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Siglo XX

El sitio de Leningrado y sus 872 días de bloqueo nazi

El 8 de septiembre de 1941, las tropas alemanas y finlandesas cerraron el cerco sobre la ciudad soviética, dando comienzo a uno de los asedios más mortíferos de la historia moderna

Carmen Puerta 15 de August de 2026 31 lecturas 8 min de lectura
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El 8 de septiembre de 1941, la 20.ª División Motorizada alemana ocupó Shlisselburg, un pequeño puerto en la orilla sur del lago Ládoga. Con esa maniobra, aparentemente menor, la Wehrmacht cortó la última vía terrestre que unía Leningrado con el resto de la Unión Soviética. Casi tres millones de personas quedaron atrapadas dentro de una ciudad rodeada por tres ejércitos —el alemán, el finlandés y, más al fondo, el hambre—. Nadie en aquel momento podía imaginar que el cerco se mantendría durante 872 días, hasta enero de 1944, ni que se convertiría en uno de los episodios más letales de toda la Segunda Guerra Mundial.

El objetivo de la Operación Barbarroja

Cuando Alemania invadió la Unión Soviética en junio de 1941, Leningrado —la antigua San Petersburgo, cuna de la revolución bolchevique de 1917— figuraba entre los tres grandes objetivos de la ofensiva, junto a Moscú y las regiones petrolíferas del sur. El Grupo de Ejércitos Norte avanzó con rapidez durante el verano, y a finales de agosto ya había tomado Mga, cortando el último ferrocarril disponible. Hitler, sin embargo, no quería limitarse a ocupar la ciudad.

Una directiva militar alemana de finales de septiembre de 1941, la conocida como 1a 1601/41, fue explícita al respecto: no se aceptaría ninguna rendición y, tras cercarla, la ciudad debía ser arrasada. El propio Hitler llegó a declarar que Petersburgo debía desaparecer de la faz de la tierra. El plan no era conquistar Leningrado con infantería, sino bombardearla y matar de hambre a su población hasta que dejara de existir como tal.

El cerco se cierra: 8 de septiembre de 1941

Con la caída de Shlisselburg, la ciudad quedó aislada por tierra. Solo permanecía abierta una vía: el propio lago Ládoga, que en verano se podía cruzar en barcaza y en invierno, una vez helado, en camión. El 11 de septiembre, apenas tres días después de cerrarse el cerco, Stalin envió al general Gueorgui Zhúkov a sustituir al mariscal Voroshílov al frente de la defensa. Zhúkov reorganizó las líneas en seis sectores, ordenó que nadie retrocediera bajo ninguna circunstancia y coordinó los cañones de la Flota del Báltico, fondeada en el puerto, para reforzar la artillería terrestre. La ciudad resistió los asaltos de septiembre, pero el precio de esa resistencia se pagaría durante los tres años siguientes, no en el frente, sino en las calles.

El hambre como arma de guerra

Sin trenes ni carreteras, el suministro de alimentos se derrumbó en cuestión de semanas. Las autoridades soviéticas redujeron progresivamente la ración de pan hasta dejarla, en el punto más duro del invierno de 1941, en apenas 125 gramos diarios por persona para quienes no trabajaban en fábricas de guerra: un pan mezclado con serrín y celulosa que apenas alimentaba. Las temperaturas bajaron de los veinte grados bajo cero, sin calefacción ni electricidad en la mayoría de los edificios. Se calcula que unos 642.000 civiles murieron durante el propio asedio, la inmensa mayoría de inanición, y varios cientos de miles más en las evacuaciones posteriores. Solo el cementerio de Piskariovskoye, a las afueras de la ciudad, acoge medio millón de víctimas en fosas comunes.

