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Siglo XIX

La batalla de Navarino y el nacimiento de la Grecia independiente

El 20 de octubre de 1827, una flota británica, francesa y rusa destruyó la escuadra otomano-egipcia y convirtió la guerra griega en un asunto europeo.

Carmen Puerta 05 de November de 2026 6 lecturas 9 min de lectura
El HMS Genoa, al mando del comodoro Bathurst, en la batalla de Navarino (20 de octubre de 1827), en una litografía coloreada de Reinagle publicada en Londres en 1828.
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En la tarde del 20 de octubre de 1827, tres escuadras entraron en la bahía de Navarino, en la costa occidental del Peloponeso. Británicos, franceses y rusos no estaban formalmente en guerra con el sultán otomano. Llegaban para imponer un armisticio y detener el envío de refuerzos contra los insurgentes griegos. Antes de que anocheciera, la flota otomano-egipcia que llenaba el puerto había quedado reducida a un bosque de mástiles rotos, incendios y cascos varados.

La batalla de Navarino se recuerda como el último gran enfrentamiento librado por completo con barcos de madera y vela. Su alcance fue mucho mayor que el de una batalla naval. Aquel cañoneo precipitó la retirada egipcia del Peloponeso, empujó a Rusia a una nueva guerra contra el Imperio otomano y obligó a las potencias europeas a transformar una autonomía tutelada en la independencia de Grecia. No creó el país por sí solo, pero hizo que la victoria de los revolucionarios dejara de ser una posibilidad remota.

Una revolución al borde del naufragio

La insurrección griega había comenzado en 1821 dentro de un imperio que todavía controlaba la mayor parte de los territorios de población helénica. Los rebeldes del Peloponeso consiguieron tomar plazas y organizar asambleas nacionales, aunque no formaban un ejército unido. Notables locales, capitanes de montaña, comerciantes, clérigos y políticos de la diáspora perseguían fines que no siempre coincidían. Las guerras civiles de 1824 y 1825 desgastaron a la causa revolucionaria justo cuando el sultán Mahmud II encontró un aliado capaz de cambiar el equilibrio.

Ese aliado fue Mehmet Alí, gobernador de Egipto y vasallo del sultán solo en el papel. Su hijo Ibrahim Pasha desembarcó en el Peloponeso en 1825 al frente de tropas regulares entrenadas y de una flota moderna, construida en parte con ayuda técnica europea. La campaña egipcia recuperó posiciones, devastó comarcas rebeldes y cortó las comunicaciones marítimas de los griegos. La caída de Mesolongi en 1826 y la presión sobre Atenas dejaron la revolución al borde de la derrota.

Retrato de Ibrahim Pasha, hijo de Muhammad Ali de Egipto, en sus últimos años.
Retrato de Ibrahim Pasha, hijo de Muhammad Ali de Egipto, en sus últimos años.

En Europa, la noticia de las matanzas y de la destrucción de pueblos alimentó el filhelenismo. Escritores, voluntarios y comités de ayuda defendieron a los griegos como herederos de la Antigüedad clásica. Esa solidaridad existió, pero no explica por sí sola la intervención. Londres temía que el conflicto dañara el comercio mediterráneo; París buscaba recuperar influencia; San Petersburgo veía una oportunidad para presionar al sultán y ampliar su posición en el mar Negro. La cuestión griega reunía compasión, estrategia y rivalidad imperial.

De la guerra griega a la cuestión europea

El 6 de julio de 1827, Gran Bretaña, Francia y Rusia firmaron el Tratado de Londres. Su propuesta no era todavía una Grecia plenamente soberana, sino un Estado autónomo bajo la soberanía del sultán y obligado a pagarle tributo. Un protocolo secreto daba a las potencias margen para imponer un alto el fuego si la Puerta rechazaba la mediación. El lenguaje diplomático intentaba conservar el equilibrio europeo nacido en 1815; sus cláusulas contenían, en cambio, la autorización para emplear la fuerza.

El gobierno otomano no aceptó los términos. Las escuadras aliadas recibieron órdenes de impedir que llegaran suministros a Ibrahim y de evitar, en lo posible, una guerra abierta. El mando recayó en el británico Edward Codrington, veterano de Trafalgar; junto a él navegaron el francés Henri de Rigny y el ruso Lodewijk van Heiden. Los tres almirantes no tenían la misión de conquistar Grecia. Su objetivo era obligar a los combatientes a parar.

El almirante sir Edward Codrington (1770-1851), por George Frederick Clarke (1823-1906). Royal Museums Greenwich.
El almirante sir Edward Codrington (1770-1851), por George Frederick Clarke (1823-1906). Royal Museums Greenwich.

La bahía ofrecía un escenario peligroso para una operación de presión. Navarino, la actual Pilos, estaba protegida por la isla de Esfacteria y por baterías costeras. En su interior, la flota otomano-egipcia se había dispuesto en una línea curva, con los barcos anclados y preparados para defenderse. La escuadra aliada era menor, pero sus tripulaciones tenían experiencia en el combate de línea y sus mandos habían acordado entrar juntos para que ningún barco quedara aislado.

Cuatro horas dentro de la bahía

El 20 de octubre, con el tiempo empeorando, Codrington ordenó avanzar. Los barcos aliados penetraron en la bahía en formación pacífica y comenzaron a fondear frente a sus adversarios. La intención era ocupar el espacio, vigilar a la flota enemiga y forzar una negociación. Nadie podía ignorar que decenas de cañones estaban cargados a pocos metros de otros tantos cañones.

