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Edad Media

Jerusalén, 2 de octubre de 1187: la capitulación ante Saladino

Hattin, el asedio y la negociación que devolvieron la ciudad al poder musulmán y desencadenaron la Tercera Cruzada.

Óscar Navarro 12 de October de 2026 2 lecturas 9 min de lectura
Miniatura medieval de un manuscrito que representa el asedio de Jerusalén por Saladino en 1187.
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El viernes 2 de octubre de 1187, las puertas de Jerusalén se abrieron ante el ejército de Saladino. No hubo un asalto final comparable al de 1099, cuando los cruzados tomaron la ciudad y la conquista quedó asociada a una matanza. En 1187, una guarnición exhausta, una brecha en las murallas y una negociación dirigida por Balian de Ibelín decidieron el destino de la capital del reino latino.

La rendición tampoco puso fin al reino de Jerusalén. Tiro seguía en manos cristianas y la costa permitía reorganizar la resistencia. Cayó la capital, el centro simbólico de la empresa cruzada y la ciudad que había dado su nombre a un Estado nacido casi nueve décadas antes. La noticia llegó a Europa como una catástrofe y desencadenó la Tercera Cruzada.

Una ciudad santa en un reino de frontera

La conquista cruzada de 1099 había creado un reino latino alrededor de Jerusalén, sostenido por puertos, castillos y señoríos. No era una sociedad formada únicamente por caballeros llegados de Occidente: en sus mercados convivían comerciantes, campesinos y comunidades cristianas orientales, y las treguas mantenían abiertas algunas rutas mientras los ejércitos combatían. Era un Estado de frontera y un lugar cargado de símbolos religiosos.

Durante el dominio latino, los edificios del recinto sagrado cambiaron de uso. La Cúpula de la Roca fue identificada con el Templo de Salomón, mientras que la mezquita de al-Aqsa se convirtió en palacio y establo. La Iglesia del Santo Sepulcro quedó en el centro de la liturgia latina. Para los musulmanes, Jerusalén conservaba su relación con el viaje nocturno de Mahoma y con la Explanada; para los judíos, seguía siendo el centro de una memoria religiosa que ninguna conquista había borrado.

Cúpula de la Roca, parte de la mezquita de Al-Aqsa en Jerusalén.
Cúpula de la Roca, parte de la mezquita de Al-Aqsa en Jerusalén.

El control de Jerusalén tenía un valor militar menor que el de Acre o Tiro, pero confería autoridad y permitía presentar una campaña como defensa de la fe. La ciudad podía ser una capital vulnerable y, a la vez, el premio que ningún soberano podía ignorar.

La unificación que precedió a la conquista

Saladino no apareció en 1187 como un caudillo salido de la nada. General kurdo al servicio de los zanguíes, ocupó Egipto en la década de 1160. En 1171 puso fin al califato fatimí y restableció la obediencia al califa abasí; Egipto aportó desde entonces recursos y una legitimidad suní que reforzaron su posición.

Tras la muerte de Nur al-Din en 1174, extendió su autoridad por Siria y el norte de Mesopotamia. La dinastía ayubí nació de ese proceso, aunque dependía de pactos con parientes, emires y ciudades. Reunir fuerzas contra Jerusalén fue una obra administrativa y diplomática antes que una simple convocatoria religiosa.

La monarquía latina también atravesaba una crisis de mando. Guy de Lusignan, Raimundo de Trípoli y otros magnates discutían entre buscar una tregua o responder a cada incursión. Reinaldo de Châtillon atacó una caravana vinculada a Saladino pese a las treguas vigentes. El sultán respondió preparando una campaña general. No fue la reacción automática de dos religiones enfrentadas desde siempre, sino el resultado de una provocación, ambiciones dinásticas y cálculos de seguridad envueltos en retórica religiosa.

Hattin dejó la capital sin ejército

El 4 de julio de 1187, los ejércitos se encontraron cerca de los Cuernos de Hattin, junto al lago de Tiberíades. El mando cruzado abandonó Seforia, bien abastecida de agua, para marchar hacia Tiberíades, donde la esposa de Raimundo de Trípoli resistía un ataque. Saladino hostigó la columna, cortó sus accesos al agua y la obligó a combatir en terreno seco.

La derrota fue completa. Guy de Lusignan cayó prisionero, la reliquia de la Vera Cruz desapareció del campo de batalla y buena parte de la aristocracia militar quedó muerta o capturada. El ejército que podía proteger Jerusalén dejó de existir como fuerza operativa. En las semanas siguientes, Saladino recuperó casi todas las ciudades y fortalezas del interior; Tiro resistió bajo el mando de Conrado de Montferrato.

El rey Guy marcha a la batalla contra Saladino, acompañado del obispo Rufino de Acre.
El rey Guy marcha a la batalla contra Saladino, acompañado del obispo Rufino de Acre.

Hattin abrió el camino, pero no hizo inevitable cada paso. Saladino tuvo que distribuir tropas y decidir qué plazas merecían un asedio. Jerusalén quedó aislada, sin una hueste de socorro y con miles de refugiados dentro de sus murallas.

Veinte días ante las murallas

Las fuentes no coinciden por completo sobre el inicio del sitio. Los relatos árabes sitúan la llegada de Saladino alrededor del 21 de septiembre; Ernoul, cronista latino ligado a Balian de Ibelín, adelanta la fecha unos días. La tradición suele fijar el comienzo en torno al 20 de septiembre. El combate se prolongó poco más de una semana antes de la capitulación del 2 de octubre.

