En la mañana del 16 de octubre de 1813, la llanura al sur de Leipzig se llenó de humo antes de que los soldados pudieran distinguir con claridad las banderas enemigas. Napoleón había concentrado allí a lo que quedaba de su ejército en Alemania; frente a él convergían fuerzas rusas, prusianas, austríacas y suecas. Durante cuatro días, la ciudad sajona se convirtió en el centro de una guerra europea. Más de medio millón de hombres terminaron implicados en la batalla, una escala que no volvería a verse en Europa hasta la Primera Guerra Mundial.
Leipzig suele aparecer eclipsada por Waterloo, dos años posterior. La comparación engaña. Waterloo decidió el último intento de Napoleón por recuperar el trono; Leipzig deshizo la estructura que todavía le permitía gobernar Alemania y sostener su imperio continental. La derrota del 19 de octubre no fue un accidente aislado. Reunió los efectos de la campaña de Rusia, el cambio de alianzas, la falta de caballería y una coalición que había aprendido a no conceder al emperador la batalla que necesitaba.
Una guerra nacida de la retirada de Rusia
Napoleón llegó a 1813 después de perder la mayor parte de la Grande Armée en la invasión de Rusia. Francia consiguió levantar otro ejército con una rapidez asombrosa, pero sus nuevos reclutas carecían de la experiencia de los veteranos desaparecidos en la nieve, las enfermedades y la retirada. El emperador todavía podía ganar batallas: venció a rusos y prusianos en Lützen y Bautzen, en mayo, y obtuvo otra victoria en Dresde a finales de agosto. Esos triunfos no produjeron la destrucción del enemigo. La caballería francesa, diezmada en 1812, ya no podía explorar el terreno ni perseguir a un ejército en fuga.
Una tregua durante el verano dio tiempo a todos para reponer fuerzas. Prusia se había unido a Rusia; Suecia entró en la coalición bajo el mando del antiguo mariscal francés Jean-Baptiste Bernadotte; Austria abandonó la mediación cuando fracasaron las conversaciones de Praga. En el oeste, el ejército angloportugués de Wellington avanzaba después de expulsar a los franceses de España. Napoleón seguía teniendo el ejército más manejable y un mando único. Sus adversarios tenían más hombres, más espacio y una lección reciente: debían evitar enfrentarse a él por separado.
Ese principio guio la campaña. Los aliados intentaron que sus ejércitos se apoyaran sin quedar atrapados en una batalla contra Napoleón en persona. Las derrotas sufridas por varios mariscales franceses en agosto y septiembre obligaron al emperador a abandonar posiciones dispersas y buscar un punto desde el que cubrir sus comunicaciones con Francia. Leipzig ofrecía carreteras, puentes y ríos; también era un nudo comercial que permitía recibir suministros. Napoleón llegó primero y desplegó su ejército en un arco al sur y al este de la ciudad.
El primer día: una victoria que no resolvió nada
En vísperas del choque, los aliados reunían alrededor de 360.000 hombres y Napoleón unos 200.000, aunque no todas esas tropas podían entrar en combate al mismo tiempo. La diferencia no era solo numérica. En las filas napoleónicas combatían franceses junto a polacos, italianos y contingentes de los Estados alemanes vinculados a la Confederación del Rin. En el otro lado marchaban soldados de imperios y reinos distintos, desde Rusia y Austria hasta Prusia y Suecia. Esa mezcla explica el nombre que se popularizó después: la batalla de las Naciones.
El 16 de octubre, el ejército de Bohemia, mandado por el austríaco Karl Philipp zu Schwarzenberg, atacó desde el sur. La lucha se concentró en torno a Wachau y Liebertwolkwitz, pueblos y elevaciones que dominaban el terreno. Napoleón dirigió una contraofensiva que recuperó posiciones y lanzó a la caballería de Murat contra el centro aliado. El avance francés no rompió la línea enemiga. En el norte, Gebhard von Blücher presionó a las tropas de Ney; en el oeste, los austríacos amenazaron el camino hacia Lindenau, por donde pasaba la comunicación francesa con el oeste.
Al caer la noche, ninguno de los dos bandos podía presentar una victoria limpia. Napoleón había resistido y conservaba Leipzig, pero no había logrado separar ni destruir al ejército aliado. Para él, un empate era una mala noticia: los rusos, prusianos y austríacos todavía podían recibir refuerzos. Sus soldados llevaban la carga de la campaña y sus reservas de munición empezaban a menguar. El 17 de octubre hubo una pausa relativa. Fue el día que permitió a la coalición cerrar sus filas.
El cerco se cierra el 18 de octubre
La jornada decisiva comenzó con ataques simultáneos al norte y al sur. Blücher combatió en Schönefeld, en las afueras septentrionales; al sur, los aliados lanzaron repetidos asaltos contra Probstheida, una posición que Napoleón defendió con obstinación. El Ejército del Norte de Bernadotte se acercó desde el este. La línea francesa, estirada alrededor de la ciudad, recibía golpes sucesivos mientras la masa aliada crecía detrás de cada ataque.