La chispa se produjo en uno de los extremos de la línea. Una lancha británica se acercó a un brulote para pedir que dejara paso; los relatos no coinciden en todos los detalles sobre quién disparó primero. Hubo un tiro, después varios, y la descarga se extendió con rapidez. Codrington había ordenado no abrir fuego salvo en respuesta a un ataque. En la confusión, esa distinción desapareció.

La bahía se convirtió en una lucha a corta distancia. Los barcos aliados anclaron junto a los otomanos y egipcios, disparando sus andanadas contra cascos y aparejos. Los incendios de los brulotes iluminaron el humo; algunas naves explotaron cuando el fuego alcanzó la pólvora. La línea otomano-egipcia, inmóvil por estar fondeada, no pudo aprovechar su superioridad numérica. La acción duró unas cuatro horas y terminó cuando la mayor parte de sus buques quedó hundida, ardiendo o inutilizada.

Los balances varían según la fuente y el criterio utilizado para contar barcos dañados, pero el resultado no ofrece dudas: de los 78 buques de la flota otomana que contabilizan los Royal Museums Greenwich, solo ocho quedaron sin daños graves. Las fuerzas aliadas también pagaron un precio alto en muertos y heridos. La escena que después celebraron los pintores no fue una maniobra limpia, sino una batalla de artillería entre tripulaciones atrapadas en un puerto cerrado.

George Philip Reinagle (c. 1802-1835): La batalla de Navarino, 20 de octubre de 1827 (Royal Museums Greenwich).
George Philip Reinagle (c. 1802-1835): La batalla de Navarino, 20 de octubre de 1827 (Royal Museums Greenwich).

Navarino fue, al mismo tiempo, el final de una tradición y el anuncio de otra. Las grandes flotas de la guerra napoleónica todavía combatían con cascos de madera, velas y artillería de avancarga, pero el vapor ya empezaba a cambiar la navegación militar. La bahía de Pilos cerró la edad de las batallas de flota exclusivamente a vela sin que ninguno de los contendientes hubiera planeado ofrecerle ese último acto.

Una victoria que no terminó la guerra

La noticia tardó poco en recorrer las islas y las costas griegas. La destrucción de la flota dejó a Ibrahim sin el instrumento que mantenía abastecido su ejército y volvió mucho más difícil una reconquista completa del Peloponeso. Aun así, la guerra continuó. Las tropas otomanas conservaban plazas en Grecia central y la diplomacia de las potencias seguía buscando una salida que no provocara el hundimiento del Imperio otomano.

En Londres, el combate causó incomodidad. El gobierno británico había querido detener la guerra sin romper con el sultán y presentó Navarino como un resultado no deseado de la misión. Codrington perdió el mando poco después. La reacción revela una paradoja: la batalla había sido una victoria militar británica, francesa y rusa, pero también una amenaza para el equilibrio que Londres intentaba preservar en el Mediterráneo oriental.

La solución llegó por una cadena de decisiones posteriores. Rusia declaró la guerra al Imperio otomano en 1828; el conflicto terminó con el Tratado de Adrianópolis de 1829, que obligó a la Puerta a aceptar el marco diplomático de Londres. Una expedición francesa desembarcó en el Peloponeso para asegurar la retirada de las fuerzas egipcias. El 3 de febrero de 1830, el Protocolo de Londres reconoció por primera vez a Grecia como Estado plenamente independiente. El acuerdo de 1832 definió la nueva monarquía bajo el príncipe bávaro Otón y fijó un territorio mucho más pequeño que el que los nacionalistas griegos reclamaban.

Lo que cambió en el Mediterráneo

La independencia griega no fue un regalo de tres almirantes. La sostuvieron años de combates locales, redes marítimas, asambleas revolucionarias y una población que pagó un coste enorme. La intervención exterior inclinó la balanza cuando la revolución parecía perdida, pero también dio a las potencias capacidad para decidir qué clase de Estado surgiría de la guerra. Grecia nació libre del sultán, aunque bajo la tutela política y financiera de quienes habían garantizado su nacimiento.

Por eso Navarino ocupa un lugar tan particular en la historia del siglo XIX. Una revuelta que había empezado como un conflicto dentro de un imperio rompió la cautela del sistema europeo posterior a Napoleón. Las potencias descubrieron que podían intervenir juntas en nombre de una nacionalidad, aun cuando cada una persiguiera sus propios intereses. Después vendrían otras independencias, otras fronteras trazadas en mesas diplomáticas y otras guerras justificadas como defensa de un pueblo.

Hoy la bahía conserva una apariencia tranquila. Desde Pilos se distinguen el estrecho de entrada y la isla de Esfacteria, los mismos accidentes que convirtieron el puerto en una trampa para una flota entera. Mirar ese paisaje ayuda a entender la escala del episodio: no fue una abstracción diplomática, sino un combate librado en un espacio reducido, con miles de hombres encerrados entre la costa y el fuego.

Fuerte y pueblo de Navarino (Pilos), 26 de septiembre de 1857, Grecia.
Fuerte y pueblo de Navarino (Pilos), 26 de septiembre de 1857, Grecia.

El 20 de octubre de 1827, una guerra griega se volvió europea dentro de una bahía mediterránea. La independencia tardaría todavía tres años en ser reconocida y mucho más en completar sus fronteras. Navarino no fue el nacimiento instantáneo de Grecia: fue el momento en que la derrota dejó de ser el desenlace más probable.

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Roderick Beaton, catedrático emérito del King’s College de Londres, recorre la historia de los griegos desde las culturas minoica y micénica hasta la Grecia contemporánea. Con una perspectiva global, examina sus transformaciones y su impacto en el mundo.

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