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Siglo XX

La batalla de Flers-Courcelette y el debut de los tanques en 1916

Hace 110 años, 49 máquinas experimentales y llenas de fallos cambiaron para siempre la forma de hacer la guerra

Carmen Puerta 24 de September de 2026 27 lecturas 7 min de lectura
Un tanque británico Mark I avanza sobre el terreno del Somme, en septiembre de 1916.
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Al amanecer del 15 de septiembre de 1916, varios soldados alemanes apostados cerca del pueblo francés de Flers vieron algo que no encajaba en ningún manual militar. Entre la niebla y el humo de la artillería, unas moles de acero avanzaban despacio sobre los cráteres de obús, indiferentes a las balas y al alambre de espino. No hacían el ruido de ningún vehículo conocido. Un despacho de la prensa británica de aquellos días describió así la reacción de la tropa enemiga: dos monstruos misteriosos se arrastraban hacia ellos entre los cráteres, y todos se frotaban los ojos, fascinados por aquellas criaturas fabulosas. Era la primera vez en la historia que un tanque entraba en combate.

El Somme, la guerra que no avanzaba

Para entender por qué el Ejército británico decidió arriesgarse con una máquina tan poco probada hay que volver al 1 de julio de ese año, el día en que arrancó la ofensiva del Somme. En solo veinticuatro horas, las tropas británicas sufrieron cerca de 20.000 muertos y 40.000 heridos intentando cruzar un terreno de nadie defendido por ametralladoras y trincheras reforzadas. Fue, y sigue siendo, la jornada más sangrienta de la historia del Ejército británico.

Dos meses y medio después, el frente apenas se había movido unos pocos kilómetros. La artillería destrozaba el paisaje, pero la infantería seguía chocando contra el mismo obstáculo de siempre: alambradas intactas y nidos de ametralladoras que ningún bombardeo lograba silenciar del todo. El alto mando buscaba desesperadamente algo que rompiera ese equilibrio macabro. La respuesta llevaba más de un año cociéndose, en secreto, en unos talleres de Lincoln.

De Little Willie al Mark I: un arma diseñada a escondidas

En febrero de 1915, Winston Churchill, entonces primer lord del Almirantazgo, impulsó la creación del Comité de Acorazados Terrestres, el llamado Landship Committee. El teniente coronel Ernest Swinton había defendido ante el mando la idea de un vehículo capaz de cruzar trincheras, aplastar alambradas y resistir el fuego de fusil. El encargo de convertir esa idea en hierro recayó en dos ingenieros: William Tritton, especialista en maquinaria agrícola, y el mayor Walter Wilson, de la Royal Naval Air Service.

Su primer prototipo, apodado Little Willie, resultó torpe y limitado para superar terreno irregular. Hoy se conserva en el Museo de los Tanques de Bovington, en Inglaterra, y sigue siendo el tanque más antiguo que existe. A partir de esa base nació un diseño mejorado, de forma romboidal, con las orugas rodeando todo el casco: el Mark I, con tripulaciones de ocho hombres y armado con cañones de seis libras o ametralladoras, según la variante.

El nombre en código que ocultó su verdadera naturaleza

El Little Willie, primer prototipo de tanque construido en 1915, conservado hoy en el Museo de los Tanques de Bovington.
El Little Willie, primer prototipo de tanque construido en 1915, conservado hoy en el Museo de los Tanques de Bovington.

Todo el proyecto se llevó con un secretismo casi obsesivo. Para despistar a los espías alemanes, los responsables británicos hicieron correr la idea de que aquellas cajas metálicas eran depósitos de agua destinados a Mesopotamia. De esa tapadera, adoptada en diciembre de 1915, quedó el nombre que ha sobrevivido hasta hoy: tank, tanque. Ni Swinton, que pasa por ser el padre del invento, conocía todos los detalles del diseño final que salió de los talleres de Tritton y Wilson.

