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Siglo XX

El plebiscito chileno del 5 de octubre de 1988 y la salida de la dictadura

La consulta diseñada por el régimen terminó abriendo el camino a las elecciones y al retorno de un gobierno civil.

Óscar Navarro 16 de October de 2026 1 lecturas 8 min de lectura
Celebración popular en Santiago tras la victoria de la opción No en el plebiscito chileno del 5 de octubre de 1988
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Durante unos minutos de la madrugada del 6 de octubre de 1988, el futuro de Chile pareció quedar suspendido en una habitación de La Moneda. Los primeros datos oficiales favorecían al Sí, la opción que prolongaba el poder de Augusto Pinochet, pero los recuentos que llegaban desde los colegios electorales dibujaban otra escena. Cerca de la una, el general de la Fuerza Aérea Fernando Matthei reconoció ante los periodistas que había ganado el No. A las dos, el subsecretario del Interior, Alberto Cardemil, comunicó el resultado que ya era imposible ocultar: el 54,7 % del voto escrutado rechazaba la continuidad del régimen.

Aquella jornada no fue una elección convencional. No se escogía entre programas ni candidatos rivales, sino que se respondía a una pregunta diseñada por la Constitución de la dictadura: ¿debía Pinochet ocupar la Presidencia durante otros ocho años? La respuesta popular desencadenó una transición negociada y llena de límites. Chile no recuperó de golpe todo lo que había perdido desde 1973; recuperó, primero, la posibilidad de volver a votar.

Una salida prevista por la Constitución

El plebiscito estaba previsto desde la Constitución aprobada en 1980, un texto redactado bajo control militar y sometido entonces a una consulta sin registros electorales abiertos ni garantías comparables a las de una elección democrática. Sus disposiciones transitorias establecían que, al acercarse el final del periodo inicial, los comandantes en jefe de las Fuerzas Armadas y el director general de Carabineros propondrían un candidato presidencial. La ciudadanía solo podría aceptarlo o rechazarlo.

Si ganaba el Sí, el candidato gobernaría entre 1989 y 1997. Si vencía el No, el país tendría que celebrar elecciones presidenciales y parlamentarias. El mecanismo pretendía presentar la continuidad autoritaria como una fase ordenada de institucionalización. La dictadura no ofrecía un regreso inmediato al pluralismo anterior al golpe de Estado: ofrecía su propio calendario, con las Fuerzas Armadas convertidas en guardianas del nuevo orden y con amplias facultades para el presidente militar.

El cálculo del régimen descansaba en años de control político, censura y represión, pero el escenario había cambiado. Desde 1983, las protestas contra la dictadura habían llenado las calles y habían forzado a la oposición a coordinarse. En 1985, sectores democristianos, socialistas y otras fuerzas habían participado en conversaciones para buscar una salida política. La reapertura de los registros electorales en 1986 y la puesta en marcha del Tribunal Calificador de Elecciones hicieron posible una campaña con reglas, aunque esas reglas siguieran siendo las del régimen.

La oposición aprende a competir junta

El 30 de agosto de 1988, la Junta de Gobierno designó a Pinochet como candidato único del Sí. La oposición tuvo que resolver una discusión que arrastraba desde el golpe: participar en una consulta creada por la dictadura o rechazarla por ilegítima. Terminó imponiéndose la primera vía. La Concertación de Partidos por el No reunió a democristianos, socialistas, radicales y otras organizaciones que hasta poco antes habían desconfiado unas de otras. No borró sus diferencias, pero las subordinó a un objetivo concreto: impedir que Pinochet convirtiera la Constitución en una prórroga personal.

La campaña legal duró treinta días. En ese breve intervalo, los opositores tuvieron que hablar con una sociedad acostumbrada a medir cada palabra y cada gesto. La propaganda del No evitó presentar la consulta como una batalla entre dos bloques ideológicos. Su mensaje prometía un futuro civil y plural, y procuraba que quienes habían temido el retorno de la polarización de los años setenta pudieran votar contra Pinochet sin sentir que estaban firmando un cheque en blanco a la izquierda.

La televisión ofreció una grieta inesperada. Entre el 5 de septiembre y el 1 de octubre, cada opción dispuso de un espacio diario de propaganda. Era la primera franja electoral televisiva de la historia chilena: quince minutos por comando, emitidos en horario de gran audiencia, después de quince años en los que el régimen había dominado la pantalla. La campaña del No convirtió ese tiempo en una conversación con el país. Aparecieron testimonios de víctimas, humor, música y escenas cotidianas; también una idea sencilla, repetida hasta quedarse en la memoria: Chile podía cambiar sin volver a la violencia.

La imagen del arcoíris condensó la alianza. No representaba una sociedad sin conflictos, algo que ningún dirigente serio podía prometer, sino la decisión de aceptar que la democracia tendría que convivir con adversarios distintos. La franja no creó por sí sola la oposición ni las protestas que la precedieron. Le dio un lenguaje común a una movilización que ya existía y llevó a los salones de millones de hogares un mensaje que, hasta entonces, había circulado sobre todo en reuniones, panfletos, parroquias, sindicatos y calles vigiladas.

