En 209 a. C., un ejército romano apareció ante Qart Hadasht, la ciudad que Cartago había levantado en el sureste de Iberia. La plaza no era un objetivo más. Allí se concentraban armas, dinero, barcos, prisioneros y buena parte de la administración cartaginesa en la península. Su caída dejó a Roma con un puerto y una reserva de recursos desde los que podía reanudar la guerra.
La operación también dio a conocer el método de Publio Cornelio Escipión. Tenía unos veinticuatro años, según la cronología de Tito Livio, y acababa de recibir un mando que muchos romanos habrían considerado excesivo para su edad. No buscó medir sus fuerzas contra el ejército cartaginés más cercano. Estudió el mapa, aisló el objetivo y convirtió una laguna en el camino de entrada a una ciudad que parecía protegida por el agua.
Una capital cartaginesa al borde de las minas
Qart Hadasht —la Nueva Ciudad en lengua púnica— fue fundada por Asdrúbal el Bello. Las investigaciones actuales suelen situar la fundación hacia 228-227 a. C.; la tradición divulgativa de Cartagena utiliza también la fecha de 229 a. C. El asentamiento se superpuso a un núcleo anterior, probablemente ibero, aunque su identificación exacta con la Mastia de las fuentes antiguas sigue siendo discutida.
La elección respondía a una lógica militar y económica. La ciudad ocupaba una península en el fondo de una bahía protegida. Un islote en la entrada reducía el oleaje; el mar cerraba los lados sur y este; por el oeste se extendía una laguna conectada con el mar por un canal. Varias colinas dominaban el recinto y el único acceso terrestre claro era el istmo. Polibio describió una ciudad baja en el centro, rodeada de elevaciones ásperas y difíciles de escalar.
El puerto permitía enlazar con África y con otras posiciones cartaginesas del Mediterráneo. En el entorno se explotaban filones de plata y plomo, había salinas y abundaba el esparto utilizado en aparejos. Qart Hadasht era puerto, almacén, cuartel de invierno y centro de negociación con los pueblos hispanos. Su muralla púnica, construida con casamatas y grandes lienzos de tierra y piedra, no protegía únicamente a una población: protegía una retaguardia de guerra.
La geografía actual está alterada por siglos de obras portuarias, rellenos y crecimiento urbano. No se puede dibujar sobre el plano moderno una copia exacta de la ciudad del siglo III a. C. Sí se conserva, en cambio, la relación entre puerto, colinas y defensas que explica por qué los cartagineses eligieron aquel lugar y por qué Escipión dedicó tanto tiempo a conocerlo.
El objetivo que Roma decidió ocultar
La Segunda Guerra Púnica había comenzado en 218 a. C. con la ofensiva de Aníbal contra Roma. Mientras el ejército cartaginés llevaba la guerra a Italia, sus mandos en Hispania aseguraban hombres, suministros y metales para sostenerla. Roma había respondido enviando a Publio y Cneo Cornelio Escipión, pero ambos murieron en 211 a. C. tras una sucesión de derrotas. El dominio cartaginés parecía a punto de consolidarse.
El nuevo Publio Cornelio Escipión era hijo y sobrino de los generales muertos. Su nombramiento tuvo una dimensión familiar y política, pero su primera campaña no fue una operación de venganza. Polibio explica que durante el invierno interrogó a personas que conocían Qart Hadasht. Averiguó que el grueso de las tropas cartaginesas estaba repartido por Hispania, que la guarnición entrenada era reducida y que muchos habitantes eran artesanos, comerciantes y marineros sin experiencia de combate. La ciudad guardaba mucho; no esperaba ser atacada.
El general ocultó el plan a todos salvo a Cayo Lelio, el jefe de la flota. Reunió unos 25.000 infantes y 2.500 jinetes, cifras transmitidas con pequeñas variaciones, y marchó desde el Ebro hacia el sur. La rapidez hizo el resto. Según Livio, las fuerzas romanas llegaron por tierra y por mar al séptimo día. La flota había rodeado los cabos para entrar en la bahía al mismo tiempo que el ejército se presentaba ante el lado terrestre.
La elección tenía una explicación sencilla: atacar a uno de los ejércitos cartagineses podía permitir que los otros dos acudieran en su ayuda. Qart Hadasht, en cambio, era un golpe contra todos a la vez. Si caía, Cartago perdía su puerto, su tesoro, su arsenal, sus almacenes y los rehenes que utilizaba para asegurar la obediencia de distintas comunidades. Escipión no estaba sitiando una ciudad aislada; estaba intentando desarmar el sistema que la sostenía.
La laguna se convierte en una puerta
El primer asalto siguió el camino que los defensores esperaban. Las tropas romanas levantaron escaleras contra la muralla del istmo, mientras la flota de Lelio se aproximaba a la fachada marítima. La defensa se concentró allí. Las murallas eran altas, muchas escaleras se rompieron y los soldados quedaron expuestos a los proyectiles. Cuando cayó la tarde, Escipión ordenó la retirada. Para los defensores, la ciudad parecía haber resistido.
