Versalles, 1 de septiembre de 1715, poco después de las ocho de la mañana. En la cámara real, rodeado de médicos impotentes, sacerdotes y cortesanos que llevan semanas conteniendo la respiración, muere un hombre de setenta y seis años. Ha ocupado el trono de Francia durante setenta y dos años, el reinado más largo del que se tiene constancia fiable en la historia de Europa. Se llama Luis, el decimocuarto con ese nombre, y durante más de siete décadas ha sido la imagen misma del poder sin límites. Trescientos once años después, su muerte sigue siendo un buen punto de partida para entender qué significó de verdad gobernar como monarca absoluto, y qué precio tuvo hacerlo.
Un niño rey que aprendió a gobernar solo
Luis XIV heredó la corona en 1643, con apenas cuatro años, tras la muerte de su padre Luis XIII. Durante casi dos décadas gobernó bajo tutela: primero la de su madre, Ana de Austria, y sobre todo la del cardenal Mazarino, auténtico hombre fuerte del reino. Aquellos años de regencia coincidieron con la Fronda, una serie de revueltas nobiliarias y populares que obligaron a la familia real a huir de París en más de una ocasión. El niño Luis no olvidó nunca el miedo de aquellas noches. Cuando Mazarino murió en 1661, el joven rey, con veintidós años, sorprendió a su consejo anunciando que gobernaría sin primer ministro. Lo cumplió hasta el final de sus días.
Desde ese momento construyó un aparato de gobierno centrado por completo en su persona. Trasladó la corte a Versalles, convirtió un antiguo pabellón de caza en el palacio más grande de Europa y obligó a la alta nobleza a vivir bajo su mirada, ocupada en ceremonias de etiqueta que dejaban poco tiempo para conspirar. La frase que se le atribuye, «el Estado soy yo», probablemente nunca la pronunció tal cual —los historiadores la consideran una leyenda posterior—, pero resume bien cómo funcionaba su forma de gobernar: ministros técnicos y eficaces, como Colbert en finanzas, ejecutaban sus decisiones sin cuestionarlas.
Treinta y tres años de guerra y una corona endeudada
El coste de sostener esa maquinaria fue altísimo, y lo pagó sobre todo en los campos de batalla. Luis XIV mantuvo a Francia en guerra durante treinta y tres de sus setenta y dos años de reinado: la guerra de Devolución, la guerra de Holanda, la guerra de los Nueve Años y, la más larga y costosa de todas, la guerra de Sucesión española.
La guerra de Sucesión española y el precio de la corona
Cuando el rey español Carlos II murió sin descendencia en 1700, Luis XIV colocó a su nieto Felipe de Anjou en el trono de Madrid. La perspectiva de una unión de las coronas francesa y española bajo una misma dinastía alarmó a media Europa. Inglaterra, las Provincias Unidas y el Sacro Imperio formaron una alianza, y la guerra se prolongó desde 1701 hasta 1713, con derrotas duras para Francia en Blenheim y Malplaquet. El tratado de Utrecht dejó a Felipe V en el trono español, pero a cambio de renunciar a cualquier derecho sobre la corona francesa, y con Francia arruinada.
Las cifras hablan solas: la deuda del Estado se triplicó entre 1683 y 1715, y buena parte de ese aumento se concentró en los años más duros del conflicto, entre 1702 y 1708. En 1710 el ministro Desmaretz tuvo que inventar un impuesto nuevo, el diezmo real, que gravaba por primera vez los ingresos de casi todos los súbditos, clero incluido. No bastó. A la factura de la guerra se sumaron dos hambrunas severas, la de 1693-1694 y la del llamado Gran Invierno de 1709, que mataron a cientos de miles de campesinos y llenaron los caminos de mendigos a las puertas de un palacio que había costado fortunas.
