El 30 de septiembre de 1938, Neville Chamberlain bajó del avión en el aeródromo de Heston con una hoja de papel en la mano. El primer ministro británico acababa de regresar de Múnich y enseñaba al público una declaración firmada junto a Adolf Hitler. Había viajado a Alemania tres veces en dos semanas para evitar una guerra por los Sudetes, la franja fronteriza de Checoslovaquia donde vivían alrededor de tres millones de germanoparlantes. En Londres, muchos recibieron la noticia con alivio. Chamberlain habló de paz para su tiempo.
La escena condensaba una ilusión y una renuncia. El acuerdo no era un tratado negociado con Praga, sino el mecanismo por el que cuatro potencias —Alemania, Italia, Francia y el Reino Unido— decidían la entrega de una parte del territorio checoslovaco. La conferencia empezó el 29 de septiembre y el documento quedó fechado ese día, aunque la firma se completó durante la madrugada siguiente. Múnich evitó una guerra inmediata, pero dejó a Checoslovaquia sin sus defensas fronterizas y convenció a Hitler de que sus adversarios preferían ceder antes que enfrentarse a él.
Una crisis construida alrededor de una minoría
Checoslovaquia había nacido en 1918 de la descomposición del Imperio austrohúngaro. Era una democracia parlamentaria con una población diversa: checos y eslovacos formaban el núcleo del Estado, pero también vivían en él alemanes, húngaros, polacos, rutenos y judíos. Los alemanes de Bohemia y Moravia no eran recién llegados ni una comunidad inventada por Berlín. La nueva frontera los había convertido en minoría dentro de un país que antes pertenecía a un imperio distinto. Esa tensión podía discutirse con autonomía y derechos lingüísticos. Hitler eligió otro camino.
En 1933, el Partido Alemán de los Sudetes de Konrad Henlein se convirtió en el principal vehículo de la presión nacionalista. Sus dirigentes reclamaban autonomía y presentaban al Estado checoslovaco como opresor, mientras mantenían el contacto con el régimen nazi. El 24 de abril de 1938, el llamado Programa de Karlsbad exigió un grado de autogobierno que habría vaciado de autoridad a Praga. El Deutsches Historisches Museum ha señalado que Hitler había ordenado a Henlein formular demandas que el Gobierno checoslovaco no pudiera aceptar. La disputa sobre una minoría servía así para fabricar una crisis de soberanía.
Catorce días al borde de la guerra
Chamberlain quiso actuar como mediador. El 15 de septiembre se reunió con Hitler en Berchtesgaden; regresó a Londres convencido de que una cesión territorial limitada podía satisfacer al canciller alemán. El Gobierno británico presionó a Praga para que aceptara el principio de entregar los distritos con mayoría alemana. Francia, aliada de Checoslovaquia, no quería combatir sin el Reino Unido. La política de apaciguamiento se alimentaba del recuerdo de 1914-1918, de la debilidad de la Sociedad de Naciones, de la incertidumbre militar y del temor a que cualquier choque local incendiara Europa.
La concesión no cerró la crisis. En Bad Godesberg, el 22 de septiembre, Hitler presentó nuevas exigencias: la evacuación inmediata de los Sudetes y la entrada de tropas alemanas a partir del 1 de octubre. El plazo convertía la negociación en ultimátum. Praga decretó la movilización general el 23 de septiembre. El ejército checoslovaco estaba dispuesto a defender la frontera, pero su Gobierno comprendió que podía verse solo frente a Alemania y, quizá, frente a sus propios aliados. La Unión Soviética aparecía en los acuerdos diplomáticos, aunque su ayuda dependía de una intervención francesa y la geografía hacía incierta cualquier operación militar.
En Gran Bretaña se cavaron trincheras, se distribuyeron máscaras antigás y las familias discutieron qué hacer si empezaba una guerra. El 27 de septiembre, Chamberlain preguntó por radio cómo era posible preparar refugios por una disputa en un país lejano. La frase expresaba una distancia real, pero también una percepción equivocada: se estaba probando si una democracia podía conservar su territorio cuando un vecino amenazaba con destruirla.
Mussolini intervino cuando la guerra parecía inminente. Su propuesta de una conferencia de cuatro potencias ofreció a todos una salida: Hitler podía presentarse como estadista satisfecho, Chamberlain como negociador de la paz y Mussolini como árbitro europeo. Édouard Daladier, primer ministro francés, llegó a Múnich con menos margen del que sugería la fotografía oficial. La decisión ya estaba condicionada por la presión anglo-francesa sobre Praga y por el miedo a que rechazarla hiciera responsable a Checoslovaquia de la guerra.
