Un liberto llamado Estéfano lleva varios días con el brazo izquierdo vendado. Dice que se ha lesionado, pero bajo la tela no hay ninguna herida: hay una daga. La mañana del 18 de septiembre del año 96, pide audiencia privada con el emperador Domiciano para entregarle, según le ha hecho creer, los nombres de una conjura que amenaza su vida. Domiciano lo recibe solo, como hace siempre con los asuntos delicados. Nunca llega a leer ese papel.
Lo que ocurre en los minutos siguientes, en una habitación del palacio imperial del Palatino, termina con la vida del último emperador de la dinastía Flavia y cierra quince años de un gobierno cada vez más temido por su propio entorno. Lo que viene después —la incómoda transición de Nerva, la adopción de un general llamado Trajano— pone en marcha un periodo que Edward Gibbon, siglos más tarde, describiría como el más feliz de la historia de la humanidad.
Domiciano, el amo y dios de Roma
Cuando Domiciano llegó al trono en el año 81, tras la muerte de su hermano Tito, heredó un imperio en buena forma económica y militar. No era un mal administrador: reforzó las fronteras del Rin y el Danubio, reformó la moneda para frenar su devaluación y levantó edificios públicos por toda Roma, incluido un estadio para competiciones atléticas cuya planta sigue marcando hoy el contorno de la Piazza Navona. Los primeros años de su reinado no anunciaban lo que vendría después.
Con el tiempo, sin embargo, Domiciano fue concentrando el poder de una manera que incomodaba a la aristocracia romana. Se hacía llamar dominus et deus, «señor y dios», un título que ningún emperador anterior se había atribuido en vida con tanta insistencia. El Senado, que durante siglos había conservado al menos una apariencia de autoridad compartida, quedó reducido a un cuerpo decorativo. Domiciano desconfiaba de los senadores y actuaba en consecuencia: varios fueron ejecutados por delitos que hoy resultarían casi cómicos si no hubieran costado vidas.
Una lista de nombres que nunca llegó a leer
El historiador Suetonio cuenta que Domiciano mandó ejecutar a Sallustio Lúculo, gobernador de Britania, por el simple hecho de haber bautizado un nuevo tipo de lanza con su propio nombre. También se dice que hizo revestir los pasillos de su palacio con piedra de luna pulida, de forma que pudiera ver reflejado a su espalda a cualquiera que se acercase. Cassius Dio lo retrató como un hombre «osado y rápido para la ira», más interesado en aparentar firmeza que en ganarse una lealtad genuina.
Ese ambiente de vigilancia constante generó, con los años, algo parecido a un pacto de silencio entre quienes se sentían amenazados. Se hablaba de una lista con los nombres de los próximos condenados. Nadie sabía con certeza si estaba en ella. Y esa incertidumbre, más que cualquier otra cosa, fue lo que terminó por sellar el destino del emperador.
El puñal escondido bajo las vendas
Domitia Longina, esposa del emperador, aparece en las fuentes antiguas como una de las personas al tanto de la conspiración, movida por el temor a figurar ella misma entre los siguientes objetivos. También estaba implicado Partenio, camarero de confianza de Domiciano, encargado de retirar la daga que el emperador guardaba bajo su almohada por precaución. Y estaba Estéfano, el liberto del brazo vendado, administrador de los bienes de Flavia Domitila, sobrina del emperador, a quien se acusaba de malversación.
Según el relato de Suetonio, Estéfano se acercó a Domiciano con el pretexto de revelarle una conspiración y le tendió un documento. Mientras el emperador lo desplegaba, Estéfano sacó la daga oculta y lo hirió en la ingle. Domiciano, herido, intentó defenderse y buscó bajo la almohada el arma que solía guardar allí. No la encontró: Partenio se había ocupado de eso antes. Otros conspiradores, que aguardaban cerca, entraron entonces en la habitación y remataron al emperador a puñaladas.
Domiciano tenía cuarenta y cuatro años y llevaba quince en el trono. La noticia de su muerte se recibió en el Senado con un entusiasmo que las fuentes describen sin disimulo: los senadores acudieron en tropel a la cámara para denunciarlo con «gritos amargos e insultantes», según Suetonio, y ordenaron derribar sus estatuas y borrar su nombre de los registros públicos, una condena conocida como damnatio memoriae.
