En la tarde del 18 de octubre de 1867, dos destacamentos formados frente a la residencia del gobernador de Sitka esperaron a que bajara una bandera y subiera otra. Alexei Peshchurov representaba al zar Alejandro II; el general Lovell H. Rousseau, al Gobierno de Estados Unidos. El gesto duró unos minutos. Rusia dejaba de gobernar sus posesiones norteamericanas y Washington incorporaba una extensión de casi 1,5 millones de kilómetros cuadrados por 7,2 millones de dólares.
La imagen suele contarse como una compra extravagante que acabó dando un rendimiento fabuloso. Esa lectura llega tarde y borra demasiado. En 1867 Alaska no era un territorio vacío esperando un propietario, sino un espacio habitado por sociedades con sus propias redes políticas, economías y memorias. El tratado cerró la etapa rusa, abrió la expansión estadounidense en el Pacífico norte y trasladó la autoridad colonial de un imperio a otro.
Una colonia que Rusia ya no podía sostener
El interés ruso por Alaska nació de la exploración del Pacífico norte. En 1725, Pedro el Grande envió a Vitus Bering a reconocer la costa asiática y americana; las expediciones posteriores abrieron una ruta hacia las pieles de nutria marina, muy cotizadas en los mercados del imperio. Durante la segunda mitad del siglo XVIII aparecieron puestos comerciales en Kodiak y otras zonas costeras. En 1799, la Compañía Ruso-Americana recibió un monopolio para administrar el comercio y las colonias.
Aquella presencia nunca se pareció a una colonización de poblamiento masivo. Los rusos dependían de una cadena de factorías dispersas, de barcos que tardaban meses en llegar y del trabajo de las poblaciones locales. La captura de nutrias marinas devastó el recurso que había hecho rentable la empresa. En el sudeste, los tlingit conservaron su autonomía durante buena parte del periodo ruso y se enfrentaron a la expansión de la compañía. En 1804, las fuerzas de Alexander Baranov tomaron el asentamiento de los Kiks.ádi en la colina que después sería conocida como Castle Hill, en Sitka, tras varios días de combate.
Sitka —Nueva Arcángel en los documentos rusos— se convirtió en el centro administrativo de la colonia. Había almacenes, una iglesia ortodoxa, talleres y una guarnición, pero la población rusa permanente de toda Alaska nunca superó unos pocos centenares. La distancia hacía caro llevar alimentos y materiales desde Siberia. La compañía podía extraer riqueza; le costaba mucho más construir un territorio defendible.
La guerra de Crimea agravó esa fragilidad. Entre 1853 y 1856, Rusia combatió contra el Imperio otomano, Francia, el Reino Unido y el reino de Cerdeña. La derrota mostró hasta qué punto era vulnerable un imperio con fronteras inmensas y recursos limitados. Londres disponía de posiciones en la Norteamérica británica, al otro lado de la frontera de Alaska, y una guerra futura podía dejar la colonia rusa a merced de los británicos. San Petersburgo empezó a considerar que venderla a Estados Unidos sería preferible a perderla sin compensación.
La decisión también encajaba con un giro de la política rusa en Asia. Los tratados de Aigun, en 1858, y Pekín, en 1860, habían ampliado la presencia rusa en el Amur y en la costa del Pacífico. Vladivostok ofrecía una base más útil para mirar hacia China, Japón y Corea. Alaska quedaba lejos, producía menos de lo esperado y podía convertirse en un frente peligroso.
Seward, San Petersburgo y el precio de un mapa
La venta no surgió de una ocurrencia de última hora. Rusia había tanteado a Estados Unidos en 1859, pero la inminencia de la Guerra Civil estadounidense aplazó la negociación. Después de 1865, William H. Seward retomó la iniciativa. El secretario de Estado veía el Pacífico como el horizonte natural de una república que acababa de sobrevivir a la secesión y buscaba ampliar sus rutas, puertos y mercados.
Para el zar Alejandro II y sus ministros, Washington ofrecía dos ventajas: pagaría en efectivo y no era Gran Bretaña. Para Seward, la operación podía cerrar el paso a la influencia británica en el extremo norte del continente y dar a Estados Unidos una posición entre el Pacífico y Asia. El embajador ruso Eduard de Stoeckl negoció con él en Washington. La madrugada del 30 de marzo de 1867, ambos alcanzaron el acuerdo por 7,2 millones de dólares: menos de dos centavos por acre.
