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Siglo XX

Gandhi y el mitin de Johannesburgo que originó el Satyagraha

El juramento de 1906 en el Empire Theatre y el nacimiento de la resistencia no violenta

Carmen Puerta 22 de September de 2026 29 lecturas 10 min de lectura
Gandhi retratado hacia 1906, en su etapa como abogado en Johannesburgo, Sudáfrica.
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El 11 de septiembre de 1906, poco después del mediodía, el Empire Theatre de Johannesburgo empezó a llenarse dos horas antes de lo previsto. A la una ya no quedaba un asiento libre entre las tres mil personas que se apretujaban dentro de la sala, muchas llegadas desde Pretoria, Pietersburgo, Klerksdorp y Krugersdorp. Las había convocado una noticia que corría desde hacía semanas entre la comunidad india del Transvaal: el gobierno colonial británico se disponía a aprobar una ley que obligaría a todo indio mayor de ocho años a registrarse ante la policía, entregar sus huellas dactilares y llevar encima un certificado bajo pena de multa o cárcel. Entre el público, con traje de abogado, estaba Mohandas Karamchand Gandhi, de 36 años. Lo que se dijo esa tarde en el teatro no solo iba a decidir la suerte de los indios del Transvaal: dio nombre a una forma de lucha política que, años más tarde, ayudaría a desmontar el dominio británico en la India e inspiraría a movimientos de derechos civiles en otros continentes.

Una colonia del oro y una comunidad bajo sospecha

Gandhi llevaba ya trece años en Sudáfrica. Había llegado en 1893, recién licenciado en Derecho en Londres, para representar a una empresa comercial india en un pleito en Natal. Pocos días después de desembarcar sufrió el episodio que él mismo citaría después como un punto de inflexión: un revisor lo bajó a la fuerza de un vagón de primera clase en la estación de Pietermaritzburg por negarse a pasar a un vagón para gente de color, pese a llevar un billete válido, y pasó la noche en la sala de espera, a oscuras y sin abrigo.

De ese primer contacto con el racismo legal sudafricano nació su implicación política. En 1894 fundó el Congreso Indio de Natal para defender a la numerosa población india de la colonia, formada sobre todo por trabajadores contratados llegados desde 1860 para las plantaciones de caña de azúcar y por comerciantes gujaratíes. Tras la guerra de los Bóers, que terminó en 1902 con la anexión británica del Transvaal, Gandhi se trasladó a Johannesburgo y abrió allí su despacho, en la colonia minera donde la administración empezaría a diseñar la legislación más dura contra los asiáticos de todo el territorio sudafricano.

La Ordenanza Asiática: huellas dactilares para todo el mundo

En agosto de 1906 el gobierno del Transvaal presentó la Asiatic Law Amendment Ordinance, conocida enseguida entre la población afectada como la Ley Negra. El texto obligaba a cualquier hombre, mujer o niño indio mayor de ocho años a inscribirse en un registro oficial, entregar sus diez huellas dactilares y portar en todo momento un certificado con esos datos. Quien no pudiera mostrarlo a petición de un policía se exponía a una multa o, si reincidía, a la expulsión de la colonia. La norma no contemplaba excepciones, ni siquiera para comerciantes asentados desde hacía años o profesionales con estudios, algo que la legislación sobre la población negra sí respetaba en parte. Gandhi avisó de inmediato a Leung Quinn, líder de la comunidad china del Transvaal, porque la ordenanza los afectaba por igual.

El mitin del Empire Theatre

La reunión la presidió el comerciante Abdul Gani, que abrió el acto con un discurso en hindustani, y varios oradores fueron subiendo al escenario para explicar la nueva ley y por qué había que rechazarla. El más recordado fue Sheth Haji Habib, comerciante veterano que llevaba en Sudáfrica más tiempo que Gandhi: no había vergüenza en ir a la cárcel por una causa justa, dijo; al contrario, era un honor. Hajee Ojer Ally secundó la resolución principal sosteniendo en alto una bandera británica, como recordatorio de que los indios reclamaban derechos como súbditos del imperio, no como extraños a él.

La asamblea aprobó cinco puntos: pedir que se reconsiderara la ordenanza, protestar formalmente, enviar una delegación a Londres, ir a la cárcel antes que registrarse y trasladar las resoluciones a las autoridades imperiales. Hasta ahí, la reunión no se diferenciaba de otras protestas coloniales: peticiones, delegaciones, cartas a Londres. Lo que ocurrió después sí.

El juramento que Gandhi no había previsto

Fue Haji Habib quien, ya con la resolución aprobada, propuso algo que nadie había planeado: que todos los presentes juraran ante Dios que jamás se someterían a la ley. Gandhi, en el relato que escribió años después en el libro Satyagraha in South Africa, reconoció que la propuesta lo dejó «sobresaltado y en guardia». Un simple acuerdo de asamblea se podía romper sin más consecuencia que la vergüenza política; un juramento ante Dios era harina de otro costal, y Gandhi se sintió obligado a advertir a los presentes antes de que nadie levantara la mano. Explicó que tomar un juramento no era «algo con lo que jugar» y que un hombre que lo hace de forma deliberada y consciente, y luego lo rompe, «pierde su hombría». Solo después de esa advertencia pidió a la sala que decidiera con calma si estaba dispuesta a comprometerse hasta ese punto.

