El 2 de junio de 1899, treinta y tres militares españoles salieron de la iglesia de Baler después de 337 días de encierro. No parecían una unidad victoriosa: estaban enfermos, exhaustos y vestidos con lo que quedaba de sus uniformes. Habían pasado casi un año detrás de unos muros que ya no defendían una posición útil para España. Lo que aún conservaban era la convicción de haber cumplido una orden.
La escena resume la paradoja de Baler. El destacamento no se rindió cuando cayó Manila, ni cuando España perdió la guerra contra Estados Unidos, ni cuando el Tratado de París cedió Filipinas a la potencia norteamericana. Siguió combatiendo porque las noticias que llegaban desde fuera podían ser una trampa. La historia de los llamados Últimos de Filipinas no se entiende bien como una simple hazaña militar: fue también el relato de un aislamiento geográfico, administrativo y mental.
Un puesto remoto en el año del desastre
Baler se encontraba en la costa oriental de Luzón, frente al Pacífico y separado de Manila por montañas, caminos difíciles y un mar sin puerto seguro. En 1898 era una localidad pequeña, con unos dos mil habitantes según una descripción contemporánea. La distancia no era una cifra en el mapa. Durante la estación de lluvias podía convertir cualquier mensaje, relevo o columna de socorro en una empresa incierta.
El archipiélago vivía una nueva fase de la revolución iniciada en 1896 contra el dominio español. El pacto de Biak-na-Bato, firmado a finales de 1897, había dado una apariencia de calma, pero el regreso de Emilio Aguinaldo a Filipinas en mayo de 1898 reactivó la insurrección. Casi al mismo tiempo, la guerra entre España y Estados Unidos llevó a la escuadra del comodoro George Dewey a la bahía de Manila. La derrota naval de Cavite dejó a las guarniciones españolas dispersas y sin una red fiable de comunicaciones.
En Baler, el destacamento reunía a cuatro oficiales y cincuenta hombres. Al frente estaba el capitán Enrique de las Morenas y Fossi; junto a él servían los tenientes Juan Alonso Zayas y Saturnino Martín Cerezo, el médico Rogelio Vigil de Quiñones y los cazadores destinados en la localidad. Cuando los avisos anunciaron el avance de los insurgentes, el pueblo comenzó a vaciarse. Esa ausencia fue una señal más elocuente que cualquier parte escrito.
La iglesia de San Luis, una fortaleza improvisada
La guarnición trasladó a la iglesia de San Luis Obispo de Tolosa los víveres, la munición y los objetos que podían resultar útiles. El templo, unido a la casa parroquial y al convento, era el edificio más sólido del lugar. Sus muros de piedra ofrecían protección contra los fusiles y contra la artillería rudimentaria que los sitiadores conseguirían reunir. Nadie preparaba una resistencia de once meses. La expectativa razonable era aguantar hasta que llegara ayuda.
Las fuentes no coinciden del todo al señalar el primer día del sitio. El registro histórico filipino fecha el cerco entre el 27 de junio de 1898 y el 2 de junio de 1899; la documentación militar española suele tomar el 30 de junio como el comienzo de la defensa en la iglesia. La diferencia refleja dos momentos próximos: la ocupación del templo y el cierre efectivo del anillo insurgente. En ambos casos, el resultado fue el mismo: la guarnición quedó aislada durante 337 días.
Los hombres cavaron un pozo en el recinto del convento, aunque el agua no ofrecía garantías sanitarias, y almacenaron una reserva de arroz que parecía abundante para un asedio corto. Los insurgentes rodearon la iglesia con trincheras y respondieron a las negativas de rendición con disparos y piezas de campaña antiguas. La defensa se apoyaba en una regla sencilla: no gastar munición si no había un blanco visible. Los sitiadores tampoco tenían motivos para precipitarse. Tomar de frente un edificio de piedra, bajo el fuego de tiradores protegidos, podía costar muchas vidas.
Así empezó una guerra de espera. Las cartas conminatorias fueron rechazadas. Las ventanas y puertas recibieron impactos y reparaciones sucesivas. Por la noche se vigilaba el exterior; de día se atendían las goteras, las heridas y el reparto de las raciones. La rutina no eliminaba el miedo, pero daba forma a las horas.
Cuando el hambre ocupó el interior
En septiembre, la enfermedad empezó a hacer más daño que los ataques. La disentería se extendió en unas condiciones de ventilación, limpieza y alimentación cada vez peores. El arroz constituía la base de la dieta y faltaban carne, alimentos frescos y variedad. El médico Vigil de Quiñones trabajaba con personal escaso y con un espacio de la propia iglesia convertido en enfermería.
Los documentos de la época describen muchos casos como beriberi: hinchazón, debilidad extrema y piernas que dejaban de responder durante las guardias. La explicación actual encaja con una carencia de vitamina B1 provocada por una dieta demasiado limitada, aunque un estudio médico sobre el asedio advierte que algunos síntomas pudieron confundirse con escorbuto y que no todos los diagnósticos pueden darse por seguros. La cautela no cambia el cuadro general. Las enfermedades causaron más bajas que las balas.
