Desde el paseo marítimo de El Campello, La Illeta dels Banyets parece demasiado pequeña para contener varias historias. Es una lengua de roca que se adentra en el Mediterráneo, con poco más de 200 metros de largo y una meseta superior todavía menor. Bajo la superficie, no obstante, se superponen una ocupación prehistórica, un asentamiento ibérico, una villa romana y rastros medievales. Cada época aprovechó el mismo borde entre la tierra firme y el mar.
La casa que volvió a poner el yacimiento en el centro de la investigación apareció en la XIX campaña de excavaciones del MARQ, desarrollada durante cuatro semanas en el verano de 2024. Los arqueólogos identificaron un edificio cuadrangular dividido en cuatro departamentos. Uno de ellos había sufrido un incendio. El fuego no permite reconstruir por sí solo la vida de sus habitantes, pero puede sellar suelos, carbones y objetos bajo el derrumbe. En este caso ofrecía la posibilidad de observar un instante detenido hace unos 2.300 años.
La fecha importa. La noticia que presentó el hallazgo lo situó en 2026, aunque la comunicación oficial del MARQ y de la Diputación de Alicante está fechada el 1 de octubre de 2024. La campaña de 2025 aportó otro conjunto, una vivienda de la primera mitad del siglo III a. C. con un calzado de esparto. Y la campaña anunciada en 2026 trabaja en un segundo módulo próximo a un lagar. Son piezas de una investigación continuada, no un único descubrimiento ocurrido en una sola temporada.
Una península convertida en emporio
La forma actual de la Illeta engaña. El lugar fue una antigua península que quedó separada de la costa por la erosión; en 1943 volvió a unirse a tierra mediante un istmo artificial. El trabajo de campo ha documentado ocupaciones del Neolítico final o Calcolítico, de la cultura de El Argar, del Bronce final, de la protohistoria y de la época romana altoimperial. Los materiales islámicos son más escasos y apuntan a una presencia esporádica, no a una nueva ciudad medieval asentada sobre el promontorio.
Cuando se levantó el poblado ibérico, entre el siglo IV y parte del III a. C., el enclave reunía condiciones que rara vez coinciden en un espacio tan reducido. La costa permitía fondear y moverse por el litoral; los caminos del interior comunicaban con las tierras de la Contestania. El MARQ interpreta el conjunto como un emporio, un lugar de intercambio donde confluyeron producción, culto y circulación de mercancías. Dos templos, almacenes, viviendas, lagares y talleres aparecen distribuidos junto a calles que organizaban el asentamiento.
En tierra firme, junto a la torre de época moderna, se excavó un alfar con varios hornos para producir ánforas ibéricas. Un estudio reciente de la Universidad de Alicante ha revisado esa producción y su distribución entre los siglos V y III a. C. Las vasijas no eran simples recipientes domésticos: permitían transportar y almacenar líquidos y otros productos, y conectan la Illeta con la esfera comercial ebusitana y con redes más amplias del Mediterráneo occidental.
La casa de cuatro departamentos
La estructura descubierta en 2024 permite mirar hacia una escala que los templos y los almacenes suelen ocultar: la del edificio donde se trabajaba, se guardaban cosas y quizá se descansaba. Su planta es cuadrangular y el interior queda repartido en cuatro espacios. Esa distribución no basta para llamar a cada cuarto dormitorio, despensa o taller. La arqueología doméstica rara vez entrega etiquetas tan limpias. Lo que sí ofrece es una secuencia de muros, pavimentos, bancos y plataformas que muestra cómo se ordenaban las actividades.
Los muros conservan parte de los alzados de adobe y de sus revestimientos. Según la información difundida por el MARQ, la construcción pudo superar los 3,8 metros de altura. El dato cambia la percepción del yacimiento: no se trata solo de zócalos de piedra que el visitante completa mentalmente, sino de una arquitectura en tierra cruda que aún conserva suficiente volumen para estudiar cómo se levantó.
El procedimiento era razonable para un litoral con piedra disponible y abundante tierra arcillosa. La piedra formaba la base más resistente frente a la humedad y el tránsito; sobre ella se alzaban paredes de adobe, protegidas con revestimientos. Los suelos de tierra apisonada podían renovarse cuando se desgastaban. Bancos y plataformas de adobe pegados a los muros ampliaban la superficie útil sin multiplicar los muebles. No hay nada rudimentario en esa economía de medios: cada material ocupaba el lugar que mejor soportaba.
El equipo estudia también las proporciones del edificio. La cuestión no es decorativa. Las medidas pueden revelar si los constructores siguieron una modulación de tradición púnica, un pie ibérico o el codo púnico documentado en otros sectores de la Illeta y en Menorca. Hasta que el análisis concluya, conviene hablar de una hipótesis de trabajo. La casa enseña que construir implicaba escoger unidades, repetir longitudes y coordinar estancias, aunque no sepamos todavía qué nombre daban sus habitantes a esas medidas.
