En la noche del 24 al 25 de septiembre de 1944, pequeños botes cruzaron el Bajo Rin bajo la lluvia y el fuego de los morteros. En la orilla norte, los restos de la 1.ª División Aerotransportada británica abandonaban el perímetro de Oosterbeek. Hacía una semana que combatían aislados, con munición escasa, radios que apenas funcionaban y centenares de heridos que no podían seguirlos. La operación que debía abrir la puerta de Alemania terminaba con una retirada silenciosa.
Aquel episodio fue la fase final de Market Garden, una de las apuestas más audaces de los Aliados en Europa occidental. El plan no era una aventura improvisada: respondía a un problema real. Tras la ruptura del frente de Normandía, los ejércitos aliados habían avanzado con tanta rapidez por Francia y Bélgica que sus suministros se habían quedado atrás. Bernard Montgomery propuso concentrar el esfuerzo en un solo corredor, tomar los puentes sobre los grandes ríos neerlandeses y cruzar el Rin antes de que Alemania pudiera recomponer sus defensas.
Una carretera hacia el Rin
Market Garden reunía dos operaciones con funciones distintas. Market era el lanzamiento de tres formaciones aerotransportadas: la 101.ª estadounidense debía asegurar los pasos cercanos a Eindhoven; la 82.ª, los de Nimega; y la 1.ª británica, reforzada por una brigada polaca, el puente de Arnhem. Garden era el avance del XXX Cuerpo británico desde la frontera belga. Las tropas de tierra tendrían que recorrer unos cien kilómetros y pasar por cada puente antes de alcanzar el último, sobre el Rin.
El premio, si todo salía bien, era enorme. Una cabeza de puente al norte del Rin permitiría rodear la Línea Sigfrido y lanzar a los blindados hacia el Ruhr, la región industrial alemana. Montgomery confiaba en acortar la guerra; algunos mandos llegaron a imaginar que el derrumbe del Reich podía producirse antes de Navidad. El precio de la apuesta era una dependencia extrema del calendario. Cada hora de retraso en un puente dejaba a las unidades siguientes esperando en una carretera estrecha, entre canales, terraplenes y zonas pantanosas.
El 17 de septiembre, los aviones comenzaron a aparecer sobre el sur de los Países Bajos. Decenas de miles de hombres descendieron en paracaídas o aterrizaron en planeadores. Para la población neerlandesa, después de cuatro años de ocupación, aquella armada en el cielo parecía el anuncio de la liberación. El primer día, varios objetivos cayeron en manos aliadas. El problema estaba más al norte: Arnhem no recibiría a sus refuerzos al mismo tiempo que Eindhoven y Nimega.
Arnhem queda demasiado lejos
La 1.ª División Aerotransportada no aterrizó junto al puente. Sus zonas de lanzamiento estaban a unos once kilómetros, una distancia considerable para soldados que debían moverse deprisa y combatir al mismo tiempo. La escasez de aviones obligó a repartir el traslado en varios días; una parte de la brigada polaca, además, quedó retenida por el mal tiempo. El dispositivo necesitaba sorpresa, pero entregó al enemigo tiempo para reaccionar.
La primera resistencia no fue la de una gran división blindada formada en orden de batalla. Fue un batallón de entrenamiento de las SS, mandado por Sepp Krafft, que improvisó un bloqueo en los bosques próximos a las zonas de aterrizaje. Aquel obstáculo cortó la ruta prevista para el reconocimiento británico y desvió a varias unidades hacia Oosterbeek. El avance dejó de ser una carrera hacia el puente y empezó a parecerse a una serie de combates separados.
Solo el 2.º Batallón de Paracaidistas, dirigido por el teniente coronel John Frost, alcanzó Arnhem con fuerza suficiente. La tarde del 17 de septiembre ocupó el extremo norte del puente de carretera. Unos setecientos cincuenta hombres quedaron atrincherados entre edificios y posiciones improvisadas, mientras el resto de la división intentaba abrirse paso desde el oeste. Frost no tenía el puente entero: al otro lado, los alemanes conservaban sus defensas y podían convertir cada intento de cruce en una matanza.
La imagen popular de Arnhem suele hablar de una inteligencia aliada que no vio los tanques alemanes. La realidad fue menos cómoda y más instructiva. Los servicios aliados conocían la presencia del II Cuerpo Panzer de las SS en la zona y sabían que sus divisiones estaban maltrechas. Lo que calcularon mal fue su capacidad de reorganización. Las divisiones 9.ª y 10.ª SS no eran ya las unidades completas de otros momentos de la guerra, pero todavía podían reunir grupos de combate, blindados y mandos experimentados. La información existía; la confianza en que el enemigo no tendría tiempo de emplearla pesó más.
