Frente a las costas del oeste de Grecia, en la boca del golfo de Ambracia, se decidió en unas pocas horas el destino de todo el Mediterráneo. Era el 2 de septiembre del año 31 a.C. Dos flotas se observaban desde el amanecer sin apenas moverse, como si ninguno de los dos bandos quisiera dar el primer paso. Uno de ellos, sin embargo, ya sabía que perdía cuanto más esperase. El otro solo tenía que aguantar. Cuando el combate terminó, Marco Antonio había perdido no solo una batalla naval, sino la mitad del mundo romano que hasta entonces gobernaba.
Trece años de rivalidad tras la muerte de César
Para entender Actium hay que retroceder al 44 a.C., el año del asesinato de Julio César. De aquel vacío de poder surgió el Segundo Triunvirato, un reparto de Roma entre tres hombres: Octavio, sobrino nieto y heredero adoptivo de César; Marco Antonio, su lugarteniente más veterano; y Marco Emilio Lépido, pronto apartado del juego. El acuerdo nunca fue una alianza estable, sino una tregua armada entre dos ambiciones incompatibles.
Antonio se quedó con las provincias orientales y allí, en Egipto, encontró tanto una aliada política como una compañera: la reina Cleopatra VII, última soberana de la dinastía ptolemaica. Con ella tuvo varios hijos y de ella recibió barcos, grano y una fortuna capaz de sostener un ejército. Octavio, mientras tanto, consolidaba Roma e Italia, y supo presentar la relación de Antonio con la reina egipcia como una traición a los valores romanos: un general seducido por una corte extranjera, dispuesto incluso a repartir territorios romanos entre los hijos que había tenido con ella, según denunciaba la propaganda de Octavio. En el año 32 a.C. el Senado le retiró a Antonio sus poderes y declaró la guerra, no contra un ciudadano romano, sino formalmente contra Cleopatra.
Dos flotas muy distintas
Las fuentes antiguas no coinciden en las cifras exactas, pero el retrato general es claro. Octavio reunió unas 400 galeras, apoyadas por cerca de 16.000 infantes embarcados y varios miles de arqueros. Antonio y Cleopatra partían con una flota más numerosa sobre el papel, con barcos de mayor tamaño, pero enfermedades, deserciones y el bloqueo naval de Octavio la habían reducido drásticamente: el día de la batalla apenas pudo poner en el agua unos 230 barcos operativos, muchos de ellos incendiados por falta de tripulación suficiente para manejarlos.
La diferencia no era solo numérica. Antonio confiaba en sus quinquerremes, los buques de guerra más pesados de la época, pensados para embestir y para servir de plataforma a la infantería embarcada. Octavio, por consejo de su almirante, apostó por naves más ligeras y maniobrables, los liburnios, diseñados originalmente para el patrullaje rápido. Fue una elección que iba a resultar decisiva.
Agripa, el hombre que ganó la batalla por Octavio
Octavio no era marino ni gran estratega militar, y lo sabía. La dirección efectiva de la campaña recayó en Marco Vipsanio Agripa, su amigo de infancia y el general que ya le había dado victorias navales años antes frente a Sexto Pompeyo. Fue Agripa quien insistió en presentar batalla en Actium en lugar de esperar, y quien ideó buena parte de la táctica que se empleó aquella jornada.
Entre sus innovaciones estaba el harpax, una especie de arpón de madera reforzado con hierro que se disparaba desde catapultas y quedaba enganchado al casco enemigo mediante un cable; con un torno, la tripulación podía después acercar el barco rival y abordarlo, o simplemente inmovilizarlo para acribillarlo a distancia. Frente a esa movilidad, los pesados quinquerremes de Antonio, una vez rodeados, se convertían en lo que un historiador moderno ha descrito como fortalezas flotantes inmóviles: apenas podían maniobrar y quedaban expuestos a los ataques de los liburnios, que atacaban con flechas y proyectiles incendiarios y se retiraban antes de que el enemigo pudiera devolver el golpe.
El bloqueo que decidió la batalla antes de empezar
La superioridad táctica de Agripa se combinó con un problema previo, casi más grave: el hambre. Octavio había desembarcado semanas antes en la costa griega y había tomado posiciones en tierra, mientras su flota cortaba las rutas de suministro de Antonio a través de puntos como Metone y Léucade. Atrapado entre el ejército de Octavio por tierra y la flota de Agripa por mar, y dependiente por completo de los envíos de grano y dinero desde Egipto, Antonio se encontró ante un dilema simple: combatir o morir de hambre lentamente. Eligió combatir, en unas condiciones que él mismo sabía desfavorables.