Nerva, un emperador impuesto por las circunstancias
Ese mismo día, el Senado proclamó emperador a Marco Coceyo Nerva, un jurista de sesenta y seis años sin hijos ni vínculos dinásticos con los Flavios. No era un militar ni un hombre de acción: había servido bajo Nerón y bajo varios emperadores posteriores, siempre en cargos administrativos, sin destacar especialmente. Precisamente por eso resultaba una elección segura para un Senado que buscaba, ante todo, evitar una guerra civil como la que había sacudido Roma en el año 69, tras la muerte de Nerón.
El gobierno de Nerva empezó con gestos que el Senado agradeció: devolvió tierras a ciudadanos pobres, ordenó recortes en gastos superfluos de la corte y restauró cierta apariencia de colaboración con la aristocracia senatorial. Pero su autoridad real era frágil, y quedó expuesta apenas un año después. En el 97, la Guardia Pretoriana, al mando de un oficial llamado Casperio Eliano, se amotinó y exigió la entrega de los responsables directos del asesinato de Domiciano, a quien los pretorianos seguían considerando su emperador legítimo.
Nerva intentó resistirse, pero no tenía forma de imponerse a la guardia armada que debía protegerlo. Los conspiradores fueron entregados y ejecutados de forma brutal. El propio Nerva, humillado por no haber podido protegerlos, llegó a plantearse la abdicación. Sobrevivió al episodio, pero quedó claro que un hombre de su edad, sin ejército propio ni descendencia, no podía sostener el trono por mucho tiempo sin resolver antes la cuestión de quién vendría después.
La adopción de Trajano y el inicio de una era distinta
La solución que encontró Nerva fue, para la época, poco convencional. En octubre del año 97 adoptó como hijo y sucesor a Marco Ulpio Trajano, gobernador de Germania Superior y comandante con prestigio entre las legiones del Rin. La adopción, en el derecho romano, creaba un vínculo tan fuerte como el de sangre: Trajano pasaba a ser, a todos los efectos legales, hijo de Nerva. La jugada calmó a los militares —Trajano gozaba de su respeto— y garantizó una sucesión ordenada sin necesidad de que Nerva tuviera un heredero biológico.
Nerva murió en enero del 98, después de dieciséis meses de reinado, y Trajano lo sucedió sin sobresaltos. Lo que ninguno de los dos podía prever del todo es que ese mecanismo —elegir al sucesor por mérito, mediante adopción, en lugar de dejarlo en manos del azar biológico— se repetiría durante cuatro generaciones más. A Trajano lo sucedería Adriano, a este Antonino Pío, y a Antonino Pío, Marco Aurelio. Solo con el hijo natural de este último, Cómodo, el sistema se rompería, ya en el año 180.
Puesto en perspectiva, lo que distingue a este episodio de otros cambios violentos de emperador en Roma —y hubo unos cuantos— es lo que vino después del golpe, no el golpe en sí. Roma había visto ya asesinatos de emperadores, desde Calígula hasta el propio Domiciano. Lo inusual fue que esta vez la crisis de sucesión, en lugar de degenerar en guerra civil como en el año 69, se resolviera con un acuerdo entre el Senado, el ejército y un anciano sin ambición dinástica que decidió elegir al mejor candidato disponible en vez de imponer a un pariente. Ese detalle administrativo, casi burocrático, es lo que los historiadores señalan como la base de casi un siglo de gobierno estable.
Domiciano acabó su vida apuñalado por gente de su propia casa, con el nombre borrado de los monumentos públicos por orden del Senado que tanto había despreciado. Nerva, el hombre elegido casi por descarte, reinó poco más de un año y pasó buena parte de ese tiempo intentando sobrevivir políticamente a una guardia pretoriana que no lo respetaba. Y aun así, entre ambos, sin proponérselo del todo, dejaron en marcha un sistema que sus sucesores —Trajano, Adriano, Antonino Pío, Marco Aurelio— llevarían a lo que todavía hoy se recuerda como la mejor época del Imperio romano.