El 15 de agosto, antes de que el calor apriete sobre el Camp de Túria, Bétera huele a albahaca. Desde el Hort de les Alfàbegues sale una comitiva con plantas que superan los dos metros, adornadas con cañas y cintas, y avanza hacia la iglesia de la Purísima Concepción entre música, sombrillas bordadas y una nube de confeti. Es la Rodà de les Alfàbegues, la ofrenda que da nombre a las fiestas de agosto.
La escena parece confirmar una frase repetida en folletos: una fiesta antiquísima, heredera de cultos mediterráneos y viva desde la Edad Media. La investigación obliga a separar las capas. La albahaca se cultiva desde hace siglos; la ofrenda de Bétera tiene, según fuentes oficiales, más de cuatrocientos años; su forma actual está documentada en el siglo XX. Así se ve cómo una costumbre religiosa se convirtió en una obra colectiva de horticultura, memoria y representación social.
Una procesión que empieza en un huerto
La Rodà es el resultado visible de un ciclo que empieza meses antes. En el huerto municipal se siembran muchas más plantas de las que acabarán en el desfile; la Generalitat habla de cerca de ochenta ejemplares para seleccionar los más altos y frondosos. Las elegidas llegan al 15 de agosto en manos de los cossieters.
Las dos obreres fadrines encabezan la ofrenda bajo una sombrilla ceremonial sostenida por su sombriller. Las cuatro obreras —dos solteras y dos casadas— ocupan el centro del ciclo festivo. Los majorals organizan y financian los actos, arrojan confeti y los niños llevan los formentets. El recorrido termina ante la Virgen de Agosto, la imagen dormida de la Asunción.
La declaración de Interés Turístico Autonómico de 2007 describió plantas de unos dos metros, adornadas con cañas, cintas y flores de papel. Son Ocimum basilicum, una planta anual llevada hasta un porte extraordinario mediante selección, riego, poda y sujeción.
El inventario del Ministerio de Agricultura explica que la albahaca se siembra en primavera, se trasplanta con el buen tiempo y se poda antes de florecer para favorecer nuevos tallos. En Valencia pervive el refrán «Per Santa Àgueda, sembra l’alfàbega», asociado al 5 de febrero. Si la planta florece demasiado pronto o no recibe apoyo, pierde vigor o se vence. El resultado depende de una vigilancia diaria que apenas se ve desde la calle.
Qué puede fechar la historia
El origen es el terreno donde la fiesta acumula afirmaciones difíciles de demostrar. Algunas publicaciones la hacen remontar al siglo XIII y crónicas recientes hablan de ocho siglos. La documentación consultada no permite presentar esa fecha como un hecho probado: no aparece un pergamino medieval que describa la ofrenda de albahacas en Bétera ni una cadena de testimonios que una aquel siglo con la celebración actual.
Hay un punto de apoyo más sólido. El Inventario Español de los Conocimientos Tradicionales relativos a la Biodiversidad Agrícola, editado por el Ministerio de Agricultura, señala que la fiesta de la Mare de Déu d’Agost de Bétera posee «más de cuatrocientos años de tradición». La web turística de la Generalitat emplea la misma magnitud. Si se toma literalmente, la continuidad debe situarse como mínimo antes de la década de 1620, dentro de la Edad Moderna. Es una antigüedad considerable, pero no equivale a probar una fundación medieval.
Una noticia de Las Provincias de 1935 situaba el nacimiento en el siglo XV y lo atribuía a unas muchachas de la vecina Boilla, nombre antiguo relacionado con Bétera. Es un testimonio de la memoria local, no un acta de fundación: el artículo no cita archivos ni fechas verificables.
También conviene distinguir la historia de la planta de la fiesta. El inventario del Ministerio documenta usos medicinales, domésticos, culinarios y rituales de la albahaca en muchas regiones. Que tuviera valor simbólico en Grecia o Roma no demuestra que el rito de Bétera sea una supervivencia directa de aquellos cultos. Entre una planta antigua y una ofrenda cristiana hay siglos de cambios.
Un trabajo universitario recuerda que Valencia organizó en 1372 una procesión general a Santa María de Agosto durante un ciclo de mortandades. Ayuda a entender el contexto religioso valenciano, pero no prueba que Bétera celebrase entonces su Rodà.