Balian había escapado de Hattin y se encontraba en Tiro. Pidió permiso para entrar en Jerusalén, recoger a su esposa María Comnena y ocuparse de su familia. Saladino le concedió un salvoconducto con la condición de que no tomara las armas y pasara allí una sola noche. El patriarca Heraclio y los habitantes le pidieron que organizara la defensa; Balian aceptó después de obtener la absolución de su juramento.

La guarnición era escasa. Según los relatos latinos, apenas quedaban dos caballeros supervivientes de Hattin. Balian armó a los hombres disponibles, elevó a jóvenes de la nobleza a la caballería y convirtió bienes de la Iglesia en recursos para pagar armas y defensores. Las murallas, la Torre de David y el desnivel ofrecían ventajas, pero faltaban soldados para cubrirlas.

La Ciudadela de Jerusalén, también conocida como la Torre de David.
La Ciudadela de Jerusalén, también conocida como la Torre de David.

Saladino probó el sector occidental y luego trasladó el campamento hacia el nordeste, cerca del monte de los Olivos y de la puerta de Josafat, donde podía acercar las máquinas de asedio. Arqueros y zapadores trabajaron bajo la protección de las catapultas. Cuando la muralla cedió, los defensores entendieron que una salida podía terminar en la destrucción de la ciudad.

La capitulación y el precio de salir

Las negociaciones comenzaron cuando la brecha hizo visible el desenlace. Las fuentes musulmanas cuentan que Saladino rechazó al principio una entrega incondicional y evocó el trato recibido por los habitantes de Jerusalén en 1099. Los relatos latinos describen la angustia de los civiles y el debate entre morir combatiendo o entregar la ciudad. Coinciden en lo básico: la defensa ya no podía sostenerse y Balian negociaba desde una posición extrema de debilidad.

El acuerdo se leyó por las calles el 2 de octubre. La población latina podía marcharse si pagaba un rescate: la crónica latina conservada por la Universidad de Fordham transmite diez besantes por varón adulto, cinco por mujer y uno por niño pequeño. Las cifras cambian según la fuente y no forman un censo exacto; sí muestran que la salida se organizó como un rescate colectivo, no como una amnistía.

Quien no podía pagar quedaba expuesto a la esclavitud. El hermano de Saladino, al-Adil, pidió que se liberara a mil cautivos y obtuvo permiso; también se dejó salir a ancianos sin recursos y algunos emires rescataron grupos concretos. Otros habitantes permanecieron cautivos. La comparación con 1099 es válida, pero se vuelve engañosa si borra la coerción, la desigualdad del rescate y el destino de quienes no reunieron el dinero.

La conservación de los santuarios cristianos tampoco fue un gesto aislado de benevolencia personal. Tras la toma, los consejeros de Saladino discutieron qué hacer con la Iglesia del Santo Sepulcro. La mayoría sostuvo que destruirla no impediría la veneración cristiana y que existían precedentes jurídicos para proteger sus edificios de culto. El templo no fue arrasado. Los latinos perdieron el control de la ciudad, mientras las comunidades cristianas orientales conservaron una presencia que las narrativas centradas en cruzados y sultanes suelen dejar en segundo plano.

Cúpula exterior de la Iglesia del Santo Sepulcro (Jerusalén)
Cúpula exterior de la Iglesia del Santo Sepulcro (Jerusalén)

La administración recuperó el uso islámico de la Explanada y permitió el regreso de judíos a Jerusalén, según la síntesis del Metropolitan Museum. No creó una convivencia moderna ni borró las jerarquías medievales. Fue una política de soberanía: proteger los lugares santos, atraer población y presentar la conquista como restauración del orden ayubí.

Una victoria que no acabó la guerra

La caída de Jerusalén produjo una conmoción inmediata en Occidente. En pocos días, el papa Gregorio VIII reclamó una nueva expedición. Ricardo de Inglaterra y Felipe Augusto de Francia tomaron la cruz; Federico Barbarroja emprendió una marcha terrestre que terminó con su muerte en Asia Menor. La Tercera Cruzada quedó fijada por la pérdida de la ciudad.

Los cruzados recuperaron Acre y conservaron posiciones en la costa. Ricardo y Saladino pactaron una tregua en 1192 que garantizó el acceso de los peregrinos cristianos a Jerusalén, pero no devolvió la ciudad al reino latino. Saladino había vencido en el objetivo que le dio fama, aunque no había eliminado la presencia política y militar de sus adversarios.

La ciudad todavía cambiaría de manos. En 1229, Federico II obtuvo Jerusalén mediante un acuerdo con el sultán ayubí al-Kamil; el pacto repartía derechos y espacios sagrados en vez de imponer una conquista absoluta. En 1244, fuerzas musulmanas volvieron a tomarla y los latinos no recuperaron de forma duradera la capital. 1187 fue una inflexión, no el último capítulo del conflicto.

Saladino quedó convertido en personaje ejemplar para memorias distintas: caballero generoso en parte de la literatura europea, campeón de la recuperación de al-Quds en la tradición musulmana. Ninguna imagen basta por sí sola. El gobernante que entró en Jerusalén había construido un sultanato, ganado una batalla de aniquilación, negociado rescates y usado la protección de los santuarios como herramienta de legitimidad. La historia de aquel 2 de octubre reside en la forma en que una ciudad santa, una derrota militar y una capitulación pactada reordenaron el Mediterráneo oriental.

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