El corredor que se atasca
Mientras Frost resistía en el puente, el XXX Cuerpo avanzaba desde el sur. La 101.ª División había tomado varios pasos, pero el puente de Son fue volado antes de que los estadounidenses pudieran asegurarlo. Hubo que levantar otro y la columna quedó sometida a ataques sobre una sola vía, bautizada por los soldados como Hell’s Highway. Un tanque inutilizado, un cráter o un grupo alemán junto a la carretera bastaban para detener una marcha que dependía de miles de vehículos.
La 82.ª División tuvo que conquistar el puente de Nimega mediante un asalto a través del Waal. La operación triunfó, pero consumió días que Arnhem no tenía. El 20 de septiembre, cuando los blindados británicos se acercaron por fin, la guarnición de Frost estaba agotada y el puente ya servía de paso a las fuerzas alemanas. El relevo se quedó a pocos kilómetros, demasiado lejos para los hombres que defendían el extremo norte.
La geografía hizo el resto. Los pantanos impedían desplegar los tanques fuera de la calzada; los atascos reducían el ritmo; los bosques de Arnhem limitaban el alcance de las radios. La división británica recibió suministros lanzados desde el aire, pero la nubosidad y la artillería alemana dificultaron que llegaran a quienes los necesitaban. El general Roy Urquhart, que había perdido el contacto con parte de sus unidades, terminó concentrando a sus hombres alrededor del hotel Hartenstein, en Oosterbeek. Allí se formó un perímetro estrecho, apoyado en el río, que cada día cedía un poco.
La llegada de los polacos no pudo resolver la situación. Una parte de la brigada cruzó el Rin en botes de goma y bajo fuego, pero lo hizo tarde y sin medios suficientes. El enlace con el XXX Cuerpo se produjo cuando la división ya estaba cercada. Market Garden había conseguido liberar Eindhoven y Nimega, y había empujado el frente hacia el norte, pero no había creado la cabeza de puente que daba sentido a toda la operación.
La noche de la retirada
El 24 de septiembre, los alemanes lanzaron sus ataques más duros contra el perímetro. Quince carros Tiger II golpearon el sector oriental mientras la artillería castigaba las casas ocupadas por los británicos. Una tregua médica permitió entregar unos 1.200 heridos a los alemanes, muchos de ellos atrapados en sótanos que podían incendiarse. Al caer la tarde, Urquhart apenas conservaba unos 1.800 hombres en condiciones de combatir.
La orden de retirada recibió el nombre de Operación Berlin. A las nueve de la noche comenzó un bombardeo de apoyo que se prolongaría durante once horas. Ingenieros británicos y canadienses llevaron treinta y siete botes hasta la ribera; los supervivientes tuvieron que avanzar por un frente de apenas setecientos metros mientras el enemigo disparaba desde las posiciones que había ganado. Cada embarcación hizo varios viajes. La oscuridad y la lluvia ocultaron el movimiento, pero el amanecer obligó a detenerlo.
Unos 2.100 soldados lograron regresar a las líneas aliadas. Cerca de 7.500 quedaron muertos o fueron hechos prisioneros. Los heridos que no pudieron cruzar permanecieron bajo la responsabilidad de médicos y voluntarios; para la población local, la batalla no terminó con el último bote. Arnhem fue evacuada por orden alemana y sufrió saqueos y deportaciones. La zona liberada al sur del Rin quedó separada de las provincias septentrionales, que seguirían bajo ocupación durante el invierno.
Una derrota con consecuencias largas
Market Garden no fue un fracaso absoluto en el sentido territorial. Los Aliados conquistaron ciudades, aseguraron parte del corredor y liberaron buena parte del sur neerlandés. Tampoco fue la victoria rápida que el plan prometía. El Rin siguió siendo una barrera; el avance hacia Alemania tuvo que reorganizarse en un frente más amplio y el cruce decisivo se retrasó alrededor de seis meses.
Ese retraso tuvo un coste civil. En el norte y el oeste de los Países Bajos, todavía controlados por Alemania, el transporte y el suministro empeoraron durante el invierno de 1944-1945. La llamada Hongerwinter, el invierno del hambre, provocó una crisis alimentaria en la que murieron unos 20.000 civiles, según el National WWII Museum. No todo ese sufrimiento puede atribuirse a una sola decisión militar: pesaron el bloqueo, la ocupación, el frío y el colapso de las comunicaciones. Pero el fracaso en Arnhem dejó a millones de personas al otro lado de la línea de liberación.
La lección de Arnhem no consiste en que las operaciones audaces sean siempre un error. Los Aliados necesitaban cruzar el Rin y buscaban una forma de romper el sistema defensivo alemán. El problema fue convertir una posibilidad estrecha en una certeza de calendario: tres aterrizajes separados, un único corredor terrestre, puentes que podían ser destruidos y un enemigo que aún sabía improvisar. En la noche del 25 de septiembre, los botes que regresaban desde Oosterbeek no transportaban solo a una división derrotada. Llevaban la prueba de que la velocidad, sin margen para el terreno, la información y el tiempo, puede transformar una buena idea en una trampa.