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Siglo XX

Juan Pujol García y la operación Garbo: una red ficticia frente al Alto Mando alemán

Cómo un barcelonés sin experiencia creó 27 agentes inexistentes y sostuvo la ficción de un desembarco en Calais.

Óscar Navarro 12 de October de 2026 2 lecturas 10 min de lectura
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El 6 de junio de 1944, mientras las barcazas aliadas se acercaban a Normandía, un mensaje que debía salir de Inglaterra no llegó a su destinatario. El operador alemán que tenía que escuchar a las tres de la mañana no apareció en la radio. La información era falsa, pero parecía precisa: tropas reunidas en Southampton, material de embarque, bolsas para el mareo. Cuando Berlín pudo recibirla, el desembarco ya había comenzado.

El fallo no arruinó la operación. Hizo más verosímil al informador que decía haber intentado avisar. Se llamaba Juan Pujol García. Para la inteligencia británica era Garbo; para sus controladores alemanes, Arabel. No había pisado Inglaterra cuando empezó a enviar sus informes. Su arma no fue una cámara oculta, sino la capacidad de construir una historia y sostenerla en el tiempo.

Placa azul colocada en 2020 por English Heritage en el 35 de Crespigny Road, Hendon, Londres.
Placa azul colocada en 2020 por English Heritage en el 35 de Crespigny Road, Hendon, Londres.

De la Guerra Civil a la Abwehr

Pujol nació en Barcelona en 1912, en una familia de posición acomodada y convicciones liberales. La Guerra Civil española le dejó una aversión duradera a los totalitarismos. Según el relato que recogió el MI5, pasó por los dos bandos y procuró no disparar contra nadie. Al comenzar la Segunda Guerra Mundial decidió que podía contribuir a la derrota del nazismo, aunque carecía de formación en espionaje y de contactos en Londres.

En 1941 intentó ofrecerse a Gran Bretaña en tres ocasiones, entre Madrid y Lisboa. Los británicos no vieron en él a un voluntario útil. Pujol se presentó entonces ante la inteligencia militar alemana en Madrid como un funcionario español fervorosamente favorable al Reich, con posibilidad de viajar a Londres por asuntos oficiales. Quería ser reclutado para espiar a los británicos.

La Abwehr aceptó la propuesta. Le entregó dinero, instrucciones y una formación acelerada que incluía el uso de tinta invisible. Su misión era llegar a Inglaterra, conseguir informadores y mandar a Madrid noticias sobre las fuerzas británicas.

Pujol no llegó a Londres: se instaló en Lisboa y escribió como si ya estuviera en Inglaterra. Usó una guía azul, libros de referencia, publicaciones sobre la Marina Real y revistas. El método tenía un riesgo evidente: cualquier error podía descubrirlo. En uno de sus relatos afirmó que en Glasgow había hombres dispuestos a hacer cualquier cosa por un litro de vino. Sus controladores alemanes no detectaron la rareza.

La ficción creció. Pujol atribuyó cada noticia a informadores distintos y utilizó esos personajes para explicar retrasos, rumores contradictorios o datos sin confirmar. Lo que había comenzado como una forma de llamar la atención de los británicos se convirtió en una fuente que la Abwehr financiaba y consultaba.

Una red hecha de papel y tinta

En abril de 1942 Pujol consiguió contactar con el servicio secreto británico y fue trasladado a Londres. El caso pasó al MI5, que lo puso bajo la dirección de Tomás Harris, un oficial que hablaba español. Los británicos lo llamaron primero Bovril. Poco después adoptaron el nombre de Garbo, una alusión a Greta Garbo y a la impresión de que Pujol interpretaba un papel con seguridad extraordinaria.

Harris convirtió la improvisación en un sistema. En 1944, Pujol y su equipo habían creado 27 subagentes imaginarios, cada uno con biografía, profesión, forma de escribir y relaciones propias. Había un venezolano instalado en Glasgow, un sargento estadounidense demasiado hablador y un nacionalista galés que dirigía en Swansea un grupo fascista llamado los Hermanos del Orden Mundial Ario.

La dificultad no consistía en inventar nombres, sino en recordar qué podía saber cada uno, dónde vivía y cuánto tardaría en enviar una carta. Una red auténtica produce silencios y errores; la de Garbo tenía que producirlos de manera controlada. También necesitaba una mezcla de datos correctos e inútiles: un informe completamente falso no generaba confianza, pero uno demasiado exacto podía ser peligroso.

La comunicación con Madrid se mantuvo mediante cartas manuscritas enviadas a un apartado postal de Lisboa proporcionado por los alemanes. Los archivos del MI5 contabilizan 315 cartas, con una media de 2.000 palabras cada una. La cifra equivale, de manera aproximada, a más de seiscientas mil palabras dedicadas a mantener con vida a personas que nunca existieron.

Mapa de los planes subordinados de la Operación Bodyguard, el engaño de 1944 en apoyo del desembarco aliado en Normandía (Día D).
Mapa de los planes subordinados de la Operación Bodyguard, el engaño de 1944 en apoyo del desembarco aliado en Normandía (Día D).

La red empezó a probarse en operaciones reales. Durante los preparativos de los desembarcos aliados en el norte de África, en noviembre de 1942, un supuesto agente situado en el Clyde informó de la salida de un convoy de tropas y buques pintados con camuflaje mediterráneo. El dato era cierto, pero el correo llegó demasiado tarde para permitir una reacción alemana. La Abwehr recibió una información verificable y, al mismo tiempo, inútil en términos militares.

