros, muy superior a cualquier punto de la isla. No existían aún ni la escala de categorías ni los satélites meteorológicos: los habitantes solo tenían la observación directa del cielo y del mar, y para cuando el agua empezó a inundar las calles del centro ya era tarde para evacuar hacia el continente por el único puente ferroviario, que quedó destruido esa misma tarde.

Las casas de madera, apiladas unas contra otras en los barrios más pobres, se derrumbaron en cascada: cada vivienda que caía golpeaba a la siguiente, formando un muro de escombros que avanzaba empujado por el viento y arrastraba a su paso a quienes se habían refugiado dentro. Muchos supervivientes describieron después haber pasado la noche aferrados a maderos flotantes o subidos a los pocos edificios de piedra que resistieron, entre ellos el convento de las Hermanas de la Caridad, aunque el orfanato que dirigían junto a la playa fue arrasado casi por completo.

Miles de muertos y una ciudad arrasada

Las estimaciones oficiales sitúan la cifra de muertos en la ciudad entre seis mil y ocho mil personas, con un cálculo que sube hasta doce mil si se incluye el resto de la isla y las zonas costeras cercanas. Casi la mitad de las edificaciones de Galveston quedaron destruidas o gravemente dañadas, unas tres mil seiscientas viviendas según los recuentos de la época, y las pérdidas materiales se calcularon entonces entre veinte y treinta millones de dólares, una cifra colosal para el momento.

Los cadáveres, muchos irreconocibles, se contaron por miles en los días siguientes. Ante la imposibilidad de dar sepultura individual a tantas víctimas, las autoridades ordenaron primero lanzarlas al mar desde barcazas, con lastre para hundirlas, pero la marea las devolvió a la orilla en cuestión de horas. La solución final fue incinerar los cuerpos en piras improvisadas repartidas por toda la ciudad, una imagen que marcó a los supervivientes durante décadas.

¿Por qué Houston y no Galveston se convirtió en la gran ciudad de Texas?

Antes de 1900, Galveston competía de igual a igual con Houston por el control comercial del sureste de Texas, gracias a su puerto natural en el golfo. El huracán cambió esa balanza de forma casi inmediata. Mientras Galveston se concentraba en reconstruirse y en protegerse de futuras tormentas, los inversores y el gobierno federal impulsaron la construcción de un canal de navegación artificial hasta Houston, tierra adentro y por tanto menos expuesta a los huracanes directos. El canal se completó en 1914 y convirtió a Houston en el gran puerto de la región, un papel que Galveston nunca recuperó del todo.

Una ciudad elevada a pulso sobre su propio suelo

La respuesta de ingeniería de Galveston al desastre fue, sin embargo, poco frecuente en la historia urbana. A partir de 1902 se construyó un dique de contención frente al mar, ampliado en fases sucesivas hasta cubrir varios kilómetros de litoral, con más de cinco metros de altura. En paralelo, entre 1904 y 1910, la ciudad emprendió una operación todavía más singular: elevar el nivel del suelo urbano hasta cinco metros en algunas zonas, bombeando arena dragada del fondo del golfo bajo miles de edificios, que fueron literalmente levantados con gatos hidráulicos mientras se rellenaba el terreno debajo. Se calcula que más de dos mil construcciones, incluidas iglesias y viviendas enteras, se elevaron de este modo sin ser demolidas.

Lo que hace especialmente relevante este episodio, más de un siglo después, es que Galveston no reaccionó al desastre reconstruyendo lo mismo en el mismo sitio, como ha ocurrido en tantas otras ciudades castigadas por catástrofes naturales. Optó por rediseñar físicamente el terreno sobre el que se asentaba, una respuesta de ingeniería civil que sigue citándose como referencia en los debates actuales sobre protección de ciudades costeras frente a huracanes cada vez más intensos.

El dique y la elevación del suelo funcionaron: ningún huracán posterior ha vuelto a causar en Galveston una mortandad remotamente comparable a la de 1900, aunque la ciudad nunca recuperó el peso económico y demográfico que tenía antes de aquella noche de septiembre. Queda como recordatorio de que ni la ingeniería ni la confianza en la experiencia previa bastan siempre para anticipar la fuerza de una tormenta que nadie, empezando por sus propios meteorólogos, supo ver venir a tiempo.

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