La revocación del Edicto de Nantes y el éxodo protestante
La obsesión de Luis XIV por la unidad religiosa tuvo consecuencias igual de duraderas. En 1598 el Edicto de Nantes había garantizado a los hugonotes franceses el derecho a practicar su religión. Casi noventa años después, el 18 de octubre de 1685, Luis XIV firmó en Fontainebleau el edicto que lo anulaba: solo el catolicismo sería legal en Francia. La medida venía precedida por las dragonadas, el alojamiento forzoso de soldados en casas protestantes como método de presión para forzar conversiones, práctica en marcha desde 1681.
Se calcula que alrededor de doscientas mil personas abandonaron Francia en los años siguientes, muchas de ellas artesanos cualificados y comerciantes, rumbo a Inglaterra, los territorios protestantes alemanes, Suiza o las Provincias Unidas. Esos países se beneficiaron de una fuga de talento y capital que Francia tardaría generaciones en notar. En las Cevenas, la persecución religiosa terminó por encender una revuelta armada, la de los camisardos, que se prolongó entre 1702 y 1715, justo los últimos años de vida del rey.
La agonía del Rey Sol
El declive físico de Luis XIV empezó el 10 de agosto de 1715, al volver de una cacería en Marly con un dolor agudo en la pierna. Su médico, Fagon, lo achacó a la ciática. El dolor no cambiaba de sitio, y pronto aparecieron manchas oscuras que los cirujanos reconocieron como gangrena. El 21 de agosto localizaron una mancha negra en el pie del rey; tres días más tarde confirmaron el diagnóstico. Para entonces la infección ya avanzaba hacia el hueso.
Las últimas palabras al heredero de cinco años
El 26 de agosto, con la gangrena ya extendida, Luis XIV hizo llamar a su cámara a su bisnieto y heredero, un niño de cinco años que sería Luis XV. Según los cronistas de la corte, entre ellos el duque de Saint-Simon, el rey le advirtió contra la guerra que él mismo había practicado durante media vida: «es la ruina de los pueblos», le dijo, y añadió: «he amado demasiado la guerra; no me imitéis en eso ni en los gastos excesivos que he hecho. Procurad aliviar a vuestro pueblo en cuanto podáis». Suena casi a confesión, viniendo de un monarca que había convertido la guerra en el instrumento principal de su política exterior durante más de tres décadas.
Tras unos días de mejoría engañosa —llegó a recibir a un curandero llamado Brun que le aplicó un elixir de su invención—, el rey entró el 30 de agosto en un estado de duermevela del que ya no saldría del todo. Murió a la mañana siguiente. Su cuerpo se expuso ocho días en el Salón de Mercurio de Versalles antes de trasladarse, el 9 de septiembre, a la basílica de Saint-Denis, panteón tradicional de los reyes de Francia.
El trono pasó a un niño de cinco años bajo la regencia de Felipe II de Orleans, sobrino del difunto rey, que heredó una tarea nada envidiable: gobernar un país prestigioso puertas afuera y exhausto puertas adentro. Una de sus primeras decisiones, reveladora por sí sola, fue trasladar la corte de Versalles al Palais Royal, en pleno París, donde podía vigilar de cerca tanto al joven rey como a una nobleza que llevaba décadas esperando el momento de recuperar influencia.
Lo que convierte este episodio en algo más que una anécdota de palacio es el contraste que encierra. Luis XIV llevó la monarquía absoluta a su versión más acabada: una corte que deslumbraba a toda Europa, un ejército permanente sin precedentes, una lengua y una cultura francesas convertidas en modelo continental. Pero ese proyecto exigió un gasto que el reino no podía sostener, y la factura recayó sobre generaciones que ni siquiera habían nacido cuando se firmaron los tratados que la generaron. La advertencia que el propio rey dejó a su heredero, no amar tanto la guerra, aliviar al pueblo, llegó setenta y dos años tarde para su propio reinado. Ni su bisnieto ni el hijo de este, Luis XVI, lograron aplicarla a tiempo para evitar la crisis que, en 1789, se llevaría por delante buena parte de lo que Luis XIV había construido.