El calendario jurídico tuvo varias etapas. El Senado aprobó el tratado el 9 de abril; Andrew Johnson lo firmó el 28 de mayo; los instrumentos de ratificación se intercambiaron el 20 de junio. El Congreso tardó más de un año en autorizar el pago. El cheque del Tesoro, fechado el 1 de agosto de 1868, recuerda que la transferencia política y la liquidación financiera no fueron el mismo acto.
La resistencia estadounidense alimentó dos apodos que todavía sobreviven: «la locura de Seward» y «la nevera de Seward». No expresaban solo desprecio por el frío. Muchos congresistas dudaban de que aquel territorio remoto pudiera sostener una administración, generar ingresos o protegerse. La fiebre del oro del Klondike, iniciada tras los hallazgos de 1896 en el Yukón, cambió la percepción: los puertos de Alaska se convirtieron en la puerta de entrada a los campos mineros.
La ceremonia de Sitka y el territorio que no estaba en la mesa
El acto del 18 de octubre se celebró en Castle Hill, el lugar desde el que la Compañía Ruso-Americana había gobernado Alaska desde comienzos del siglo XIX. Rousseau y Peshchurov se encontraron ante la casa del gobernador, acompañados por tropas rusas y estadounidenses. Se arrió la bandera imperial, se izó la de Estados Unidos y se intercambiaron las declaraciones formales. La escena fue pacífica entre los dos Estados. No fue una negociación con los pueblos que vivían en el territorio.
El tratado hablaba de «cesión» de las posesiones rusas. Su artículo tercero permitía a los habitantes de origen ruso regresar al imperio en un plazo de tres años o quedarse y recibir derechos de ciudadanía estadounidense. La fórmula excluía a las llamadas «tribus nativas no civilizadas», que quedaban sometidas a las leyes que Estados Unidos aprobara para los pueblos indígenas. La frase no era un detalle de estilo: fijaba una jerarquía legal y dejaba fuera del pacto a quienes tenían vínculos más antiguos con la tierra.
En Alaska no existía un único pueblo nativo. Unangan y alutiiq habían soportado décadas de presión en las zonas de caza de nutrias; tlingit, haida y tsimshian dominaban redes del sudeste; yupik e iñupiat vivían en las costas occidentales y septentrionales; los pueblos athabascanos ocupaban grandes corredores del interior. Sus formas de autoridad no coincidían con el modelo europeo de soberanía territorial, pero eso no las hacía inexistentes. El documento de Washington convirtió una realidad plural en una propiedad transferible entre gobiernos imperiales.
La nueva administración tardó en llegar. Durante años Alaska quedó bajo control militar, naval o del Departamento del Tesoro, con largos periodos en los que la autoridad federal apenas se hacía visible. No tuvo un gobierno civil estable hasta 1884. En ese vacío crecieron la pesca industrial, la explotación de pieles y la minería, mientras misioneros, comerciantes y funcionarios imponían escuelas, normas y formas de propiedad ajenas a muchas comunidades. La transferencia había cambiado el idioma del poder antes que la vida cotidiana de la mayoría de los habitantes.
De la compra al Estado de Alaska
El oro dio a la operación una reputación que no tenía en 1867, pero no fue el único recurso que transformó la región. El salmón, las pieles, la pesca marítima y, más tarde, el petróleo atrajeron empresas y población. La Segunda Guerra Mundial reveló otra dimensión: la posición de Alaska permitía vigilar el Pacífico norte y conectaba América con las rutas del Ártico. La antigua periferia comercial se convirtió en una pieza militar.
Alaska ingresó en la Unión el 3 de enero de 1959. El proceso no borró las reclamaciones de los pueblos nativos. En 1971, la Alaska Native Claims Settlement Act creó corporaciones regionales y locales y reconoció derechos territoriales mediante un acuerdo que también facilitó el desarrollo de proyectos energéticos. Sus límites y sus efectos siguen formando parte de la historia política de Alaska.
La escena de Sitka puede parecer una transacción limpia porque solo muestra a dos banderas y dos delegaciones. El papel, en cambio, contiene la lógica de una época: los imperios negociaban fronteras lejanas como si la población pudiera quedar reducida a una cláusula. Rusia vendió una colonia que no podía defender; Estados Unidos compró una plataforma para su expansión en el Pacífico; los pueblos de Alaska recibieron un nuevo poder soberano sin haber participado en la decisión.
Por eso el 18 de octubre no recuerda únicamente cuánto pagó Washington. Recuerda quién firmó, quién quedó fuera y cómo una ceremonia breve en Castle Hill alteró el rumbo de todo el norte del Pacífico. La historia de Alaska comenzó mucho antes de 1867 y no terminó cuando cambió la bandera.