La defensa de Probstheida muestra por qué Leipzig no fue una derrota sencilla. Las tropas francesas conservaron el pueblo y causaron pérdidas severas, pero el resultado local no modificó la relación de fuerzas. El emperador podía ganar una aldea y perder el conjunto del campo de batalla. Al final del día, los aliados disponían de cerca de 320.000 soldados frente a unos 170.000 franceses y aliados de Francia en condiciones de combatir. Napoleón empezó a organizar la retirada, aunque aún necesitaba mantener la ciudad para que pasaran sus convoyes y heridos.
En medio de la lucha se produjo el cambio de algunos contingentes alemanes. Parte de los sajones y de la caballería de Württemberg pasó al bando aliado. El gesto tuvo un efecto militar limitado, pero reveló la fragilidad del sistema napoleónico. Muchos príncipes alemanes habían recibido territorios y títulos bajo la protección francesa; cuando esa protección dejó de parecer segura, calcularon el precio de permanecer junto al emperador. La mayoría de los alemanes que combatieron en Leipzig todavía lo hizo en las filas de Napoleón. La historia posterior convertiría aquella batalla en una guerra nacional contra Francia, pero el campo real era más ambiguo.
El puente de Lindenau y la retirada rota
Durante la noche del 18 al 19 de octubre, Napoleón evacuó sus posiciones del sur y del este. La retaguardia debía contener a los aliados mientras el ejército cruzaba Leipzig y salía hacia el oeste. El plan dependía de un número insuficiente de pasos sobre el río Elster; el puente de Lindenau era la salida principal. La ciudad quedó llena de soldados, heridos, carros y artillería. Cada hora de resistencia compraba tiempo para los que ya se alejaban por la carretera.
El 19 de octubre, los aliados entraron en Leipzig mientras los franceses defendían las puertas y las calles. Cuando sus vanguardias alcanzaron la zona del puente, un cabo encargado de activar las cargas recibió órdenes confusas y voló el paso antes de que hubiera terminado la retirada. El error aisló a miles de soldados en la orilla oriental. Las estimaciones más repetidas sitúan en torno a 30.000 los hombres que fueron capturados o quedaron sin salida; también se perdieron cañones y carros de munición. No fue la causa de la derrota, que estaba decidida por la superioridad aliada, pero convirtió una retirada difícil en un desastre.
Entre quienes intentaron escapar por el río estaba Józef Poniatowski, príncipe polaco y comandante de las tropas polacas al servicio de Napoleón. Herido y recién elevado a mariscal de Francia, murió ahogado en el Elster. Su final concentró varias lealtades de la batalla: la causa polaca, la alianza con el emperador y la decisión de seguir combatiendo cuando el ejército ya buscaba la salida. El episodio alimentó una memoria heroica que no debe ocultar el balance de la jornada: la Grande Armée había perdido la capacidad de sostener el este de Europa.
Una derrota militar que cambió el mapa
Las cifras de bajas varían según el momento en que se haga el recuento. El Deutsches Historisches Museum resume el coste en más de 90.000 muertos y heridos entre ambos bandos; la síntesis de Oxford ofrece estimaciones distintas para franceses y aliados porque incluye también capturados. En cualquier caso, Leipzig fue una carnicería a escala continental. El ejército francés perdió decenas de miles de hombres, buena parte de su artillería y el control de sus rutas alemanas.
La consecuencia política llegó con rapidez. Baviera había abandonado a Napoleón antes de la batalla; después de Leipzig, la Confederación del Rin se deshizo y la mayoría de sus miembros se pasó a la coalición. El rey de Sajonia permaneció fiel al emperador, pero su reino quedó ocupado. Napoleón cruzó el Rin con un ejército reducido y tuvo que defender Francia en 1814. Los aliados entraron en París en abril y el emperador abdicó por primera vez. La guerra continuaría con su regreso de Elba y los Cien Días, pero ya no volvería a disponer del sistema político y militar que había levantado en Alemania.
Leipzig dejó también una herencia menos inmediata. Las monarquías vencedoras presentaron la campaña como una guerra de liberación, mientras estudiantes e intelectuales alemanes la relacionaron con una idea todavía imprecisa de nación. El Congreso de Viena recompuso el equilibrio europeo, no una Alemania unida ni una Europa liberal. Un siglo después, el Monumento a la Batalla de las Naciones, inaugurado en Leipzig en 1913, convirtió la memoria del combate en arquitectura monumental. El edificio recuerda a los caídos, aunque también muestra cómo cada época vuelve a contar las batallas según sus propias necesidades políticas.
El 16 de octubre de 1813 Napoleón aún podía ordenar ataques y ganar posiciones. Cuatro días después, sus aliados alemanes empezaban a abandonarlo, su ejército se retiraba hacia el Rin y el camino de los vencedores conducía a París. Leipzig no fue la última batalla del emperador. Fue el momento en que la derrota dejó de ser una posibilidad militar y se convirtió en el nuevo marco de la política europea.