El 3 de septiembre de 1783, en dos edificios distintos separados por una veintena de kilómetros, varios hombres firmaron su nombre al pie de cuatro tratados de paz distintos en el espacio de unas pocas horas. En París, los representantes de Gran Bretaña y de las trece colonias americanas rubricaron el documento que ponía fin a la guerra que había empezado en Lexington ocho años antes. En el Palacio de Versalles, los mismos negociadores británicos firmaron por separado con Francia y con España. No era una guerra americana que otros países hubieran decidido observar de lejos: era un conflicto que, desde 1778, se había extendido por el Caribe, el Mediterráneo, la India y el golfo de México, y que había puesto a prueba a media Europa.
Para las trece colonias, aquel 3 de septiembre significó el reconocimiento formal de su independencia y el trazado de una frontera que llegaba hasta el Misisipi. Para España, que llevaba cuatro años combatiendo contra Gran Bretaña sin haber firmado nunca una alianza directa con los rebeldes americanos, el tratado cerraba una cuenta pendiente que venía de veinte años atrás.
Una guerra que dejó de ser solo americana
España entró en el conflicto en junio de 1779, no por simpatía hacia la causa de Filadelfia ni por afinidad ideológica con unos colonos que además profesaban mayoritariamente el protestantismo, sino por el llamado Pacto de Familia que la unía a Francia desde 1761. El ministro Floridablanca, que dirigía la política exterior de Carlos III, vio en la guerra británica una oportunidad clara: recuperar Menorca y las dos Floridas, cedidas a Gran Bretaña en el Tratado de París de 1763 tras la derrota española en la guerra de los Siete Años, y quizá también Gibraltar, perdido desde 1704.
La estrategia española se movió en dos frentes muy distintos. Uno, en Europa, centrado en el peñón de Gibraltar. Otro, al otro lado del Atlántico, en el golfo de México y el valle del Misisipi, donde un joven militar malagueño llamado Bernardo de Gálvez se convertiría en la pieza más eficaz del esfuerzo bélico español.
El asedio que no cayó: Gibraltar
El Gran Sitio de Gibraltar se prolongó desde junio de 1779 hasta febrero de 1783, casi cuatro años de bloqueo terrestre y naval contra una guarnición británica que resistió gracias a varios convoyes de socorro que lograron romper el cerco. El intento más ambicioso de tomar la plaza por asalto llegó el 13 de septiembre de 1782, cuando la flota hispanofrancesa lanzó contra el peñón diez baterías flotantes, buques blindados y reforzados que debían soportar el fuego de la artillería británica desde muy corta distancia. El plan fracasó: los proyectiles al rojo vivo de los defensores incendiaron varias baterías y la operación terminó en un desastre que enterró cualquier esperanza realista de recuperar Gibraltar por la fuerza.
Aquel fracaso pesaría después en la mesa de negociaciones. España había puesto enormes recursos humanos y navales en un objetivo que no cayó, y llegaría a Versalles con una baza de menos para intercambiar.
Bernardo de Gálvez y la reconquista de la Florida
Mientras Gibraltar resistía, en América el balance era muy distinto. Gálvez, gobernador de Luisiana desde 1777 y sobrino del ministro de Indias José de Gálvez, encadenó una serie de campañas contra los puestos británicos del golfo de México con una rapidez que sorprendió a sus propios superiores. Tomó Manchac y Baton Rouge en 1779, Mobila en 1780 y, en la operación más ambiciosa de todas, puso sitio a Pensacola, capital de la Florida Occidental británica.
El asedio de Pensacola comenzó el 9 de marzo de 1781 con poco más de 1.300 soldados españoles y se prolongó dos meses, durante los cuales Gálvez recibió refuerzos hasta reunir cerca de 7.800 hombres entre tropas españolas, francesas y milicias criollas. El 8 de mayo, un proyectil español hizo explotar el polvorín del reducto principal británico, matando a un centenar de sus defensores de golpe. Dos días después, el 10 de mayo de 1781, la guarnición británica, de aproximadamente 1.600 hombres, se rindió con sus banderas, 123 cañones y todo su material de guerra. España sufrió 74 muertos y 198 heridos; los británicos, 105 muertos y 382 heridos, además de más de mil prisioneros.