La primera imagen: Bétera en 1926
La prueba más expresiva de la antigüedad reciente de la fiesta está en una película. La Filmoteca Valenciana conserva fragmentos de un reportaje rodado en Bétera en 1926 y restaurado desde una copia de nitrato. Dura unos ocho minutos y reúne la ofrenda, el pasacalles y el Ball de Torrent. Carece de rótulos y parece incompleta, así que no reconstruye toda la celebración.
Lo que sí muestra es una fiesta reconocible: la ofrenda ya se dirige a la Virgen de la Asunción, hay música y las plantas ocupan el centro. No vemos el nacimiento de la tradición; vemos una tradición que ya sabe cómo mostrarse.
Cuatro años después, La Estampa describió el trayecto del huerto al templo; en 1935, Las Provincias volvió a subrayar la centralidad de las mujeres jóvenes. Con su tono costumbrista, ambas crónicas confirman que el huerto, la ofrenda y el 15 de agosto ya formaban un conjunto reconocible antes de la Guerra Civil.
Obreres, majorals y el trabajo que no se ve
La historia de las alfàbegues no se entiende mirando únicamente la planta. Las obreras aparecen en el centro, con vestidos confeccionados durante meses y una sombrilla que protege su paso. Los majorals organizan los actos y recaudan fondos; los cossieters cargan las macetas. Alguien prepara las camisas florales, conserva los pañuelos y cose las cintas. El desfile resume una cadena de trabajos familiares.
La historiadora Inmaculada Dasí Estellés interpreta las cuatro obreras dentro de una estructura de responsabilidades femeninas y masculinas. Su análisis no prueba un origen remoto, pero ayuda a leer el vocabulario de la fiesta. Obrera no nació como sinónimo de reina: designaba a quien administraba una parroquia o institución religiosa. En Bétera, esa función se transformó en representación pública. Las listas locales de 1872-2015 convierten el cargo en una memoria genealógica del municipio.
La horticultura también cambió. Durante mucho tiempo, el cuidado de las plantas para la Mare de Déu se realizó en las casas y estuvo ligado al trabajo femenino. La información turística de Bétera recoge que, cuando las mujeres estudiaron y se incorporaron al mercado laboral, ganó peso el criador profesional. Manolo «el Morquero» es recordado como el cultivador que desarrolló el sistema de los tamaños extraordinarios; otros maestros alfabegueres han ajustado ese conocimiento.
La profesionalización no eliminó la dimensión doméstica. La amplió: huerto municipal, cultivadores, familias de obreras, majorals y vecinos forman una red que lleva la planta a tiempo al 15 de agosto.
Una fiesta moderna con memoria larga
La pólvora, el confeti y la música hacen que las fiestas parezcan una celebración sin pausas. La Rodà es el centro, pero el calendario se extiende del 12 al 22 de agosto e incluye la Dansà, las albaes, procesiones, la Cordà, la Coetà y la Vuitava, cuando se eligen las obreras siguientes. No es un resto inmóvil del pasado, sino una institución vecinal que se reescribe cada temporada.
La declaración turística de 2007 fijó la fiesta en los circuitos del patrimonio valenciano. No certificó un nacimiento en el siglo XIII; reconoció una celebración viva cuya continuidad las fuentes situaban por encima de cuatro siglos. La antigüedad no se mide por la belleza de una leyenda, sino por la calidad de los testimonios fechables.
La historia disponible permite afirmar que Bétera ofrece albahacas a la Virgen de Agosto, que la costumbre tiene más de cuatro siglos según las fuentes institucionales, que el desfile aparece documentado en 1926 y en la prensa de los años treinta, y que el cultivo monumental procede de un saber transmitido y perfeccionado. Quedan abiertas la fecha de fundación y la evolución de los primeros grupos de mujeres.
Eso no reduce el valor de la fiesta. La coloca entre lo que la comunidad recuerda, lo que los documentos sostienen y lo que cada generación añade. Cuando la albahaca entra en la iglesia, llega después de siglos de devoción mariana, trabajo agrícola, cambios en la vida de las mujeres, fotografías y decisiones municipales. Su aroma no conserva el tiempo como una cápsula: cuenta cómo un pueblo ha aprendido a darle una forma visible.