Amanece el 11 de septiembre de 1683 sobre Viena, y desde las murallas ya no queda mucho que defender. Dos meses de bombardeo continuo han abierto brechas en los muros, el hambre aprieta a una guarnición reducida a unos pocos miles de hombres y, bajo tierra, los zapadores otomanos siguen cavando galerías cargadas de pólvora. El conde Ernst Rüdiger von Starhemberg, al mando de la plaza, lleva semanas enviando cohetes de socorro hacia las colinas del norte, sin saber si alguien los está viendo. Esa misma mañana, en la cima del monte Kahlenberg, un ejército mixto de alemanes, austriacos y polacos se prepara para bajar hacia la llanura. Antes de que caiga la noche del día siguiente, el imperio otomano habrá sufrido una derrota de la que no se recuperará del todo.
Dos meses de asedio y una ciudad al borde del colapso
La campaña había arrancado en julio, cuando el gran visir Kara Mustafá Pasha cruzó los Balcanes al frente de un ejército otomano que las crónicas de la época sitúan, con las exageraciones habituales de la propaganda, entre 100.000 y más de 150.000 hombres. El 14 de julio las tropas del sultán Mehmet IV cercaron Viena, capital del emperador Leopoldo I y sede de la corte de los Habsburgo. La ciudad, apenas protegida por unos 16.000 defensores regulares y milicianos, resistió gracias a sus fortificaciones abaluartadas, más modernas que las murallas medievales que aún rodeaban buena parte de la urbe.
El asedio se convirtió pronto en una guerra de minas. Los ingenieros otomanos excavaban túneles bajo los muros para volarlos con explosivos, y los defensores respondían con contraminas propias, en un pulso subterráneo que se cobró cientos de vidas antes de que sonara un solo cañón en campo abierto. Para principios de septiembre, buena parte del bastión de la Puerta de Carintia había quedado reducido a escombros, y Starhemberg calculaba que la ciudad no aguantaría más de una o dos semanas.
Un imperio en su punto más alto
El imperio otomano llegaba a Viena en el momento de mayor extensión territorial de toda su historia, con dominios que se extendían desde Argelia hasta el golfo Pérsico y desde Hungría hasta Yemen. Kara Mustafá, yerno del anterior gran visir Köprülü Fazıl Ahmed, veía en la conquista de la capital de los Habsburgo la culminación de una expansión otomana hacia el centro de Europa iniciada con la toma de Belgrado en 1521 y frenada solo a medias tras el primer sitio de Viena, en 1529.
La Liga Santa y la marcha de Sobieski
El peligro que corría Viena empujó a Leopoldo I a buscar aliados fuera de sus propios territorios. El 31 de marzo de 1683 firmó un tratado de ayuda mutua con Juan III Sobieski, rey de Polonia y gran duque de Lituania, veterano de las guerras contra otomanos y tártaros en las estepas ucranianas. El acuerdo obligaba a cada firmante a socorrer al otro si Viena o Cracovia eran atacadas, y contó con la mediación y el respaldo económico del papa Inocencio XI, empeñado en levantar una coalición cristiana contra el avance turco.
Sobieski cruzó el Danubio al noroeste de Viena el 6 de septiembre con un cuerpo de unos 20.000 soldados polacos, entre ellos su célebre caballería pesada. Allí se unió a los contingentes del Sacro Imperio comandados por Carlos V de Lorena, el margrave Luis Guillermo de Baden y tropas de Sajonia y Baviera. El ejército de socorro reunido en el Kahlenberg rondaba los 70.000 u 80.000 hombres, muy inferior en número a las fuerzas de Kara Mustafá, pero con la ventaja de la sorpresa y del terreno elevado.
