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Siglo XX

Albert Einstein y la relatividad especial: el artículo publicado el 26 de septiembre de 1905

Cómo un texto de treinta páginas cambió la relación entre espacio, tiempo y movimiento

Carmen Puerta 06 de October de 2026 6 lecturas 10 min de lectura
Albert Einstein fotografiado alrededor de 1905, el año en que publicó la relatividad especial
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El 26 de septiembre de 1905, la revista alemana Annalen der Physik publicó un artículo de Albert Einstein titulado Zur Elektrodynamik bewegter Körper, «Sobre la electrodinámica de los cuerpos en movimiento». El texto ocupaba las páginas 891 a 921 del volumen 17. No llevaba la palabra «relatividad» en el título, no incluía una fotografía del autor y no prometía una nueva visión del universo. Era, en apariencia, un trabajo técnico sobre electricidad y magnetismo.

Su autor tenía veintiséis años y trabajaba como experto técnico de tercera clase en la Oficina Federal de la Propiedad Intelectual de Berna. Había enviado el manuscrito a la revista el 30 de junio, después de redactarlo en pocas semanas tras una conversación con Michele Besso. En aquel momento, Einstein no ocupaba una cátedra y apenas empezaba a hacerse un nombre entre los físicos. El artículo que llegó a los lectores en septiembre haría algo más que resolver una dificultad de la electrodinámica: convertiría la medida del tiempo en una cuestión física, no en el telón de fondo inmóvil que la mecánica de Newton había dado por supuesto.

ETH-BIB-Einstein, Albert (1879-1955) en la Oficina de Patentes de Berna-Retrato-Portr 05937
ETH-BIB-Einstein, Albert (1879-1955) en la Oficina de Patentes de Berna-Retrato-Portr 05937

La efeméride merece recordarse por el acontecimiento científico que contiene, no por la leyenda del genio solitario. Einstein no empezó desde una habitación vacía. Recogió problemas planteados por Maxwell, Lorentz, Poincaré y los experimentos sobre la luz, y los reunió en una teoría cuya audacia estuvo en tomar en serio las consecuencias de dos principios sencillos.

Un problema nacido con la electricidad

Durante el siglo XIX, la física había aprendido a describir la electricidad, el magnetismo y la luz como partes de una misma teoría. Las ecuaciones de James Clerk Maxwell daban a la luz una velocidad determinada en el vacío. La mecánica clásica, en cambio, parecía decir que las velocidades debían sumarse o restarse según el movimiento del observador. Si un tren avanza y alguien lanza una pelota desde uno de sus vagones, la velocidad medida desde el andén cambia. ¿Qué debía ocurrir con un rayo de luz?

La respuesta habitual apelaba al éter: un medio invisible que llenaría el espacio y permitiría que las ondas luminosas se propagasen. Si la Tierra se desplazaba a través de ese medio, un experimento podría detectar el llamado «viento de éter». En 1887, Albert A. Michelson y Edward W. Morley emplearon un interferómetro para comparar la velocidad de la luz en direcciones distintas. El resultado no mostró el desplazamiento esperado. No fue una prueba simple y definitiva de la relatividad —los experimentos tienen siempre un contexto y un margen de precisión—, pero sí dejó una herida abierta en la física del momento.

Hendrik Lorentz intentó salvar la teoría del éter con unas transformaciones matemáticas que explicaban por qué el resultado de Michelson y Morley podía salir nulo. También propuso que los cuerpos se contraían en la dirección de su movimiento. Henri Poincaré habló del principio de relatividad y examinó la sincronización de relojes. Las piezas estaban sobre la mesa, aunque todavía no componían una interpretación física completa. La dificultad consistía en aceptar que las fórmulas no describían meros trucos para ocultar el éter, sino una nueva relación entre las medidas de espacio y tiempo.

Experimento Michelson-Morley 1887
Experimento Michelson-Morley 1887

La oficina de Berna y la pregunta por los relojes

Einstein llegó a la oficina de patentes de Berna en 1902, después de no conseguir una plaza universitaria. Su trabajo consistía en examinar solicitudes de inventos y valorar si las propuestas eran técnicamente nuevas. No era un empleo ajeno a la ciencia: le obligaba a pensar en mecanismos, señales, transmisión de información y dispositivos para medir procesos. La paga regular le dio el tiempo que necesitaba para seguir leyendo y discutir física con un pequeño círculo de amigos.

En mayo de 1905, según el recuerdo recogido por la ETH de Zúrich, una conversación con Michele Besso ayudó a precipitar la idea que acabaría en el artículo de junio. Einstein partió de un problema que en los manuales suele parecer abstracto, pero que en el fondo es doméstico: ¿qué significa decir que dos sucesos lejanos ocurren al mismo tiempo?

Para responder, hay que sincronizar relojes. Un observador puede enviar una señal luminosa de un reloj a otro y corregir el tiempo de ida y vuelta. El procedimiento funciona, pero solo define la simultaneidad dentro de un sistema de referencia que se mueve de una determinada manera. Otro observador, desplazándose respecto al primero, puede asignar tiempos distintos a los mismos sucesos y seguir siendo perfectamente coherente. No hay un reloj universal escondido detrás de todos los demás.

El ejemplo del tren ayuda a imaginarlo. Dos relámpagos caen en los extremos de un convoy. Para una persona situada en el punto medio del andén, las señales pueden llegar al mismo tiempo. Para quien viaja en el tren, en cambio, el movimiento hacia una de las señales y alejándose de la otra altera el instante de llegada. La diferencia no se debe a un fallo de los relojes: nace de la forma en que espacio, movimiento y luz se combinan.

