El 27 de septiembre de 1940, mientras la aviación alemana golpeaba Gran Bretaña y el ejército japonés llevaba tres años atascado en China, tres diplomáticos firmaron un documento de seis artículos en Berlín. Joachim von Ribbentrop firmó por Alemania, Galeazzo Ciano por Italia y Saburō Kurusu por Japón. Adolf Hitler asistió a la ceremonia. El tratado tendría una duración prevista de diez años y prometía ayuda política, económica y militar entre los tres gobiernos.
La escena suele presentarse como el nacimiento del Eje Berlín-Roma-Tokio. La fórmula sirve, pero simplifica demasiado. El Pacto Tripartito no creó un estado mayor conjunto ni una estrategia única. Fue un acuerdo entre tres potencias revisionistas que querían deshacer el orden internacional surgido después de 1919, cada una con su propio mapa imperial. Su propósito inmediato consistía en intimidar a Estados Unidos y reconocer por escrito que Europa y Asia oriental quedarían bajo jefaturas distintas.
Una alianza antes de tener nombre
El pacto no apareció de la nada. Alemania e Italia habían acercado sus políticas exteriores en 1936, después de que la Sociedad de Naciones sancionara a Mussolini por la invasión de Etiopía. El tratado de amistad firmado el 25 de octubre de aquel año dio pie a la expresión «Eje Roma-Berlín». Un mes más tarde, Alemania y Japón suscribieron el Pacto Antikomintern, dirigido contra la Internacional Comunista y pensado, en la práctica, para contener a la Unión Soviética. Italia se incorporó en 1937.
La cooperación germano-italiana adquirió una dimensión militar con el Pacto de Acero de mayo de 1939. Para entonces, Japón había ocupado Manchuria y combatía en China; Italia había conquistado Etiopía; Alemania había absorbido Austria y los Sudetes. Los gobiernos no compartían una doctrina idéntica, pero sí una hostilidad hacia la seguridad colectiva, las fronteras heredadas de la Primera Guerra Mundial y la influencia británica y francesa. Su alternativa era un mundo de imperios, jerarquías raciales y territorios ganados por la fuerza.
Lo que decía el texto de Berlín
El preámbulo hablaba de que cada nación debía ocupar «su lugar propio» y de establecer un «nuevo orden» en Europa y en la Gran Asia Oriental. Los dos primeros artículos repartían la primacía: Japón reconocía el liderazgo de Alemania e Italia en Europa; Berlín y Roma reconocían el de Tokio en Asia oriental. No era una descripción neutral del mundo. Era la legitimación diplomática de conquistas que ya estaban en marcha y de otras que todavía se preparaban.
El artículo tercero comprometía a los firmantes a ayudarse con medios políticos, económicos y militares si uno de ellos sufría un ataque de una potencia que no estuviera implicada en la guerra europea o en el conflicto chino-japonés. La condición dejaba fuera a los enemigos con los que Alemania, Italia o Japón ya combatían. Tampoco creó un mando común. El artículo cuarto preveía comisiones técnicas; el quinto aclaraba que el acuerdo no alteraba las relaciones políticas existentes con la Unión Soviética; el sexto fijaba la vigencia de diez años.
El tratado fue una alianza, pero no una declaración automática de guerra contra cualquier adversario de uno de sus miembros. La redacción permitía a Tokio conservar margen de decisión frente a Gran Bretaña y Estados Unidos, y a Berlín no comprometerse de inmediato con una guerra contra la Unión Soviética. Las palabras «nuevo orden» tenían una resonancia común; las obligaciones concretas estaban llenas de límites.
Tres cálculos en una misma sala
Para Berlín, el objetivo era ganar tiempo y aislar a Washington. El verano de 1940 había cambiado el tablero. Francia había sido derrotada y Gran Bretaña seguía resistiendo. La entrada de Estados Unidos en la guerra podía convertir una victoria continental en una lucha de recursos contra una potencia industrial muy superior. El acuerdo con Japón debía funcionar como advertencia: si Washington atacaba a Alemania o Italia, se arriesgaba a afrontar un conflicto en dos océanos. Ribbentrop esperaba que la alianza frenara la ayuda estadounidense a Londres y que Tokio presionara a las posesiones británicas en Asia.
La diplomacia alemana también tanteó la posibilidad de incorporar a la Unión Soviética a un bloque continental. La visita de Viacheslav Mólotov a Berlín en noviembre de 1940 mostró que el pacto no había cerrado ese juego, pero las conversaciones acabaron sin acuerdo. Las ambiciones de Hitler en Europa oriental chocaban con las exigencias soviéticas en los Balcanes y el estrecho turco. Menos de un año después, Alemania atacaría a la Unión Soviética.