La pausa formaba parte de la operación. Polibio cuenta que Escipión conocía, por unos pescadores de Tarraco, la poca profundidad de la laguna y la bajada diaria de sus aguas. Livio sitúa el paso hacia el mediodía y añade que un fuerte viento del norte empujó el agua hacia la salida al mar. Las dos versiones no encajan por completo, y los estudios modernos han discutido si la hidrodinámica de la laguna permitía un descenso tan visible. El milagro de las fuentes puede esconder una combinación de observación local, condiciones meteorológicas y una reconstrucción literaria posterior.
Lo que sí coincide es la decisión militar. Mientras la fuerza principal reanudaba el ataque por el istmo, unos quinientos hombres se dirigieron a la orilla de la laguna. Entraron en el agua cuando el fondo quedó practicable y avanzaron hasta la parte de la muralla que se había dejado a menor altura porque la defensa natural parecía suficiente. No encontraron una guardia preparada.
Polibio afirma que Escipión había presentado a sus soldados el episodio como una ayuda de Neptuno. La escena no demuestra que el general creyera literalmente en una intervención divina. Servía para transformar una maniobra calculada en una señal favorable y mantener la moral durante el asalto. La sorpresa hizo lo demás: los hombres de la laguna escalaron sin oposición, ocuparon el adarve y atacaron desde dentro la puerta hacia la que se concentraba el combate.
Los cartagineses quedaron atrapados entre dos frentes. Magón, comandante de la plaza, se replegó hacia la ciudadela con los hombres que aún conservaban la formación. El cerro oriental cayó en el primer ataque y la ciudadela terminó rindiéndose. Livio describe una matanza de adultos antes de que Escipión diera la orden de detenerla; la toma no fue limpia ni incruenta. El control de Qart Hadasht se decidió en pocas horas porque los romanos convirtieron una brecha en un derrumbe general de la defensa.
El botín y la batalla por la lealtad
Las fuentes antiguas dejan claro que el valor de la conquista no estaba solo en las calles tomadas. Livio enumera armas, máquinas de guerra, barcos mercantes, trigo, plata y oro, y cifra en miles los cautivos y artesanos puestos al servicio de Roma. Son cantidades transmitidas por un historiador que escribía mucho después y que organiza la escena para mostrar la magnitud de la victoria, no un inventario que podamos comprobar pieza por pieza. El conjunto revela, aun así, la función logística de la ciudad.
Entre los prisioneros estaban los rehenes de pueblos hispanos. Escipión decidió devolverlos a sus familias y utilizarlos como argumento contra la fidelidad cartaginesa. Polibio relata que Edeco, príncipe de los edetanos, acudió después con sus parientes al saber que su esposa y sus hijos estaban en poder romano. El general los liberó y lo convirtió en aliado. La política no sustituyó a la fuerza: se apoyó en ella.
El episodio más famoso es el de una joven noble prometida a Alucio, un príncipe celtíbero. Livio cuenta que Escipión la devolvió intacta, entregó como dote el oro reunido para su rescate y recibió a cambio la amistad del joven, que volvió con 1.400 jinetes. Polibio conserva una versión distinta: habla de una muchacha entregada a su padre y de la moderación del general, pero no menciona a Alucio ni el mismo desenlace. Las diferencias advierten de que estamos ante una tradición moralizante sobre la continencia de Escipión, no ante una transcripción neutral. La historia pudo servir, no obstante, para expresar una conducta que Roma quería hacer visible: liberar a las familias sometidas para ganarse a sus dirigentes.
Qart Hadasht pasó a llamarse Carthago Nova y se convirtió en la base romana de la siguiente fase. Las minas del distrito, el puerto y los arsenales ya no estaban a disposición de los cartagineses. La plata no ganó por sí sola la guerra, pero negar ese circuito dificultaba pagar, equipar y abastecer sus ejércitos.
Una victoria que abrió el camino a África
La toma de 209 a. C. no acabó con la presencia cartaginesa en Hispania. Escipión combatió en Baecula en 208 a. C. y afrontó en Ilipa, en 206 a. C., el último gran ejército púnico de la península. Allí la victoria romana dejó a Cartago sin una estructura militar capaz de recuperar el territorio. El joven comandante había empezado evitando una batalla desfavorable; terminó imponiendo el ritmo de la guerra.
Dos años después de Ilipa, Escipión llevó la guerra a África. La amenaza sobre Cartago obligó a llamar a Aníbal desde Italia y ambos se enfrentaron en Zama en 202 a. C. La batalla que dio a Escipión el sobrenombre de Africano pertenece a otro escenario, pero su posibilidad se había construido en Hispania. Sin Qart Hadasht, Roma habría tenido que sostener la campaña contra un enemigo con más recursos y mayor capacidad de reacción.
Hoy la laguna ya no rodea Cartagena como en la descripción de Polibio, y las murallas púnicas aparecen encajadas entre calles, museos y edificios posteriores. Escipión no encontró una puerta mágica en la fortaleza. Encontró un accidente geográfico que los defensores habían considerado seguro, obtuvo información de quienes conocían el terreno y sincronizó un ataque para que la atención de la guarnición quedara fijada en el lugar equivocado. La caída de Qart Hadasht fue una victoria de la inteligencia y del tiempo tanto como de las armas.