El 29 de septiembre de 1941, miles de personas caminaron por Kiev con documentos, dinero, ropa de abrigo y objetos de valor. Unos carteles repartidos por la ciudad les habían ordenado presentarse al día siguiente en un punto de reunión. La explicación oficial hablaba de un traslado. La ruta terminaba en Babi Yar, un barranco situado entonces en el borde noroccidental de la ciudad. Allí, en dos jornadas, unidades alemanas y sus auxiliares asesinaron a 33.771 judíos, según el informe enviado por los propios responsables a Berlín.
En Babi Yar no murió una masa anónima, sino la parte de la comunidad judía de Kiev que no había podido escapar, evacuar o incorporarse al Ejército Rojo: hombres, mujeres, niños, ancianos y enfermos. El lugar siguió siendo escenario de fusilamientos durante dos años. Su historia permite seguir, en un mismo paisaje, la transformación de la persecución nazi en exterminio, el intento de borrar sus huellas y la lucha posterior por devolver un nombre a las víctimas.
Una ciudad ocupada y un pretexto preparado
La invasión alemana de la Unión Soviética comenzó el 22 de junio de 1941. Detrás de las tropas avanzaban los Einsatzgruppen, unidades de la Policía de Seguridad y del Servicio de Seguridad de las SS creadas para identificar y eliminar a quienes el régimen consideraba enemigos. En las ciudades y pueblos ocupados, sus fusilamientos alcanzaron a comunidades judías enteras y, cada vez con mayor frecuencia, también a mujeres y niños.
Kiev cayó el 19 de septiembre. En los primeros días de ocupación, varias explosiones destruyeron edificios del centro que utilizaban las autoridades alemanas. Las minas habían sido colocadas por zapadores soviéticos antes de la retirada, pero el mando alemán presentó el sabotaje como una conspiración judía. La acusación ofrecía un pretexto para una represalia compatible con la guerra de aniquilación del frente oriental.
El 28 de septiembre aparecieron avisos en distintos puntos de la ciudad. Ordenaban a los judíos de Kiev y de las inmediaciones reunirse a las ocho de la mañana del día siguiente, con sus papeles, dinero, pertenencias y ropa de abrigo. Quien no acudiera sería fusilado. Muchos acudieron porque quedarse en casa podía significar una muerte inmediata y porque todavía era posible interpretar el anuncio como un traslado o reasentamiento.
La operación exigió imprimir y distribuir los carteles, fijar el punto de concentración, cerrar los accesos, reunir vehículos y coordinar a las unidades que conducirían a la gente hasta el barranco. El Ejército alemán aportó apoyo material a las unidades móviles de asesinato; policías y auxiliares locales participaron en la vigilancia y en la conducción de los grupos. Detrás del término burocrático Einsatzgruppe hubo mandos, órdenes, uniformes y personas concretas.
29 y 30 de septiembre: dos días de fusilamientos
La multitud se concentró cerca del cementerio judío y del cementerio militar. Desde allí fue empujada hacia Babi Yar. A la entrada, los recién llegados entregaban sus objetos de valor y eran separados en grupos pequeños. Las víctimas tenían que desvestirse antes de bajar al barranco. En el fondo, el Sonderkommando 4a, una unidad de Einsatzgruppe C dirigida por Paul Blobel, actuaba junto a policías alemanes y auxiliares locales.
Los tiradores mataban a los grupos junto al borde de la hondonada. Después llegaban otros. El método permitía mantener un flujo constante durante horas y aprovechar el propio terreno como fosa común. La matanza no fue un exceso cometido al margen de la política alemana, sino una operación organizada con la mezcla de ideología, administración y fuerza que se repetía en los territorios conquistados.
El informe de situación de Einsatzgruppe C registró 33.771 judíos asesinados entre el 29 y el 30 de septiembre. La cifra refleja el modo en que el crimen fue contado por sus ejecutores y permitió reconstruir la escala de la operación. También sirve para confrontar los intentos de presentar Babi Yar como una tragedia indistinta de civiles.
Babi Yar pertenece a la fase del Holocausto que suele llamarse el Holocausto por fusilamiento. Tras el ataque contra la Unión Soviética, las unidades móviles siguieron a la Wehrmacht y asesinaron a las comunidades judías cerca de sus lugares de residencia, en vez de trasladarlas siempre a centros de exterminio lejanos. A finales del verano de 1941 ya no se trataba solo de perseguir a varones considerados enemigos, sino de destruir familias enteras por el hecho de ser judías.