Fortitude y el desembarco de Normandía

En 1943 el MI5 decidió que la red necesitaba una vía más rápida. Pujol inventó a un técnico de radio dispuesto a colaborar y, desde agosto, casi todos los informes pasaron a transmitirse por ese medio. A comienzos de 1944 el mando alemán le comunicó que esperaba una invasión aliada en Europa y le pidió que siguiera los preparativos. La pregunta coincidía con la gran operación de engaño que acompañaría a Overlord.

Fortitude no fue obra de un solo hombre. Combinó bombardeos, movimientos aparentes de tropas, comunicaciones radiofónicas y agentes dobles. Su pieza más visible era el First US Army Group, FUSAG, un ejército que solo existía sobre el papel. Se le atribuyeron once divisiones y unos 150.000 hombres, bajo el mando de George Patton. La supuesta fuerza esperaba en Kent y Essex para atacar el Paso de Calais, el punto más cercano a Inglaterra y el lugar que Hitler ya consideraba probable.

La red de Garbo aportaba el relato humano de esa maquinaria: conversaciones, movimientos de unidades, rumores de cuartel y observaciones desde campamentos. Entre enero de 1944 y el Día D circularon más de 500 mensajes de radio entre Pujol y Madrid, que los reenviaba directamente a Berlín. Cuatro transmisiones diarias podían hacer que una organización inexistente pareciera burocráticamente real.

La noche del 5 al 6 de junio llegó la prueba más delicada. Garbo había anunciado un aviso urgente a las tres de la mañana. Su fuente en Southampton describiría una concentración de tropas a punto de embarcar. El operador alemán no respondió. Cuando el contacto se restableció, las fuerzas aliadas ya habían desembarcado. Pujol pudo protestar por la negligencia y dejar constancia de que había intentado transmitir la advertencia. El mensaje perdido se convirtió en una prueba involuntaria de su fiabilidad.

Tres días después, el 9 de junio, envió otro informe. El desembarco de Normandía, afirmó, era una maniobra de distracción para proteger el ataque verdadero contra Calais. FUSAG seguía en el sureste de Inglaterra; la invasión que contaba aún estaba por llegar. El mando alemán aceptó la explicación. Durante julio y agosto mantuvo en el Paso de Calais dos divisiones acorazadas y 19 de infantería, a la espera de un ataque que no se produciría.

La decisión no dependió solo de Pujol. La ficción funcionó porque encajaba con fotografías aéreas, tráfico de radio, señuelos físicos y los mensajes de otros agentes. Aun así, su red daba continuidad a la mentira cuando la evidencia más visible —las tropas aliadas combatiendo en Normandía— parecía desmentirla. El MI5 sostiene que el mariscal Gerd von Rundstedt llegó a rechazar la propuesta de Erwin Rommel de trasladar fuerzas desde Calais para reforzar Normandía. Retener esas unidades durante semanas dio tiempo a consolidar la cabeza de puente aliada.

El 29 de julio de 1944, cuando la operación ya había cumplido su objetivo, Alemania comunicó a Pujol que Adolf Hitler le concedía la Cruz de Hierro por sus servicios extraordinarios. El espía que enviaba informes falsos a Berlín había recibido una condecoración del régimen al que pretendía engañar. En diciembre llegó el reconocimiento británico: Pujol fue nombrado miembro de la Orden del Imperio Británico, el MBE.

El hombre que volvió a desaparecer

La fama tenía un peligro inmediato. En septiembre de 1944 los británicos temieron que Pujol pudiera quedar expuesto y decidieron apartarlo de la circulación. La red siguió enviando información engañosa, pero Garbo pasó a ser una pieza que había que proteger. Los archivos desclasificados muestran también el coste doméstico de la operación: su esposa, Araceli, sufrió el aislamiento y la tensión de vivir en una casa de Harrow rodeada por una historia que no podía contar.

Terminada la guerra, el silencio continuó. Con ayuda británica se difundió que Pujol había muerto de malaria en Angola. La noticia le permitió desaparecer en Venezuela, donde vivió durante décadas alejado de los servicios secretos. Para sus antiguos compañeros de guerra era un nombre protegido; para buena parte de su familia española, un hombre muerto.

El escritor británico Nigel West empezó a buscarlo en 1971. Tardó años en reunir indicios y no logró localizarlo hasta 1984, cuando Pujol vivía en Caracas. La reaparición permitió reconstruir públicamente la historia y poner rostro al agente que había trabajado desde Lisboa, no desde Londres. Cuatro años después, en 1988, Juan Pujol García murió en Caracas.

La leyenda suele resumir su carrera diciendo que Garbo salvó el Día D. La realidad resulta más exacta: no decidió por sí solo el lugar del desembarco ni venció a la Wehrmacht con un puñado de cartas. Su aportación fue sostener una imagen falsa dentro de un sistema de engaño mayor. Convenció a los alemanes de que sus fuentes eran independientes y prolongó la mentira cuando las playas de Normandía ya estaban llenas de soldados.

Traslado de heridos desde una lancha de rescate de la Guardia Costera de EE. UU. a un barco mayor para su evacuación de la zona de combate, junio de 1944.
Traslado de heridos desde una lancha de rescate de la Guardia Costera de EE. UU. a un barco mayor para su evacuación de la zona de combate, junio de 1944.

La historia de Pujol trata del poder militar de una información que llega en el momento adecuado y de la fragilidad de los mandos que prefieren una explicación tranquilizadora a una evidencia incómoda. Berlín pagó a una red de espías inexistentes, la escuchó durante años y condecoró a su creador. Garbo ganó la partida porque consiguió que sus adversarios no solo creyeran una mentira, sino que la utilizaran para tomar decisiones reales.

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