Los tres mil asistentes levantaron la mano y repitieron el juramento. Aquel gesto, nacido de la improvisación de un orador y no de Gandhi, se conocería después como el Juramento del Satyagraha e inauguraría una campaña de resistencia de ocho años.

Gandhi retratado hacia 1906, en su etapa como abogado en Johannesburgo.
Gandhi retratado hacia 1906, en su etapa como abogado en Johannesburgo.

De la resistencia pasiva a una palabra propia

Gandhi no quedó satisfecho con el término que usaba la prensa inglesa para describir la campaña: passive resistance, resistencia pasiva. Le parecía impreciso —lo asociaba a las sufragistas y a tácticas defensivas de los débiles— y no reflejaba el compromiso activo que había visto nacer en el Empire Theatre. A través de su periódico Indian Opinion convocó un concurso entre los lectores para encontrar una palabra mejor. Un pariente suyo, Maganlal Gandhi, propuso «Sadagraha», firmeza en una buena causa; Gandhi lo afinó hasta «Satyagraha»: satya, verdad, y agraha, firmeza. Para él, la verdad implicaba amor, y esa firmeza se convertía en una fuerza propia, distinta de la violencia pero también de la simple pasividad.

La diferencia no era solo semántica. Quien practica el Satyagraha no busca derrotar al adversario ni humillarlo, sino persuadirlo a través del propio sufrimiento aceptado con voluntad: ir a la cárcel, perder el negocio, soportar una multa, sin responder jamás con la fuerza. Esa idea, formulada en un teatro de Johannesburgo, es la misma que Gandhi llevaría después a la India a una escala mucho mayor.

Ocho años de cárceles, huelgas y certificados quemados

El plazo para registrarse vencía a finales de noviembre de 1906, y de los más de trece mil indios censados en el Transvaal solo 511 se presentaron a inscribirse. El gobierno colonial, lejos de ceder, endureció la ley, y Gandhi fue detenido y condenado a prisión por primera vez en enero de 1908, junto a decenas de seguidores. Meses después llegó un acuerdo provisional con el general Jan Smuts, responsable de Interior, que prometió derogar la ordenanza si los indios se registraban de forma voluntaria. Muchos lo hicieron de buena fe; Smuts no cumplió su parte.

La respuesta llegó el 16 de agosto de 1908 frente a la mezquita Hamidia de Johannesburgo, donde varios miles de personas se reunieron para quemar públicamente más de dos mil certificados de registro en una olla de tres patas, en un gesto que la prensa internacional reprodujo con fotografías. La campaña se reactivó y se prolongó con huelgas y nuevas detenciones —Gandhi pasaría en total varios periodos en prisión— hasta que, a partir de 1913, entró en una fase mucho más amplia: miles de trabajadores indios contratados en las minas de carbón de Natal se sumaron a una huelga general, y un grupo de mujeres, entre ellas Kasturba, la esposa de Gandhi, cruzó deliberadamente la frontera entre Natal y el Transvaal para provocar su propio arresto. Su gesto encendió la Gran Marcha de 1913, en la que miles de mineros cruzaron a pie esa misma frontera bajo vigilancia policial, una de las movilizaciones obreras más grandes que había visto la colonia.

La presión, sumada al desgaste político y a la mala imagen internacional de las cargas policiales, obligó a Smuts a negociar en serio. Entre noviembre de 1913 y junio de 1914 él y Gandhi mantuvieron varias rondas de conversaciones que acabaron en el acuerdo conocido como Indian Relief Act, aprobado por el Parlamento sudafricano el 30 de junio de 1914. La ley abolió el impuesto anual de tres libras que pesaba sobre los antiguos trabajadores contratados, reconoció la validez legal de los matrimonios celebrados según el rito hindú o musulmán, y aceptó el certificado de domicilio como prueba suficiente para entrar en la Unión Sudafricana. No era todo lo que los manifestantes de 1906 habían pedido, pero sí el final honroso de una campaña que había empezado como una protesta local y había acabado convirtiéndose en una escuela de resistencia.

Lo que distingue este episodio de tantas otras protestas coloniales sofocadas sin dejar rastro es que en Johannesburgo se probó, a escala reducida, un método que después funcionaría contra un imperio entero. La Marcha de la Sal de 1930 y, más tarde, el movimiento de derechos civiles liderado por Martin Luther King citarían el Satyagraha nacido en el Transvaal como referencia directa. Conviene no idealizar ese periodo sin matices: varios historiadores señalan que el joven Gandhi compartía entonces prejuicios raciales de su época hacia la población negra africana, algo que él mismo revisaría más adelante. Puesto en perspectiva, el valor del episodio no está en que Gandhi naciera ya como el símbolo pacifista que conocemos, sino en que un abogado de mediana edad, arrastrado por la improvisación de un colega, tropezara con una herramienta política que acabaría superando sus intenciones iniciales.

Hoy esa casa es casi lo único que queda en pie de aquella historia: el Empire Theatre desapareció hace décadas bajo el crecimiento urbano de Johannesburgo. Queda la palabra que se acuñó allí, convertida en materia de manuales de ciencia política y en herramienta de movimientos que ni Gandhi ni los tres mil asistentes de aquel mitin llegaron a imaginar.

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