Las fuentes muestran también el peso de los colaboradores locales. Hubo auxiliares que ayudaron a custodiar y matar, personas que denunciaron a vecinos y habitantes que escondieron a perseguidos. La orden y la dirección de la operación fueron alemanas; la ocupación creó el marco para que colaboración, coacción, saqueo e indiferencia funcionaran como piezas de una matanza masiva.
Un lugar de muerte y un intento de borrar las pruebas
Después de septiembre, Babi Yar no quedó atrás. Durante la ocupación alemana de Kiev, el barranco se utilizó para asesinar a otros judíos, romaníes, prisioneros de guerra soviéticos, civiles y pacientes de un hospital psiquiátrico. Los fusilamientos continuaron hasta el otoño de 1943, pocos días antes de que el Ejército Rojo recuperara Kiev, el 6 de noviembre. Las investigaciones soviéticas de ese año calcularon unas 100.000 víctimas judías y no judías en el conjunto del lugar.
En mayo de 1942, los alemanes establecieron cerca del barranco el campo de Syrets. Allí quedaron encerrados prisioneros de guerra, partisanos, civiles y judíos que habían sobrevivido a las primeras redadas. Cuando el avance soviético amenazó con revelar las fosas, las autoridades alemanas pusieron en marcha la Sonderaktion 1005, una campaña para destruir los rastros físicos de los asesinatos en el este de Europa.
En el verano de 1943, unos 300 presos de Syrets fueron obligados a abrir las fosas y a quemar los restos. Las piras se levantaron con combustible y materiales arrancados de un cementerio judío cercano. Los huesos que quedaban fueron triturados y las cenizas se esparcieron por el barranco. La mayoría de los prisioneros utilizados en aquella tarea fueron asesinados cuando el trabajo terminó; un pequeño grupo consiguió escapar y contó lo sucedido.
El intento de ocultación tenía un sentido militar y político. Si las fosas desaparecían, los responsables podían confiar en que la derrota no dejaría una escena material fácil de inspeccionar. La quema no borró los testimonios ni los informes, pero hizo más difícil reconstruir el crimen desde el terreno.
La memoria que tardó medio siglo en tener nombre
El Ejército Rojo recuperó Kiev en noviembre de 1943. En la posguerra, las autoridades soviéticas reconocieron que en Babi Yar habían muerto decenas de miles de personas, pero durante décadas evitaron presentar el lugar como un escenario específicamente judío del Holocausto. El monumento instalado en 1976 hablaba de ciudadanos soviéticos, prisioneros de guerra y soldados, sin decir que la gran matanza de septiembre había exterminado a la mayoría judía que quedaba en la ciudad.
Ese silencio no fue absoluto. En 1961, el poeta Yevgueni Yevtushenko visitó Babi Yar y escribió un poema que denunció la ausencia de un monumento y el antisemitismo que seguía pesando sobre la memoria soviética. El texto apareció en Literaturnaya Gazeta en septiembre de aquel año. Dmitri Shostakóvich lo leyó y convirtió el poema en el primer movimiento de su Sinfonía n.º 13, compuesta en 1962 y estrenada en Moscú el 18 de diciembre.
La obra musical llevó el nombre de Babi Yar a un público mucho más amplio, aunque también sufrió presiones políticas. Tras el estreno, Yevtushenko modificó parte del texto para facilitar nuevas interpretaciones; las versiones actuales suelen recuperar el poema original. La controversia revelaba el problema que el Estado soviético quería evitar: recordar a las víctimas como judías no negaba el sufrimiento de otros ciudadanos soviéticos, pero impedía fundir la matanza en una categoría anónima que borrara la persecución antisemita.
El 29 de septiembre de 1991, al cumplirse cincuenta años de la matanza y mientras la Unión Soviética se deshacía, se levantó en el lugar un monumento con forma de menorá dedicado a las víctimas judías. Llegaba tarde, cuando varias generaciones habían crecido sin un memorial que nombrara el crimen. Desde entonces, el espacio de Babi Yar ha reunido distintos monumentos y recuerdos, reflejo de una historia con víctimas de varias procedencias, pero también de la necesidad de identificar el asesinato de los judíos de Kiev como lo que fue.
La fecha del 29 de septiembre conserva por eso dos dimensiones. Recuerda el comienzo de una matanza concreta, documentada por los asesinos y reconstruida por los supervivientes. También recuerda que el crimen continuó cuando se intentó convertir un barranco en una página en blanco. La historia de Babi Yar no termina al contar 33.771 nombres ausentes: obliga a preguntar quién decidió matar, quién ayudó a hacerlo y quién tuvo que luchar, durante medio siglo, para que la palabra judío volviera a ocupar su lugar junto a los muertos.