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Siglo XX

Varsovia, 2 de octubre de 1944: la capitulación del alzamiento polaco

Sesenta y tres días de resistencia frente a la ocupación alemana y el cálculo soviético

Óscar Navarro 09 de October de 2026 6 lecturas 9 min de lectura
Soldados de la Armia Krajowa tras una barricada durante el alzamiento de Varsovia de 1944
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A las ocho de la tarde del 2 de octubre de 1944, las armas debían callar en Varsovia. La ciudad llevaba 63 días combatiendo en barrios aislados, con los hospitales desbordados, el agua racionada y las municiones al límite. En Ożarów, representantes de la Armia Krajowa —el Ejército Nacional polaco— y del mando alemán habían pactado el final de las hostilidades. La hora era las 20:00 para los alemanes y las 21:00 para los polacos.

El documento reconocía a los insurgentes como combatientes y les concedía, sobre el papel, la protección de la Convención de Ginebra. No podía proteger a una ciudad entera. Tras la rendición, los habitantes serían expulsados y las tropas alemanas continuarían incendiando y volando edificios. El alzamiento, la mayor operación militar de una resistencia europea contra la ocupación alemana durante la Segunda Guerra Mundial, había fracasado en expulsar al ocupante y en presentar una Polonia independiente ante el Ejército Rojo.

Una apuesta política en una ciudad ocupada

La decisión de levantarse no nació de un arrebato aislado. Polonia llevaba casi cinco años sometida a una doble ocupación. Alemania había invadido el país en septiembre de 1939 y la Unión Soviética había entrado por el este en aplicación del pacto germano-soviético. El Gobierno en el exilio, instalado en Londres, mantuvo una red clandestina de funcionarios, tribunales, escuelas y fuerzas armadas.

La Armia Krajowa era el brazo militar de esa estructura. Sus mandos conocían la persecución alemana y también desconfiaban de Moscú. El descubrimiento de las fosas de Katyn, donde habían sido asesinados miles de oficiales polacos capturados por los soviéticos, rompió las relaciones entre el Gobierno en el exilio y Stalin. En 1943, la resistencia preparó la Operación Tempestad: ataques locales contra los alemanes cuando el frente avanzara hacia el oeste, seguidos de una aparición pública de las autoridades polacas ante las tropas soviéticas.

Varsovia no figuraba al principio en esos planes. La situación cambió en julio de 1944. El Ejército Rojo se acercaba a la orilla oriental del Vístula y los comunistas polacos, respaldados por Moscú, habían creado en Lublin un comité dispuesto a gobernar los territorios bajo control soviético. Para la resistencia, esperar significaba entregar la capital a una administración que no reconocía. Actuar ofrecía una posibilidad estrecha: tomar Varsovia, recibir al Ejército Rojo como autoridad polaca legítima y defender la soberanía del país.

El general Tadeusz Komorowski, Bór, autorizó la insurrección el 31 de julio. Al día siguiente, a las cinco de la tarde, comenzó el combate. La previsión era resistir unos pocos días, hasta que los soviéticos cruzaran el río.

Las primeras semanas: una ciudad que se organiza

La relación de fuerzas hacía que la apuesta fuera arriesgada. La Armia Krajowa podía movilizar a decenas de miles de personas, pero solo una parte disponía de armas. Según el Museo Conmemorativo del Holocausto de Estados Unidos, unos 45.000 miembros del Ejército Nacional combatieron con el apoyo de otras organizaciones, frente a unos 25.000 soldados alemanes equipados con artillería, carros de combate y aviación.

Los insurgentes no tomaron los puentes sobre el Vístula ni algunos edificios convertidos en fortalezas alemanas, pero se hicieron con amplias zonas del centro, la Ciudad Vieja y otros barrios. Allí funcionaron imprentas clandestinas, cocinas, hospitales, servicios de mensajería y una administración que intentaba mantener la vida cotidiana mientras caían los proyectiles. Mujeres jóvenes llevaron partes y medicinas; muchachos de las organizaciones scouts actuaron como mensajeros.

La geografía subterránea de la capital se volvió tan necesaria como las barricadas. Las alcantarillas permitían trasladar órdenes, heridos y munición entre sectores separados por el fuego alemán. Cuando la Ciudad Vieja cayó el 2 de septiembre, los últimos defensores salieron por ese laberinto hacia el centro: era la única ruta que quedaba.

El alzamiento tampoco fue una historia separada de la persecución de los judíos. Entre los primeros avances estuvo la toma de Gęsiówka, un campo de trabajos forzados instalado en el antiguo gueto, donde fueron liberados prisioneros, muchos de ellos judíos. Fue una insurrección distinta del levantamiento del gueto de Varsovia de 1943, aunque ambas quedaron unidas por la destrucción alemana de la capital.

La población civil como objetivo de la represión

La respuesta alemana no se limitó a recuperar posiciones. Heinrich Himmler había ordenado tratar la sublevación como una operación de exterminio y arrasar la ciudad. Entre el 5 y el 7 de agosto, en el distrito de Wola, unidades alemanas asesinaron a unos 40.000 hombres, mujeres y niños. La cifra es una estimación: muchos cuerpos no fueron identificados.

