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Edad Moderna

El crimen de San Clemente de 1586: adulterio, justicia y literatura de cordel

Gonzalo Díaz, un pozo y un pliego valenciano que convirtió un asesinato en relato moral

Carmen Puerta 02 de October de 2026 16 lecturas 10 min de lectura
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En enero de 1586, una mujer ciega se acercó a un pozo de San Clemente para sacar agua. En el fondo encontró un cuerpo. Era Gonzalo Díaz, mercader y vecino de la villa, en la actual provincia de Cuenca. La escena tenía todos los ingredientes de una historia destinada a circular: un cadáver oculto, una relación adúltera, una tía que hacía de intermediaria y una justicia capaz de convertir el castigo en espectáculo.

El relato no procede de un sumario conservado en un archivo, sino de un pliego suelto en verso impreso en Valencia en 1587. Su título, larguísimo y deliberadamente explicativo, anunciaba una Obra nueva y muy verdadera sobre la muerte que una mujer dio a su marido «por casarse con su amigo», la ayuda de una tía y la justicia hecha a los culpables. Que el impreso se presentara como verdadero formaba parte de las reglas del género. La fórmula atraía al público; no equivalía a una certificación notarial.

Arco Romano, Iglesia de Santiago Apóstol y Casa Consistorial en la Plaza Mayor de San Clemente.
Arco Romano, Iglesia de Santiago Apóstol y Casa Consistorial en la Plaza Mayor de San Clemente.

Una historia de cuatro hojas

Francisco González de Figueroa firmó la composición. Sabemos poco de él: era murciano y ciego, circunstancia que las portadas expresaban con la fórmula «privado del sentido visivo». La obra conocida que se le atribuye cabe en un puñado de pliegos, impresos baratos en formato de cuatro hojas que podían venderse y recitarse en plazas, ferias y mercados. En sus textos convivían asuntos religiosos, martirios, milagros y sucesos criminales.

El impreso de San Clemente estaba compuesto en versos narrativos y terminaba con dos villancicos. La brevedad no significaba falta de ambición. En unas pocas páginas, el autor construía una secuencia completa: pecado, engaño, homicidio, descubrimiento, confesión, sentencia, arrepentimiento y muerte. El público no recibía una investigación abierta, con dudas y versiones enfrentadas, sino un caso cerrado donde el desorden moral acababa absorbido por el orden de la justicia.

La investigadora María Sánchez-Pérez ha mostrado cómo el texto encaja en las llamadas relaciones de sucesos tremendistas. En ellas, la noticia y la lección moral avanzaban juntas. El crimen debía espantar, pero también explicar qué conducta lo había provocado y por qué el castigo reparaba la comunidad. En San Clemente, esa explicación se formula desde una mirada abiertamente misógina: la ociosidad femenina, la lujuria y el adulterio aparecen como el origen de todos los males. No es la voz de una testigo, sino la interpretación ideológica del coplero.

Del adulterio al asesinato

La mujer de Gonzalo Díaz no tiene nombre en el relato. Esa ausencia contrasta con la precisión reservada al marido y al amante. Gonzalo es un mercader que viaja con frecuencia; sus ausencias proporcionan el marco narrativo para que ella inicie una relación con Pedro Carrasco, otro vecino de la villa. El texto no describe un matrimonio concreto ni aporta datos sobre la casa o la hacienda: necesita, sobre todo, una situación reconocible para su público, la del marido que se marcha y la esposa que queda sola.

Con el tiempo, la mujer plantea a Carrasco la solución extrema. Quiere librarse de Gonzalo para vivir con su amante y casarse con él. Carrasco rechaza la propuesta. Su negativa es una de las escenas más cuidadas del poema: admite que ya ha gastado parte de los bienes del mercader y que ha herido su honra al mantener relaciones con su esposa, pero sostiene que Gonzalo nunca le hizo daño. «No lo permita Dios», responde. La frase lo muestra culpable de adulterio y, al mismo tiempo, todavía apartado del homicidio.

La negativa no termina el asunto. La mujer recurre a una tía anciana, descrita con rasgos cercanos a la figura celestinesca de la vieja mediadora. La tía consigue que Carrasco vuelva a acercarse; según la reconstrucción del pliego, lo hace mediante un engaño, sin explicarle por completo qué se prepara. El recurso permite que el autor mantenga la tensión: Carrasco no aparece como un asesino que calcula desde el principio, sino como alguien que, después de haber reconocido el límite, queda atrapado por la situación.

Gonzalo regresa de uno de sus viajes cansado por el camino. Su mujer le aconseja acostarse y descansar. Mientras él duerme, ella ata a una viga un cordel de esparto y prepara una lazada corrediza. Se acerca a la cama fingiendo que va a arreglarle la almohada, le coloca el lazo alrededor del cuello y tira. Luego llama a Carrasco. El amante entra en una escena que ya ha comenzado y acaba ayudando a matar al mercader. La tía también interviene. En la lógica del poema, los tres quedan unidos por el mismo delito, aunque cada uno haya llegado a él por un camino distinto.