La conferencia sin Checoslovaquia
Hitler, Mussolini, Chamberlain y Daladier se reunieron en Múnich los días 29 y 30 de septiembre. El Gobierno checoslovaco no participó en la discusión. Tampoco lo hizo la Unión Soviética, aunque Checoslovaquia tenía con ella un tratado de asistencia ligado al compromiso francés. Praga recibió el resultado, no una invitación a negociarlo. Los cuatro firmantes se comprometían a garantizar la ejecución de la cesión, mientras el Estado afectado debía organizar su propia retirada.
El texto establecía que la evacuación comenzaría el 1 de octubre y terminaría el día 10. Las tropas alemanas ocuparían por etapas las zonas señaladas por una comisión internacional. En algunos territorios podía celebrarse un plebiscito; se reconocía también un derecho de opción para quienes quisieran trasladarse y se obligaba a Praga a liberar de sus fuerzas militares y policiales a los sudetes que lo solicitaran, incluidos presos condenados por delitos políticos. La promesa de una garantía internacional de las fronteras quedaba pendiente de que se resolvieran las reclamaciones polacas y húngaras.
El lenguaje de la autodeterminación daba al acuerdo una apariencia de justicia, pero la operación no fue un plebiscito general sobre el futuro de los Sudetes. Las potencias decidieron primero la transferencia y dejaron los detalles a una comisión. El principio que se invocaba para proteger a una minoría se aplicaba sin consultar a la mayoría del país que iba a perder su territorio. Esa contradicción explica que en Checoslovaquia se hablase del diktat de Múnich o de la traición de Múnich, mientras que en Londres el pacto fue recibido como una victoria diplomática.
La paz que deshizo el Estado
Entre el 1 y el 10 de octubre, la Wehrmacht ocupó los Sudetes. La propaganda nazi presentó la entrada de las tropas como el regreso de una población alemana al Reich. Para miles de checos, judíos y opositores locales significó abandonar casas, trabajos y redes familiares. El Museo del Holocausto de Estados Unidos registra que decenas de miles de judíos huyeron desde los territorios cedidos hacia las zonas que aún permanecían bajo control checoslovaco. La frontera había cambiado en un papel; para quienes vivían allí, el cambio llegó con uniformes, registros y expulsiones.
La mutilación no terminó en Múnich. Polonia ocupó la región de Těšín, en la Silesia checa, y el Primer Arbitraje de Viena entregó a Hungría zonas del sur de Eslovaquia y de la Rutenia subcarpática. El Estado checoslovaco quedó reducido y sometido a una crisis interna. En marzo de 1939, Hitler reclamó la separación de Eslovaquia y convirtió Bohemia y Moravia en un protectorado alemán. La ocupación de Praga, el 15 de marzo, no podía justificarse ya como la reunificación de alemanes: era la toma de las tierras checas.
Con ello, Hitler incumplió la promesa de no formular nuevas reclamaciones territoriales. Parte de la oficialidad alemana había contemplado actuar contra él si lanzaba al país a una guerra arriesgada. La victoria sin combate de Múnich elevó su popularidad y dejó a los conspiradores sin el apoyo social que esperaban. La diplomacia que pretendía ganar tiempo para la paz reforzó, en la práctica, al régimen que se preparaba para una guerra continental.
Qué dejó Múnich en la memoria europea
La palabra apaciguamiento quedó desde entonces cargada de reproche. Churchill había advertido que la partición de Checoslovaquia entregaba a las democracias occidentales ante la amenaza nazi. La historia posterior pareció darle la razón: seis meses después de la conferencia, el ejército alemán estaba en Praga; once meses después, Alemania invadía Polonia y el Reino Unido y Francia entraban en la Segunda Guerra Mundial. Aun así, reducir el episodio a la cobardía de un solo dirigente borra las decisiones colectivas, los límites militares y el miedo de sociedades que acababan de salir de una matanza industrial.
La cuestión histórica no consiste en decidir si toda negociación con una potencia agresiva es un error. Chamberlain y Daladier intentaban evitar una guerra para la que sus países no se sentían preparados, y Múnich dio a Gran Bretaña algunos meses más para rearmarse. Pero una cosa es ganar tiempo mediante una tregua verificable y otra entregar a un Estado aliado sin su participación, confiar en la palabra de un expansionista y llamar paz a una frontera impuesta. El acuerdo confundió el alivio de una crisis con su solución.
Por eso Múnich conserva su lugar en la historia de Europa. No fue el único paso hacia la guerra ni una explicación completa del conflicto que comenzó en 1939. Fue una demostración de lo que ocurre cuando las garantías no tienen fuerza, la diplomacia excluye al país que paga el precio y el agresor aprende que cada amenaza produce una concesión mayor. Aquel papel que Chamberlain levantó ante las cámaras prometía tranquilidad. Lo que certificaba, en realidad, era que el orden europeo podía ser desmantelado en una sala de reuniones sin que nadie disparase un tiro.