Dos postulados para rehacer el movimiento

El artículo de Einstein formuló dos puntos de partida. Las leyes de la física deben tener la misma forma para todos los observadores que se mueven unos respecto a otros con velocidad constante. La luz en el vacío debe propagarse con la misma velocidad para todos esos observadores, con independencia del movimiento de la fuente o de quien la mide.

La combinación era incómoda para la intuición, pero fértil para la teoría. Si la velocidad de la luz no cambia y las leyes físicas no privilegian un estado de reposo, entonces las medidas de espacio y tiempo no pueden mantenerse intactas al pasar de un observador a otro. Las transformaciones de Lorentz aparecían como la forma natural de traducir las coordenadas entre sistemas de referencia. El tiempo medido por un reloj en movimiento puede transcurrir más despacio respecto a otro; una longitud puede resultar menor en la dirección del movimiento; dos sucesos simultáneos para un observador pueden dejar de serlo para otro.

La palabra «relatividad» no significa que todo valga o que cada persona tenga su propia física. Al contrario: la teoría impone relaciones precisas entre las mediciones. Lo que desaparece es la idea de un tiempo absoluto idéntico para todos los observadores. Lo que permanece es una estructura común, expresada por la velocidad de la luz y por las leyes que describen los fenómenos.

Einstein también abandonó el éter como pieza necesaria. Si ningún experimento podía revelar un reposo absoluto y las ecuaciones funcionaban sin ese medio, la teoría podía prescindir de él. La relatividad especial no explicaba todavía la gravedad ni los movimientos acelerados: por eso era «especial». Su alcance estaba delimitado, pero dentro de ese territorio modificaba los cimientos de la mecánica.

Una teoría con antecedentes y una autoría nueva

La historia no encaja bien en la imagen de un descubrimiento que aparece sin pasado. Lorentz había obtenido antes las transformaciones que llevan su nombre; Poincaré había desarrollado el principio de relatividad y discutido la hora local; Michelson y Morley habían proporcionado un resultado experimental que no encajaba con el movimiento a través del éter. Einstein conocía parte de ese paisaje y discutía sus problemas con colegas y amigos.

Su aportación fue cambiar la pregunta. En lugar de preguntar cómo se mueve la Tierra respecto a un medio invisible, preguntó qué operaciones físicas permiten definir una longitud, una duración o la simultaneidad. La contracción de Lorentz dejó de ser una hipótesis añadida para explicar un resultado negativo. El tiempo local dejó de parecer una ficción matemática. El artículo construyó una electrodinámica en la que las mismas leyes podían ser válidas para observadores en movimiento relativo sin recurrir a un marco de reposo privilegiado.

La recepción inicial fue más rápida de lo que suele sugerir el mito del manuscrito ignorado. Max Planck incluyó la relatividad especial en su seminario de Berlín durante el curso 1905-1906, y Max von Laue empezó a trabajar en sus consecuencias. La teoría aún exigía asentarse, responder objeciones y adquirir una formulación matemática más amplia. En 1908, Hermann Minkowski la describió mediante un espacio-tiempo de cuatro dimensiones, una manera poderosa de reunir espacio y tiempo en una sola estructura geométrica.

Retrato de Max Planck - DPLA - 1b8e9e54560f4c4d23c673c95c7b2249 (página 2)
Retrato de Max Planck - DPLA - 1b8e9e54560f4c4d23c673c95c7b2249 (página 2)

De un artículo técnico a una nueva imagen del mundo

El mismo año, Einstein publicó otros trabajos sobre el efecto fotoeléctrico, el movimiento browniano y la relación entre la inercia y el contenido energético de un cuerpo. La célebre fórmula E=mc² pertenece a un artículo posterior de 1905, relacionado con la relatividad especial pero distinto del texto publicado el 26 de septiembre. La separación importa: la teoría no se reduce a una ecuación famosa. Su primera transformación fue conceptual y afectó a la manera de medir el tiempo y comparar movimientos.

La fama pública llegó más tarde. En 1919, las observaciones de un eclipse y la confirmación de una predicción de la relatividad general convirtieron a Einstein en una celebridad internacional. El Premio Nobel de Física de 1921 reconoció su explicación de la ley del efecto fotoeléctrico, no la relatividad. Para entonces, el rostro del físico ya circulaba como símbolo de una ciencia capaz de desafiar el sentido común, aunque el trabajo de 1905 había sido mucho más preciso y menos espectacular que esa imagen.

La publicación del 26 de septiembre no borró la física anterior. La mecánica de Newton sigue describiendo con enorme exactitud las velocidades y distancias de la vida cotidiana. Lo que hizo Einstein fue mostrar el límite de ese lenguaje y ofrecer otro que también podía incluirlo como aproximación. Desde entonces, un reloj dejó de ser un testigo neutral del mundo: forma parte del experimento, se mueve, recibe señales y debe ser comparado con otros relojes bajo condiciones definidas.

Ahí reside la fuerza histórica de aquel artículo. No estaba anunciando una rareza cósmica, sino examinando con cuidado palabras corrientes como «al mismo tiempo», «en reposo» y «medir». Al hacerlo, convirtió una tensión entre Maxwell y Newton en una teoría del espacio-tiempo. La portada de la revista solo registró un texto de física. Sus páginas cambiaron la pregunta que la física hacía al tiempo.

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