El cadáver era un problema tan urgente como el homicidio. Lo metieron en una sera, un recipiente grande de esparto parecido a un cesto, y lo arrojaron a un pozo. Durante unos días, el escondite funcionó. Después, la mujer ciega que fue a buscar agua descubrió el cuerpo con ayuda de otros vecinos. El hallazgo casual cumple una función narrativa y religiosa: el crimen oculto no puede permanecer oculto. En el lenguaje del autor, el demonio que inspira la maldad termina contribuyendo a descubrirla.

La justicia como representación pública

La noticia llegó a la justicia local. El juez aparece nombrado como el doctor Caramillo, presentado por el poema como un alcalde diligente. La esposa fue detenida primero y se le pidió que confesara. Cuando se negó, se ordenó que fuera sometida a tormento. No hizo falta aplicarlo: al oír la amenaza, declaró cómo había muerto su marido y señaló a Carrasco y a la tía.

La anciana reaccionó de otra manera. Negó su participación y acabó sufriendo el tormento hasta confesar. Conviene detenerse aquí. El pliego cuenta el procedimiento con la rapidez de quien necesita conducir al lector hacia la sentencia; no ofrece un acta con las preguntas, las respuestas, la autoridad competente y las garantías del proceso. Lo que sí refleja es una práctica reconocible de la justicia penal de la época: la confesión ocupaba un lugar central y la tortura podía emplearse para obtenerla en los delitos graves, dentro de un procedimiento regulado por la cultura jurídica del Antiguo Régimen.

La sentencia reservó una pena distinta para cada grado de participación, al menos dentro de la lógica del relato. La mujer de Gonzalo y Pedro Carrasco fueron condenados a morir en la horca, con arrastre y descuartizamiento posteriores. La tía también debía ser ahorcada; después sería encubada y decapitada. Encubar evocaba una vieja pena asociada al castigo del parricidio: encerrar al condenado en una cuba y arrojarla al agua. Sebastián de Covarrubias aún explicaría años después el sentido simbólico de los animales que la tradición podía introducir en ese recipiente. No sabemos si el episodio de San Clemente se ejecutó exactamente con todos esos elementos: el pliego solo permite afirmar la pena que anuncia.

El castigo no acababa con la muerte. El arrastre, el descuartizamiento y la exposición de las cabezas sobre palos convertían el cuerpo del condenado en un aviso para quienes pasaran por el lugar. La horca pública hacía visible la autoridad de la justicia; los restos expuestos prolongaban la sentencia fuera del cadalso. En una sociedad donde la ley del rey debía hacerse presente incluso lejos de los grandes tribunales, el paisaje podía transformarse en una extensión de la pena.

El camino hacia la ejecución tiene también una función literaria. Carrasco pide misericordia a Dios y reconoce su delito. La mujer acepta la responsabilidad principal y afirma que los otros llegaron a aquella situación por seguirla. Es difícil leer estas palabras como una transcripción literal de lo que dijeron los condenados. Forman parte de la tradición del arrepentimiento en el patíbulo, vinculada a las artes de bien morir: el reo debía reconocer el pecado, pedir perdón y ofrecer al público una muerte cristiana. La ejecución servía así a dos tribunales a la vez, el civil y el de la conciencia.

De una villa castellana a la imprenta

La edición valenciana de 1587 salió de un taller situado «junto al Molino de la Rovella». El ejemplar era pequeño, manejable y visual. Una de las ediciones conservadas incorporaba una xilografía de un cadalso con varios ahorcados y el verdugo conduciendo a otra persona hacia la horca. La imagen no era un adorno: ayudaba a identificar el género y reforzaba el desenlace antes incluso de que el lector escuchara todos los versos.

La elección de San Clemente también tenía sentido. Las relaciones podían situar el suceso en una ciudad lejana o en un país extranjero, pero una villa con nombre y localización reconocibles daba al relato un aire de proximidad. El lector podía no conocer a Gonzalo Díaz ni haber visto el pozo, pero sí imaginar una comunidad donde todos se conocen, la noticia corre deprisa y la justicia se celebra ante la mirada de los vecinos.

Ahí reside la doble vida del caso. Para el vecindario, si el crimen ocurrió tal como se cuenta, habría sido una muerte concreta, con personas y consecuencias irreparables. Para el público que compró o escuchó el pliego, se convirtió en una historia ejemplar sobre el adulterio y la obediencia. Para nosotros, cuatro siglos después, es una fuente de dos tipos: informa de un relato situado en un tiempo y un lugar precisos, y revela qué quería hacer sentir y pensar la cultura impresa popular.

No disponemos de un proceso judicial independiente que permita comprobar cada conversación, cada gesto o cada detalle de la ejecución. Por eso no conviene presentar como hechos demostrados la ceguera de la mujer que halló el cuerpo, la negativa exacta de Carrasco o las palabras pronunciadas camino del cadalso. Lo que podemos documentar con seguridad es la existencia de la relación impresa, su fecha de 1587, su autor, el escenario de San Clemente y la trama que el poema transmitió.

La etiqueta contemporánea true crime describe bien el apetito por los crímenes reales o supuestamente reales, pero puede engañarnos si borra la distancia entre una investigación y una narración moral. El caso de Gonzalo Díaz no es el primer expediente policial de la historia. Es algo más preciso: un asesinato atribuido a una villa castellana que, al pasar por la voz de un coplero ciego y por una imprenta valenciana, dejó de pertenecer solo a sus protagonistas y empezó a vivir como literatura.

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