Italia había entrado en la guerra en junio de 1940, cuando la derrota francesa parecía inminente. Mussolini esperaba obtener un imperio mediterráneo y africano con un coste limitado, pero la campaña pronto mostró la distancia entre sus aspiraciones y sus recursos. El Pacto Tripartito ofrecía a Roma reconocimiento y una posición en el reparto del futuro, aunque no resolvía la escasez de combustible, transporte y armamento que lastraba sus operaciones.
Japón buscaba aprovechar el derrumbe de las potencias coloniales europeas. La llamada Esfera de Coprosperidad de la Gran Asia Oriental prometía expulsar a los imperios occidentales, pero bajo una dirección japonesa y con el control de materias primas, puertos y gobiernos subordinados. El artículo segundo del pacto daba a esa expansión un reconocimiento que Tokio no había conseguido por la vía diplomática.
El gobierno japonés presentó el tratado como un instrumento defensivo y como una manera de disuadir a Estados Unidos. La fórmula escondía una tensión: el ejército quería avanzar hacia el sur, donde estaban el petróleo y el caucho de las colonias neerlandesas y británicas; la marina temía que el choque con Washington superara la capacidad industrial del país. La alianza podía intimidar a los estadounidenses, pero también confirmaba que Japón había elegido una política de expansión que hacía cada vez más difícil una salida negociada.
Una firma que alteró el cálculo internacional
En Washington, el tratado se leyó como la confirmación pública de que Japón, Alemania e Italia actuaban dentro de un mismo bloque agresivo. Estados Unidos no entró en la guerra al día siguiente, pero aceleró el rearme, amplió la ayuda a China y endureció las restricciones comerciales contra Tokio. El Pacto Tripartito enlazaba dos conflictos que hasta entonces podían parecer separados: la guerra europea y la guerra de Japón en China. La administración de Franklin D. Roosevelt empezó a considerar que una victoria japonesa en Asia afectaría directamente al equilibrio del Pacífico.
El camino hacia Pearl Harbor no puede reducirse a una sola firma. También pesaron la guerra de China, la ocupación japonesa de Indochina, el embargo de materias primas y el fracaso de las negociaciones entre Tokio y Washington. El 7 de diciembre de 1941 Japón atacó la flota estadounidense; cuatro días después Alemania e Italia declararon la guerra a Estados Unidos. El pacto había contribuido a crear el marco político de esa escalada, pero sus firmantes no habían coordinado el ataque ni compartían un plan de operaciones común.
La Unión Soviética ocupaba otro lugar en el cálculo. El artículo quinto dejaba intacta la relación que cada miembro mantenía con Moscú, una precaución nacida de la incertidumbre. Japón firmó en abril de 1941 un pacto de neutralidad con los soviéticos y no abrió un frente en Siberia cuando Alemania invadió la URSS en junio. Berlín, Roma y Tokio habían dibujado esferas de influencia en el papel; sus intereses no formaban una cadena militar continua.
La potencia de la ceremonia y el límite de la alianza
La imagen de los tres gobiernos firmando juntos tuvo un efecto que no dependía de la eficacia de sus estados mayores. La propaganda organizó aniversarios, intercambios de telegramas y ceremonias para exhibir unidad. El historiador Christian Goeschel ha señalado que esas representaciones públicas no fueron un simple decorado: ayudaron a mantener cohesionados a unos regímenes que sospechaban de sus aliados y necesitaban convencer a sus poblaciones, a los países neutrales y a sus enemigos de que el Eje era una fuerza mundial.
La estructura real era más débil. A diferencia de los Aliados, las potencias del Eje nunca levantaron instituciones capaces de dirigir una política exterior común o coordinar sus operaciones militares. Hungría, Rumanía, Eslovaquia, Bulgaria y Croacia se adhirieron después, pero los tres firmantes originales no les concedieron el mismo rango. Cada incorporación ampliaba la apariencia de un bloque; no resolvía la rivalidad entre los objetivos alemanes, italianos y japoneses.
El tratado tampoco sobrevivió a las derrotas que había pretendido evitar. Italia se derrumbó antes que Alemania; el Reich terminó derrotado en Europa en 1945 y Japón capituló ese mismo año. Falló como mecanismo de coordinación, pero produjo un efecto duradero: hizo visible que la guerra de Europa y la de Asia formaban parte de una crisis mundial.
El Pacto Tripartito se entiende mejor como un programa imperial que como una amistad entre dictaduras. Sus artículos reconocían fronteras de conquista, prometían ayuda selectiva y dejaban abiertas las disputas entre sus propios miembros. El 27 de septiembre de 1940, Berlín, Roma y Tokio no repartieron un mundo pacificado. Declararon quiénes querían gobernarlo y bajo qué reglas. La respuesta de sus adversarios, y la resistencia de los pueblos que pretendían someter, convertirían aquella ceremonia de unidad en el acta de una alianza incapaz de ganar la guerra que había ayudado a ensanchar.