Grafitis rivales en un muro de las afueras de Santiago de Chile en junio de 1989, tras el plebiscito que sacó a Pinochet: el azul ("Sí por Chile") era pinochetista y el rojo "No", opositor.
Grafitis rivales en un muro de las afueras de Santiago de Chile en junio de 1989, tras el plebiscito que sacó a Pinochet: el azul ("Sí por Chile") era pinochetista y el rojo "No", opositor.

El día de la votación

La respuesta social fue masiva. Se inscribieron 7.435.913 personas, el 97,53 % de quienes podían hacerlo según los registros de entonces. Para una generación que llevaba más de quince años sin elecciones populares, acudir a las urnas tenía algo de acto cívico y de prueba colectiva. Las colas comenzaron temprano. En los centros de votación, la tensión no desapareció, pero la jornada transcurrió sin el colapso que la propaganda oficial había anunciado si el régimen perdía.

La papeleta no preguntaba por la dictadura, la economía o los crímenes de Estado en términos generales. Preguntaba por la continuidad de un hombre. Esa estrechez jurídica no reducía el alcance político de la respuesta. Votar No significaba rechazar que Pinochet fuera presidente hasta 1997 y activar la convocatoria de elecciones. El voto Sí obtuvo 3.111.875 sufragios, el 43 % del total escrutado; el No alcanzó 3.959.495, el 54,70 %. Si se cuentan solo los votos válidos, la ventaja fue del 55,99 % frente al 44,01 %.

El recuento de la noche mostró hasta qué punto el país seguía bajo vigilancia militar. El primer informe gubernamental, elaborado con apenas 79 mesas, dio ventaja al Sí. La oposición había preparado un cómputo paralelo con información de los colegios y empezó a difundir una tendencia distinta. Las horas siguientes no fueron un simple suspense electoral: existía el temor de que el régimen desconociera el resultado o utilizara la confusión para retener el poder.

La reunión de Pinochet con los otros miembros de la Junta acabó inclinando la balanza. La negativa de los comandantes a respaldar una ruptura abierta con el resultado cerró la salida de fuerza. La dictadura reconoció la derrota, aunque lo hizo presentándola como el cumplimiento de su propio itinerario constitucional. Esa fórmula permitió a los militares conservar posiciones y a la oposición entrar en una negociación que no partía de cero, sino de un orden institucional hecho a su medida.

Documento de la época del régimen militar de Augusto Pinochet en Chile
Documento de la época del régimen militar de Augusto Pinochet en Chile

Victoria electoral, transición vigilada

El No no liquidó la herencia de la dictadura. Su victoria abrió una secuencia de acuerdos. Gobierno y oposición negociaron reformas a la Constitución de 1980, que fueron aprobadas en otro plebiscito el 30 de julio de 1989 con el 85,7 % de los votos. Se suavizaron algunas restricciones sobre los partidos y los estados de excepción, y se reforzó la referencia constitucional a los derechos humanos. Permanecieron, en cambio, los senadores designados, el sistema electoral binominal y otras trabas que limitarían la representación durante años.

El 14 de diciembre de 1989, la Concertación de Partidos por la Democracia presentó a Patricio Aylwin como candidato presidencial. Obtuvo el 55,17 % de los votos y ganó también las elecciones parlamentarias asociadas. El 11 de marzo de 1990 recibió la banda presidencial en La Moneda. La escena simbolizó el retorno de un gobierno civil, pero no una ruptura completa con el poder militar: Pinochet siguió al frente del Ejército hasta 1998 y conservó una capacidad de presión que condicionó los primeros gobiernos democráticos.

Por eso el plebiscito admite dos lecturas que no se excluyen. Fue una victoria popular contra la continuidad personal de un dictador y, al mismo tiempo, el comienzo de una democracia tutelada por instituciones heredadas. La oposición aceptó una Constitución que había nacido sin libertades políticas para poder abrirla desde dentro. Esa decisión permitió elecciones y libertades públicas, pero dejó asuntos sin resolver: la responsabilidad por las violaciones de derechos humanos, la desigualdad heredada y la presencia de enclaves militares en la nueva arquitectura institucional.

Palacio de La Moneda, sede del presidente de Chile.
Palacio de La Moneda, sede del presidente de Chile.

La imagen más repetida del 5 de octubre es la de una multitud celebrando en las calles. Hay otra menos visible: millones de personas haciendo cola, doblando una papeleta y depositándola en una urna que el régimen había creado para perpetuarse. La historia de aquel día no consiste en que una campaña publicitaria derrotara por sí sola a una dictadura. Consiste en que una sociedad organizada utilizó la única puerta electoral que el poder había dejado abierta y consiguió atravesarla.

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