El incendio como archivo, no como explicación
Solo una de las cuatro estancias aparece afectada por el fuego en la comunicación inicial del hallazgo. Esa cautela es necesaria. Un incendio puede ser accidental, formar parte de una reforma o relacionarse con un episodio violento; las huellas térmicas no deciden por sí solas cuál de esas posibilidades ocurrió. Tampoco se ha publicado una prueba que permita atribuirlo a un ataque o a una guerra.
Lo que sí puede hacer el fuego es transformar la conservación. La madera se convierte en carbón, algunas semillas quedan protegidas y los objetos que cayeron sobre el pavimento pueden quedar cubiertos por una capa de ceniza y barro. De ahí la expectativa de recuperar un momento de uso fosilizado. “Expectativa” es la palabra exacta: hasta que la excavación y el laboratorio identifiquen los materiales, no se deben convertir posibilidades en hallazgos.
Una vivienda, un hogar y una alpargata
La campaña de 2025 añadió una escena doméstica distinta y muy concreta. El MARQ identificó una de las primeras viviendas conocidas del enclave, fechada en la primera mitad del siglo III a. C. El edificio había sido reformado varias veces; sus pavimentos de tierra se repavimentaron y el hogar se rehízo en distintos momentos. En los departamentos quedaron bancos de adobe y vajilla de uso cotidiano.
Entre los objetos apareció un calzado de esparto de poco menos de 2.300 años. Su conservación es excepcional porque las fibras vegetales suelen desaparecer. La pieza no cuenta quién la llevaba ni por qué quedó en el suelo, pero devuelve una elección práctica: proteger los pies con un material vegetal local, flexible y reparable. Junto a ella, las cerámicas hablan de una casa abierta al comercio. Había recipientes púnicos producidos en el entorno de Cartago, ánforas y jarras púnico-ebusitanas, vajilla de barniz negro y rojo, y piezas de cocina y mesa fabricadas en el ámbito ibérico.
Un puerto donde también se escribía
Las importaciones permiten medir la distancia que recorrían las relaciones de la Illeta. El repertorio estudiado incluye cerámicas de Ibiza, del norte de África, del estrecho y del Mediterráneo central, con piezas relacionadas con Etruria y la región de Nápoles. No significa que la población fuese extranjera ni que el asentamiento dependiera de una sola potencia. Significa que sus habitantes participaban en un mercado donde los objetos circulaban, se imitaban y adquirían nuevos usos.
La producción local completaba ese circuito. El alfar de la Illeta fabricó ánforas en los siglos V-III a. C., mientras los talleres y lagares atendían otras necesidades del asentamiento. La economía no se reduce a la compraventa de mercancías llegadas por mar: exige arcilla, combustible, mano de obra, almacenamiento y caminos para llevar los envases hacia el interior. La arquitectura de la casa de cuatro estancias pertenece a ese mismo mundo productivo, aunque su función precisa siga abierta.
También hay escritura. La Illeta es el yacimiento que más inscripciones grecoibéricas ha proporcionado, según un estudio publicado en 2024: dieciocho textos sobre cerámica, además de una lámina de plomo encontrada plegada en 2018. El alfabeto adapta signos griegos para escribir una lengua ibérica que todavía no comprendemos por completo. Algunas inscripciones parecen relacionadas con nombres, cantidades o marcas, pero cada lectura debe enfrentarse a signos dañados y a un vocabulario que no tiene una traducción segura.
De la comunidad ibérica a la villa romana
El incendio de una estancia no fue el final de la historia. El poblado ibérico se abandonó a comienzos del siglo III a. C., aunque el promontorio volvió a ocuparse en época romana. Entre los siglos I y II d. C. se levantó una pequeña villa sobre parte de las estructuras anteriores. Tenía un área residencial, otra vinculada a las labores agrícolas y unas termas modestas con horno, sala caliente, tepidario y espacio frío.
Las piletas talladas en la roca explican mejor el nombre popular de Baños de la Reina que cualquier relato sobre aguas termales. Son viveros romanos comunicados con el mar mediante canales y ranuras: la mayor mide unos 8,7 por 3,10 metros y se relaciona con otras tres balsas menores. Allí se podían mantener peces y gestionar recursos marinos. La leyenda de una reina mora pertenece a la tradición local; la piedra conserva una instalación de aprovechamiento del mar.
En septiembre de 2026, el MARQ anunció la continuación de los trabajos en otro módulo situado junto al lagar de la Casa del Cura. La pregunta es si sus departamentos formaban una bodega de crianza del vino y cómo se conectaban con lo excavado en 2025. La investigación sigue, por tanto, una línea que une la vivienda, el trabajo y el intercambio en vez de separar cada hallazgo como una historia independiente.
La Illeta dels Banyets no devuelve una ciudad completa ni una explicación cerrada. Devuelve algo más útil: una serie de decisiones humanas. Alguien eligió un promontorio, calculó las dimensiones de una casa, levantó paredes de tierra, rehízo un hogar, llevó vajilla desde otras costas y dejó un calzado vegetal sobre un suelo que luego cubrió el fuego. Cuando la arqueología reúne esas señales, la arquitectura deja de ser un decorado. Se convierte en la forma concreta que adoptó una comunidad para vivir junto al mar.