El diario de Tania Sávicheva

De aquel invierno queda un testimonio que resume mejor que cualquier cifra lo ocurrido en Leningrado: el diario de Tania Sávicheva, una niña de once años. Su madre le regaló una libreta que había pertenecido a una hermana suya, y entre marzo y mayo de 1942 Tania fue anotando en ella, con letra irregular, la muerte de cada miembro de su familia: su hermana Yevguenia, su tío Vasia, su tío Liosha, y por último su madre, fallecida el 13 de mayo a las siete y media de la mañana. La propia Tania murió en 1944, ya evacuada, por las secuelas de la desnutrición sufrida durante el sitio. Su diario se conserva hoy en el Museo de Historia de San Petersburgo y se presentó como prueba documental en los juicios de Núremberg contra los responsables nazis.

La Carretera de la Vida y la sinfonía que resistió

La única vía de escape y abastecimiento fue el propio lago Ládoga. Desde el 20 de noviembre de 1941, una vez que el hielo alcanzó el grosor suficiente, camiones cargados de harina y municiones cruzaron sus treinta kilómetros de superficie congelada bajo el fuego de la artillería alemana. La llamaron la Carretera de la Vida. Por ella entraron los suministros que evitaron un colapso todavía mayor y salieron cientos de miles de civiles, sobre todo niños, hacia zonas más seguras del interior soviético. Muchos camiones se hundieron bajo el hielo; otros llegaron.

El 9 de agosto de 1942, en pleno asedio, la Orquesta de la Radio de Leningrado interpretó en el Filarmónico de la ciudad la Séptima Sinfonía de Dmitri Shostakóvich, compuesta expresamente sobre el sitio que estaba viviendo. Buena parte de los músicos originales había muerto de hambre, así que la orquesta se completó con soldados sacados del frente; durante los ensayos, varios intérpretes se desmayaron por la debilidad y tres no llegaron a ver el estreno. El concierto se retransmitió por radio a toda la ciudad y, mediante altavoces colocados en las líneas del frente, también a las tropas alemanas que la sitiaban. No cambió el curso militar de nada, pero dejó claro algo que ni el hambre ni los bombardeos habían conseguido borrar.

El fin del cerco y su lugar en la memoria

La primera brecha llegó con la Operación Chispa, el 18 de enero de 1943, que abrió un estrecho corredor terrestre de apenas diez kilómetros de ancho junto al lago. No bastó para levantar el asedio, pero permitió aumentar el flujo de suministros y aliviar algo la situación. El cerco no se rompió del todo hasta el 27 de enero de 1944, cuando la ofensiva soviética empujó a los alemanes entre sesenta y cien kilómetros al oeste de la ciudad. Ese día se celebra todavía en San Petersburgo como el Día de la Liberación Total del Sitio.

Las cifras finales varían según la fuente —entre 600.000 y más de un millón de muertos civiles, según se cuenten también las bajas en las evacuaciones—, pero incluso las estimaciones más conservadoras sitúan las pérdidas de Leningrado por encima de las bajas totales, militares y civiles, que sufrieron juntos Estados Unidos y el Reino Unido en toda la Segunda Guerra Mundial. Pocas ciudades en la historia moderna han pagado un precio semejante por seguir en pie.

El cementerio memorial de Piskariovskoye, en San Petersburgo, donde descansan medio millón de víctimas del asedio
El cementerio memorial de Piskariovskoye, en San Petersburgo, donde descansan medio millón de víctimas del asedio

Lo que hace de Leningrado un caso aparte dentro de la Segunda Guerra Mundial es que el hambre no fue un efecto colateral del combate, sino el plan mismo. Alemania no intentó tomar la ciudad por la fuerza porque no le hacía falta: bastaba con esperar a que el frío y la falta de pan hicieran el trabajo. Esa decisión deliberada de convertir a la población civil en objetivo militar, documentada en las propias órdenes alemanas, es lo que distingue este asedio de otros cercos históricos y lo que explica por qué la Unión Soviética lo convirtió, ya en plena Guerra Fría, en símbolo central de su relato sobre la contienda.

Hoy, San Petersburgo conserva la memoria del sitio en monumentos, museos y en la fecha misma del 27 de enero, pero también en detalles menores: el pan de racionamiento se sigue exhibiendo en vitrinas junto al diario de Tania Sávicheva, como recordatorio de que la resistencia de una ciudad, a veces, se mide en gramos.

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