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Juan Sebastián Elcano y la expedición de Loaysa: su última travesía por el Pacífico (1525-1526)

Tres años después de completar la primera vuelta al mundo, Elcano volvió a embarcarse rumbo a las Molucas. Murió en el Pacífico mientras la armada se deshacía a su alrededor.

Carmen Puerta 17 de August de 2026 30 lecturas 9 min de lectura
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El 6 de septiembre de 1522, la nao Victoria entró en Sanlúcar de Barrameda con dieciocho hombres a bordo. Dos días más tarde llegó a Sevilla. Juan Sebastián Elcano había llevado hasta el final la primera circunnavegación de la Tierra de la que existe constancia, después de que la muerte de Fernando de Magallanes dejara la expedición sin su capitán.

El episodio parecía cerrar una biografía extraordinaria. Carlos V recibió al marino, le concedió una renta vitalicia de 500 ducados de oro y un escudo con un globo terráqueo y la divisa Primus circumdedisti me: «Fuiste el primero que la vuelta me diste». La renta no llegó a cobrarla. Antes de tres años, Elcano estaba otra vez en un barco, rumbo a las mismas islas de las especias. Allí no volvería a pisar tierra europea.

Elcano conocía el estrecho de Magallanes, había visto morir a compañeros y sabía qué precio podía tener una navegación demasiado larga. La Corona esperaba convertir la presencia castellana en las Molucas en un hecho político y comercial.

Retrato grabado de Juan Sebastián Elcano, dibujado por José López Enguídanos y grabado por Luis Fernández Noseret hacia 1800.
Retrato grabado de Juan Sebastián Elcano, dibujado por José López Enguídanos y grabado por Luis Fernández Noseret hacia 1800.

Las islas de las especias y una disputa entre coronas

Las Molucas, en el actual archipiélago indonesio, producían clavo, nuez moscada y otras mercancías que alcanzaban precios extraordinarios en Europa. Portugal había llegado antes por la ruta africana y defendía sus derechos. Castilla sostenía que las islas quedaban dentro de su hemisferio según la partición de Tordesillas. El problema era que nadie podía dibujar con precisión el meridiano que separaba ambas zonas al otro lado del planeta.

La vuelta de Elcano reavivó la reclamación castellana. En A Coruña se había creado una Casa de la Especiería para organizar el comercio y reunir recursos. La expedición de Loaysa sería la primera gran armada hacia el Pacífico que saliera de la península después de la de Magallanes.

El mando recayó en García Jofre de Loaysa, comendador de la Orden de San Juan. Elcano fue nombrado segundo jefe, piloto mayor y capitán de la Sancti Spiritus. Entre los tripulantes iba un joven Andrés de Urdaneta, asistente de Elcano, que aprendería a observar el mar con una atención que décadas después cambiaría la navegación del Pacífico.

El 24 de julio de 1525 zarparon siete embarcaciones con unos 450 hombres: la capitana Santa María de la Victoria, la Sancti Spiritus, la Anunciada, la San Gabriel, la Santa María del Parral, la San Lesmes y el patache Santiago. Debían cruzar el Atlántico, atravesar el estrecho y alcanzar el Maluco, nombre que recibían entonces las Molucas.

El puerto de A Coruña, desde donde partió la armada de Loaysa el 24 de julio de 1525.
El puerto de A Coruña, desde donde partió la armada de Loaysa el 24 de julio de 1525.

Una armada rota antes de entrar en el Pacífico

El primer aviso llegó en el Atlántico. En octubre de 1525 la flota fondeó en la isla de San Mateo, la actual Annobón, en el golfo de Guinea. Allí capturaron un pez grande, descrito por Urdaneta como una «picuda». Lo comieron Loaysa y varios oficiales; todos enfermaron con diarreas y dolores tan violentos que temieron morir.

Hoy se relaciona aquel episodio con la ciguatera, intoxicación causada por toxinas acumuladas en algunos peces tropicales, entre ellos grandes barracudas. La hipótesis encaja con la comida y los síntomas, pero no demuestra que aquella fuera la enfermedad que acabó con Elcano. La relación de Urdaneta no ofrece un diagnóstico moderno.

Una gran barracuda, pez tropical cuya ingesta puede transmitir ciguatera en determinadas aguas.
Una gran barracuda, pez tropical cuya ingesta puede transmitir ciguatera en determinadas aguas.

Los temporales separaron varias veces a los barcos. En enero de 1526, cuando buscaban la entrada del estrecho de Magallanes, la Sancti Spiritus fue arrojada contra la costa patagónica. Elcano y sus hombres lograron abandonar la nao, pero quedaron dispersos entre rocas, agua helada y restos del naufragio.

Elcano encargó a Urdaneta atarse un cabo a la cintura, descender hasta tierra y fijarlo a un tronco. Por esa cuerda pudieron ponerse a salvo los supervivientes. Durante las tareas de rescate, la sed llegó a ser tan extrema que Urdaneta contó haber bebido su propia orina.

La pérdida de la nao de Elcano obligó a repartir hombres y carga. La Anunciada se apartó hacia el cabo de Buena Esperanza y desapareció. La San Gabriel regresó a Galicia. La San Lesmes se perdió después de ser empujada hacia el sur, y su destino sigue siendo objeto de hipótesis. El patache Santiago acabaría llegando a Nueva España.