El once y el doce de septiembre: la carga que decidió la guerra
La batalla se inició antes del amanecer del día 11. Los contingentes alemanes atacaron primero por el flanco izquierdo, tomando las aldeas de Nussdorf y Heiligenstadt tras horas de combate cuerpo a cuerpo entre viñedos y bosques. Por la tarde avanzó la infantería polaca por el ala derecha, mientras Kara Mustafá cometía un error que resultaría fatal: convencido de que el verdadero peligro seguía siendo la ciudad sitiada, mantuvo a buena parte de sus jenízaros, la infantería de élite otomana, en las trincheras del asedio en lugar de formarlos en campo abierto contra el ejército que bajaba de las colinas.
El desenlace llegó al atardecer del 12 de septiembre. Sobieski lanzó colina abajo una carga de caballería de unos 18.000 jinetes, con sus húsares alados en punta: una fuerza que muchos historiadores consideran la mayor carga de caballería registrada en la historia militar europea. El estruendo de los cascos y el traqueteo de las alas de plumas sujetas a las corazas, que producían un silbido característico al galope, sembraron el pánico entre unas tropas otomanas ya desorganizadas. En poco más de media hora, las líneas turcas se desmoronaron.
La huida de un gran visir
Kara Mustafá abandonó el campamento a toda prisa, dejando atrás su tienda personal, el tesoro de campaña y el gran estandarte verde del profeta, que Sobieski enviaría después a Roma como trofeo de guerra. Las cifras de bajas que manejan los historiadores varían según la fuente, pero se calculan entre 8.000 y 15.000 muertos otomanos frente a unos 3.500 caídos en el bando cristiano. Esa misma noche, según relatan varias crónicas de la época, Sobieski escribió al papa Inocencio XI una carta que parafraseaba a Julio César con una diferencia deliberada: «Venimus, vidimus, Deus vicit» (vinimos, vimos, Dios venció), atribuyendo la victoria a la providencia antes que a su propio mando.
¿Por qué se considera Viena de 1683 un punto de inflexión?
La derrota frente a Viena no acabó con el imperio otomano, que siguió siendo una potencia temida durante más de un siglo, pero sí puso fin a su expansión hacia el centro de Europa. Fue la última vez que un ejército del sultán amenazó en serio una capital de Europa central, y desde ese momento la iniciativa militar pasó a manos de los Habsburgo y sus aliados durante las dos décadas siguientes.
De Kahlenberg al tratado de Karlowitz
La victoria de septiembre de 1683 dio pie a la formación de la Liga Santa, una alianza entre el Sacro Imperio, Polonia, Venecia y, más tarde, Rusia, que declaró la guerra abierta a los otomanos. El conflicto, conocido como la Gran Guerra Turca, se prolongó hasta 1699 y trasladó el frente a Hungría y los Balcanes. Ciudades como Buda, en manos otomanas desde 1541, cayeron ante los ejércitos imperiales en 1686, y Belgrado cambió de dueño varias veces antes de que la guerra terminara.
Kara Mustafá no sobrevivió mucho a su derrota. El sultán Mehmet IV, presionado por la corte y por los jenízaros que exigían un responsable, ordenó su ejecución por estrangulamiento el 25 de diciembre de 1683 en Belgrado, un procedimiento reservado a los altos dignatarios otomanos que evitaba derramar su sangre. El Tratado de Karlowitz, firmado en 1699, formalizó lo que ya se intuía en el campo de batalla del Kahlenberg: el imperio otomano cedía a los Habsburgo casi toda Hungría, Transilvania y Croacia, y renunciaba de forma definitiva a extender sus fronteras hacia el oeste.
Lo que distingue a esta batalla de otras victorias militares del periodo es la velocidad con la que cambió el mapa mental de Europa. Durante siglo y medio, el avance turco había sido una amenaza dada por hecha en las cortes de Viena, Roma o Madrid; después de 1683 dejó de serlo, y las potencias cristianas empezaron a mirar hacia el este ya no con temor, sino con apetito de conquista. La imagen de Sobieski bajando el Kahlenberg al frente de sus húsares se convirtió, con el tiempo, en uno de los grandes mitos fundacionales del nacionalismo polaco, mientras que en la cima de la colina todavía puede visitarse la pequeña iglesia de San José, construida después de la batalla en agradecimiento por la victoria.