El primer golpe entre los oficiales llegó en octubre, cuando murió el teniente Juan Alonso Zayas. El 22 de noviembre falleció Enrique de las Morenas, enfermo desde hacía semanas. El mando pasó a Martín Cerezo, que no heredó una posición fuerte, sino un grupo cada vez más pequeño, con ropa desgastada, hambre y varios hombres incapaces de caminar con normalidad.
La resistencia tuvo también episodios ofensivos. En diciembre, Martín Cerezo dirigió una salida contra las trincheras más cercanas y obligó a los sitiadores a retirarse de las casas inmediatas al templo. El espacio ganado permitió recoger brotes y hierbas para complementar la comida. No era una victoria capaz de cambiar la guerra; era una manera de comprar unos días de vida.
La paz de París no llegó a Baler
Mientras la guarnición contaba cartuchos, el conflicto había cambiado de naturaleza. El 10 de diciembre de 1898, España y Estados Unidos firmaron el Tratado de París. Su artículo tercero cedía Filipinas a Estados Unidos a cambio de veinte millones de dólares. Para Madrid, la soberanía española sobre el archipiélago había terminado. Para los hombres encerrados en Baler, aquel hecho existía únicamente como un rumor transmitido por sus adversarios.
La situación exterior era todavía más desconcertante. En febrero de 1899 comenzaron los combates entre las fuerzas estadounidenses y los nacionalistas filipinos de Aguinaldo. Los mismos revolucionarios que habían cercado a los españoles pasaron a luchar contra el nuevo poder colonial. Baler quedó atrapado entre dos guerras: la revolución contra España y la guerra filipino-estadounidense que estaba naciendo alrededor de la iglesia.
Hubo intentos de sacar a la guarnición de su error. Un oficial español llegó por el difícil camino de montaña con órdenes procedentes de Manila, pero un defecto en la forma del documento alimentó las sospechas. En abril, el cañonero estadounidense Yorktown se acercó a la costa para averiguar qué había sido de los sitiados; un grupo desembarcado para reconocer el terreno chocó con fuerzas filipinas y no pudo establecer contacto con la iglesia. Desde el campanario, los defensores vieron señales que interpretaron como el anuncio de un socorro español. La oportunidad pasó sin que comprendieran lo que habían visto.
A finales de mayo, el teniente coronel Cristóbal Aguilar llegó con una nueva misión y dejó periódicos españoles dentro del recinto. Martín Cerezo había recibido cartas, mensajeros y argumentos parecidos antes. Los insurgentes podían fabricar una noticia; también podían utilizar a un español para hacerla más convincente. Esta vez, mientras repasaba las páginas, encontró una información sobre destinos y movimientos de oficiales que conocía. Eran detalles sin relación directa con Baler, demasiado concretos para formar parte de una estratagema local.
La lectura cambió el problema. Martín Cerezo ya no tenía que decidir si resistir hasta que llegara el ejército español, sino cómo evitar una muerte inútil. Aun así, la salida no fue inmediata. La guarnición estaba al límite y el teniente llegó a preparar una ruptura nocturna del cerco. Un cambio en las condiciones de la noche aplazó el intento; los periódicos terminaron de hacer el trabajo que no habían conseguido los emisarios.
Salir con las armas y conservar el honor
El 2 de junio de 1899 se abrió la puerta de la iglesia. El recuento más habitual fija en 33 los militares supervivientes de los 54 que habían entrado en ella. Algunas crónicas hablan de 35 españoles al sumar a religiosos vinculados a la guarnición, una diferencia que explica parte de la confusión posterior sobre las cifras. Lo que no admite discusión es el estado del destacamento: la enfermedad, la desnutrición, las heridas y el agotamiento habían reducido una unidad de medio centenar a un grupo irreconocible.
Los filipinos no los trataron como prisioneros sometidos. Emilio Aguinaldo ordenó el 30 de junio que fueran considerados amigos y que recibieran los pases necesarios para volver a España. El gesto no borra la violencia de la guerra ni la condición colonial que había llevado a aquellos soldados a Luzón, pero sí muestra que el desenlace tuvo una dimensión política propia. La joven República filipina podía derrotarlos y, al mismo tiempo, reconocer la perseverancia de sus adversarios.
En España, la defensa fue convertida en una historia de lealtad militar y resistencia nacional. La película de 1945 fijó para varias generaciones el nombre de Los últimos de Filipinas. Esa memoria dejó en segundo plano a los habitantes de Baler, desplazados durante el cerco, y a los combatientes filipinos que sostuvieron el asedio. También simplificó una decisión que fue menos limpia de lo que permite el mito: aquellos hombres fueron valientes, pero su valor convivió con una información incompleta y con la imposibilidad de verificar qué autoridad seguía existiendo.
La iglesia de San Luis Obispo de Tolosa permanece como lugar de memoria. Baler no fue una batalla capaz de decidir el destino de un imperio. Fue su último eco en Filipinas. Allí, dentro de un templo húmedo y cada vez más vacío, una guarnición siguió obedeciendo un mundo que ya había desaparecido. La guerra terminó en París el 10 de diciembre de 1898; para los hombres de Baler terminó seis meses después, cuando una noticia impresa consiguió atravesar unos muros que habían resistido a los cañones.