La victoria de Pensacola devolvió a España el control de toda la Florida Occidental y abrió el camino, un año después, a la conquista de Nasáu y las Bahamas. Por aquella hazaña, Carlos III concedió a Gálvez el título de conde y el permiso para incluir en su escudo de armas el lema «Yo solo», en recuerdo del momento en que, según la tradición militar española, forzó personalmente la entrada de su bergantín en la bahía de Pensacola cuando ningún otro capitán se atrevió a seguirlo.
La partida diplomática de Aranda y Floridablanca
Las victorias sobre el terreno no se traducen automáticamente en ganancias en una mesa de negociaciones, y ahí entró el trabajo de dos hombres. En Madrid, Floridablanca marcaba las líneas rojas: recuperar Menorca y ambas Floridas era innegociable, Gibraltar era deseable pero no a cualquier precio. En París, el conde de Aranda, antiguo capitán general de Castilla y embajador de larga experiencia, llevaba el peso de las conversaciones directas con los negociadores británicos, franceses y estadounidenses.
Las negociaciones se alargaron durante buena parte de 1782 y 1783, complicadas por los intereses cruzados de cuatro potencias que no siempre coincidían. Francia quería debilitar a Gran Bretaña sin fortalecer en exceso a España en América; Estados Unidos negociaba en paralelo con los británicos sin informar siempre a sus aliados franceses y españoles de los términos que iba aceptando, algo que en Madrid y Versalles se vivió con recelo. Finalmente, el 20 de enero de 1783 se firmaron los artículos preliminares angloespañoles, y el 3 de septiembre llegó el tratado definitivo.
Lo que ganó España y lo que se le escapó
El resultado, sobre el papel, fue el mejor balance territorial español desde hacía décadas. España recuperó Menorca, ocupada de nuevo por sus tropas desde febrero de 1782, y ambas Floridas: la Occidental, ya en manos españolas por las armas de Gálvez, y la Oriental, que Gran Bretaña entregó por vía diplomática y que se formalizó el 12 de julio de 1784. A cambio, España devolvió a Gran Bretaña las Bahamas, conquistadas el año anterior. Gibraltar, el objetivo que más ilusión había despertado en la corte de Carlos III, quedó fuera del acuerdo: seguiría siendo británico, como lo es hoy.
Hubo también un detalle simbólico que retrata bien la naturaleza multilateral de aquella paz: el pintor estadounidense Benjamin West recibió el encargo de representar a los comisionados de su país durante las negociaciones de París, pero la delegación británica se negó a posar para el cuadro. La obra, conocida como «Comisionados americanos de las negociaciones preliminares de paz con Gran Bretaña», quedó inacabada, con la mitad derecha del lienzo en blanco donde deberían aparecer los representantes británicos.
Un tratado, cuatro firmas, un vecino nuevo
La paz de 1783 no cerró del todo la partida entre España y la joven república. La frontera de Florida con Estados Unidos quedó definida de forma ambigua, y la navegación del Misisipi, vital para los colonos que se instalaban al oeste de los Apalaches, siguió siendo motivo de fricción durante más de una década. El asunto no se resolvió hasta el Tratado de San Lorenzo de 1795, que fijó límites más precisos y concedió a los estadounidenses el derecho de depósito en Nueva Orleans.
Lo que hace especialmente interesante este episodio es el contraste entre dos formas de medir una guerra. En el terreno, España ganó casi todo lo que se propuso salvo Gibraltar: Pensacola, Mobila, Nasáu, la reconquista completa de la Florida. En la mesa de negociaciones, sin embargo, tuvo que aceptar que su gran objetivo simbólico, recuperar el peñón perdido en 1704, seguía fuera de su alcance, y que el precio de la victoria incluía la aparición en su frontera americana de una potencia nueva y con apetito territorial, algo que ningún diplomático de Madrid o Versalles supo calcular del todo en 1783.
Hoy el Tratado de Versalles suele recordarse casi exclusivamente como el acta de nacimiento diplomático de Estados Unidos, y es verdad que lo fue. Pero aquel 3 de septiembre se firmaron cuatro documentos, no uno, y durante un tiempo el reparto territorial que más celebraron en Madrid no fue la independencia americana, sino la bandera española ondeando de nuevo sobre Pensacola y Mahón.