La huida que decidió el combate
El choque comenzó hacia el mediodía. Durante horas, ninguna de las dos flotas logró imponerse con claridad; los liburnios de Agripa hostigaban sin descanso, y hacia el mediodía ya habían hundido una quincena de naves enemigas. Fue entonces cuando, desde la retaguardia, la escuadra de Cleopatra, con el tesoro real a bordo, izó las velas y abandonó el combate rumbo a mar abierto, aprovechando un viento favorable del noroeste. Antonio, al verla marchar, trasladó su insignia a un barco más rápido y salió tras ella, dejando atrás a la mayor parte de su flota y a las decenas de miles de soldados que aún esperaban órdenes en tierra.
Sin su comandante, el resto de la armada antoniana se derrumbó. Tres escuadrones abandonaron la lucha, otros dos se rindieron poco después, y buena parte de las tropas terrestres, sin esperanza de rescate, capitularon ante Octavio en los días siguientes. Algunos historiadores antiguos y modernos han discutido si la retirada de Cleopatra fue una huida de pánico o una maniobra planeada para salvar al menos parte de la flota y el tesoro; lo cierto es que, con ella o sin ella, la posición de Antonio ya era muy débil antes de que comenzara el combate.
De la derrota en Actium al suicidio en Alejandría
Antonio y Cleopatra lograron llegar a Egipto, pero la persecución de Octavio fue solo cuestión de tiempo. Durante el año siguiente reunieron los restos de sus fuerzas y trataron de resistir, aunque cada vez con menos apoyos: ciudades y legiones que antes respondían a Antonio empezaron a pasarse al bando de Octavio en cuanto este se acercó a Alejandría. En el verano del 30 a.C., con la ciudad prácticamente rodeada y su ejército deshecho, Antonio se quitó la vida creyendo, erróneamente, que Cleopatra ya había muerto. Ella lo hizo poco después, cuando comprendió que Octavio pensaba exhibirla como trofeo de guerra en Roma; la tradición, aunque no puede confirmarse con certeza documental, atribuye su muerte a la mordedura de una serpiente venenosa.
Con la muerte de Cleopatra se extinguía la dinastía ptolemaica, que había gobernado Egipto durante casi tres siglos desde la muerte de Alejandro Magno. Octavio ordenó ejecutar a Cesarión, el hijo que Cleopatra había tenido con Julio César, eliminando así cualquier heredero directo que pudiera disputarle su posición como continuador de César. Egipto dejó de ser un reino independiente y pasó a convertirse en provincia romana, gobernada de forma directa por el propio emperador debido a la importancia estratégica de su producción de grano, de la que dependía en buena medida el abastecimiento de Roma.
¿Por qué Actium y no otra batalla marcó el fin de la República?
Roma ya había vivido antes guerras civiles y batallas decisivas, desde Farsalia hasta Filipos. Lo distinto de Actium es que fue la última: tras ella no quedó ningún rival capaz de disputarle el poder a Octavio. Sin competidores militares ni políticos, pudo permitirse una transformación gradual del sistema de gobierno sin necesidad de una nueva guerra. En el año 27 a.C., el Senado le concedió el título de Augusto, «el venerado», y aunque mantuvo formalmente muchas instituciones republicanas, la realidad del poder había cambiado por completo: un solo hombre controlaba el ejército, las finanzas y las provincias más ricas del Mediterráneo.
Un imperio construido sobre una sola derrota
Lo que hace especialmente relevante Actium no es solo su magnitud como batalla naval, sino la rapidez con la que una sola tarde de combate transformó la estructura política de todo el mundo mediterráneo. A diferencia de otras transiciones históricas, largas y graduales, aquí el cambio de régimen quedó decidido casi por completo en unas horas frente a la costa griega; lo que vino después, durante el año siguiente, fue sobre todo la ejecución de esa decisión. Puesto en perspectiva, Actium demuestra hasta qué punto el destino de instituciones que llevaban siglos existiendo, como la República romana, podía depender en última instancia de factores tan concretos como el diseño de un barco, el estado de los suministros de un ejército o la dirección del viento en una mañana de septiembre.
Casi dos mil años después, la memoria de aquel enfrentamiento sigue asociada sobre todo a la historia de amor entre Antonio y Cleopatra, convertida en leyenda por Shakespeare y por el cine. Pero detrás de esa imagen romántica hay un hecho más árido y más determinante: aquel 2 de septiembre nació, sin que casi nadie lo proclamara en el momento, el Imperio romano que iba a gobernar Europa, el norte de África y Oriente Próximo durante los siguientes cinco siglos.