Mientras avanzaban las tropas, comenzaron las expulsiones. Los civiles eran conducidos al campo de tránsito de Dulag 121 y desde allí enviados a trabajos forzados o a campos de concentración. En los barrios controlados por los insurgentes faltaban alimentos y agua. La resistencia no había logrado asegurar las estaciones de bombeo, y el mando alemán podía cortar el suministro.

La vida de la ciudad quedó reducida a decisiones urgentes: abrir un pozo, mover a los heridos antes del siguiente bombardeo, repartir una olla entre soldados y vecinos. Las iglesias se convirtieron en refugios y hospitales; algunas fueron bombardeadas, incendiadas y luego destruidas cuando los alemanes recuperaron el casco antiguo.

Insurgente arrastrándose bajo fuego enemigo en la plaza Krasińskich, esquina Długa con Miodowa, cerca de la entrada al alcantarillado usada para retirarse a Śródmieście durante el Alzamiento de Varsovia.
Insurgente arrastrándose bajo fuego enemigo en la plaza Krasińskich, esquina Długa con Miodowa, cerca de la entrada al alcantarillado usada para retirarse a Śródmieście durante el Alzamiento de Varsovia.

La ayuda exterior llegó tarde y en cantidades insuficientes. Aviones británicos, estadounidenses, polacos y sudafricanos lanzaron armas y suministros, pero muchos contenedores cayeron en zonas ocupadas por los alemanes. El Ejército Rojo se encontraba al otro lado del Vístula. En septiembre tomó Praga, el distrito oriental, y unidades del ejército polaco subordinado a Moscú intentaron cruzar a la margen occidental. Los cruces fracasaron con grandes pérdidas.

La pasividad soviética sigue siendo uno de los puntos más discutidos. La ofensiva de verano había llevado a sus tropas hasta un río defendido y había sufrido pérdidas severas; conquistar una capital en ruinas no era sencillo. También es cierto que Stalin no convirtió la proximidad del frente en una operación coordinada de socorro y que durante semanas puso obstáculos al uso de aeródromos soviéticos por los aviones aliados. En el terreno político, la derrota de la Armia Krajowa eliminaba a la fuerza que respondía ante el Gobierno de Londres y dejaba el camino libre al comité comunista respaldado por Moscú.

2 de octubre: rendirse para salvar a los supervivientes

A finales de septiembre, los sectores insurgentes se habían encogido hasta convertirse en bolsas separadas. El hambre, la sed y las infecciones acompañaban a los heridos. Komorowski aceptó abrir conversaciones con el general alemán Erich von dem Bach-Zelewski. El acuerdo no era una paz: era una suspensión de las armas bajo la amenaza de que la ciudad siguiera siendo arrasada.

El texto establecía que los soldados de la Armia Krajowa serían tratados como prisioneros de guerra y regulaba la salida de los civiles. Las garantías no detuvieron la expulsión. Cerca de medio millón de habitantes abandonó Varsovia y muchos fueron enviados a trabajos forzados o a campos de internamiento.

Las estimaciones varían según el registro utilizado: entre 15.000 y 18.000 insurgentes muertos, unos 17.000 prisioneros y entre 150.000 y 200.000 víctimas civiles. La destrucción fue también cultural: archivos, bibliotecas, iglesias, viviendas y edificios históricos quedaron reducidos a esqueletos.

La capitulación no puso fin a la violencia. Equipos alemanes saquearon, incendiaron y volaron edificios enteros durante los meses siguientes. El Castillo Real, iglesias y buena parte del centro histórico fueron destruidos. Cuando el Ejército Rojo entró en Varsovia el 17 de enero de 1945, encontró una capital devastada y casi vacía.

Castillo Real de Varsovia en enero de 1945, destruido deliberadamente por los alemanes en 1944.
Castillo Real de Varsovia en enero de 1945, destruido deliberadamente por los alemanes en 1944.

Una derrota militar que sobrevivió en la memoria

El alzamiento no consiguió instalar al Gobierno polaco en la capital ni impedir que la posguerra quedara bajo la esfera soviética. Muchos de sus dirigentes fueron perseguidos y durante décadas la versión oficial comunista relegó el papel de la resistencia no comunista. La memoria pública tuvo que abrirse paso entre silencios, ceremonias privadas y relatos familiares.

El cambio político de 1989 permitió levantar en la plaza Krasiński un gran monumento a los insurgentes. En 2004 abrió sus puertas el Museo del Alzamiento de Varsovia. Ambos lugares muestran que el episodio forma parte de la discusión polaca sobre la independencia, la doble ocupación y el precio de decidir cuándo combatir.

Fachada oeste del Palacio Krasiński en Varsovia, capital y mayor ciudad de Polonia, situada a orillas del río Vístula.
Fachada oeste del Palacio Krasiński en Varsovia, capital y mayor ciudad de Polonia, situada a orillas del río Vístula.

El 2 de octubre de 1944 no recuerda una victoria aplazada. Recuerda una decisión tomada bajo dos amenazas, una resistencia que sostuvo una ciudad durante nueve semanas y una población civil abandonada a la lógica de la ocupación. La capitulación salvó a parte de los combatientes de una ejecución inmediata, pero no pudo salvar a Varsovia de la destrucción ni a Polonia de quedar fuera de la decisión sobre su futuro. En sus ruinas se ve el coste de liberar una ciudad sin devolverle la libertad.

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