Solo cuatro embarcaciones consiguieron atravesar el estrecho. El 31 de mayo, ya en el Pacífico, otra tormenta las dispersó. La capitana, con Loaysa, Elcano, Urdaneta y buena parte de los supervivientes, quedó sola ante miles de kilómetros de océano.

El hambre, el escorbuto y un testamento en alta mar

El Pacífico no ofrecía refugios frecuentes ni mercados donde reponer alimentos. El agua se racionaba y las provisiones se deterioraban. Urdaneta describió las encías inflamadas y podridas de los enfermos, incapaces de comer. Según su relación, en una sola nao murieron unos cuarenta hombres entre el estrecho y las islas por aquella enfermedad, que los expedicionarios identificaban como escorbuto.

La dieta sin alimentos frescos explica parte de la mortandad. La intoxicación de San Mateo deja abierta otra posibilidad para la caída de los mandos. Las dos enfermedades no se excluyen, y la causa exacta de la muerte de Elcano no puede establecerse con seguridad.

El 26 de julio de 1526, cerca del ecuador, Elcano hizo testamento. Estaba enfermo, pero conservaba la lucidez para ordenar sus asuntos ante el contador Íñigo Cortés de Perea y varios testigos, entre ellos Urdaneta. El documento deja ver una vida concreta: una madre viuda, hermanos, hijos, deudas, mercancías y bienes que cabían en el inventario de una nao.

Dejó cien ducados a Mari Hernández de Hernialde, madre de su hijo Domingo. Dispuso que una hija suya, que vivía en Valladolid, fuese llevada a Guetaria al cumplir cuatro años y atendida hasta la edad de casarse. También recordó a sus hermanos y reservó dinero para una peregrinación a la Santa Faz de Alicante. En mitad del océano, intentaba que su familia recibiera algo si él no sobrevivía.

Seis días al frente de la armada

El 30 de julio murió Loaysa. Su cuerpo fue envuelto y arrojado al mar después de las oraciones de rigor. Una instrucción secreta de Carlos V establecía que Elcano debía sucederle, de modo que el navegante de Guetaria se convirtió en capitán general de la expedición que veía desmoronarse.

El ascenso llegó cuando ya no podía disfrutarlo. Elcano apenas tuvo tiempo de hacer algunos nombramientos y mantener el rumbo de la Santa María de la Victoria. La documentación del Archivo General de Indias fija su muerte el 4 de agosto de 1526; algunas transcripciones modernas del diario de Urdaneta ofrecen otra fecha. Murió pocos días después de Loaysa, sin haber alcanzado las Molucas.

La causa suele atribuirse al escorbuto, porque la relación describe una enfermedad que destruía las encías. También se ha propuesto que la ciguatera de la «picuda» tuviera efectos prolongados. La medicina no puede resolver hoy un diagnóstico hecho sin examen del cuerpo. El dato seguro es el lugar: el océano Pacífico. Sus compañeros le dieron sepultura en el mar.

El mando pasó a Toribio Alonso de Salazar, que murió semanas después. La capitana siguió navegando con una dotación cada vez menor. Pasó por las Marianas y Mindanao y el 29 de octubre de 1526 alcanzó Gilolo, la actual Halmahera, en las Molucas. De los 450 hombres que habían salido de A Coruña, unos 105 llegaron a aquel punto a bordo de la Victoria.

Mapa de Halmahera, la isla de Gilolo donde la capitana de Loaysa alcanzó las Molucas en octubre de 1526.
Mapa de Halmahera, la isla de Gilolo donde la capitana de Loaysa alcanzó las Molucas en octubre de 1526.

El viaje que abrió otro camino

La llegada no fue un triunfo tranquilo. Los supervivientes encontraron a los portugueses instalados en las islas y tuvieron que disputarles el control durante años. El Tratado de Zaragoza de 1529 puso fin a la reclamación castellana: Carlos V cedió las Molucas a Portugal a cambio de 350.000 ducados, y la Casa de la Especiería de A Coruña perdió su razón de ser.

Solo 24 hombres de aquella nave regresarían finalmente a Europa. Urdaneta fue uno de ellos. Permaneció años en las Molucas, regresó en 1536 y conservó la dirección de los vientos y las corrientes. En 1565, ya agustino, participó con Miguel López de Legazpi en la expedición a Filipinas y encontró la ruta de vuelta a Nueva España por el norte del Pacífico, aprovechando los vientos del oeste y la corriente de Kuroshio.

Retrato histórico de Andrés de Urdaneta, superviviente de la expedición de Loaysa y descubridor del tornaviaje en 1565.
Retrato histórico de Andrés de Urdaneta, superviviente de la expedición de Loaysa y descubridor del tornaviaje en 1565.

Elcano no llegó a conocer ese desenlace. Su última travesía no produjo la carga de clavo que la Corona esperaba ni una ruta regular entre Europa y Asia. Dejó una cadena de observaciones, pérdidas y decisiones que Urdaneta convertiría muchos años después en conocimiento navegable. La primera vuelta al mundo convirtió a Elcano en un símbolo; su muerte en el Pacífico recuerda que, en el siglo XVI, volver a casa seguía siendo el problema más difícil de todos.

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