El sábado 6 de octubre de 1973, poco después de las dos de la tarde, las sirenas interrumpieron el silencio de Yom Kippur. En Israel, el día de la expiación había detenido la vida pública: no circulaban los transportes habituales, la radio guardaba silencio y miles de reservistas estaban en sus casas o en las sinagogas. Al otro lado de las líneas de alto el fuego, Egipto y Siria habían preparado una ofensiva coordinada. Las baterías artilleras egipcias abrieron fuego sobre el Sinaí y los soldados cruzaron el canal de Suez; en el norte, las fuerzas sirias atacaron los Altos del Golán.
En el mundo árabe, aquel conflicto recibió nombres distintos: guerra de Octubre, guerra de Ramadán o guerra de Tishrín. Cada nombre expresaba una memoria política: para Egipto, el cruce del canal reparaba la humillación de 1967; para Israel, el ataque en el día más sagrado del calendario judío se convirtió en el símbolo de un fallo de inteligencia.
Una paz armada después de 1967
Para entender la ofensiva hay que volver a la guerra de los Seis Días. En junio de 1967, Israel ocupó la península del Sinaí y la franja de Gaza, los Altos del Golán y la Cisjordania, incluido Jerusalén Este. Egipto y Siria perdieron territorios que no podían recuperar por medios diplomáticos mientras Israel se sintiera capaz de conservarlos sin pagar un precio alto. La resolución 242 del Consejo de Seguridad de la ONU pidió la retirada israelí de los territorios ocupados y el reconocimiento de todos los Estados de la región, pero su lenguaje dejó espacio para interpretaciones enfrentadas y no produjo un acuerdo.
El canal de Suez quedó convertido en una frontera militar. Israel instaló en su orilla oriental una cadena de fortificaciones conocida como la línea Bar-Lev, mientras Egipto desplegaba artillería y misiles antiaéreos en la ribera occidental. La guerra de Desgaste, entre 1969 y 1970, mostró que la calma era provisional. También dejó una lección: la aviación israelí podía dominar el cielo, pero las defensas antiaéreas soviéticas entregadas a Egipto podían hacer costoso cualquier avance.
Anuar el Sadat, sucesor de Gamal Abdel Nasser desde 1970, heredó el territorio perdido y una población que esperaba una respuesta. Primero tanteó la vía negociadora. En 1971 propuso una retirada israelí limitada y la reapertura del canal; las conversaciones no prosperaron. Washington y Jerusalén confiaban en que el equilibrio militar disuadiría a El Cairo. Sadat llegó a la conclusión contraria: una guerra limitada podía romper el bloqueo diplomático aunque no conquistara el Sinaí entero. Reconstruyó el ejército egipcio con material soviético y coordinó sus planes con el presidente sirio Hafez al-Asad, que quería recuperar el Golán.
El día en que falló la alarma
La elección de la fecha fue una decisión militar y política a la vez. El 6 de octubre coincidía con Yom Kippur y con el mes de Ramadán. El mando egipcio esperaba que la festividad ralentizara la movilización israelí; el sirio, que la presión simultánea en el norte impidiera a Israel concentrar sus reservas en un solo frente. Las maniobras y los movimientos de tropas se presentaron como ejercicios rutinarios. La inteligencia israelí recibió indicios, pero su interpretación quedó atrapada en una premisa: los ejércitos árabes no atacarían hasta disponer de una superioridad que no tenían.
La llamada “concepción” no fue un simple descuido de última hora. Era una forma de leer la región nacida de la victoria de 1967. Israel había ampliado su profundidad estratégica y sus mandos confiaban en que unas pocas unidades blindadas aguantarían hasta que llegasen los reservistas. Golda Meir rechazó lanzar un ataque preventivo, entre otras razones porque temía perder el respaldo estadounidense si Israel aparecía como el agresor. La decisión dejó al ejército regular frente a una ofensiva de una escala mayor de la prevista.
En el Sinaí, los ingenieros egipcios abrieron pasos en los terraplenes de arena y tendieron puentes mientras la infantería ocupaba la orilla oriental. La línea Bar-Lev, presentada durante años como una barrera casi inexpugnable, no detuvo el cruce. La cobertura de misiles tierra-aire redujo la libertad de acción de la aviación israelí y los equipos portátiles antitanque frenaron varios contraataques. En el Golán, las unidades sirias avanzaron entre posiciones israelíes muy inferiores en número. Durante los primeros días, la impresión de que Israel había perdido el control de la situación era la realidad del frente.
La batalla en dos frentes
Egipto no pretendía marchar hasta Tel Aviv. Su plan consistía en cruzar el canal, consolidar una franja protegida por los misiles antiaéreos y obligar a las potencias a intervenir. Cuando el ejército egipcio intentó avanzar más hacia el interior del Sinaí el 14 de octubre para aliviar la presión sobre Siria, salió del paraguas defensivo y ofreció a Israel la oportunidad de emplear su superioridad acorazada.
