El 11 de octubre de 1962, poco después de las ocho y media de la mañana, una procesión de obispos atravesó la plaza de San Pedro. Llegaban de los cinco continentes, con sus mitras blancas y sus hábitos de colores, para entrar en una basílica preparada para la mayor reunión de la Iglesia católica en el siglo XX. Juan XXIII los esperaba en el umbral de una asamblea que no pretendía resolver una disputa concreta, como habían hecho otros concilios, sino poner a la Iglesia en conversación con un mundo que se movía a una velocidad desconocida.
El Concilio Vaticano II se prolongó hasta diciembre de 1965, bajo dos papas y en cuatro periodos de sesiones. Sus textos cambiaron la misa, la relación con otras religiones, el lugar de los laicos y el lenguaje de Roma ante la sociedad. La apertura inició una discusión que todavía determina buena parte de la vida católica.
Una Iglesia ante un mundo nuevo
Para entender la convocatoria hay que mirar más allá de los muros del Vaticano. La Iglesia de la posguerra afrontaba la descolonización de Asia y África, la expansión urbana, la cultura de masas y el prestigio de la ciencia. La amenaza nuclear había convertido la guerra en un posible desastre planetario. En Europa occidental, las democracias separaban cada vez más la ciudadanía de las antiguas autoridades religiosas.
El papado arrastraba otro problema. El Concilio Vaticano I, celebrado en 1869 y 1870, había definido la primacía y la infalibilidad del papa, pero quedó interrumpido con la ocupación italiana de Roma. Desde entonces, la Iglesia respondió a muchas corrientes modernas con un lenguaje defensivo. Al mismo tiempo, el movimiento litúrgico, los estudios bíblicos, el apostolado laico y el ecumenismo pedían renovación desde dentro.
Juan XXIII, elegido el 28 de octubre de 1958, sorprendió a muchos colaboradores al anunciar el concilio el 25 de enero de 1959. No proponía una ruptura. Su aggiornamento buscaba poner al día la vida de la Iglesia sin abandonar su tradición: había que formular la fe y ejercer la misión en sociedades donde ya no bastaban las respuestas del siglo XIX.
La preparación duró tres años. La Santa Sede consultó a obispos y facultades, creó comisiones y reunió borradores. En 1960 nació el Secretariado para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, presidido por el cardenal Augustin Bea. Los expertos y observadores no católicos introdujeron una perspectiva ausente de los primeros esquemas de la Curia.
La apertura y el pulso por el rumbo del concilio
Más de dos mil padres conciliares ocuparon sus lugares en San Pedro. La ceremonia parecía antigua, pero contenía una novedad política y cultural: reunía a representantes de una Iglesia verdaderamente mundial, no solo a prelados europeos.
En su discurso, Juan XXIII rechazó a los profetas de calamidades y pidió la medicina de la misericordia, no una sucesión de condenas. El concilio no debía repetir las definiciones de Trento o del Vaticano I, sino expresar el patrimonio cristiano en un lenguaje comprensible para sus contemporáneos. La distinción entre doctrina y forma de formularla abrió un margen mayor que el de los primeros borradores.
La tensión apareció pronto. Muchos obispos juzgaron demasiado cerrados los esquemas de las comisiones preparatorias, que apenas recogían la investigación bíblica o la experiencia pastoral local. El debate litúrgico se convirtió en una prueba de autoridad: no querían aprobar sin más un expediente romano, sino deliberar sobre la misión de la Iglesia.
Ese cambio no fue una rebelión contra el papa. Juan XXIII conservaba la autoridad final, pero permitió que el aula se convirtiera en un espacio de discusión real. Yves Congar, Henri de Lubac, Karl Rahner y Joseph Ratzinger participaron como expertos y tradujeron en propuestas las corrientes de renovación de seminarios y universidades.
La muerte de Juan XXIII, el 3 de junio de 1963, pudo detener el proceso. Pablo VI, elegido dieciocho días después, decidió continuarlo. Hubo sesiones en 1963, 1964 y 1965; entre ellas, las comisiones revisaron los textos a partir de intervenciones y enmiendas. El concilio aprobó dieciséis documentos: cuatro constituciones, nueve decretos y tres declaraciones. Las constituciones Sacrosanctum Concilium, Lumen gentium, Dei Verbum y Gaudium et spes forman el armazón del conjunto.
Las reformas que llegaron a las parroquias
El primer documento aprobado fue Sacrosanctum Concilium, el 4 de diciembre de 1963. Su centro no era una guerra de estilos, sino la participación plena, consciente y activa de los fieles. Pidió revisar los ritos, ampliar la presencia de la Escritura y cuidar la formación litúrgica.