El amanecer del 15 de septiembre en Flers-Courcelette

La operación de Flers-Courcelette era la tercera gran fase de la ofensiva del Somme, con el Cuarto Ejército británico, el Cuerpo Canadiense y la División de Nueva Zelanda entrando en su primera acción en ese frente. Se habían destinado 49 tanques Mark I al ataque. Solo 32 llegaron a la línea de salida; el resto se averió o quedó atascado antes de empezar. De esos 32, apenas 18 llegaron a entrar realmente en combate. El resto se hundió en cráteres, se rompió por el camino o se perdió entre el barro.

Aun con esos números tan pobres, el efecto psicológico fue inmediato. Uno de los tanques con más suerte aquel día fue el D17, apodado Dinnaken y al mando del teniente Stuart Hastie. Su máquina atravesó el alambre de espino alemán, se colocó sobre la trinchera principal y batió con sus ametralladoras a los defensores antes de seguir avanzando dentro del propio pueblo de Flers, abriendo camino a la infantería con su cañón. Por esa acción, Hastie recibió la Cruz Militar.

«Un tanque camina por la calle Mayor de Flers»

Un observador de las Fuerzas Aéreas Reales que volaba sobre la zona envió por radio un mensaje que se hizo célebre: un tanque caminaba por la calle Mayor de Flers, con el Ejército británico animándolo a su paso. El Daily Chronicle publicó esa frase dos días después, y quedó como una de las imágenes más repetidas de aquella jornada. Flers cayó ese mismo 15 de septiembre, igual que Courcelette y Martinpuich, tras semanas de intentos fallidos por tomar esas posiciones solo con infantería.

El avance total rondó los 2.500 metros en el frente general, y llegó a los 3.000 en el sector central. No fue una ruptura del frente ni mucho menos el final de la guerra de trincheras: las bajas británicas en esa operación concreta sumaron 29.376 hombres, dentro de un mes de septiembre que costó a Alemania unas 130.000 bajas en todo el Somme.

Un arma imperfecta que ya no tenía vuelta atrás

El general Douglas Haig, comandante en jefe británico, resumió el debut con una frase que combinaba decepción y esperanza a partes iguales: donde los tanques avanzaron, se tomaron los objetivos; donde no avanzaron, se fracasó. Las averías, la inexperiencia de las tripulaciones —muchas de ellas sin haber estado antes en un campo de batalla— y la falta de coordinación con la infantería habían limitado muchísimo su rendimiento real.

El general Douglas Haig, comandante en jefe del Ejército británico durante la batalla del Somme.
El general Douglas Haig, comandante en jefe del Ejército británico durante la batalla del Somme.

Pese a todo, Haig pidió al Ministerio de Guerra que se fabricaran cientos de unidades más. Fue una apuesta a largo plazo, porque el tanque tardaría todavía más de un año en demostrar su verdadero potencial. Ocurrió en noviembre de 1917, en la batalla de Cambrai, cuando el Ejército británico reunió cerca de 476 tanques para un ataque masivo y coordinado, sin el bombardeo previo que solía anunciar cualquier ofensiva. Las tres líneas de la Línea Hindenburg cayeron en apenas unas horas, un avance de varios kilómetros que no se veía desde el comienzo de la guerra, aunque los contraataques alemanes recuperaran después buena parte del terreno.

Lo que hace especialmente relevante aquel amanecer de Flers-Courcelette no es el resultado táctico, más bien modesto, sino la distancia entre lo que se ensayó ese día y lo que llegaría después. Dieciocho máquinas defectuosas, tripuladas por hombres sin experiencia previa en el frente, bastaron para que el alto mando entendiera que la guerra había cambiado de naturaleza. De ahí a Cambrai, y de Cambrai a los ejércitos motorizados que definirían la Segunda Guerra Mundial, hay una línea directa. Pocas armas han pasado de un fracaso técnico tan evidente a convertirse, en poco más de una generación, en la pieza central de cualquier ejército del mundo.

Del Mark I original apenas sobreviven unos pocos ejemplares, la mayoría en museos británicos. Pero aquel amanecer de niebla y cráteres frente a Flers sigue marcando, casi sin que se note, el instante exacto en que la guerra empezó a librarse sobre orugas de acero.

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