En el norte, las reservas israelíes detuvieron el avance sirio y recuperaron el terreno perdido en el Golán. Después cruzaron la línea de alto el fuego de 1967 y llevaron la guerra hacia territorio sirio, hasta aproximarse a Damasco. En el sur, las divisiones israelíes buscaron una brecha entre los dos ejércitos egipcios desplegados al este del canal. La noche del 15 al 16 de octubre, una fuerza dirigida por Ariel Sharon cruzó al lado africano. La maniobra no destruyó al ejército egipcio, pero cortó sus comunicaciones y dejó al Tercer Ejército cercado en la ribera oriental.
El balance militar admite dos lecturas que no conviene confundir. Israel terminó ocupando más terreno que al inicio y mantuvo la iniciativa en las últimas jornadas. Egipto había alcanzado su objetivo político inicial: demostrar que la ocupación del Sinaí podía ser desafiada y que el statu quo no era sostenible. Por eso las narraciones nacionales hablan de victorias distintas. La guerra acabó sin una capitulación total, en una situación peligrosa que obligaba al vencedor táctico a negociar con el adversario.
La guerra fría entra en la crisis
El conflicto fue regional desde el punto de vista geográfico, pero mundial en sus implicaciones. La Unión Soviética reabasteció a Egipto y Siria; Estados Unidos organizó el puente aéreo Operation Nickel Grass, cuyos primeros envíos llegaron a Israel a mediados de octubre. Richard Nixon y Henry Kissinger querían evitar una derrota israelí, pero también temían que un hundimiento árabe empujara a Moscú a intervenir directamente. Cada cargamento de armas alteraba el campo de batalla y estrechaba el margen de la distensión entre las superpotencias.
El Consejo de Seguridad aprobó la resolución 338 el 22 de octubre. Pedía el alto el fuego en doce horas, la aplicación de la resolución 242 y el comienzo inmediato de negociaciones. Las operaciones continuaron. Israel avanzó hacia el canal y rodeó al Tercer Ejército egipcio, mientras Moscú amenazaba con actuar para hacer cumplir la tregua. El 25 de octubre, Washington puso sus fuerzas nucleares en alerta mundial, la mayor tensión entre Estados Unidos y la Unión Soviética desde la crisis de los misiles de Cuba. La resolución 340 creó una fuerza de emergencia de la ONU y fijó el cese de las hostilidades.
La dimensión económica fue igual de duradera. El 17 de octubre, los países árabes productores de petróleo anunciaron recortes de producción y después embargaron a los Estados que apoyaban a Israel, sobre todo Estados Unidos y algunos países europeos. Entre octubre de 1973 y marzo de 1974, el precio del crudo y la incertidumbre sobre el suministro alimentaron una crisis energética que golpeó a las economías industriales.
Una victoria militar, una derrota política
En Israel, la conmoción no desapareció con el alto el fuego. La comisión Agranat investigó el fallo de la inteligencia y de la preparación militar; sus conclusiones alimentaron una crisis política que terminó con la dimisión de Golda Meir en 1974. El país seguía siendo la potencia militar dominante, pero había perdido la certeza de que una alerta temprana y unos pocos batallones bastarían para mantener la guerra lejos de sus ciudades.
Sadat obtuvo algo que Nasser no había conseguido: devolvió al ejército egipcio una iniciativa que podía convertirse en capital diplomático. Las conversaciones del kilómetro 101 y la diplomacia itinerante de Kissinger desembocaron en acuerdos de separación de fuerzas en 1974. Egipto se alejó progresivamente de Moscú y abrió una relación más estrecha con Washington. El camino llevó a la visita de Sadat a Jerusalén, a los Acuerdos de Camp David de 1978 y al tratado de paz de 1979, por el que Israel aceptó devolver el Sinaí.
La paz egipcio-israelí no resolvió la cuestión palestina ni cerró el conflicto regional. Siria no firmó un tratado con Israel y el Golán permaneció como territorio disputado. Pero la guerra de 1973 cambió las condiciones del debate. El ejército árabe ya no podía ser descrito como incapaz de enfrentarse a Israel; Israel ya no podía confiar en que su superioridad produjera por sí sola una solución; las grandes potencias descubrieron que su rivalidad podía acercarlas al borde nuclear y que el petróleo daba a los productores una herramienta política mundial.
Cincuenta y tres años después, el 6 de octubre sigue siendo una fecha partida por la memoria. En Israel recuerda la sorpresa, las pérdidas y el fin de una confianza que parecía natural. En Egipto conmemora el cruce del canal y la recuperación del orgullo militar. La historia no obliga a elegir una de esas versiones: obliga a entender cómo una ofensiva limitada, nacida de un conflicto territorial sin resolver, pudo transformar la diplomacia, la economía y la seguridad internacional.