La constitución conservó el latín como lengua propia del rito romano, pero permitió ampliar las lenguas vernáculas en lecturas, moniciones, oraciones y cantos, con aprobación eclesiástica. La misa posterior no nació de una frase que aboliera el latín, sino de la aplicación gradual de principios destinados a que la asamblea entendiera los signos y participara en ellos.
Lumen gentium presentó la Iglesia como Pueblo de Dios y subrayó la vocación común a la santidad antes de describir las funciones de ministros y obispos. Dei Verbum devolvió la Biblia al centro de la formación y la predicación. Para millones de católicos, el cambio se notó en la parroquia, pero sus raíces estaban en una nueva manera de pensar la comunidad.
Una nueva relación con otras religiones y con la sociedad
La transformación más delicada ocurrió fuera del ritual. Nostra aetate afirmó que la Iglesia no rechaza lo que encuentra de santo y verdadero en las religiones no cristianas. Habló del islam con respeto y pidió un conocimiento mutuo con el judaísmo. Rechazó que la muerte de Jesús pudiera atribuirse indistintamente a todos los judíos y condenó el antisemitismo. En una Iglesia que había heredado siglos de polémicas y prejuicios, aquellas frases tenían consecuencias históricas.
Dignitatis humanae declaró que la persona posee derecho a la libertad religiosa y a no sufrir coacción por parte de ningún poder humano. El texto no renunciaba a la convicción católica de que la verdad religiosa existe; sostenía que la fe no puede imponerse por la fuerza y que la autoridad civil debe proteger la conciencia. La formulación abrió una etapa nueva en la relación entre la Iglesia, el Estado y las sociedades pluralistas.
Gaudium et spes llevó esa lógica al terreno social. Sus primeras páginas hablan de los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de la humanidad, y examinan la ciencia, la técnica, la industrialización, la urbanización, la pobreza, la guerra y las desigualdades. No ofreció un programa político cerrado. Propuso que la Iglesia escrutara los signos de la época y colaborara con todos en la defensa de la dignidad humana.
El gesto ecuménico acompañó a los documentos. El Secretariado dirigido por Bea invitó a observadores de otras Iglesias; Pablo VI viajó a Tierra Santa en enero de 1964 y se encontró con el patriarca de Constantinopla Atenágoras. Dos años después, Roma y Constantinopla levantaron las excomuniones intercambiadas en 1054. El concilio no terminó con la separación entre cristianos, pero cambió el modo de describir al otro: dejó de ser solo un adversario doctrinal y pasó a ser un interlocutor.
Una herencia todavía discutida
Pablo VI clausuró el concilio el 8 de diciembre de 1965. A partir de entonces comenzó la parte menos visible: traducir los documentos a normas, catequesis, seminarios, diócesis y parroquias. La recepción no fue igual en todas partes. En América Latina se cruzó con las demandas de justicia social; en Europa occidental coincidió con una rápida secularización; en África y Asia acompañó la construcción de Iglesias locales después de la descolonización.
Las disputas posteriores no pueden atribuirse todas al aula conciliar. La crisis de autoridad de los años sesenta, los cambios en la familia, la expansión de la televisión y las protestas juveniles habrían planteado problemas a cualquier institución. Tampoco el concilio resolvió cada controversia: dejó textos abiertos, confió mucho en la puesta en práctica local y evitó pronunciarse de forma definitiva sobre asuntos que seguían dividiendo a los obispos.
Vaticano II no es una frontera limpia entre un antes inmóvil y un después plenamente renovado. Fue un proceso de negociación en el que una Iglesia jerárquica aceptó escuchar voces distintas y hablar con categorías nuevas. Sus defensores lo leen como una primavera; sus críticos, como una ruptura. El historiador encuentra algo más preciso: una institución antigua que modificó sus lenguajes, sus prioridades pastorales y su relación con la libertad sin dejar de reconocerse en su pasado.
Cada 11 de octubre, la imagen de los obispos entrando en San Pedro recuerda que la historia del concilio no cabe en el debate sobre el latín o las formas de la misa. La cuestión de fondo fue cómo puede una tradición con dos milenios de memoria seguir hablando cuando el mundo que la rodea ya no formula las mismas preguntas. El Vaticano II no cerró esa conversación. La dejó abierta, que es una de las razones por las que continúa siendo un acontecimiento histórico vivo.